Geometría de la nieve

Fotografía de Kareva Margarita

6 de la mañana de un 6 de febrero. Todavía la nieve cubre los tejados. Suena mi despertador Sami, un despertador analógico de minutero silencioso que se desliza sereno por el mándala de las horas. Es de plástico plateado y discreto, se ilumina de azul y cabe en la palma de la mano, como el infinito de William Blake.

Sami, que así se llama porque esa es su marca, fue adquirido recientemente a cambio de 12 € en una pequeña tienda de relojes de mi localidad, de las de barrio de toda la vida, que nunca antes había visto y que la próxima vez que pase por ahí posiblemente ya no estará.

Había pensado “quiero un despertador analógico, de los de siempre” y al momento encontré la tienda, sin buscarla…. Igual que Bastián Baltasar Bux cuando comienza a manifestar sus deseos en la realidad en La historia interminable.

Quizás sea que estoy cautivada por este libro que estoy leyendo en voz alta con mi hijo de 9 años cada noche, por primera vez en mi vida. Es la primera vez que tengo la experiencia real de sentir que entro literalmente en un libro y que estoy dentro de un libro en la vida escribiéndola mientras algo me escribe y que, una y otra vez estoy atravesando mundos y cruzando al otro lado, sonriendo de asombro ante la mirada de mi hijo que sonríe también, con cierta curiosidad, cada vez que exclamo: “¡este libro es increíble!”

Las campanitas de entrada, el sonido de la puerta al abrirse, el espacio silencioso, el dueño de la tienda, un señor muy amable de pelo blanco tras el mostrador, su atención impecable y,  en una tienda de relojes, la sensación de tiempo detenido,  como el caer de la nieve … El recuerdo de ese instante cotidiano y mágico en su transparencia me hace sentir que ese día esa tienda estaba allí porque decidí comprar un reloj analógico y hubiera sido escrita por la vida para mí, como esas puertas de Fantasia que sólo se abren una vez para llevarte al Templo de las Mil Puertas.

Es perfectamente posible, también, que la razón por la que supuestamente no vuelva a encontrar esa tienda sea debido a que su dueño se haya jubilado, en esa otra dimensión de nuestro tiempo cronológico… o que haya llegado el tiempo de su dueño para hacer realidad su sueño.

Cualquiera que haya experimentado la función sueño de iphone quizás comprenderá mi desesperado amor por lo analógico.

La función sueño de iphone es de estas cosas maravillosas que un día descubres en tu iphone y que tiene el propósito de “ayudarte” a crear  hábitos saludables de sueño. Programas a qué hora quieres irte a dormir y a qué hora quieres despertarte y con el primer acorde de la canción de cuna de Johannes Brahms te dice: “Es tu hora de ir a dormir”. Y tiene la impertinencia de “remarcarte” si estás durmiendo suficiente o no.

Al principio el “tin tin tin….” de Brahms me encantaba y me hacía gracia. Poco tiempo después acabé respondiéndole “No me jodas!” con el mismo tempo.

Después de un tiempo usando la función sueño de iphone y viendo que eso no me llevaba a ninguna parte más que a restregarme en la cara mis malos hábitos de sueño, hice un “A la mierda!” como aquel de Fernándo Fernán Gómez y decidí apagar el puto iphone hijo de Sauron por las noches.

En mis más íntimas fantasías sueño con ser Galadriel y luchar contra el mal para que haya bondad detrás de las corporaciones y del sistema, y que recuperemos nuestra libertad. Y que siga existiendo la magia más allá de la maldita “manzana”. Si ya nos lo advirtió el Señor: “muerde esa manzana y parirás con dolor, con iphone sí, pero con dolor”.

Sueño con un día poder liberarme de la necesidad de vivir con mi iphone-mi ipad-mi macbookair-mi tesoro y no echar pestes cada vez que intento hacer algo con Windows 10 o cada vez que intento deslizar mis dedos sin resultado por la pantalla de un Huawei y que el pensamiento recurrente sea “¡Pero qué mierda es esta!”. Y no tener que vender más mi alma al mejor diablo, al vestido de blanco, al más cool. Al final y al cabo, el diablo sigue siendo diablo y uno tendrá que vivir con el que su sueldo le permita. Teniendo en cuenta el precio, el valor y la dependencia que crea cada manzanita, no puedo evitar compararlo con EL ANILLO. Y sobre todo porque detrás de tan brillante tecnología está oculto el lugarteniente de la fortaleza del mal, que desde hace ya tiempo también ha conseguido conquistar a la manzana. ¿O no?

