Pero el amor, esa palabra…

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Fotografía: Jade Beall

Puedes escuchar este escrito en el siguiente audio. Y al final del post, una preciosa secuencia de “Los Puentes de Madison” de Clint Eastwood:

Hoy es viernes y es primavera y quiero escribir sobre el amor, porque es el día de Venus en el que el amor toca, y la estación del año en la que el amor toca.

Tengo sólo unos minutos para escribir sobre el amor antes de que la medianoche me alcance. Acaba el viernes, y se acabará hablar del amor. Entrará Saturno en su día (Saturday) con su daga despiadada cortando todo lo que desafía la moral y las estructuras que mantienen la sociedad en “orden”.

Amor, como Dios, es una palabra demasiado pequeña. Amor, como Dios, es una experiencia demasiado grande.

Escribir sobre el amor, y hacerlo bien, o hacer el amor y escribirlo bien, el orden de los factores no altera el producto.

Cuando el amor sacude a veces las palabras molestan. A veces las palabras traen el amor. A veces el amor estalla en palabras compartidas. El amor simplemente es, desplegándose en formas diversas, en tiempos, destiempos y contratiempos. El amor siempre es, aunque a veces no pueda realizarse. Incluso cuando parece ilusión, incluso cuando el miedo y las dudas lo ocultan, incluso detrás de lo que aparece como deseo y necesidad, el amor siempre Es. Igual que Dios.

Cuando el amor o el desamor o el desencuentro o la pérdida o las despedidas me golpean fuerte, sostener el sentimiento y dejármelo sentir y dejar que me pase a través, y vivirlo y enfrentarlo y no salir corriendo y no resistirme…. es como un acto heroico de guerrero abriendo el pecho para recibir una flecha. Un flecha que una vez recibida con el corazón abierto se convierte en una esfera transparente donde todo está perfectamente delineado y nítido. Es incómodo y hermoso al mismo tiempo. Y de una intensidad que marea. Y si entran la duda y las palabras, las expulso del paraíso. Entonces, cuando el sentimiento se vaya esfumando, lo recordaré. Y cuando se esfume el recuerdo, lo evocaré. Y en mi memoria brotarán secuencias de películas.

En “La edad de la inocencia” de Martin Scorsese, Newland Archer observa desde lejos a la Condesa Olenska y la narradora describe la decisión de Archer: “Se dió a si mismo una sola oportunidad, ella debía volverse antes de que el velero pasase el faro de Lime Rock, entonces iría hacia ella”.

Pero ella no se volvió, y él se marchó.

Una película para volver a ver.

Entonces en la pantalla del aire veo como se proyecta “Los puentes de Madison”. Cuando Francesca le dice a Robert:

Somos nuestras propias decisiones. Nadie entiende que cuando una mujer decide casarse y tener hijos, en cierto modo su vida empieza, pero en otro, su vida acaba” (Y quien dice mujer, dice hombre).

Antes de marcharse, Robert le responde: “Este tipo de certidumbre llega tan solo una vez en la vida”

Yo sólo creo y espero que Robert se equivoque.  Porque en lo más profundo de mí, siento que el corazón en su magnificencia es como el universo: infinito.

Sin embargo, veo que los humanos lo hacemos finito:

Pero el amor, esa palabra….”     (…)   “Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitas a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos a Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura.

Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdóname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. 

(“Rayuela”, Julio Cortázar, capítulo 93)

 

2 comentarios sobre “Pero el amor, esa palabra…

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