Filosofía y espiritualidad

¿Quieres despertar(te) conmigo?

Puedes escuchar el audio de este post aquí. Al final de este escrito un regalo: el enlace para ver una película extraordinaria.

Que nuestro despertar sea dulce


Escribo esta bendición para nosotros:

Que cada día el instante de nuestro despertar sea dulce, ya estemos solos o acompañados, ya traspasen los rayos de sol nuestra ventana en verano o golpee la lluvia con fuerza sus cristales en invierno. Que la exquisita voz de nuestro ser acaricie nuestros párpados al abrirse.

Que, desde ese momento, nos mantengamos despiertos en este sueño que es la vida, disfrutándolo desde la libertad que nos concede ver lo Real.

Que despertemos en el paraíso de esta tierra.


¿Alguna vez has tenido un sueño lúcido?

Un sueño lúcido es un sueño en el cual eres consciente de que estás soñando.

Esto puede acontecer de forma espontánea o se puede entrenar.

En mi caso siempre me ha sucedido de forma espontánea.

Como diría John Lennon, que el próximo viernes cumpliría 80 años: “You may say I’m a dreamer” (“Puedes decir que soy un soñador”)

Aunque él se refería a las personas que soñamos con un mundo iluminado, en el sentido de un anhelo profundo porque lo sabemos realidad en nuestra imaginación, en mi caso soy una doble soñadora: siempre he tenido una vida onírica tan espectacular que parece que hay un director artístico diseñando mis sueños.

Teniendo esas tendencias un día el sueño lúcido ocurre.

Seguramente también influye la indagación espiritual y el estudio del budismo y de la filosofía tolteca, que practican el mantenerse consciente mientras uno duerme, durante la vida onírica e incluso después de la muerte.

Por mi parte puedo contar en primera persona cómo es despertarse dentro de un sueño, porque me ha pasado varias veces. Tanto en el sueño onírico como en el sueño vigílico.

En 2001 tuve la suerte de ver la película de Richard Linkater, Waking life (“Despertando a la Vida”), cuando se estrenó. Una película extraordinaria que habla de todo esto y que no está disponible para ver en ninguna plataforma actualmente, pero buscando para ofreceros un buen fragmento, he encontrado un link escondido para ver la película completa con subtítulos en español aquí.

Esa película me dio una idea que luego he utilizado en mis sueños lúcidos: el interruptor como elemento para saber si uno está dentro de un sueño o en la vida “real”. De la misma manera que el protagonista de Origen, el film de Christopher Nolan, utiliza una peonza que gira (el samsara). (Enlaza en el título para ver el trailer).

Cuando me despierto en un sueño lúcido, parece que estoy en la realidad real, en mi cuarto por la noche. En ese momento dudo, porque una sensación inquietante me hace no querer que esa sea la realidad. Siempre está el interruptor en la pared. Sé con certeza, porque ya lo he decidido así, que si le doy al interruptor y la luz no se enciende, se trata de un sueño.

A partir de ese momento en la penumbra en la que pulso el interruptor y no se enciende la luz, todo cambia. Sé que estoy en un sueño y que puedo hacer lo que quiera dentro de él, porque es un sueño y es mío.

En este tipo de sueño, puedo saborear, sentir, ver, tocar igual que si estuviera despierta. También puedo volar. Así que dependiendo de lo que voy encontrando en el sueño, decido enfrentarme a lo que acontece, disfrutar del sueño a mi manera o salir de él si me encuentro acorralada.

En una ocasión me encontré de vuelta en una calle de mi infancia por la   noche y, al darme cuenta de que era un sueño, decidí desnudarme y subir corriendo por ella, oliendo el jazmín y arrancando las flores, disfrutando de la libertad, hasta encontrarme en mitad de una carretera. Me paré en medio justo cuando una moto se precipitaba a toda velocidad hacia mí sin frenar. Sabía que estaba en un sueño y que no podía pasarme nada así que quise ver qué sucedía. El motorista paró ante mí. Se quitó el casco. Su cabeza era una masa negra.

