White Friday, Black Sheep

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Fotografía de Jessica Walsh

Ahora es el Momento. Elijo vivir un viernes blanco. Elijo vivir un lienzo en blanco a cada instante en mi mente. Una mente diáfana en la que revolotean las posibilidades como mariposas. Y yo las elijo. Y yo las dibujo. Ahora.

Elijo el blanco como mi Pantone 000C White, blanco puro, para este curso.

Esta es una reflexión contemporánea. No más. Aunque nos invito a que seamos más responsables y más despiertos, no digo que lo que propongo sea lo mejor, ni lo correcto, más bien lo comparto como otra posible elección.  

En medio de las hordas de Black Friday que inundan los dispositivos esta oveja negra sueña con un viernes blanco.

Blanco para mí significa libertad, simplicidad y paz. Dulzura.

Una esencia de espacio y claridad, de cuidado, de silencio sobre el que resalten las palabras expresamente nombradas y dancen las realidades perfectamente delineadas. Y donde se pueda ver la verdad de las cosas.

Para poder disfrutar de lo blanco es necesaria la presencia de lo negro como contraste y referencia.

Blanco y negro se complementan y se sostienen mutuamente. Los entendemos como opuestos y separados, con diferente vibración y comportamiento, aun siendo manifestaciones de lo mismo. El símbolo del Yin y el Yang expresa la danza de todas las cosas en perfecto equilibrio.

Blanco es la presencia de todos los colores. Blanco es el AHORA (White(i)snow). Blanca es la paz en su bandera y su paloma. Blanco es el lienzo del pintor. Blanco es el orden. Blanca es la leche alimento del recién nacido. Blanco es el cabello en el anciano. Blanco es el algodón. Blanca es la tiza. Blanca es la seda. Blanca es la luz radiante de las estrellas. Blanca es también la luz cegadora.

Negro es la ausencia de color. En el negro la visión se le revela al chamán. Negro es el caos. Negro es el espacio que sostiene las estrellas y negro es el agujero en el que la estrella se convierte cuando se apaga. Negra es la tierra reciclada de lo que una vez muerto alimenta la nueva vida. Negra es la tierra de mi Lanzarote amada. Negro es el fuego solidificado de mis deseos insatisfechos que conforman un sólido paisaje.  

 En el espacio del universo coexisten oscuridad y luz, caos y orden.

Mi alma de negra, en cuya memoria se susurran los cantos de esclavitud y los tambores que acompañan la danza de la vida pura, ahora siente que necesita la vibración del color blanco.

¿Será que deseo experimentarme completada? ¿Será que deseo un lienzo en blanco donde pintar mis sueños?

Cuando cierro los ojos y me imagino mi hogar soñado, veo una casa sencilla, sostenible, posible, construida con mis propias manos al menos en parte, afín y una con el entorno, blanca, luminosa, abierta y espaciosa por dentro, pero también acogedora, con madera y materiales orgánicos crudos y refinados, muy pocos y bonitos objetos, vidrios de colores que resalten sobre el blanco y espejos que reflejen arcoíris en las paredes. Custodiada por la vital presencia de árboles autóctonos, aunque me harían muy feliz una palmera, un limonero, una higuera, girasoles y rosas, flores de cactus. Y, por supuesto, un huerto.

Imagino tener sólo lo que se necesita y se usa, y un poco (pero poquito) más, por diversión. Un piano, también por supuesto, un ukelele y una guitarra. Y ver las pocas pertenencias que tengamos a simple vista. Todo a mano. Y compartir la paz y la belleza de este home sweet home. 

Imagino un espacio a través del cual moverme descalza con libertad y calidez en amorosa compañía. 

Un hogar sencillo, natural y bonito.

Y ese sueño de futuro es ahora una realidad en mi imaginación pintada. Y mi ahora es un espléndido amanecer escribiendo un sueño.

Esta idílica ensoñación de mi mirada desobediente se ve de pronto interrumpida por el recuerdo de un reciente paseo por un centro comercial.

Entonces aparece lo negro para que resalte lo blanco.

La semana pasada cedí mi iphone al museo arqueológico, después de que muriera por fin tras una prolongada y deseperante agonía.

Así que tuve que salir corriendo como si no hubiera un mañana (que no lo hay porque “The Moment is Now”) a comprarme el iphone más barato que encontré a módicos plazos (lo reconozco, soyiphonedependiente, es mi única dependencia de la que espero curarme un día con un tratamiento especial de teléfono de dial combinado con terapia termal).

Me fui a la Apple Store (sí, lo reconozco y me confieso, me gusta porque es blanca) en el Centro Comercial de mi zona y me encontré con el enorme despliegue de anuncios del Black Friday por todas partes alrededor. Tuve una profunda revelación al respecto con matices que hoy no podría explicar. Y me vi a mí misma fuera, fuera de este mundo de consumo compulsivo y de sentimiento de carencia. Y deseando estar a cien mil leguas de viaje submarino de cualquier centro comercial, a ser posible. Aunque reconozco que en ocasiones pueda serme cómodo, incluso agradable.

Me zafé del “voy a esperar al Black Friday para comprarme tal cosa”. Personalmente no necesito comprarme tal cosa en el Black Friday ni que me regalen nada ni ahorrarme nada. Ni aplicar a ningún sorteo. Aunque llegue por los pelos a final de mes.

Ya me regalan muchas cosas porque ser profesora de yoga es como ser el médico del pueblo. Me han regalado desde aguacates hasta estatuillas de India, pasando por adornos de todo tipo, vino y bombones. Sólo falta que me traigan una oveja (preferiblemente negra, esta vez, por afinidad electiva).

No comparto este pensamiento colectivo de “a ver si lo consigo más barato para gastar menos y puedo comprar más cosas por el precio de una” o “voy a comprar ahora así ya tengo los reyes solucionados”, o “es que me ahorro un montón”. No voy a juzgarlo. Simplemente no lo incluyo en mi cesta de la compra. Mis reyes prefiero que sean unos pocos, bonitos y sentidos regalos comprados en tiendas pequeñas de comerciantes, autónomos como yo.

Los que se inventaron el Black Friday saben que se consume mucho más y se gasta en cosas que seguramente no se necesitan, que ocupan un montón de espacio y que en poco tiempo inundarán los vertederos de residuos que tardarán cientos de años en degradarse.

Sí es muy contemporáneo, es parte de la vida, es así. Y no voy a estar peleándome con ello. Pero me libera no elegirlo.

Es como una especie de perversión condescendiente de esos que dirigen estas políticas manipuladoras desde su isla y no creen que las personas merezcamos una felicidad desnuda y desprovista.

Como si nos estuvieran haciendo un favor enorme por abaratarnos las cosas un día al año y en los dos meses de rebajas, después de dejarnos fritos con la factura de gas y electricidad todos los meses. “Tomad los desechos que quedan y así nos ayudáis a limpiar nuestros almacenes y a ensuciar vuestros valles para que podáis morir aplastados entre montañas de impresoras hijas de la obsolescencia programada”.

No, gracias.

A esos, los escondidos en la sombra de sus playas privadas, ya les queda poco que hacer, porque esto ya es insostenible y las personas no somos estúpidas. Ya empezamos a darnos cuenta de que es innecesario.

A esos líderes sin empatía y a sus secuaces hombres grises no les deseo ningún mal. Deseo que se dediquen a consumir su piña colada sin decirnos a los demás lo que tenemos que hacer con nuestra vida, cuántas horas tenemos que trabajar, cuántas horas tenemos qué dormir, qué noticias inventadas tenemos que creer, qué tenemos que comer para estar sanos, y que fármacos tenemos que tomar, cuántos kilográmos tenemos que pesar y cuantos centímetros tienen que medir nuestras “cosas”. Deseo también que devuelvan las tierras que han robado a la Tierra y que luego cobran al resto de sus habitantes.

Es cierto que, de alguna forma, todos encontramos algún beneficio en esto. Pero también creo que nos hemos pasado de rosca y que podríamos vivir feliz y cómodamente, todos, con muy poco o casi nada más que el esplendor de la vida misma y esta tierra.

Hace ya tiempo que cuando entro en una farmacia o en la tienda de la gasolinera, me siento abrumada ante tanto horror vacui, tanta oferta, tanta desmesura y tanto plástico.

Y el vacío y el silencio se convierten de pronto en artículos de primera necesidad.  

Respeto por supuesto a todo aquel al que le gusta comprar y tener y coleccionar cosas. Pero que sea libremente. Que no sea porque socialmente le teledirigen de manera tan descarada y enloquecida.

Se me hace raro ver a todos esos seres humanos corriendo y comprando compulsivamente todos juntos en el mismo día. Aunque quizás ellos se lo están pasando genial y se les hace raro ver a una oveja negra y aburrida como yo sin comprar nada. 

Yo añoro la tienda de ultramarinos atendida por el tendero del barrio al que pedirle un litro de leche, una barra de pan y mantequilla.

Llámame radical.