Quizás cambie de opinion el día en el que el iphone se caiga al WC y sobreviva, el día en el que caiga al suelo y no se rompa la pantalla, el día en el que ya no vuelva a decir “el iphone está lleno, vaya a ajustes para configurar el almacenamiento” y el día en el que a los pocos meses de salir el último modelo no vuelva a salir el siguiente último modelo sin que nos haya dado tiempo a respirar entre medias.

El día en el que muera tu iphone y no te encuentres en una encrucijada de caminos porque no tienes pasta para pagar otro y vas a tener que comprar un Huawei o un Samsung o cualquiera que cueste 150 € y entonces deje de nevar para siempre.

El siguiente vídeo es muy ilustrativo, a la par que didáctico: Galadriel contra Sauron.

 

 

Esta secuencia cinematográfica de “El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos” ilustra literalmente como me siento cada vez que abro el mail o el whatsapp o cada vez que el sistema operativo me pide actualizar una aplicación, o cada vez que Microsoft Office me pide un puto código que jamás existió, o cada vez que me vuelven loca pidiéndome una nueva contraseña, o ante cada llamada de Orange o Vodafone o cada sms de Yoigo o Jazztel, o cada comercial de Endesa o Iberdrola en la puerta de tu casa para que te beneficies de descuentos después de pedirte tu número de cuenta corriente o ante las hordas de publicidad que invaden nuestros dispositivos y nuestros parpadeos.

Por eso, cuando miro la nieve caer, despacito, y se hace el silencio, me siento taaaaan bien….

Lejos de ser Galadriel, todavía no puedo decirle con esa voz que espanta los demonios: “No tienes ningún poder aquí, servidor de Mordor!!!”. Así que asumo mi relación de amor-odio con la manzana, y mi desesperación ante el sistema tecnócrata y tecnológico y mi acto psicomágico de rebelión se reduce a comprar un pequeño despertador analógico y decirle, cual Princesa Leia: “Sami, eres  mi única esperanza”. Entonces duermo tranquila sabiendo que durante esas horas, el localizador está apagado y en Mordor no saben que estoy plácidamente durmiendo en mi casa.

No fui nostálgica hasta que llegó este cruce de caminos entre lo analógico y lo digital, y la juventud y lo que podríamos empezar a llamar edad madura, que por otra parte, es la fruta en su estado de perfección y dulzura.

Ahora, a veces, sueño con ese sonido indescriptible del dial de los teléfonos analógicos, y la sensación en los dedos, la sensación en todo el cuerpo, de marcar un número de memoria y toda la vuelta del dial, el proceso de “marcar un número”. En fin, tendré que comprar uno en una tienda vintage.

Hay que decir de Sami que es un despertador fiel y abarcable. Suena delicado pero despierta, y presionando un botón ancho y suave te vuelve a avisar cada 5 minutos durante una hora entera. Cuando suena lo abarco en la palma de mi mano, como al infinito, y me lo escondo bajo el edredón para que no despierte a mi hijo ni a mis gatas, y no se revolucione la casa, mientras duermo un poco más, o un mucho más, y entonces mi fervorosa voluntad de levantarme cada mañana dos horas antes para hacer yoga y escribir se consume en su propia efervescencia en las aguas del sueño.

Dicho todo esto, a las 6 de la mañana del pasado 6 de febrero, decidí despertarme para escribir sobre la geometría de la nieve, ritualizando en la hexagonalidad de ese tiempo. Porque el día anterior había nevado como hacía tiempo que no nevaba. Y la nieve, como siempre, me había devuelto al presente perfecto.

Había sido un día precioso de nieve, mucha nieve en pocas horas, y silencio… Gracias a la suerte de mi trabajo y de mis tiempos había tenido la oportunidad de vivir plenamente,  con absoluta presencia y asombro, el tiempo detenido y la magia que la nieve regala en sus múltiples rincones.

En mi vida la nieve sucede muy poco porque vivo en la meseta, cerca de la montaña sí, pero en la meseta.  No esquío y no tengo la costubre de subir a la montaña cuando hay nieve. Podría empeñarme en buscar la nieve, pero hasta ahora, no lo he hecho. Quizás porque soy del sur y me gusta mucho el calor, las palmeras, las minifaldas, las sandalias y bañarme en agua turquesa.

Cuando nieva en las planicies del sur y no te quedas inesperadamente atrapada en la carretera o en la casa (cosa que suele suceder, todo sea dicho) es como cuando ves la nieve por primera vez cuando eres niña.

Entiendo que para mis amigos noruegos, Marit y Uwe, la experiencia es totalmente diferente, porque viviendo en una cabaña en el campo, necesitaban dos horas por las mañanas para quitar la nieve de la puerta,  a base de pala, hasta poder salir de casa. Eso cada día, durante los meses de invierno.

