Arte y creatividad

El camino de los caracoles


De pronto, el verano, el pleno agosto, los 40 grados centígrados, el cuerpo ardiendo detrás de cada ducha fría, las noches con el pelo mojado en la almohada. Y un ventilador cuyo aire se pierde en el trayecto entre él y yo. De pronto agosto se oscurece. Parece noviembre.

Las tormentas, bienvenidas. El olor del ozono, unos truenos que hacen temblar la tierra, unos rayos que atraviesan el silencio. No hay nadie, no hay nadie, porque en agosto nunca hay nadie. No hay nadie y menos que nadie, porque en agosto nunca hay nadie y, además porque ahora es una situación especial que nunca antes hemos vivido en el mundo entero a la vez. Supuestamente. Y digo supuestamente porque ¿cómo sabemos lo que es verdad? Hablar de la verdad es ahora una práctica irreverente y arriesgada. Camino entre los árboles. Anochece. Voy grabando este texto que improviso en la grabadora del iphone.

Es esa hora mágica. El cielo está azul, anocheciendo, pero todavía está claro. Las farolas se han encendido. Camino entre árboles floridos y frondosos, en el lugar donde vivo, una urbanización construida en los años 80, bloques de ladrillo rojo en medio de lo que debió ser un bosque espléndido. Camino entre los charcos. He ido a alimentar a Mata Hari. Hace algunas semanas sonó el teléfono, un número desconocido, una mujer que no me conocía a través de una vecina que me conocía, me pidió alimentar a esta gatita callejera durante sus vacaciones.

Por eso he vencido la pereza de quedarme descansando en casa. Descansar tranquilamente en casa es para mí, como para tantas personas, algo insólito que sucede muy de vez en cuando. Pero ahora me alegra haber salido a sumergirme en la energía de los truenos, de los relámpagos, de la lluvia y del gris antracita del día que me algún momento me entró dentro y desapareció fuera. Justo ahora ha dejado de llover por primera vez en el día desde las nueve y media de la mañana. El cielo ahora es azul, azul celeste, azul celeste claro, pero haciéndose de noche.

La urbanización en la que vivo es muy, muy grande. Hay un montón de bloques de dos pisos. Me gusta ver las ventanas iluminadas en la noche.

“This is water”, me acuerdo no sé porqué del maravilloso discurso que escribió el escritor norteamericano David Foster Wallace. “¿Qué diablos es el agua?”.

Es bonito encontrar un momento para caminar, para escuchar el viento en los árboles, para escuchar los sonidos de los platos colocándose en una mesa en la hora de la cena, en alguno de los hogares de los pisos entre los que camino.

Y… ahora es simplemente la vida en este plano, tal y como está siendo en este instante. Esto es lo que yo veo. Estoy aquí sola, sintiéndome bien, sabiendo que, en algún lugar, a unos cuantos kilómetros, a unos 500 kilómetros, está mi hijo pasando un par de semanas de vacaciones con su padre. He hablado con él hace un rato. Como si no existieran ni el tiempo ni el espacio.

Hace mucho tiempo, en mi adolescencia, tuve una visión o una sensación, o una revelación extraña.

Si la hubiera tenido ahora sería más lógica o más comprensible por todo lo que hemos leído. Tanta física cuántica. Tantas cosas, tenemos tanto conocimiento ahora. Pero en aquel momento yo era adolescente, no había internet, aunque había enciclopedias, pero no había leído tanto. Tuve una sensación de que pasado, presente y futuro sucedían al mismo tiempo y además de eso, como que regresaban. Era como un camino de ida y vuelta. Como ese símbolo de cuando pones la música en una dirección y luego vuelve otra vez, como en loop.

Es como si fuera desde el pasado al futuro y paralelamente está volviendo desde el futuro hasta el pasado, pero todo sucede a la vez, con lo cual en algún punto tenemos recuerdos del futuro y visiones de un pasado que no hemos vivido todavía. Fue una sensación muy real. Y en ese sentido, tiempo y espacio están en una dimensión y a la vez dentro de nuestra vida cotidiana también transitamos instantes fuera del tiempo y del espacio.