El otro día hablando con un amigo recordé un documental que vi hace meses en mi mes de prueba de Netflix. Me encantó y lo recomiendo. Me dio mucha paz cuando lo vi y pensé: así me gustaría vivir. Se llama “Minimalismo”. Ya el tráiler te dice mucho:

Y llámame también irresistible porque, según este artículo, la oveja negra es, en realidad, la mejor del rebaño:

Las ovejas negras, siempre que no tengan un solo pelo blanco, protegen al rebaño de algunos males, enfermedades o incluso de las tormentas. Así lo aseguran las tradiciones de los pastores del Alto Aragón, en una colección de intuiciones que la veterinaria Lucía López ha recogido para un estudio. Según su trabajo, estos animales tan castigados en el imaginario colectivo han sido, en realidad, sagrados durante siglos.

http://cadenaser.com/programa/2017/04/17/hoy_por_hoy/1492428272_102435.amp.html

Así que hoy me dispongo a vivir un viernes blanco, libre de consumo, con la melena propia de una oveja negra de pura cepa. Y para celebrarlo, un próximo lunes artesano y analógico.

I’m a lonely girl.

De postre, algo que te va a dar varias sonrisas y una gran felicidad, que no será empañada a pesar del correspondiente anuncio de Black Friday.

El sencillo y fascinante videoclip elegido para hoy, “I’m a lonely boy” de The Black Keys. Esas benditas teclas negras que suenan tan maravillosamente disonantes y que siempre te sorprenden.  

Su protagonista, el guarda de seguridad del estudio donde rodaron el vídeo clip para esta canción, que luego decidieron sustituir por este retal de backstage.

Viva lo sencillo.

A vuestra salud y felicidad! Saravá!


Surfer@s de grandes olas

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Surfear grandes olas es un viaje a través de los límites gloriosos de la vida.

Garret McNamara es un surfista profesional de grandes olas, es hawaiano, tiene 51 años y el record mundial por haber surfeado la ola más alta en Nazaré, Portugal, donde reside con su mujer y sus hijos. Sobre él cuento hoy una bonita historia.

Hace justo una semana estaba yo regresando de impartir un retiro en la costa de Portugal, en la que mi hijo de 10 años pudo disfrutar de sus primeras clases de surf mientras yo daba clases de yoga, gracias a esa bendita anestesia que es: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Aunque he de confesar que, antes de verle partir hacia su surf, yo había rezado a todos los dioses de todos los panteones de todas las religiones existentes en esta tierra y en todos los confines del universo. Creo que con esto ya doy por finalizada para siempre mi práctica religiosa.

Una de esas tardes en la playa de surf de Odeceixe un amigo me presta su tabla y me anima a bracear y a ponerme de pie sobre las suaves olitas de la orilla con la marea baja. Braceo escasos segundos antes de casi chocarme con otra tabla. Pero eso siembra la semillita de mis futuras, deseadas y temidas clases de surf en algún otro espacio temporal.

Si has visto alguna vez las olas de Portugal, seguramente habrás percibido en las letras luminosas de su espuma la advertencia: peligro.

Sumergida en el wipeout de la vuelta a todos los coles esta semana, la fascinación que me producen las olas me lleva a surfear minutos robados a las tareas inacabadas de forrar libros y recoger cocina entre la cena y la cama.

Echo de menos tan desesperadamente el mar que una noche me dejo llevar por un misterioso trance hipnótico. Y, como cantaba Joaquín Sabina, me dieron “las diez y las once las doce y la una, y las dos y las tres” pero la luna no me encontró al anochecer junto a nadie más que a mi soledad, y tampoco desnuda sino ojiplática, atemorizada y enamorada mirando vídeos de surf de grandes olas en mi ipad.

Así descubro a Garret McNamara, a su mujer Nicole Macías, la preciosa historia del nacimiento de su hijo y a la brillante fotógrafa Emily Robinson (pincha en sus nombres para conocer su trabajo).

Y todo porque una olita de whatsapp de un grupo me había traído un vídeo de Nazaré.

El cañón de Nazaré es el mayor desfiladero submarino de Europa, situado junto a la Villa de Nazaré, en Portugal, aquí al ladito, en nuestra amada península. Con una extensión de 230 km, su profundidad de 5.000 metros y su cercanía a la costa provocan olas gigantes.

 

 

Sin haberlo experimentado nunca, porque hasta donde yo recuerdo no me ha sido posible surfear en anteriores encarnaciones, sé lo que se siente. Sé que es así porque estamos todos conectados con la vida en todos sus puntos y con todos sus instantes pasados, presentes y futuros en nosotros y en todos los seres. Sólo hace falta cerrar los ojos y sentir.

El surf me atrae poderosamente y al mismo tiempo me aterroriza. En una de mis pesadillas recurrentes un tsunami se abalanza sobre mí, por suerte siempre me despierto a tiempo.

Y es que el planeta Neptuno estaba ascendiendo por el horizonte en el instante de mi nacimiento. Sus ondas inundan mi vida de profundidad y magia. Es una lástima que la mayoría de las personas no conozcan lo que es la astrología de verdad: una bella y asombrosa revelación del cielo sobre la tierra.

Neptuno me susurra al oído que el surfista vive con plena conciencia de la muerte y de la gloria. Y que llega a ese estado de gracia al deslizarse por la ola y recorrerla en el límite de la vida, ese estado trascendente en el que no le importa morir porque ha conocido lo Supremo. Aunque cada vehículo y cada viaje sean distintos, alcanza el mismo “lugar” al que se llega también a través de la heroína, la música y la mística.

Puedo escuchar el sonido y el rugido del mar, del viento y de mis movimientos en ese instante. También el silencio. Puedo sentir en mi piel como la tabla se desliza por la ola. Puedo sentir como me ilumino. Y también como me muero. Lo percibo todo simultáneamente cuando veo a Garret surfear. Es un mago. Es un dios.

En las olas recorridas con mi ipad me encuentro con su mujer, Nicole, profesora de educación medioambiental. En mi imaginación me pregunto cómo puede ella sostener que su hombre se marche una y otra vez para entregarse a la fuerza arrolladora e imprevisible de ese mar, una arriesgada entrega que es toda su vida, irremediablemente.

¿Quizás esta mujer no tiene miedo? ¿O será que más grande que el miedo es el amor, la admiración y la comprensión profunda de lo que Es?

Mi pequeño surf me lleva también a un instante de gloria y la grandeza de la pareja se me revela cuando me encuentro el reportaje fotográfico del nacimiento de su bebé en su casa. Y surfeo con ellos a través del parto.

En las paredes de su cuarto un cartel dice: “Si una mujer no parece una diosa cuando está dando a luz, es que alguien no la está tratando bien”.

Entonces Garret se convierte en el hombre que ama a la mujer que surfea el máximo dolor y la máxima transcendencia de dar a luz a su bebé en su casa como una maga, una diosa.

Verles a los dos es ver el esplendor de lo humano y de lo divino, una vez más. Y toda una suerte que esté recogido bajo la mirada luminosa de la fotógrafa Emily Robinson.

Quizás no puedes hacer surf en el mar pero puedes escuchar la sinfonía de mirlos al amanecer o saborear un delicioso té mientras sientes los rayos del sol iluminando tu rostro. O mirar a través de los ojos de tu hijo cuando te cuenta un nuevo descubrimiento.

Quizás ahora te des cuenta de que vives surfeando en la locura.

Como el papá que está comprando un panel de recompensas en el Lidl en medio del griterío de sus hijos que se pelean mientras intenta hablar con su hermana por teléfono contándole que tuvo que poner su iphone en no molestar para poder desaparecer completamente porque en el trabajo no le dejan en paz y que al volver a la oficina después de las vacaciones tenía unos 4.000 emails por leer y responder.

Como la mamá que tiene que llevar a sus diferentes hijos a las diferentes extraescolares a la misma hora y hacer la compra en los 5 minutos que le quedan libres de trayectos delirantes.

Como todas esas personas anónimas que llegamos a final de mes salvándonos de un wipeout justo antes de que la espuma del tsunami nos fuera a tumbar. Y regresamos renacidos a la orilla con un “uf” cada vez.

Como todas esas personas en el mundo que viven salvándose de la muerte a cada instante antes de morir o antes de seguir viviendo.

Un sólo brillito de conciencia en nuestra cotidianidad detiene el tiempo en la cresta de la ola.

En ese brillito está la grieta por donde se puede escapar del sufrimiento y entrar en la dicha. En esa grieta está la fuerza para tener paz en la tierra.

Llevamos mucho tiempo entrenando. Es hora de ponernos de pie. Ahora lo supremo está al alcance de nuestra mano en cada instante.

¿Y si nos decidimos a renacer en nuestra casa, la tierra?

BebeSurfTabla

Mira este vídeo, es realmente emocionante.

 

Y la sesión de fotos:

Reportaje fotográfico: El hijo de una leyenda del surf: baby Barrel nacido en casa.

 

 

 

En los recovecos está …

 

Puerto

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
Nada nos dice adiós. Nada nos deja.
No te rindas. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber un descuido, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha
pero en las grietas está Dios, que acecha.
(Jorge Luis Borges)

En los recovecos de la costa asturiana hay escondido un pequeño pueblo de pescadores que un día me flechó. Y es que hay una plaza de Cupido. Y en lo alto del puerto un arpón gigante, ahora enredado de zarzamoras, con el que se capturaban ballenas en el siglo XVII.

En los recovecos de mi cintura que un día fueron valles hoy se atisba la menopausia sin necesidad de catalejo. Canelones van ganando posiciones frente a canalillo que se va quedando rezagado. Y aspirante a ballenita llega por decisión propia un buen día a este puerto sin necesidad de ser disparada con arpón, pero con la sensación de haber sido alcanzada por la flecha del dios del deseo amoroso, hijo de Venus y Marte.

En los recovecos de los bares del puerto una mujer ballena en sus sesenta y tantos con una larga trenza cobriza irradia sexualidad y me confirma con cristalina contundencia que la gracia divina brilla más allá de cualquier edad, sobrepeso y geometría.

