Cenizas…nenúfares…tizas

Nenufarestiza

 

En las fisuras de la apariencia, de lo esperado, de lo creído, de lo pensado, de lo decidido, de lo imaginado, de lo dolido, de lo manipulado, de lo arrepentido; a través de las fisuras en la pátina de la culpa, del miedo, de la vergüenza y de la pena, brilla lo real, tan majestuoso como desapercibido.

Un verano dulce, con la dulzura propia de ese verano que la piel anhela desde lo más profundo del alma. Esa nostalgia que ya no es nostalgia porque es promesa cumplida. Y aunque lo cotidiano y lo banal empañen la visión clara, entre las grietas del espejo se vislumbran los destellos de esa cosa llamada felicidad, que pasa a ser algo pequeño, delicado, sutil y tan simple como el ahora, tal cual Es, poblado, según nuestro juicio, de imperfecciones y desaciertos.

Cuando emerges de las profundidades de lo oscuro, porque has viajado en la oscuridad, con la fuerza que te da tu propio espíritu que en la luz mora, el sonido pequeñito que producen las ranas saltando de sus nenúfares al agua en un estanque, la magnificencia diminuta en el sonido de la vocecita de tu hijo, el esplendor de la ilusión en su mirada inocente entre las olas,  el crujir de sus pasitos al acecho de gatos y ranas y estrellas fugaces, todas esas pequeñas cosas, son mi renacer a la Vida.

Y mientras unos renacen, aunque no sabemos por cuanto tiempo, otros van muriendo, de formas esperadas o anunciadas, o imprevisibles, en una asombrosa cadena, como si uno tras otro fueran subiendo a un tren. Y con sus cenizas, el polvo en el que se transforma lo que hasta hace poco fueron, nuevos niños pintarán sus aprendizajes en la pizarra de la existencia.

Porque en este breve, luminoso y dulce verano vivido, mientras las voces de los niños y sus juegos puebla el detenerse del tiempo, la noticia de la muerte del padre de mi más querido amigo suena entre nenúfares, la noticia de la muerte de la madre de mi amiga  íntima acompaña el olor de la higuera, el recuerdo de la reciente muerte de dos queridas alumnas se funde con la brisa entre las hojas de los sauces; la voz llorosa de otra amiga días antes de la muerte de su padre por estar trabajando y no poder estar junto a él me llevan a recordar los últimos meses de la vida de mi madre mientras me ducho con mi hijo bajo una cascada entre rocas y musgo; las inesperadas palabras “se nos fue en paz” en un mensaje de whatsapp de otra amiga cuando un mes antes ni siquiera se sabía que su hermano tenía cáncer se imprimen como limón en papel al guardar la ropa en la maleta.

Y la memoria de mi madre, y la memoria de mi padre, y la memoria de mis muertos, tan cercana como lejana, con esa extrañeza y perplejidad que te deja la muerte a pesar de los años, discurren hiladas por la danza de las libélulas.

Y el tren se aleja. Y se los lleva, dejándonos la huella de los sonidos pasados temblando en medio del silencio del aula vacía y una pizarra a medio borrar.

Tiza, de la lengua azteca náhuatl tizatl: “yeso”, “arcilla blanca”.

Y a modo de ritual con ese polvo blanco pinto las estanterías de mi casa de la negrura de una pena, de varias penas, y con las cenizas de mis duelos pinto los armarios, y pinto los cajones, y los barnizo con un brillo satinado y vacío mi cocina de sartenes inservibles y trastos pesados y quemo los papeles viejos del salón, y saco todo aquello que convierte mi hogar en un desvan de muertos queridos y la dejo como la estación de la que partió ese último tren de los que se han ido. Y por la estación camino hasta alejarme al lugar donde los niños se tumban sobre los raíles para predecir la llegada del próximo tren. Y yo también me tumbo y simultáneamente escucho el pasado reciente en la vibración del hierro, y el silencio del ahora y las cigarras y el latido de mi propio corazón por la emoción ante lo que está por venir.

De pronto, sin previo aviso, se escucha algarabía, sonidos de sillas arrastrandose en el suelo, ecos de voces y gritos de niños subiendo y bajando escaleras, el olor de los pupitres y de los libros nuevos que todavía perdura en mi cerebro límbico se junta con el olor que sucede en el presente, en el colegio de mi hijo, en el colegio de nuestros hijos, hoy.

Y despierto, otra vez. Y renazco.

Y el recuerdo de un poema de E.E. Cummings que me acompaña cada día, ilustra mi renacimiento.

 

I, who have died, am alive again today

and this is the sun’s birthday

this is the birthday of life and love and wings

and of the gay great happening illimitably earth

now the ears of my ears awake and now the eyes of my eyes are opened

 

Yo, que he muerto, estoy vivo de nuevo

y este es el cumpleaños del sol

y es el cumpleaños de la vida y del amor y de las alas

y del alegre y gran acontecimiento que es la tierra, ilimitada

ahora los oídos de mis oídos despiertan y ahora los ojos de mis ojos están abiertos

 

Canción de hoy: “En mi isla” de Henri Salvador

 

 

 

 

 

4 comentarios sobre “Cenizas…nenúfares…tizas

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