Estudio budismo y esto me hace cuestionar la “realidad”, o más bien, la interpretación de lo que veo. Supuestamente me late el corazón, supuestamente respiro, inhalo oxígeno, exhalo dióxido de carbono, supuestamente existo, supuestamente mientras yo camino fuera del espacio y del tiempo, aunque aparentemente recorro un tiempo y un espacio, mi mente me dice que al mismo tiempo hay mucha gente trabajando en hospitales, viviendo tragedias en el mundo. Dicen que hay un virus y pasan todas estas cosas que están pasando.

Ahora mismo no me encuentro con nadie. No veo a nadie con mascarillas. Sólo me he encontrado al vigilante haciendo su ronda nocturna. El aire es limpio, puro, fresco y últimamente me sabe tan rico el oxígeno. Nunca antes me supo tan rico el oxígeno hasta que me obligaron a ponerme una mascarilla, que sólo uso cuando realmente me obligan. Sé, sé que tampoco hay ninguna posibilidad de contagio de mí hacia nadie y de nadie hacia mí. No porque esté negando la realidad, que tampoco sabemos cual es, sino porque tengo una certeza en el corazón y vivo tranquila, alineada con la vida, con el latido, con el oxígeno, con lo que yo conozco como vida, que a lo mejor tampoco es real. No lo sé.

Recuerdo un texto escrito por Clarice Lispector, una escritora brasileña que se titulaba “No entender”. Y no me acuerdo muy bien, pero era un texto muy breve en el que decía que le daba tranquilidad renunciar a no entender. Y es un comodín que a veces uso. No entender, siendo una buscadora de significado como he sido siempre, de repente decir: no sé y no lo entiendo, me descansa.

Clarice Lispector sobre no entender:

No entiendo. Esto es tan vasto que supera cualquier entender. Entender es siempre limitado. Pero no entender puede no tener fronteras. Siento que soy mucho más completa cuando no entiendo. No entender, del modo en que lo digo, es un don. No entender, pero no como un simple de espíritu. Lo bueno es ser inteligente y no entender. Es una bendición extraña, como tener locura sin ser demente. Es un manso desinterés, es una dulzura de estupidez. Sólo que de vez en cuando viene la inquietud: quiero entender un poco. No demasiado: pero por lo menos entender que no entiendo.

(“Descubrimientos”, Clarice Lispector)

El otro día le decía a alguien: para mí las noticias son el latido de mi corazón. Hace 20 años que no consumo medios de comunicación, básicamente. Solamente cuando quiero mirar, investigar alguna cosa en concreto a ver qué sensación me produce. Y me entero inevitablemente por todas las personas que tengo a mi alrededor que me cuentan lo básico que necesito para vivir en el mundo, que, en realidad, es un corazón, todo mi cuerpo y desarrollar una vida, según lo que cada día me vaya pidiendo.

En mi vida cada día es distinto… no siempre entro a trabajar a la misma hora, no siempre como a la misma hora, no tengo un rutina porque mis rutinas cambian de día a día y de semana a semana, por cuestiones familiares y laborales. Eso me mantiene siempre atenta, improvisando. Me gustaría tener una vida ordenada, como también me gustaría ser cantante y ponerme todos los días un vestido super bello. Quizá eso algún día suceda, quizá no, o sucede simplemente en la dimensión de mi imaginación.

¡Hola! … ¡Hola!

Acabo de encontrarme una mujer con mascarilla. Eso me recuerda que he entrado en el mundo este en el que vivimos.

Y bueno, para mí lo importante ahora es, de qué manera puede uno refinar, depurar al máximo, su lugar.. O la comprensión o el posicionamiento en todo lo que está pasando en este momento, según nos cuentan, en el mundo.

Hay tantas especulaciones. Tantas personas sentenciando cosas. Tantas situaciones que nos llevan a separarnos, oponernos y confrontarnos. Muchas limitaciones y restricciones en cada gesto cotidiano que, de alguna manera, están diciéndole a nuestro cuerpo que está en una situación amenazante. Entonces al final ¿qué es lo mejor que podemos hacer con esto? Y no pienso que esto sea general si no que cada persona tiene que encontrar su propio lugar, lugar interior, emocional, energético.