En los recovecos de mi tiempo aquí atesoro el esplendor infinito en la mirada de mi hijo de diez años, atesoro su risa y su disfrute jugando con las olas; atesoro su compañía como oro en paño, atesoro sus preguntas y su hermosura, atesoro sus abrazos y su frescura, atesoro su premeditación y su dulzura, atesoro su condición de grumete gourmet. Atesoro, sobre todo, su inmortalidad.

En los recovecos de un universo paralelo soy marinera de piel curtida y cuerpo fibroso que, descalza por el puerto, escancia sidra y saborea frutos del mar sintiendo que es ahí dónde pertenece, entre el crujir de la madera de los barcos, el silencioso movimiento de los gatos y el cautivador perfume de la mar.

En los recovecos de los oídos de Guionista, y debido a su libre interpretación, marinera se convirtió en minera y ahora minera se dedica a alumbrar en la oscuridad buscando oro y piedras preciosas mientras, tiznada de carbón, sueña con ser marinera en los pliegues de un universo ondulado como la espuma de mar en sus cabellos de sirena.

En los recovecos de los cabellos de mi hijo, en este mismo mágico lugar, mis manos retiraban liendres hace un par de años con premura y espanto ante la inminente vuelta al cole, con la eficacia de una liendrera microacanalada.

En los recovecos de mis cabellos de sirena ocultos bajo el casco de minera saltaban los piojos con alegría hace un par de años un par de pliegues más tarde en pleno golpe y porrazo de final del verano contra inicio de curso en un poético y tragicómico juego de malabares.

En los recovecos de las tres de esta madrugada Inspiración me despierta con insistencia queriendo mejorar mi primera canción compuesta y una vez conseguido no se da por vencida y me sugiere escribir un post para mi blog olvidado en los oleajes de la cotidianidad.

En los recovecos de este apartamento alquilado en las afueras del pueblo y de la wifi pero no de la belleza, se alternan coladas sin piña con disfrutes, deshoras con eternidades, canciones con silencios, sorprendente orden con deliberado desorden, el olor del incienso con el del pescado en la basura.

En los recovecos de este pueblo ondulan la ropa tendida en los balcones, los saludos amables de los habitantes, los caminos de hierba salvaje y las inesperadas visiones del mar acechando entre las casas de colores.

En los recovecos de la arena y de las olas vigilan incesantes cinco socorristas en medio kilómetro de playa: uno en la torre, dos sentados en la orilla frente a la zona de baño, otro en una zodiac y otro en una tabla de surf.

En los recovecos de mi biología Miedo ancestral aparece inesperado, me agarra tan fuerte que no me deja jugar a atravesar las olas, me obliga a detener la marcha exploradora de mi hijo, su mirada alegre y fascinada y su decisión de avanzar contra viento y marea sin temor alguno ante esos vislumbres de Tsunami, que también son atisbos de Samadhi.

En los recovecos de los neoprenos de los surfistas se ocultan los tatuajes que después se revelarán en un acontecimiento glorioso bajo las duchas para deleite de muchas.

En los recovecos del spotify en un iphone 5 agonizante chisporrotean las elecciones musicales de mi hijo que practica en el aire los ritmos de la batería en un obsesivo bucle que va desde Eye of the Tiger hasta Satisfaction, pasando por I am the Walrus y Bohemian Rapsody ante mi embelesado desconcierto.

En los recovecos de la senda del acantilado, el inmenso horizonte sostiene la ermita de la Atalaya, cuya presencia vacía y humilde contempla la puesta de sol sobre el mar donde nosotros, en nuestra recortada pequeñez y ojos de dibujo japonés, esperamos cazar el rayo verde.

En los recovecos del paraíso donde todo es perfecto se lamenta un quejido silencioso y profundo cuyos ecos a veces me asustan pero cuya canción se aleja en un adiós para nunca más volver.

En los recovecos de mis redes y de mis hilos de seda anida la esperanza de un amor absoluto y una dicha perenne cuyo anhelo insistente a veces suena como un doblar de campanas y otras dibuja formas en el humo del incienso.

En los recovecos de la Soledad en mi corazón comienzan a crecer raíces, flores, frutos, insectos, mamá pato y sus patitos, mamá gata y sus gatitos, plantas medicinales, musgo, helechos, ortigas y hierbabuena, grandes bosques de eucaliptos, cascadas y ríos, cielos estrellados y un cartel de “Se vende. Incluye jardín”.

En los recovecos de la lectura de “Momo” con mi hijo me doy cuenta de que los engaños de los hombres grises calaron en mí como en todos hace ya tanto tiempo que ha llegado el momento de reclamar educadamente pistola en mano al estilo Thelma: “¡Entrégennos inmediatamente todo el tiempo robado!”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alumbramiento

Alumbramiento bajo árbol

Del parto a las estrellas: física de la maternidad, astrofísica y ciencia ficción

 

Puede que el dolor del parto te haga “ver las estrellas”. También puede suceder que el efecto de la anestesia epidural en combinación con un cóctel de oxitocina y endorfinas en forma de lluvia de perseidas sobre una sensibilidad particular te haga ver flanes, como le ocurrió a una amiga mía. Sí, después de gritar a todo el equipo médico pidiéndo desesperadamente la epidural, mientras daba a luz empezó a ver flanes volando.

O como otra querida amiga me dijo cuando yo le contaba en mi embarazo que quería un parto natural sin anestesia: “Tú verás lo que haces, pero te digo, cuando me pusieron la epidural, yo vi el cielo” (Y así fue).

Puede que dar a luz sea una experiencia de iluminación inesperada, como me sucedió a mí (El infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora),  no me importa que sus raíces estén en la química del cuerpo o en la trascendencia del alma, para mí ambas son una misma cosa.

La conexión entre el alumbramiento y las estrellas es obvia y el universo es elegante.  Y hacer elegante esta indagación es un trabajo de parto. Quizás debería renunciar a ser elegante al escribir este artículo, puesto que parir no lo es desde la estética que hoy impera. Es más bien brutal. Pero chicos, no os desmayéis y seguid leyendo, que voy a hablar más de astronomía que de romper aguas o de cortar la supercuerda del cordón umbilical o de extraer la placenta (disculpadme, pero vosotros sabéis perfectamente que tendéis a marearos).

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Excurso: siempre me ha resultado fascinante que la mayoría de los hombres que conozco se desmayan en los análisis de sangre y son pusilánimes para las pruebas médicas, cuando biológicamente están diseñados para cazar y defender el territorio sangre mediante.

Igualmente me resulta increíble que las mujeres poseamos la fuerza salvaje de parir sangre mediante o seamos capaces de cualquier cosa si nuestro hijo está en peligro, y sin embargo nos volvemos pusilánimes ante los médicos, y cediendo nuestro poder y nuestra libertad al someternos socialmente.

Es como si ambos perdiéramos nuestros poderes inherentes cuando nos descontextualizamos. Como Spiderman sin su traje se vuelve un Peter Parker torpe y sin poderes. Absolutamente adorable, también hay que reconocer. Porque en nuestra vulnerabilidad resplandece también nuestra belleza.

Así, en el transcurso de unos 100 años muchos hombres han pasando de las barricadas a los paritorios, han empezado a asistir a los cursos de preparación al parto, a cambiar pañales, a despiojar, a cocinar y a pasear el boogaboo (con el bebé dentro por supuesto).

Al mismo tiempo muchas mujeres nos hemos puesto a expresarnos y a crear de mil maneras, y a viajar y a liderar y a buscar nuestra libertad como si no hubiera un mañana.

Al explorar nuevos territorios no frecuentados por nuestras tendencias biológicas y condicionamientos culturales nos estamos pasando la antorcha.

Alumbramiento es la acción y efecto de alumbrar, del latín illumināre:

1.  Dar luz y claridad a algo o a alguien.

2.  Poner luz o luces en un lugar.

3.  Acompañar con luz a alguien.

5. Parir o dar a luz a un hijo.

Buscando fotografías sobre alumbramientos encontré estos oleos de Amanda Greavette, una pintora canadiense nacida en 1981. Aquí puedes ver su hermosa y particular galería de nacimientos.

Amanda Greavette Galería de Nacimientos

Alumbramiento. Me gusta mucho esta palabra y la relación entre luz y parto, nacimiento y creación. Por eso la he elegido para este Post Parto, que lejos de lo que su nombre indica, todavía no ha sido, sino que está siendo, un parto largo y complicado, nada fluido, por cierto. Cuando la inspiración no llega, la voluntad y el deseo se quedan solos atendiendo el chiringuito.

El proceso del parto es la entrega a la inteligencia primordial que late en nuestros movimientos. Y el bebé en la plena oscuridad del vientre de su madre es guiado por esa pulsación que acontece en el útero, mientras la madre se entrega en la oscuridad del dolor y el temor, a luz que el dolor también oculta, a la luz escondida de la promesa, a la luz olvidada de sus ancestros. Así una madre es La que ilumina.

Dar a luz es un estallido brutal que puede ir seguido de una dicha transparente o de la extenuación del cuerpo, o del desmayo o del desconcierto o de una ternura dolorosa seguida de hasta el infinito y más allá… y no podemos saber si a Dios el Big Bang le dolió tanto como le duele el parto a una mamífera, o si, como suele suceder, el dolor se le ha olvidado.