Tengo la suerte de trabajar junto a una palmera, es una gran compañera de trabajo, me da alegría de vivir. Mi palmera es muy alta y tiene lo que se dice 6 pelos, y cuando los salvajes sin corazón del ayuntamiento la mandan podar, la dejan con 4. Aún así, con sus poquitas y finas ramas, es muy elegante, digna, bonita y se le atribuye a su propio mérito sobrevivir en un cuadrilatero de 1 metro cuadrado que comparte con una higuera (si es que todavía se le puede llamar así después de las podas que también sufre).

¡Qué manera de podar! Yo creo que, con todos mis respetos y sin acritud, la acción de poder excita a los forestales o a los jardineros que se ocupan; creo que se les va en ello litros de testosterona (si es que eso existe). Se emocionan y dejan mi pueblo, naturalmente exuberante, transformado en el Gólgota.

Volviendo al tema, disfruté mucho de mirar hacia arriba y ver caer lentamente la nieve sobre mi palmera. Y luego la nieve comenzó a caer, lentamente sí, pero como si no hubiera un mañana. Y enseguida, pero lentamente, estaba todo blanco. Y salí y mi coche estaba casi enterrado en nieve. Y me metí dentro y, cuando pude arrancar, inmensos copos de nieve se abalanzaban lentamente sobre el parabrisas. Y pude llegar, lentamente fascinada, a mi destino.

No había casi nadie en la calle a pleno día. Puro silencio. Así que podías escuchar ese maravilloso crujir que se siente en todo el cuerpo al pisar la nieve. Y dejar que la nieve fuera posándose, lenta, fría y delicadamente sobre tu cara. Y quedarte ahí, gozando, sin vergüenza, porque no había nadie para mirarte cuando sacaste el iphone para grabar fotos y vídeos de los rincones de siempre pero como si fueras turista en Berlín, creyendo que podías llegar a plasmar ese momento mágico justo antes de que tu iphone te comunicase sin compasión: “No hay suficiente espacio para hacer fotos en este iphone”.

Por supuesto seguí, feliz, sin necesidad de iphone y sin posibilidad de reportaje, disfrutando del mágico instante, sabiendo que pronto acabaría. Y seguí disfrutando todo el día, y mi hijo y yo tuvimos un viaje asombroso envueltos por la nieve soplando en todas las direcciones alrededor del coche al caer la noche conduciendo por la autopista, con la sensación de que la espiral de nieve nos levantaría en cualquier momento, como el tornado levanta la casa de Dorothy en “El mago de Oz”.

En realidad este blog no es para escribir sobre mi vida, sino para recordar la belleza de lo cotidiano a través de lo que veo en mi día a día. También para mostrar lo hermoso del ser humano y de la vida, a través de creaciones artísticas, mayoritariamente femeninas, porque en este momento de la historia toca visibilizar el trabajo de las mujeres que durante siglos no pudo apenas verse, ni contarse, ni hacerse…

Por eso, para describir el esplendor y la magia del caer de la nieve, experiencia por todos conocida por otra parte, sin que fuera demasiado obvio o poéticamente manido, decidí buscar una foto que ilustrara completamente la felicidad que experimenté el pasado lunes cuando nevó. Y me acordé de las fotógrafas rusas. “Porque ellas, con toda seguridad, deben de tener alguna foto con nieve”  me dije a mí misma.

Busqué a Kareva Margarita y a Elena Shumilova y efectivamente: ahí estaba retratada con brillante perfección la experiencia prodigiosa de la nieve.  Puedes pinchar en sus nombres para deleitarte con sus obras artísticas.

Pero además, investigué para comprender científicamente la geometría de la nieve, algo que me parece tan increíble como su peso y su lentitud al caer. Y me encontré con una investigación dirigida por la profesora de química Mary Jane Shultz, de la Escuela de Artes y Ciencias de la Universidad de Tufts en Estados Unidos respondiendo a las especulaciones de hace más de 400 años hechas por el científico Johannes Kepler sobre la creación de una de las formas más bellas de la naturaleza: el copo de nieve de seis caras.

Me puse muy contenta! Ya tenía una mujer científica, Mary Jane (en el link arriba puedes verla) que investigaba la geometría de la nieve. Sin embargo, no entendí ni papa y los anuncios que aparecían sin cesar en el periódico on line donde se publicaba la noticia no me permitían leer tranquilamente el texto, así que terminé por renunciar a entenderlo. A mí me resultan complejos, pero es bonito acariciar sus líneas y quedarse con la sensación de que algo muy muy importante está contenido en un copo de nieve, véase:

El copo de nieve de seis ángulos y la geometría pentagonal

Geometría de los copos de nieve

Química descifra la geometría del copo de nieve

La geometría de la nieve me reconfirma la existencia de Dios, de la cual no dudo, pero me la reconfirma para los demás. Porque yo veo “eso” que llamamos Dios en todo lo que existe. Y no ese Dios de “parirás con dolor aunque con un iphone”, que es sólo una interpretación humana.