Para mí, la opción es vivir normalmente. Si hago como si esto que está sucediendo no estuviera sucediendo parece que estoy negando la realidad. No la niego, simplemente veo más allá y camino sobre lo que sostiene la vida. Porque hay mucho más y más allá de esto. Es más, todo es mucho más que esto que está sucediendo. No lo quiero nombrar porque me niego a consumirlo y porque no quiero pronunciarlo en mi vida. Es como una cuestión mágica. No lo pronuncio, no existe. Y mientras tanto, en estos meses, no está existiendo en mi vida, no está existiendo en mi cuerpo, no está existiendo salvo porque me lo cuentan algunas personas que lo han tenido y lo han pasado. Pero en mi vida, ahora mismo en lo que está sucediendo ahora, no existe.

Pudiera parecer egoísta, pero no lo es.

Me encantaría poder explicarlo mejor. Creo que la mayoría de las personas viven pensando que la verdad es la que cuentan los medios de comunicación. O que la verdad es lo que siempre han creído personalmente. En unas familias es una cosa, en otras familias es otra. Con lo cual ¿cómo saber cual es la verdad? Que la verdad es su ideología política, o su religión. O que la verdad es lo que ellos sienten, su emoción en ese momento. O que la verdad es lo que se puede demostrar científicamente.

Me acuerdo de que mi maestro de meditación… (oh, qué bonito, estoy viendo un caracol, porque ha habido tanta tormenta y es pleno verano y están saliendo. Pero no están sacando sus cuernos al sol sino a la luna. Estoy viendo dos caracoles. Es precioso. Porque me han enseñando que esto son caracoles) Me acuerdo que mi maestro de meditación un día me preguntaba: ¿Es verdad esto? Y en algún momento pensé (tengo que caminar ahora con cuidado porque hay un montón de caracoles y no quiero pisar ninguno), y yo pensaba: “pues la verdad es que no sé si es verdad, a lo mejor estoy en un sueño, como dicen los Toltecas o como cuentan los Budistas”. Qué bonito camino de caracoles.

A lo mejor es un sueño. ¿Cuál es la diferencia entre este sueño y el que tengo por la noche?

Entonces, al final…  ¿donde está uno? Está uno en su vida.  Nos toca alimentarnos, nos toca respirar. A veces trato de reflexionar desde el punto de vista de que  no tengo información. Si no tuviera información, si no hubiera internet, si no hubiera televisión, si no hubiera medios de comunicación, si no hubiera libros, ¿qué haría? ¿Qué es lo que está sucediendo en este momento?

En este momento el sendero se oscurece y tengo que ir con mucho cuidado porque no quiero pisar ningún caracol y apenas se ve, pero me parece un juego bonito y decido que no voy a pisar ninguno y … acabo de llegar a casa! Había dado tantas vueltas que ni siquiera sabía que estaba en este camino de regreso a casa. Y quiero dar una vuelta más porque me parece un hermoso paseo nocturno. Si realmente yo no tuviera ninguna información, si no supiera … ¿Cómo viviría?

Me late el corazón, respiro, me muevo, tengo un hijo. Ahora no está conmigo presencialmente, pero está conmigo en el corazón. En ese sentido es instantáneo. Nos separa el espacio…  un supuesto espacio. Pero estamos completamente unidos.

En este momento se supone que es la hora de cenar e irse a dormir y yo he sentido cierto desasosiego al anochecer, cierta tristeza, esta situación de no ver la sonrisa de las personas porque llevan mascarilla, o la mirada porque llevan gafas de sol, de no reconocer a la gente que conocía por la calle o de no reconocer a mis propios amigos ni a mí misma. Porque cualquier discusión realmente no es la verdad, ni de un lado ni de otro. Y sentir que algo está sucediendo que una vez más nos separa, nos aleja, nos confronta, nos supone que vemos el mundo en término de ellos y nosotros, los malos y los buenos, los que llevan mascarilla y los que no la llevan, los irresponsables, los borregos. Los despiertos, los dormidos, etcétera, etcétera.