No puedo hablar mucho sobre atravesar el dolor en el parto porque en medio de las contracciones la posibilidad de una epidural en dosis bajas me sedujo y a ella me entregué. Siento que si tuviera que volver a parir, me gustaría atravesar el dolor y la totalidad de la experiencia tal cual es, para conocerla.

Si quieres investigar sobre el sentido que tiene el dolor en el parto, aquí tienes un libro escrito por la comadrona italiana Verena Schmid que me recomendó una amiga y que le ayudó a parir las dos veces sin anestesia en unos partos largos y extremos.

El dolor del parto

Como los bebés, algún día surgieron la luz y la creación y me apasiona explorar de dónde. Me fascina que la nada se convierta en infinito, el vacío en plenitud y que en el universo haya galaxias y también un montón de materia oscura.

Como a muchos, los Jedis dejaron una huella imborrable en mí: me maravillan el lado luminoso y el lado oscuro de la fuerza, su danza y su alternacia.

Hoy estamos cruzando el equinoccio (del latín aequinoctium, “noche igual”), cuando el día tiene una duración igual a la de la noche en todos los lugares de la Tierra. Ocurre dos veces por año. Es un dos. Es dual. Y marca el inicio de la primavera y del otoño, del nacer y del morir.

En el equinocio la luz y la oscuridad se hallan en equilibrio.

Hace un año elegí esta fecha para dar a luz a mi tercera hija, que es multilliza, puesto que es 1 y 21 al mismo tiempo, mi 21 Taras. Y celebro el nacimiento de este blog escribiendo sobre alumbramientos.

Mi primer hijo es un niño y es humano, un hijo propiamente dicho que cumplió 10 años hace 3 días; fue concebido con facilidad y prontitud, la gestación fue un tsunami emocional, y el parto fácil y rápido.

Mi segunda hija es una creación, material y espiritual, física y metafísica, que nació en la forma de una escuela de yoga y cumplirá 9 años el 9 del 9. Requirió años hasta concebirse, y el embarazo y el parto fueron increíblemente fáciles y placenteros. Sin embargo la recuperación del parto ha durado años.

Mi tercera hija es virtual, es esta plataforma luminosa dónde escribo. Tardó unos meses en concebirse y gestarse, y el parto fue a toda velocidad.

Como me dijo una madre de tres, el tercero ya va solo. Y así es, porque el primero y el segundo me ocupan todo el tiempo. Confío en la supervivencia de mi criatura más pequeña gracias a sus poderes divinos.

Aunque apenas puedo atender a mi tercera hija sueño sin embargo con gestar y parir más retoños, será porque los Jedis vivieron en la casa de “Con ocho basta”. Quisiera dar a luz varios libros, un duo o trío o cuarteto musical y un hogar en una tierra bonita donde echar raíces. Y entre mis futuros autoempleos deseados están diseñadora de perfumes y maestra de ceremonias para alumbrar aromas y discursos. Me gustar concebir, me gusta gestar, me gusta dar a luz. Me gustar crear mundos. Pero el proceso de creación se despliega a través de muchos momentos de oscuridad, así como oscuro es el canal del parto para el bebé en el proceso de nacer.

En la cosmología tántrica, todo el universo se percibe como creado, penetrado y sostenido por dos fuerzas fundamentales, que están permanentemente en una unión perfecta e indestructible, formando el principio absoluto Shiva-Shakti.

La tradición ha asociado a estos principios una forma, respectivamente la de una deidad masculina y la de una femenina. Desde un punto de vista metafísico, la pareja divina Shiva-Shakti corresponde a dos aspectos esenciales del Uno: el principio masculino, que representa el aspecto permanente de Dios, y el principio femenino, que representa su energía, la fuerza que actúa en el mundo manifestado, el acto de creación y la creación misma.

Como escribió Blaise Pascal:

Contemple el hombre, pues, la naturaleza entera en su elevada y plena majestad (…) Contemple esta resplandeciente luz colocada como una lámpara eterna para alumbrar el universo, que la Tierra le parezca como un punto rodeado por la vasta órbita que este astro describe y que se asombre de que esta vasta órbita es a su vez  una fina punta respecto de la que abrazan los astros que ruedan por el firmamento. Pero si nuestra vista se detiene aquí, que la imaginación vaya más allá; antes se cansará ella de concebir que la naturaleza de suministrar.

Nosotros somos hijos de la creación y a la vez creadores, y las creaciones nos resuenan como propias, ya sean niños, canciones o películas, sentimos un vínculo profundo con lo creado.

En cierto sentido, todos los niños son hijos nuestros. Cuando nace un bebé, es como si fuera nuestro y es como si nacieran todos los niños. Cuando muere un niño es como si  muriera el nuestro, como si murieran todos los niños. Y es que todos somos hermanos, hijos de las estrellas según las palabras de la astrónoma chilena, María Teresa Ruiz, Premio de la UNESCO mujeres en Ciencia en 2017:

MariaTeresaRuizyniños

De verdad somos todos hermanos, soñamos las mismas cosas, estamos hechos del mismo material y tenemos los mismos parientes ancestrales, las mismas estrellas que fabricaron los átomos de los cuales estamos hechos. Cualquier átomo de nuestro cuerpo tiene miles de millones de años. Los átomos de hidrógeno de mis lágrimas los fabricó el big bang. Y los átomos de calcio en mis huesos, el óxigeno en mi sangre y todos los elementos que forman parte de mí, todos, fueron fabricados por las estrellas. Somos sus hijos, hijos de las estrellas.

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Este mismo mes de marzo se publica la detección de la formación de las primeras estrellas después de una Edad Oscura del Universo. Tienes todo el reportaje aquí: Así se hizo la luz en el universo tras 180 millones de años de oscuridad. y en el siguiente vídeo subtitulado está resumido en poca más de 1 minuto. Es fascinante.

 

 

Esta pulsación entre luz y oscuridad, inhalación y exhalación, sístole y diástole es la expresión física de lo que en filosofía tántrica se llama Spanda, término sánscrito que designa la vibración primordial del Universo y de nuestro ser, su continua pulsación creativa.

Catherine Heymans, astrofísica de la Universidad de Edimburgo, y especialista en materia oscura, nos desvela los recientes descubrimientos sobre los componentes oscuros del universo en el siguiente artículo:

Catherine Heymans.jpg

“El lado oscuro del Universo”

“Aunque las galaxias permanecerán unidas, porque la gravedad es demasiado fuerte, las estrellas agotarán su combustible y se apagarán lentamente y todo terminará en una nada fría y oscura”

 

“Por un azar que no busco comprender” hace hoy exactamente 5 años, el telescopio Planck proporciona la imagen más precisa hasta la fecha del eco del gran estallido que dio origen al cosmos, que la Agencia Espacial Europea presentaba como la imagen del universo recién nacido:

Planck_CMB

 

Y siguiendo con la conexión de fechas, interdependencia de los fenómenos o entrelazamiento cuántico, me encuentro que en el día de mi cumpleaños se publica la noticia de la muerte de Vera Rubin, la astrónoma que aportó la primera prueba de materia oscura:

“Yo observé que las galaxias giraban de una manera totalmente inesperada según las leyes de Newton y Kepler. Esto se interpretó como la primera evidencia de que la materia oscura existía y continúa siendo la hipótesis más factible, pero también podría ser que arrastráramos un error fundamental en las ecuaciones que utilizamos para describir el movimiento de los cuerpos celestes”

 

Vera RubinVera Rubin, astrónoma estadounidense (1928-2016)

Aquí tienes un bonito artículo sobre ella.

Esa coherencia secreta y misteriosa que, según la poeta colombiana Adriana Hoyos, se oculta detrás de la creación de un poema, es la misma que subyace este escrito. Porque cuando hace unos días quise escribir un post por el primer año de vida de este blog no tenía nada, sólo el final de un invierno y el principio de una creación. Y nunca pensé que el parto me iba a llevar de viaje por estrellas y planetas, mis amados cuerpos celestes.

El parto de este post o post-parto ha sido largo muy largo, y oscuro, y poco elegante. Un montón de kleenex usados y arrugados se apelotonan alrededor del Air de mi MacBook en forma de galaxia en espiral porque este largo invierno de nuestro descontento ha hecho estragos en mis defensas. Este alumbramiento, lejos de llevarme por el atajo de un agujero de gusano, se ha convertido en un viaje a través de un agujero negro del cual estoy pudiendo salir gracias al comportamiento extravagante de las partículas subatómicas.

Nunca imaginé que mi devoción por la astrología se convertiría en amor a la astronomía, ni que mi fascinación por la metafísica se convertiría en amor verdadero a la física. Y de la física hacia mí, por lo que parece querer decirme el virus de la influenza que me orbita, pequeño escombro del microcosmos.

Porque al final todo es lo mismo y nunca ha estado separado. Luz, oscuridad, sueño, despertar.

Y para terminar, una entrañable masterclass de 7 minutos de la astrónoma María Teresa Ruiz, sobre nuestros ancestros estelares. Y un timelapse de 11 minutos de todo el universo desde su nacimiento hasta ahora, que ilustra los pensamientos de Pascal. En la grandeza de nuestro microcosmos somo pequeños y recientes inquilinos de nuestro universo.

Feliz Primavera!

 

 

 

 

 

 

Hermana, recuerda tu nombre

Hermana, recuerda tu nombre

 

Hermana Plano General 2

 

Y canta Shug Avery “El blues de Miss Celie” en El color púrpura:

 

“Hermana, recuerda tu nombre,

ningún huracán se llevará tu valor

Hermana mía, no tenemos mucho tiempo

así que ponte a bailar, hermana.”