Otras veces he volado sobre volcanes, controlando la dirección de mi vuelo.


Como no estoy segura de si se llama sueño lúcido lo que me pasa, porque como tal nunca lo he estudiado, busco en google, y lo describe exactamente así. Además habla de un psicólogo alemán de la Gestalt, Paul Tholey, que distinguía el sueño normal del lúcido según los siguientes siete criterios:

  • El soñante es consciente de que está soñando;
  • El soñante dispone de su libre albedrío;
  • El soñante cuenta con sus capacidades normales de raciocinio;
  • Su percepción de los cinco sentidos es comparable a la de la vigilia;
  • El soñante cuenta con los recuerdos de los que dispone cuando está despierto;
  • El soñante recuerda con claridad su sueño al despertar, y;
  • El soñante es capaz de interpretar el sueño dentro del sueño mismo.

Hace pocos días tuve un sueño impresionante y significativo en este momento que vivimos. No era lúcido porque yo no me daba cuenta de que estaba en un sueño.

En un avión, en medio de un vuelo a algún lugar, me encontraba de pie, sin asiento ni cinturón. Era de día, sobre las nubes. Yo estaba en un pasillo, a mi izquierda la ventanilla. Sentía a mi derecha la presencia de mis seres queridos sentados en la fila de butacas, pero sin ver que específicamente fueran mis seres queridos de esta vida. Eran mis seres queridos en general y sentía la presencia de mi hijo. Todos estaban sentados en su asiento menos yo cuando empezaron las turbulencias. Como yo no tenía asiento me senté en el suelo y me agarré fuerte al reposabrazos del asiento a mi derecha que era el reposabrazos de mis seres queridos. Pensé: si me agarro muy fuerte lo mismo no salgo disparada hacia arriba. Todos estábamos tranquilos como si no pasara nada. El avión, que era muy grande, empezó a caer. Era una caída evidente, pero no la sentía con vértigo, sino que me sentía flotando. En ese momento me doy cuenta de que vamos a morir. Todo está en calma. Cierro los ojos. Tengo pena porque no quiero morir, pero lo acepto y me entrego a mi espíritu en mi interior. Me muero. Me duermo. Entonces despierto en el avión en tierra, el avión es mucho más grande ahora, con varios pasillos y grandes puertas de salida. Todo está en calma, las personas van saliendo del avión. Creo recordar que hay gente conocida en algún lado fuera y al mismo tiempo estoy rodeada de gente desconocida, pero no estoy con nadie en concreto. Sólo observo tratando de entender.

Retomando a Lennon, para escribir este post me acojo a la frase de Imagine que me hacía llorar siempre que la escuchaba: “but I’m not the only one”. No soy la única que sueña con una sociedad iluminada. Hemos sido muchos a lo largo de los siglos que portamos esa antorcha relevándonos. Por lo tanto, no estoy sola. 

Estamos juntos en el mismo sueño. En un doble sueño: el sueño como anhelo del cielo en la tierra y el sueño como la pesadilla del mundo en el que vivimos creyendo que es la Verdad.

¿Quieres despertar conmigo?

¿Quieres que construyamos juntos una sociedad iluminada?

¿Quieres que juntos veamos caer los muros de este engaño que nos separa?

¿Quieres que veamos caer los paradigmas políticos, económicos, religiosos y científicos que nos aseguran cual es la única verdad para poder escuchar la Verdad en la voz de nuestro espíritu?


Tomé la foto que ilustra este escrito paseando por Madrid hace 4 años. El hotel me guiñó un ojo preguntándome a través de sus cristales de espejo: ¿Quieres despertarte conmigo?

Como suele suceder debido a mi ignorancia, interpreté que la pregunta se la hacía yo al amor de mi vida, estuviera dónde estuviera y fuera quien fuera.