Entonces lo que me tranquiliza profundamente es mirar los árboles, escuchar los pájaros, escuchar el viento en los árboles, ver que siguen ahí… y sentir la vida. Esa capa finísima de lo que subyace la vida, la existencia en este plano que conocemos. Hay algo que sustenta todo, que es perfecto, que es brillante, que es esplendoroso aún en su máxima discreción. Que es bellísimo, que está siempre. Está siempre, silencioso. Y me gusta todo el rato sentir que voy por ese camino, por esa línea, por ese camino. Ese camino de los caracoles, ese camino que es la vida. Que es la vida en la que hay paz. La vida en la que todo está bien. Está bien cuando llueve, está bien cuando truena, está bien cuando hace 40 grados de calor. Está bien cuando hace demasiado frío, está bien cuando todo se inunda, está bien cuando todo se seca, está bien cuando las flores florecen, está bien cuando las hojas se caen.

Está bien eso que existe por debajo de la humanidad y en la esencia de nuestra humanidad, en la perfección de nuestro cuerpo físico, en la perfección de nuestros órganos sensoriales. Hay algo en la vida que me dice que la vida es para disfrutarla. Los cinco sentidos que conocemos nos producen placer, básicamente.  Saborear y poder discernir lo que es bueno y lo que es malo, o lo que es veneno y lo que no es; escuchar la más sublime de la música y quizás alejarnos del más horrible de los sonidos. El tacto, sentir la piel. La belleza de los colores, de la luz, de las formas. Eso en nuestro cuerpo físico. Los olores, los perfumes, las fragancias. Todo eso en nuestro cuerpo físico que tiene una inteligencia perfecta en cada célula y en la vida en la Tierra, de la misma manera: las montañas, el océano, el mar, el reflejo del cielo en el agua, los animales, la belleza de un leopardo, la belleza de un colibrí, la belleza de un hipopótamo, las flores, los ríos, las nieves, los glaciares. Es pura magnificencia, pura belleza. El cielo en la noche, las estrellas. El sol.

Es un prodigio que sigue existiendo más grande que la política de un Estado, más grande que el nombre de un Estado, más grande que una profesión enfermera, médico, personal de limpieza, político… más grande que si un virus ha sido fabricado o no, más grande que una conspiración o no, más grande, más grande que la propia muerte.

¿Y nos estamos perdiendo eso? ¿Estamos dispuestos a perdernos esto tan grande?

Tengo suerte. En algunas creencias dirían que por una cuestión kármica, después de haber sufrido mucho, he llegado a este lugar en el que camino en paz por un sendero de caracoles sin mascarilla, respirando un oxígeno maravilloso en una vida en la que tengo mucho amor. Amor verdadero de muchas personas y cortesía de muchas otras. Mucho cariño, amabilidad y un bello oficio. Un lugar hermoso en el que vivo. Si pudiera elegir ¿tendría esta vida? Bueno, a lo mejor tendría otra distinta, pero ésta está bien y la disfruto, aunque no tengo dinero. Ahora mismo tengo como 9 euros en la cuenta corriente. Ayer en la caja del supermercado  tuve que parar a hacer una transferencia en la app del móvil, de los 30 euros que tenía en la cuenta de ahorro a la “cuenta nomina”, entrecomillas nómina porque soy autónoma, en la que había 20 €. Entonces todo junto, justo, justo. Todo lo de las dos cuentas me dio y pude pagar la compra del supermercado, en medio de ese apuro bajo los insultos de un chico que había en la fila que me gritaba que qué hacía porque les estaba haciendo esperar un minuto más y yo pensaba: ¿hemos perdido el juicio, hemos perdido el sentido común realmente?

Y bueno, si tuviera dinero haría esto o lo otro. No lo tengo. Camino entre caracoles, que son bellísimos. Me identifico con ellos porque son lentos como yo, porque de alguna forma llevan su casa tan pequeñita a cuestas. Yo mi oficina la llevo encima de mí.

Y … ¿qué es lo importante? Qué es lo importante? Respirar.

A veces intuyo cosas y deduzco por sentido común. Yo siento que no debo llevar mascarilla porque es una ofensa a mi cuerpo y un insulto a la vida, porque le estoy dando una información a mi cuerpo de que no respire, de que no hable, de que no huela. Me provoca espanto cuando se la veao puesta a las personas. Me siento como si estuviera en una película de terror mala y fea. Y no entiendo, no entiendo mal, no al modo glorioso de Clarice Lispector. No me parece una falta de respeto hacia otras personas no usar mascarilla y desde luego sé que no es peligroso. Me parece eso es algo que simplemente ellos creen que es. Para mi lo peligroso es ponerme la mascarilla porque realmente no puedo respirar con ella, porque realmente me hace sentir muy, muy mal. Y con 50 años siendo una ciudadana impecable me parece impropio tener que dar explicaciones a nadie a 40 grados bajo el sol de las 3 del mediodía sin comer. Y me apena profundamente que tantas personas tengan que llevarla obligatoriamente durante 8 horas de su jornada laboral.