 

Mientras elijo a Alice Walker para ilustrar este post, estoy eligiendo por igual a Gloria Fuertes, a Marilyn Monroe, a todas mis hermanas de todos los colores y todos los tiempos, a todas las madres, a las no madres, a las mujeres que limpian, a las mujeres que sanan, a las que luchan, a las que escriben, a las que ya no pueden contarlo, a las que cantan, a las que callan, a las que paren, a las que pierden, a las que aguardan, a las que aguantan, a las que tejen, sobre todo y especialmente a todas aquellas sobre las que nadie escribe, sobre las que nadie canta, a todas las invisibles, porque no las ven, porque no se ven a sí mismas….

Alice Walker es una escritora afroamericana y feminista que recibió el Premio Pulitzer en 1983 por la novela El color púrpura, en la que se basó la película del mismo nombre y que dirigió Steven Spielberg, ambas brillantes obras que admiro desde adolescente.

La secuencia que incluyo al final de este escrito es, para mí, una de las más hermosas en la historia del cine.  Retrata el amor, la belleza y el poder de la solidaridad femenina y del reconocimiento. Quizás hay que conocer la historia para entenderla, pero aun sin saberla simbólicamente queda todo dicho.

Hermanas y  hermanos, estamos en un importante umbral, en un momento histórico de despertar y de profundo cambio en la conciencia humana. Para atravesarlo, nos apoyamos en las piedras que han dejado nuestras antecesoras y nuestros antecesores, y en las semillas sembradas.

El eminente físico austriaco Fritjof Capra escribe en su obra “El Tao de la Física”:

“Veo el interés que el misticismo oriental ha despertado en Occidente durante los últimos veinte años como parte de una tendencia mucho más amplia que trata de contrarrestar el profundo desequilibrio existente en nuestra cultura, en nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, en nuestros valores y actitudes y en nuestras estructuras políticas y sociales.  La terminología del yin y el yang me pareció muy adecuada para describir este desequilibrio cultural. Nuestra cultura ha favorecido los valores y actitudes yang o masculinas, y ha descuidado sus contrapartes yin o femeninas, que le son complementarias. Hemos favorecido la autoafirmación a costa de la integración, el análisis sobre la síntesis, el conocimiento racional sobre la sabiduría intuitiva, la ciencia sobre la religión, la competencia sobre la cooperación, la expansión sobre la conservación y así sucesivamente. Este desarrollo parcial ha alcanzado ya un punto alarmante, ha llegado a constituir una crisis que presenta dimensiones sociales, ecológicas, morales y espirituales.

No obstante, al mismo tiempo, estamos siendo testigos del inicio de un tremendo movimiento evolucionario, que parece ilustrar el antiguo refrán chino que dice: “Cuando el yang ha alcanzado su punto culminante, retrocede dejando paso al yin”. Las décadas de los años 60 y 70 generaron toda una serie de movimientos sociales que parecían converger en una misma dirección.  La creciente preocupación por la ecología, el intenso interés por el misticismo, el surgimiento de la consciencia feminista y el redescubrimiento de los enfoques holísticos sobre la salud y la curación, son todas manifestaciones de una misma tendencia evolucionaria. Todas ellas vienen a contrarrestar el excesivo énfasis puesto en lo racional, en las actitudes y los valores masculinos y tratan de recuperar el equilibrio entre los aspectos masculino y femenino de la naturaleza humana. Así, la consciencia de la profunda armonía existente entre la visión del mundo de la física y la del misticismo oriental, aparece ahora como parte integral de una transformación cultural mucho más amplia, que nos lleva a una nueva visión de la realidad, visión que requerirá una cambio fundamental de nuestros pensamientos, en nuestras percepciones y nuestros valores”.

Personalmente lo veo como él y estoy comprometida con este cambio, tratando de pensar y actuar desde una conciencia superior en la medida de lo posible y de descubrir, en el trabajo conmigo misma desde mi interior atravesando mis luces y mis sombras, las claves para ir creando un mundo mejor.

Vivimos en un desequilibrio y como todo cuerpo vivo, nuestra sociedad desde dentro de sí misma busca equilibrarse a través del mecanismo de la homeostasis,

El día de hoy, la huelga de hoy, la manifestación de hoy, la lluvia de hoy, son mecanismos de homeostasis de nuestro propio sistema.

Y desde mí, como humilde pensadora, quiero favorecer ese equilibrio no desde el castigo, ni desde el odio, ni desde el rencor, ni desde la violencia, sino desde la reflexión, sino desde el amor a la vida, desde la visibilización, la visión y la comprensión desde el corazón.

Hay una realidad social que perdura milenios, y que nos ha perjudicado y nos perjudica a tod@s, mujeres, hombres, niños y por supuesto a todo el planeta y a la naturaleza misma. Esto está claro. Todos somos víctimas. Podemos llamar patriarcado a esta realidad social.

La Real Academia Española, compuesta por 8 mujeres en un total de 44 académicos (fue en 1978 cuando ingresó Carmen Conde como primera mujer en la RAE), define patriarcado como la organización social primitiva en que la autoridad es ejercida por un varón jefe de cada familia, extendiéndose este poder a los parientes aun lejanos de un mismo linaje.

En la evolución del patriarcado, visto lo visto, da igual como sean esos parientes (ahora gobernantes), basta que sean varones aunque lejanos en parentesco (diré hermandad). Y al final tampoco importa que sean mujeres. Porque lo que prevalece es que estén al servicio de la codicia y del poder de unos pocos y que sus formas sean lejanas del amor y del respeto.

El gen del patriarcado está en el ADN de mujeres y hombre en cada pensamiento y en cada gesto cotidiano de nosotr@s mism@s. Y van desde el “No, ya lo hago yo, si no me importa….” pasando por “estoy gorda” y todo lo que hay detrás de ambas afirmaciones, hasta actos criminales. Y no lo vemos.

Cada gesto cotidiano en el compromiso del respeto nace de un cambio en nuestra mente, de darnos cuenta de las pequeñas formas en las que todas y todos mantenemos viva la injusticia, mayoritariamente desde la ignorancia. Y en el poder, desde la ausencia de luz, de corazón, de compasión. De otra manera esta situación no continuaría.

La buena noticia es es que está cambiando. Much@s mujeres y hombres estamos haciendo el cambio. Nos estamos transformando.

Son más de 2.000 años de una distorsión mental y social desde que se empieza a condenar como pecado el acto sexual, que da la vida desde el placer, cuando no está al servicio de la reproducción sino del placer. En 2018 la ablación es una realidad y se marca como referencia el 2030 para abolirla.

Dentro de esta enajenación (o confusión mental mayúscula) se encuentra el burka para ocultar por completo la belleza de lo femenino (además de impedir el aire) tanto como en otros lugares las muchachas invaden con un canon excluyente de “belleza” las fotos de toda publicidad, de la misma manera en la que tienen que caminar también en lencería por algunas calles y parques oscuros en invierno o mostrarse detrás de vitrinas iluminadas, para el contentamiento del hombre y a su servicio.

Cuando digo hombre hablo de una generalidad y pido que no identifiquemos esto como todos los hombres, si no como una conducta mayoritariamente aceptada que nace de nuestro lado oscuro (ignorancia, ausencia de empatía) como seres humanos. 

En esta distorsión también se induce a que nos vistamos “como putas” pero luego eso mismo se insulta y se desprecia. Y de esa distorsión surgen desde la paliza hasta la violación o el asesinato para tener o no tener a ese oscuro objeto del deseo. Pareciera que somos las mujeres la razón de todos los males. Bozal para el perro peligroso.

Hablamos de ello porque ha causado y causa mucho sufrimiento, para tod@s.

Este lado oscuro del ser humano está en tod@s nosotr@s. Y, supuestamente, debería estar en nuestra mano elegir con qué pensamientos y acciones queremos manifestar en la realidad esa felicidad y bien común que tod@s anhelamos desesperadamente en nuestro corazón.

(Nota: personalmente uso la arroba porque la prefiero a la x. La arroba es redonda como los átomos y los planetas y es un abrazo incluyente. De x y cruces ya hemos tenido mucho).

En realidad ya está todo dicho y hecho. Ahora está siendo el momento de visibilizarlo y cambiarlo, desde una conciencia humanitaria, de comprensión profunda y amor por los seres, la tierra y la vida.

¿Quién da la vida y quien la quita? Dar vida y quitarla forman parte de la vida toda. Dar a luz, amamantar y cuidar de niñ@s y mayores y cazar y matar para alimentar y proteger al clan y forman parte de la misma vida. Y hay unas hormonas en el cuerpo que gobiernan, incesantes, esas conductas y esos comportamientos.

De igual manera, hay una conciencia prodigiosa que subyace la biología y un espíritu dentro de todas las cosas. En este marco inconmesurable destella la evolución en la mente humana.

Con respecto a la vida que doy, como madre, me gustaría que mi hijo estudiara otra historia. La historia que yo estudié fueron guerras, conquistas, invasiones, luchas por el poder. En otro lado, por suerte, arte y conocimiento de la naturaleza. Los nombres propios, todos masculinos, a excepción de Eva (empezamos mal), la Virgen María (mucho que decir al respecto), Juana de Arco, Juana la Loca, Isabel la Católica hasta que lució el arco iris y aparecieron Marie Curie o Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán. Chin pún. No había más. Estábamos todas pariendo, fregando, curando y muriendo. O aparecíamos como personajes de novelas u objetos de inspiración.