Pero el intento siempre fallido de razonamiento mental y carga histórica y religiosa asociada a su nombre dan lugar a mucha confusión y hacen que muchas personas no “crean” en “Dios” y se pierdan la experiencia. Sí, disfrutan de la experiencia de la nieve, pero se pierden la comprensión y la visión del corazón de Dios siendo nieve, o Dios en la geometría de la nieve.

Porque la “razón” no es suficiente. Se puede vivir feliz y disfrutando sin “creer” en Dios, por supuesto. Pero sé que si es así, en realidad se está viviendo a Dios dentro, sin darse uno cuenta mientras Dios ha quedado cristalizado como un mero concepto en la mente pensante o en el limitado ámbito de la razón. Y es que no tiene sentido “creer” en Dios.

Es exactamente lo mismo con la música. Cuando alguien me dice que no cree en Dios, yo le pregunto: “¿no crees en la música? ¿de dónde viene la música? ¿no te asombra la geometría y la magia de un copo de nieve? ¿no te parece que hay una conciencia prodigiosa e indescriptible que subyace todo lo que existe? Eso es, para mí, Dios. Y no estoy hablando de un Dios de ninguna religión. La religión es parte del intento del ser humano por comprender y honrar el misterio de la existencia y ponerlo en palabras.

Lamentablemente, como con todo, se ha utilizado y se utiliza por seres humanos sin compasión al servicio de intereses de poder y codicia y se manipula y se mata en su nombre. Por eso, al final, Dios acaba teniendo tan mala prensa. Para unos Alá, para otros Yahvé, Shiva-Shakti, Zeús, Afrodita, Ganesha y todos los dioses que no son Dios… y para muchos Dios, en general. De cualquier manera, no estamos viendo ni a Dios ni a los hijos de Dios, detrás de su nombre.

¿Por qué la nieve nos conecta con algo trascendente?

Y me viene a la memoria una preciosa historia que ilustra todo esto.

Una muy querida amiga, a la que me une un amor incondicional tan perfecto como un copo de nieve, un amor intacto, puro y eterno, me contó esta historia.

Mi amiga es de un humilde pueblo de Badajoz y había venido a Madrid a trabajar. En algún momento fue a Badajoz para ver a su abuelo Félix, con quien siempre ha tenido una conexión muy especial y por eso ha llamado Félix a su primer hijo. Su abuelo estaba muy malito, de cáncer, y en esa ocasión él le dijo a ella, medio delirando o soñando: “Ya volverás cuando haya nieve…” Ella se volvió a Madrid. Y el día que la llamarón para decirle que su abuelito había fallecido ella estaba en Madrid. Cuando iba hacia Badajoz para el entierro comenzó a nevar… y fue la primera vez en su vida que mi amiga veía nevar.

Por alguna razón que desconocemos, el caer de la nieve detiene el tiempo y nos trae al momento presente y al asombro. Quizás en Alaska, Siberia, Escandinavia y Polo Norte les pase exactamente lo mismo con mi palmera. No sé. Pero sé que para muchos, cuando hablamos de nieve nos encontramos en un lugar fuera del tiempo.

Saturno, planeta y además el Dios asociado al tiempo cronológico, pues fue Kronos para los griegos, curiosamente, tiene un polo norte hexagonal, como la nieve.

 

La mejor forma de terminar este post es escuchando música de nieve.

Otra mujer, Kate Bush, maravillosa y veterana música, nos canta 50 palabras para la nieve en su magnífico album “50 Words for Snow” que puedes escuchar completo a continuación.

Y recuerda que pinchando los enlaces en dorado y los vídeos se despliega un universo de preciosas creaciones y conocimiento 🙂

Feliz nieve!

 

3 comentarios sobre “Geometría de la nieve

  1. Sin palabras… magnífico… he pasado de la paz de las cosas pequeñas, a la risa cuando te sientes reflejada cuando hablas de tu relación con el mundo digital… y tan gráfico…, al poder con esa imagen del Hobbit… y a sentir q un copo de nieve es dios y esa geometría en cierto modo está en nosotros y en todo lo que nos rodea….. tb me conecta esa emoción que me produce ver caer la nieve…. me flipa y me atrae…

    Gracias mil por este rato.

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  2. Muchas gracias por escribirnos y por recordar la belleza de lo cotidiano a través de lo que ves en el día a día. Parace que, cuando tú la cuentas, la realidad es más bella aún de lo que es.
    Un besazo y enhorabuena, campeona, por seguir ahí, pudiendo con todo.

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