Los pájaros no se están cayendo de los árboles muertos, con lo cual deduzco que no hay en el aire nada que esté contaminado. Es evidente dónde hay contaminación psicológica y adicción por consumir un tipo de información que causa estragos en la salud mental y física y división entre las personas. Una pena.

Palabras que eran de todos y que se expropian: héroes, normalidad, responsabilidad, juntos..

Decido no abrir la puerta de mi casa a lo que percibo nocivo para mí disfrazado de supuestamente bueno. La bruja disfrazada de anciana vendiendo una manzana. Todos conocemos los cuentos. El bien, el mal. ¿Es realmente inherente en nosotros? Los cherokees dicen que el hombre blanco tiene la enfermedad del doble corazón. Porque está dentro de nosotros.

La vida humana lo contiene todo. El bien, el mal, el doble corazón. Y también el noble corazón del discernimiento y del amor.

Conocemos las leyes naturales y el honor. Estamos viviendo en un mundo farmacológico que ensombrece y desautoriza un perfecto mundo natural. ¿Hemos olvidado nuestra esencia? Si todas las personas nos diéramos cuenta de lo increíble que es nuestro cuerpo físico, de las capacidades de nuestra mente que se pueden entrenar y de que tenemos una intuición certera, un lugar en nosotros que realmente sabe la verdad y que está en armonía con la vida… sería todo tan distinto ahora. Recuerdo las palabras de un homeópata al que fui una vez. Me dijo: “Si se nos pudiera aparecer Dios enfrente ahora mismo, se nos caía la cara de vergüenza”.

Entiendo los miedos de las personas. Entiendo. Mis padres ya murieron. Entiendo los miedos de las personas que no quieren perder a sus padres en una situación horrible. Lo entiendo. Entiendo incluso la ignorancia de pretender parar un tsunami con las manos. Entiendo que hay personas, muchas, que no confían en su sistema inmunológico ni en la relación de soberanía con respecto a su cuerpo y a su vida. Entiendo que hay personas que no están dispuestas a morir. Lo entiendo. Entiendo el miedo a la muerte perfectamente. En ese sentido he logrado paz, por lo menos en muchos momentos. Por supuesto, en otros no. En otros me autoengaño, me enfurezco, me ofendo. Pero tengo la sensación de que si muero me refugio en mi espíritu, que es el espíritu de todas las cosas. Y que lo que he hecho hasta ahora es maravilloso ¿no? He vivido una vida, he amado, he temido, he crecido, he creado, he disfrutado, me he maravillado, me he aterrado, me he equivocado, he acertado y … que la vida es muy grande.

Pienso que tenemos una participación en la vida importante, no sé qué porcentaje es, pero es una participación de voluntad y de creación. Hay investigadores que dicen que somos los creadores de nuestra propia vida, que somos dioses, que podemos ser dioses y que todo depende de nosotros. Otras muchas personas piensan que nada depende de nosotros, que estamos expuestos, vulnerables ante una voluntad mayor. Yo no lo sé. He estudiado mucha metafísica, mucha religión, mucha filosofía y no lo sé. Pero la sensación que yo tengo y lo que a mí me gusta pensar porque me divierte, es que soy coguionista. A veces llamo a Dios guionista, porque yo veo como la vida me habla constantemente de miles de formas a través de frases, a través de acontecimientos. Y entonces yo siento que yo coescribo, que la vida me hace guiños, y que hay una parte de mí que tiene voz y voto. Y en esa parte de mí que tiene voz y voto, le digo a la vida:

Sí, sí, me encanta respirar, me encanta hablar, me encanta sonreír, me encanta mirar, me encanta que se me vean los ojos. Me encanta ver los ojos de las personas. Me encanta caminar, me encanta oler, me encanta saborear, me encanta escuchar, me encanta tocar, me encanta vivir, me encanta ver la vida, me encanta ver la belleza, me encanta escuchar la música y eso existe y eso es siempre. Y por supuesto, me encanta abrazar.