Se puede pensar que es que realmente no había mujeres, sin embargo curiosamente ahora están saliendo a la luz nombres propios de mujeres de todos los tiempos que hicieron grandes cosas y que podían haberse estudiado. Pero hasta hace muy poco no se las nombraba, por tanto, nunca existieron.

Hay múltiples maneras en las que podemos hacer este cambio, aunque no sea fácil.

Por ejemplo ¿Cómo hacemos esto cuando la sociedad no lo apoya? ¿Cómo haces esto cuando lo urgente es trabajar para ganar el dinero para alimentar a tu familia? ¿Cómo haces esto cuando trabajar para ganar el dinero para alimentar a tu familia supone aceptar cosas inaceptables para el bienestar de esa mujer obligadas por la propia sociedad?

Sólo sé que lo hacemos entre tod@s y poco a poco, desde lo más pequeño y cotidiano. Y los que podamos hacerlo más fácilmente iremos liberando y despejando el camino para los que no pueden. Y sé que hay muchas personas, hombres y mujeres, trabajando, tan incesantemente como nuestras células, para crear un mundo bueno para tod@s.

Una de las formas que se me ocurren, como mujeres, es tomar el propio poder, la propia belleza. Tenemos la fuerza extraordinaria de concebir, gestar y dar a luz vida y creación en infinitas maneras con la dulzura del corazón y también la fiereza del instinto. Ambas son inherentes para preservar la creación y cuidar amorosamente del clan, que es la humanidad toda.

Tomar el propio poder supone darse espacio a una misma, de descanso, de deleite, de inocencia, de libertad. Y poner los límites necesarios para preservar ese espacio. A veces dulcemente, a veces con el rugido y el zarpazo de una leona.

Trato con muchas mujeres. Conozco a muchas mujeres. Veo a muchas mujeres. Estamos exhaustas. Los hombres están exhaustos también.

Me ocuparía otro artículo como mínimo escribir sobre las miles de maneras en las que nos dejamos exclavizar y nos exclavizamos a nosotras mismas a diario. Pero hoy no lo voy a escribir.

Porque se me ocurre una forma más sencilla para empezar a manifestar este cambio, a recuperar este equilibrio en la humanidad entre lo femenino y lo masculino.

Y esa forma es:

Hermanas, vamos a mirarnos en el espejo, a quedarnos un rato mirándonos a los ojos, contemplando nuestras curvas, nuestros huesos, nuestro aliento, nuestro vello, nuestras “imperfecciones”, nuestras obras, la vida en nosotras. Vamos a concedernos tiempo para hacer esto. Atravesemos la vergüenza que hemos padecido por ser lo que somos. Y no paremos hasta que nos veamos, realmente. Y suceda la epifanía de nuestro reencuentro, de la perfección que somos, del esplendor, y del amor a nosotras mismas, real, más allá de la mente, más allá de todo lo dicho y escrito.

Vamos a permitirnos recibir también el reflejo que el espejo de los que nos quieren nos susurra “eres bella, eres maravillosa, gracias por existir”.

Y cuando nos vemos realmente y pronunciamos nuestro nombre como un mantra mágico que abre puertas, y escribimos nuestro nombre con nuestros colores en las paredes de esta existencia, en ese mismo instante somos reconocidas, vistas, respetadas y amadas por nuestras hermanas, por nuestros hermanos, por nuestras hijas e hijos, por nuestras madres y padres. Por todos los hombres.

Y esa forma es:

Hermanos, somos un@. 

 

Geometría de la nieve

Geometría de la nieve

Fotografía de Kareva Margarita

6 de la mañana de un 6 de febrero. Todavía la nieve cubre los tejados. Suena mi despertador Sami, un despertador analógico de minutero silencioso que se desliza sereno por el mándala de las horas. Es de plástico plateado y discreto, se ilumina de azul y cabe en la palma de la mano, como el infinito de William Blake.

Sami, que así se llama porque esa es su marca, fue adquirido recientemente a cambio de 12 € en una pequeña tienda de relojes de mi localidad, de las de barrio de toda la vida, que nunca antes había visto y que la próxima vez que pase por ahí posiblemente ya no estará.

Había pensado “quiero un despertador analógico, de los de siempre” y al momento encontré la tienda, sin buscarla…. Igual que Bastián Baltasar Bux cuando comienza a manifestar sus deseos en la realidad en La historia interminable.

Quizás sea que estoy cautivada por este libro que estoy leyendo en voz alta con mi hijo de 9 años cada noche, por primera vez en mi vida. Es la primera vez que tengo la experiencia real de sentir que entro literalmente en un libro y que estoy dentro de un libro en la vida escribiéndola mientras algo me escribe y que, una y otra vez estoy atravesando mundos y cruzando al otro lado, sonriendo de asombro ante la mirada de mi hijo que sonríe también, con cierta curiosidad, cada vez que exclamo: “¡este libro es increíble!”

Las campanitas de entrada, el sonido de la puerta al abrirse, el espacio silencioso, el dueño de la tienda, un señor muy amable de pelo blanco tras el mostrador, su atención impecable y,  en una tienda de relojes, la sensación de tiempo detenido,  como el caer de la nieve … El recuerdo de ese instante cotidiano y mágico en su transparencia me hace sentir que ese día esa tienda estaba allí porque decidí comprar un reloj analógico y hubiera sido escrita por la vida para mí, como esas puertas de Fantasia que sólo se abren una vez para llevarte al Templo de las Mil Puertas.

Es perfectamente posible, también, que la razón por la que supuestamente no vuelva a encontrar esa tienda sea debido a que su dueño se haya jubilado, en esa otra dimensión de nuestro tiempo cronológico… o que haya llegado el tiempo de su dueño para hacer realidad su sueño.

Cualquiera que haya experimentado la función sueño de iphone quizás comprenderá mi desesperado amor por lo analógico.

La función sueño de iphone es de estas cosas maravillosas que un día descubres en tu iphone y que tiene el propósito de “ayudarte” a crear  hábitos saludables de sueño. Programas a qué hora quieres irte a dormir y a qué hora quieres despertarte y con el primer acorde de la canción de cuna de Johannes Brahms te dice: “Es tu hora de ir a dormir”. Y tiene la impertinencia de “remarcarte” si estás durmiendo suficiente o no.

Al principio el “tin tin tin….” de Brahms me encantaba y me hacía gracia. Poco tiempo después acabé respondiéndole “No me jodas!” con el mismo tempo.

Después de un tiempo usando la función sueño de iphone y viendo que eso no me llevaba a ninguna parte más que a restregarme en la cara mis malos hábitos de sueño, hice un “A la mierda!” como aquel de Fernándo Fernán Gómez y decidí apagar el puto iphone hijo de Sauron por las noches.

En mis más íntimas fantasías sueño con ser Galadriel y luchar contra el mal para que haya bondad detrás de las corporaciones y del sistema, y que recuperemos nuestra libertad. Y que siga existiendo la magia más allá de la maldita “manzana”. Si ya nos lo advirtió el Señor: “muerde esa manzana y parirás con dolor, con iphone sí, pero con dolor”.

Sueño con un día poder liberarme de la necesidad de vivir con mi iphone-mi ipad-mi macbookair-mi tesoro y no echar pestes cada vez que intento hacer algo con Windows 10 o cada vez que intento deslizar mis dedos sin resultado por la pantalla de un Huawei y que el pensamiento recurrente sea “¡Pero qué mierda es esta!”. Y no tener que vender más mi alma al mejor diablo, al vestido de blanco, al más cool. Al final y al cabo, el diablo sigue siendo diablo y uno tendrá que vivir con el que su sueldo le permita. Teniendo en cuenta el precio, el valor y la dependencia que crea cada manzanita, no puedo evitar compararlo con EL ANILLO. Y sobre todo porque detrás de tan brillante tecnología está oculto el lugarteniente de la fortaleza del mal, que desde hace ya tiempo también ha conseguido conquistar a la manzana. ¿O no?

Quizás cambie de opinion el día en el que el iphone se caiga al WC y sobreviva, el día en el que caiga al suelo y no se rompa la pantalla, el día en el que ya no vuelva a decir “el iphone está lleno, vaya a ajustes para configurar el almacenamiento” y el día en el que a los pocos meses de salir el último modelo no vuelva a salir el siguiente último modelo sin que nos haya dado tiempo a respirar entre medias.

El día en el que muera tu iphone y no te encuentres en una encrucijada de caminos porque no tienes pasta para pagar otro y vas a tener que comprar un Huawei o un Samsung o cualquiera que cueste 150 € y entonces deje de nevar para siempre.

El siguiente vídeo es muy ilustrativo, a la par que didáctico: Galadriel contra Sauron.

 

 

Esta secuencia cinematográfica de “El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos” ilustra literalmente como me siento cada vez que abro el mail o el whatsapp o cada vez que el sistema operativo me pide actualizar una aplicación, o cada vez que Microsoft Office me pide un puto código que jamás existió, o cada vez que me vuelven loca pidiéndome una nueva contraseña, o ante cada llamada de Orange o Vodafone o cada sms de Yoigo o Jazztel, o cada comercial de Endesa o Iberdrola en la puerta de tu casa para que te beneficies de descuentos después de pedirte tu número de cuenta corriente o ante las hordas de publicidad que invaden nuestros dispositivos y nuestros parpadeos.

Por eso, cuando miro la nieve caer, despacito, y se hace el silencio, me siento taaaaan bien….

Lejos de ser Galadriel, todavía no puedo decirle con esa voz que espanta los demonios: “No tienes ningún poder aquí, servidor de Mordor!!!”. Así que asumo mi relación de amor-odio con la manzana, y mi desesperación ante el sistema tecnócrata y tecnológico y mi acto psicomágico de rebelión se reduce a comprar un pequeño despertador analógico y decirle, cual Princesa Leia: “Sami, eres  mi única esperanza”. Entonces duermo tranquila sabiendo que durante esas horas, el localizador está apagado y en Mordor no saben que estoy plácidamente durmiendo en mi casa.

No fui nostálgica hasta que llegó este cruce de caminos entre lo analógico y lo digital, y la juventud y lo que podríamos empezar a llamar edad madura, que por otra parte, es la fruta en su estado de perfección y dulzura.

Ahora, a veces, sueño con ese sonido indescriptible del dial de los teléfonos analógicos, y la sensación en los dedos, la sensación en todo el cuerpo, de marcar un número de memoria y toda la vuelta del dial, el proceso de “marcar un número”. En fin, tendré que comprar uno en una tienda vintage.

Hay que decir de Sami que es un despertador fiel y abarcable. Suena delicado pero despierta, y presionando un botón ancho y suave te vuelve a avisar cada 5 minutos durante una hora entera. Cuando suena lo abarco en la palma de mi mano, como al infinito, y me lo escondo bajo el edredón para que no despierte a mi hijo ni a mis gatas, y no se revolucione la casa, mientras duermo un poco más, o un mucho más, y entonces mi fervorosa voluntad de levantarme cada mañana dos horas antes para hacer yoga y escribir se consume en su propia efervescencia en las aguas del sueño.

Dicho todo esto, a las 6 de la mañana del pasado 6 de febrero, decidí despertarme para escribir sobre la geometría de la nieve, ritualizando en la hexagonalidad de ese tiempo. Porque el día anterior había nevado como hacía tiempo que no nevaba. Y la nieve, como siempre, me había devuelto al presente perfecto.

Había sido un día precioso de nieve, mucha nieve en pocas horas, y silencio… Gracias a la suerte de mi trabajo y de mis tiempos había tenido la oportunidad de vivir plenamente,  con absoluta presencia y asombro, el tiempo detenido y la magia que la nieve regala en sus múltiples rincones.

En mi vida la nieve sucede muy poco porque vivo en la meseta, cerca de la montaña sí, pero en la meseta.  No esquío y no tengo la costubre de subir a la montaña cuando hay nieve. Podría empeñarme en buscar la nieve, pero hasta ahora, no lo he hecho. Quizás porque soy del sur y me gusta mucho el calor, las palmeras, las minifaldas, las sandalias y bañarme en agua turquesa.

Cuando nieva en las planicies del sur y no te quedas inesperadamente atrapada en la carretera o en la casa (cosa que suele suceder, todo sea dicho) es como cuando ves la nieve por primera vez cuando eres niña.

Entiendo que para mis amigos noruegos, Marit y Uwe, la experiencia es totalmente diferente, porque viviendo en una cabaña en el campo, necesitaban dos horas por las mañanas para quitar la nieve de la puerta,  a base de pala, hasta poder salir de casa. Eso cada día, durante los meses de invierno.

Tengo la suerte de trabajar junto a una palmera, es una gran compañera de trabajo, me da alegría de vivir. Mi palmera es muy alta y tiene lo que se dice 6 pelos, y cuando los salvajes sin corazón del ayuntamiento la mandan podar, la dejan con 4. Aún así, con sus poquitas y finas ramas, es muy elegante, digna, bonita y se le atribuye a su propio mérito sobrevivir en un cuadrilatero de 1 metro cuadrado que comparte con una higuera (si es que todavía se le puede llamar así después de las podas que también sufre).

¡Qué manera de podar! Yo creo que, con todos mis respetos y sin acritud, la acción de poder excita a los forestales o a los jardineros que se ocupan; creo que se les va en ello litros de testosterona (si es que eso existe). Se emocionan y dejan mi pueblo, naturalmente exuberante, transformado en el Gólgota.

Volviendo al tema, disfruté mucho de mirar hacia arriba y ver caer lentamente la nieve sobre mi palmera. Y luego la nieve comenzó a caer, lentamente sí, pero como si no hubiera un mañana. Y enseguida, pero lentamente, estaba todo blanco. Y salí y mi coche estaba casi enterrado en nieve. Y me metí dentro y, cuando pude arrancar, inmensos copos de nieve se abalanzaban lentamente sobre el parabrisas. Y pude llegar, lentamente fascinada, a mi destino.

No había casi nadie en la calle a pleno día. Puro silencio. Así que podías escuchar ese maravilloso crujir que se siente en todo el cuerpo al pisar la nieve. Y dejar que la nieve fuera posándose, lenta, fría y delicadamente sobre tu cara. Y quedarte ahí, gozando, sin vergüenza, porque no había nadie para mirarte cuando sacaste el iphone para grabar fotos y vídeos de los rincones de siempre pero como si fueras turista en Berlín, creyendo que podías llegar a plasmar ese momento mágico justo antes de que tu iphone te comunicase sin compasión: “No hay suficiente espacio para hacer fotos en este iphone”.

Por supuesto seguí, feliz, sin necesidad de iphone y sin posibilidad de reportaje, disfrutando del mágico instante, sabiendo que pronto acabaría. Y seguí disfrutando todo el día, y mi hijo y yo tuvimos un viaje asombroso envueltos por la nieve soplando en todas las direcciones alrededor del coche al caer la noche conduciendo por la autopista, con la sensación de que la espiral de nieve nos levantaría en cualquier momento, como el tornado levanta la casa de Dorothy en “El mago de Oz”.

En realidad este blog no es para escribir sobre mi vida, sino para recordar la belleza de lo cotidiano a través de lo que veo en mi día a día. También para mostrar lo hermoso del ser humano y de la vida, a través de creaciones artísticas, mayoritariamente femeninas, porque en este momento de la historia toca visibilizar el trabajo de las mujeres que durante siglos no pudo apenas verse, ni contarse, ni hacerse…

Por eso, para describir el esplendor y la magia del caer de la nieve, experiencia por todos conocida por otra parte, sin que fuera demasiado obvio o poéticamente manido, decidí buscar una foto que ilustrara completamente la felicidad que experimenté el pasado lunes cuando nevó. Y me acordé de las fotógrafas rusas. “Porque ellas, con toda seguridad, deben de tener alguna foto con nieve”  me dije a mí misma.

Busqué a Kareva Margarita y a Elena Shumilova y efectivamente: ahí estaba retratada con brillante perfección la experiencia prodigiosa de la nieve.  Puedes pinchar en sus nombres para deleitarte con sus obras artísticas.

Pero además, investigué para comprender científicamente la geometría de la nieve, algo que me parece tan increíble como su peso y su lentitud al caer. Y me encontré con una investigación dirigida por la profesora de química Mary Jane Shultz, de la Escuela de Artes y Ciencias de la Universidad de Tufts en Estados Unidos respondiendo a las especulaciones de hace más de 400 años hechas por el científico Johannes Kepler sobre la creación de una de las formas más bellas de la naturaleza: el copo de nieve de seis caras.

Me puse muy contenta! Ya tenía una mujer científica, Mary Jane (en el link arriba puedes verla) que investigaba la geometría de la nieve. Sin embargo, no entendí ni papa y los anuncios que aparecían sin cesar en el periódico on line donde se publicaba la noticia no me permitían leer tranquilamente el texto, así que terminé por renunciar a entenderlo. A mí me resultan complejos, pero es bonito acariciar sus líneas y quedarse con la sensación de que algo muy muy importante está contenido en un copo de nieve, véase:

El copo de nieve de seis ángulos y la geometría pentagonal

Geometría de los copos de nieve

Química descifra la geometría del copo de nieve

La geometría de la nieve me reconfirma la existencia de Dios, de la cual no dudo, pero me la reconfirma para los demás. Porque yo veo “eso” que llamamos Dios en todo lo que existe. Y no ese Dios de “parirás con dolor aunque con un iphone”, que es sólo una interpretación humana.

Pero el intento siempre fallido de razonamiento mental y carga histórica y religiosa asociada a su nombre dan lugar a mucha confusión y hacen que muchas personas no “crean” en “Dios” y se pierdan la experiencia. Sí, disfrutan de la experiencia de la nieve, pero se pierden la comprensión y la visión del corazón de Dios siendo nieve, o Dios en la geometría de la nieve.

Porque la “razón” no es suficiente. Se puede vivir feliz y disfrutando sin “creer” en Dios, por supuesto. Pero sé que si es así, en realidad se está viviendo a Dios dentro, sin darse uno cuenta mientras Dios ha quedado cristalizado como un mero concepto en la mente pensante o en el limitado ámbito de la razón. Y es que no tiene sentido “creer” en Dios.

Es exactamente lo mismo con la música. Cuando alguien me dice que no cree en Dios, yo le pregunto: “¿no crees en la música? ¿de dónde viene la música? ¿no te asombra la geometría y la magia de un copo de nieve? ¿no te parece que hay una conciencia prodigiosa e indescriptible que subyace todo lo que existe? Eso es, para mí, Dios. Y no estoy hablando de un Dios de ninguna religión. La religión es parte del intento del ser humano por comprender y honrar el misterio de la existencia y ponerlo en palabras.