Por una cuestión de karma, supuestamente, ahora aquí yo no estoy debatiéndome entre la vida y la muerte, no estoy en un hospital desangrándome, no estoy perdiendo a un ser querido ahora, en este momento. Aunque ya haya pasado por eso y en cualquier momento lo vuelva a pasar. Y .. ¿no es legítimo poder disfrutar de respirar sin sentir culpa y al mismo tiempo sentir compasión por todas las personas que sufren? ¿No es legítimo vivir la propia vida libremente sabiendo que no haces daño sino bien? ¿No es legítimo saber con toda certeza que no hay ninguna relación entre mi libertad para respirar y la muerte de otra persona? ¿De verdad tengo yo que dejar de respirar por los que mueren en vez de respirar por los que mueren?

Quizás si sumamos felicidad, si sumamos respiración, insuflamos vida en aquellos que parece que la pierden.

 Así que en este momento disfruto de que tengo lo que tengo. Qué es lo que es y … ¿qué más puedo saber?

En medio de cualquier desesperanza, en medio de la oscuridad de la mente, siempre fluye invisible el camino de la vida pura, intacta, el camino que nos hace bien, el camino que nosotros mismos podemos escribir.

Mirando hacia atrás y viendo cómo he podido manejarme en los últimos tiempos, he visto que he creado cosas con el poder de mi imaginación, con el poder de mi deseo. He creado muchas cosas que soñaba y luego se han visto manifestadas y pienso realmente se puede estar en la vida como uno quiere. Hasta cierto punto. Porque ahora no sé si he pisado un caracol, no sé si hay algo que me pueda pisar a mí, no lo sé, por descuido, no lo sé hasta qué punto hay azar, pero sólo sé que quiero seguir viendo la vida, que quiero seguir viendo lo que es natural, como dice el poeta E.E. Cummings: “Everything which is Natural, which is infinite, which is Yes” (Todo lo que es infinito, lo que es natural, lo que es Sí).

 Así que camino sobre ese tejido transparente. Intento seguir caminando en ese tejido transparente que ahora tiene forma de camino poblado de caracoles. A veces tiene forma de la cola en el supermercado, a veces tiene forma de una persona que te cuenta sus sentimientos angustiada, a veces tiene forma de alguna creencia de que lo que está pasando en tu vida es terrible cuando en realidad no lo es. A veces tiene forma de caracol, de dos caracoles.

Yo propongo dejar de debatir especulaciones y respirar, y seguir el corazón y dejarles a los demás su responsabilidad. ¿Por qué hay personas que se sienten con derecho, sin conocerte, a juzgarte o a decirte lo que tienes que hacer? ¿No pueden quizás suponer que soy una persona sensata, cuidadosa, amorosa, responsable y que a lo mejor no llevo mascarilla por alguna razón muy legítima y que nunca jamás les cuestionaría a ellos que lo hicieran o que no lo hicieran, más allá de que pueda tener mis opiniones como un ser humano limitado? ¿Por qué no nos dejamos tranquilos? ¿Por qué no nos dejamos vivir? ¿Por qué no seguimos nuestro corazón y respiramos si necesitamos respirar?

Y hay algo muy bonito. Siempre hemos visto películas de magia. Siempre hemos creído en nuestro corazón, en la magia. La magia se puede desde la voluntad interior. Puedes decidir en este mismo instante que nadie te puede poner una multa por no llevar una mascarilla que no quieres llevar o que no tienes porqué enfermarte. Puedes decidir que tu sistema inmunológico es perfecto y fuerte. Y puedes decidir no tener miedo a la muerte. Puedes decidir estar en paz con todo lo que hay. Puede que te levantes triste a la mañana y decidir cambiar tu estado de ánimo en unos minutos, ese estado que no es verdad y que constantemente cambia. Y en cualquier momento algo puede pisar tu caparazón, sin darse cuenta, porque está oscuro y no te ha visto. Hasta entonces y mientras tanto, puedes seguir dejando tu hermoso rastro en esa capa finísima, esplendorosa, prodigiosa que es la existencia.

5 comentarios en “El camino de los caracoles”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s