Lamentablemente, como con todo, se ha utilizado y se utiliza por seres humanos sin compasión al servicio de intereses de poder y codicia y se manipula y se mata en su nombre. Por eso, al final, Dios acaba teniendo tan mala prensa. Para unos Alá, para otros Yahvé, Shiva-Shakti, Zeús, Afrodita, Ganesha y todos los dioses que no son Dios… y para muchos Dios, en general. De cualquier manera, no estamos viendo ni a Dios ni a los hijos de Dios, detrás de su nombre.

¿Por qué la nieve nos conecta con algo trascendente?

Y me viene a la memoria una preciosa historia que ilustra todo esto.

Una muy querida amiga, a la que me une un amor incondicional tan perfecto como un copo de nieve, un amor intacto, puro y eterno, me contó esta historia.

Mi amiga es de un humilde pueblo de Badajoz y había venido a Madrid a trabajar. En algún momento fue a Badajoz para ver a su abuelo Félix, con quien siempre ha tenido una conexión muy especial y por eso ha llamado Félix a su primer hijo. Su abuelo estaba muy malito, de cáncer, y en esa ocasión él le dijo a ella, medio delirando o soñando: “Ya volverás cuando haya nieve…” Ella se volvió a Madrid. Y el día que la llamarón para decirle que su abuelito había fallecido ella estaba en Madrid. Cuando iba hacia Badajoz para el entierro comenzó a nevar… y fue la primera vez en su vida que mi amiga veía nevar.

Por alguna razón que desconocemos, el caer de la nieve detiene el tiempo y nos trae al momento presente y al asombro. Quizás en Alaska, Siberia, Escandinavia y Polo Norte les pase exactamente lo mismo con mi palmera. No sé. Pero sé que para muchos, cuando hablamos de nieve nos encontramos en un lugar fuera del tiempo.

Saturno, planeta y además el Dios asociado al tiempo cronológico, pues fue Kronos para los griegos, curiosamente, tiene un polo norte hexagonal, como la nieve.

 

La mejor forma de terminar este post es escuchando música de nieve.

Otra mujer, Kate Bush, maravillosa y veterana música, nos canta 50 palabras para la nieve en su magnífico album “50 Words for Snow” que puedes escuchar completo a continuación.

Y recuerda que pinchando los enlaces en dorado y los vídeos se despliega un universo de preciosas creaciones y conocimiento 🙂

Feliz nieve!

 

En la Tierra Alrededor del Sol En el Cielo

En la Tierra Alrededor del Sol En el Cielo

solar-system-NASA

 

“Bienvenida. Y Felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees.

En primer lugar, para que estés ahora aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, billones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos muchos años -tenemos esa esperanza-, estas pequeñas partículas participarán sin queja en todos los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacta y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.”

(“Una breve historia de casi todo”, Bill Bryson, 2003)

Sí, yo celebro mi existencia. Ahora. Hasta hace poco la celebraba ritualmente sólo por mi cumpleaños, un misterioso designio me ha llevado cada año a celebrar mi nacimiento, pero el resto de los días pasaban medio ciegos medio asombrados. Quizás más ciegos que asombrados. El asombro eran vislumbres. Un vivir a medias, dando todo lo que podía pero sin terminar de ver.

Afortunadamente esos vislumbres fueron creciendo, fueron haciédose más frecuentes y luminosos, llevándome de la mano como los niños cuando juegan a la Gallinita Ciega.

Ahora mientras escribo esto entran los rayos de sol por el ventanal e iluminan mi pequeño escritorio, el teclado y el árbol de Navidad. El sol acaba de elevarse por el horizonte sobre los tejados.

Me asombra que todos los que estamos en condiciones de celebrar nuestra existencia ni siquiera consideremos la posibilidad, que no abramos los ojos a lo que somos. Y que todavía se nos vaya la vida en pequeñeces que no son nada al lado de un simple latido del corazón.

 

Cada vez que contemplo el sol salir, cada mañana, me siento sostenida por un orden y una certidumbre que olvido tan a menudo como tan a menudo me aterra la magnificencia de la vida. Cada cumpleaños, me siento arropada y feliz de estar, como decía mi querido padre, dando otra vuelta alrededor del sol. Mi madre, por otra parte, tenía una cualidad solar, iluminaba todo con una fuerza y calidez increíble. Así he sentido al sol muy cerca desde que nací, a las 5.50 de una mañana de invierno en la tierra caliente de Córdoba.

Además, desde pequeña, me fascinaron los astros, las órbitas, los colores y tamaños de las increíbles esferas de nuestro sistema solar. Siempre tuve la costumbre de mirar arriba, de mirar más allá, cuando la oscuridad acechaba. Todavía me asombra descubrir la luna llena, menguante, creciente y buscarla cuando está nueva.

Hoy me he levantado a las 5.50 y, como es mi cumpleaños, he encendido una vela a la vida, a mí, a mis padres, a mi hijo, a mi familia, a mis amigos, al mundo… en gratitud. Y he abierto el regalo de cumpleaños que me había preparado para mí misma:

felices

 

He comenzado el día practicando mi yoga para hoy: 4 saludos a la luna, 12 saludos al sol y

R E S P I R A R ….

 

Abrazar a mi hijo, desayunar rico, tocar el piano, escribir… y celebrar….

No hace falta ser rico económicamente, no hace falta que no te falten cosas, no hace falta que todo cuadre, no hace falta que todo salga bien, no hace falta ser delgada, ni joven, ni guapa eternamente….

Basta con dejarse iluminar la mente el cuerpo y el alma por esos pequeños y, como diría Bill Bryson, tan agradables pero tan a menudo infravalorados rayitos de sol: es la medicina que recomiendo, la ducha tan necesaria como placentera. Y no estoy hablando de tumbarse a tomar el sol, aunque también 😉

Estoy hablando de ver la vida, estoy hablando de sentir, de sentir los propios pasos caminar, de mirarse al espejo, de verse, de mirar al otro, de ver al otro, de escuchar, de tocar, de saborear, de oler la vida. Estoy hablando de esforzarnos en perseguir nuestra dicha inherente, en agarrarnos a nuestro sol interior, a la fuerza de nuestro espíritu, a dejarnos guíar por ella en medio de cualquier tempestad, sea grande o pequeña. Y a perseverar en ello cada segundo de nuestra existencia.

Esto exige voluntad y entrenamiento, es hacer músculo. Es como ir al gimnasio, salir a correr o a nadar o escalar o hacer la compra o las tareas domésticas o ponerte a hacer todo eso que detestas pero que es absolutamente necesario. Y si puedes darle alegría al camino, mejor que mejor.

Podemos pasarnos la vida rechazando y apreciando alternativamente, identificándonos con países y partidos políticos y razas y familias e ideologías y odiando todo lo que es “otro”. Podemos pasarnos las vida intentando que no nos roben, quejándonos de todo lo que no nos gusta, de todo lo que nos hacen los demás, de todo lo que padecemos;  podemos intentar decorar nuestra vida sólo con lo que nos gusta. Podemos hacer un cercado sólo con las emociones positivas y las cosas bonitas gastando toda nuestra energía en crear un parapeto para que “nada más” ni “nadie más” entre en nuestra milimétricamente diseñada burbuja.

También podemos elegir, a veces.

Podemos elegir inhalar la vida, exhalar la vida, dejarnos atravesar por la pena más profunda, canalizar la ira y en algún momento, sin previo aviso, sin nada que lo haya provocado,  que nos pille por sorpresa el estado de gracia y la dicha más deliciosa. Es algo parecido a comer bombones debajo de la ducha caliente a solas. ¿Lo habéis probado?  Yo sí. ¡Probadlo!!!

A veces pienso que en mi cuento, al nacer, me bendijeron con un hechizo, el de ver oscuro hasta pasados los 40 y y y….. Y a los 40 y y y un buen médico me dijo algo que se resume en esto: “Tienes una depresión endógena por falta de serotonina, se considera una enfermedad (siempre fue así y posiblemente siempre será así)” Y yo pensé: “Sí, siempre fue así y también hubo muchos destellos. Y eso de siempre lo será, ya lo veremos, que soy bruja y también puedo neutralizar hechizos”.

Así que empecé a soplar, empecé a soplar, despacito, sobre el bebé que fui, sobre la niña que fui, sobre la adolescente que fui, sobre la joven que fui, sobre la mujer que soy. Despacito como quitando el polvo de hechizo oscuro. Y esa brisa de mi propio aliento fue convirtiéndose en polvo de estrellas y fino polvo de oro del sol.

En medio de la experiencia poética de existir y escribir, me doy cuenta de que es tarde y  que tengo que salir al Punto Limpio a tirar un montón de trastos rotos para liberar espacio en casa y tengo que hacer la compra en Mercadona, pues esta tarde vienen amigos queridos a celebrar nuestra existencia juntos:

“Saravá!”

(escucho la voz de Vinicious de Moraes bendiciendo en su canto)

Saravá es una palabra de origen africano empleada en Brasil como una bendición, un “salve”, un mantra, un sonido místico o sagrado que sirve para elevar el espíritu.

Una posible interpretación que encontré en la wikipedia:

SA— (Fuerza, Señor) —RA— (Reinar, Movimiento) —VÁ (Naturaleza, Energia).

Es decir, una versión africana de:

“Que la Fuerza te acompañe”

Que la fuerza te acompañe, amig@, que la fuerza me acompañe, que la fuerza nos acompañe a tod@s…

… y que celebremos ese estado tan prodigioso, pero tan a menudo infravalorado, que se llama EXISTENCIA.