Creyéndome incompleta, en mi soledad anhelaba este despertar compartido.

Ahora sé que esa es la pregunta de mi espíritu hacia mí persona.

Despertar es un acto de voluntad, es un entrenamiento y también, como el sueño lúcido, a veces es espontáneo.

Supone ser consciente cada vez que abrimos los ojos por la mañana. Y despertar una segunda vez. Y volver a despertar cada vez que perdemos presencia, que entramos en automático, que dormimos despiertos interpretando la realidad en función de lo que nos han contado otros.

Despertar es elegir estar presentes, libres de condicionamientos y ver la verdad detrás de las apariencias.

En el primer despertar al sueño vigílico, es decir, a lo que comúnmente llamamos realidad, la soledad me duele, aunque muchas veces sea buscada. Soy hija de la Soledad, así se llamaba mi madre. La soledad de la que nací me enseña a trascenderla.

Porque la soledad es un espejismo.

La soledad que me ha dolido últimamente, por ejemplo, es la que experimento en medio de todo lo que está pasando, caminando con mi rostro descubierto entre todas las personas con mascarillas que recitan literalmente lo que los medios y los gobiernos les dictan y que yo no comprendo.  Yo estoy queriendo ver sus ojos su cara su sonrisa, sentir su abrazo y escuchar la voz de su espíritu. Estoy queriendo comunicarme con ellos. Pero llevan gafas oscuras para protegerse de la luz a las 8 de la tarde en medio de un bosque frondoso cuando apenas entra el sol y una mascarilla para protegerse del dulce olor de las jaras. Y me ven, se aprietan la mascarilla contra la cara y se separan de mí aun más, aunque haya 3 metros de distancia.

La soledad que he experimentado al darme cuenta de que lo que siento y elijo, aunque natural y coherente, como es respirar y respetar las leyes superiores de la vida, es incómodo cuando no inaceptable y que debo deliberadamente callarlo ante algunos seres muy queridos. Callar después de ver que no se entiende mi indignación ante la obediencia a la injusticia que se está perpetrando.

Lo que siento y elijo no es creer en ninguna conspiración, sino en la inspiración, en caminar y respirar libre del terror que nos quieren infundir unos y otros. Es atravesar la dualidad, el engaño que nos separa, y mirar la Vida, ver lo que nos une.

Sé que mi soledad es también compartida. El otro día una amiga abogada consiguió que en colegio aceptaran que su hijo de 10 años no llevara mascarilla, y también en los entrenamientos de fútbol al aire libre. Cuando los otros padres se enteraron, le comenzaron a hacer bullying en el chat del curso a ella y a su hijo, personas con las que antes se había relacionado perfecta y cordialmente. Su niño entonces accedió a llevar la mascarilla para poder estar con sus amigos.

Rezo porque mi hijo desarrolle poderes de superhéroe que le permitan respirar libremente y hacer un perfecto intercambio entre el oxígeno y el dióxido de carbono a través de branquias invisibles en sus brazos en medio del diluvio de 7 horas seguidas con mascarilla en el colegio.

Después de esto quiero confiar en que no enfermemos, sino que nos hayamos convertido en titanes. Que salgamos de esta pesadilla incólumes, fuertes y totalmente despiertos.

Cuando pretendo liberar a los demás de sus miedos y animarlos a confiar en la vida, en su cuerpo, en su ser y en su soberanía por encima de la manipulación, no consigo hacerme entender, hay un cristal que separa nuestro mutuo entendimiento al respecto.

Comprendo entonces que cada persona está en su camino, que no todo el mundo siente la certeza, la libertad, la confianza y el profundo vínculo con la vida que yo siento. Y llego a la conclusión de que es mejor el silencio y la presencia amorosa. Que la palabra sea sólo dicha cuando es mejor que el silencio.

Así que trato de sobrevolar la hostilidad y agarrarme al momento presente, a la eternidad de mi ser.

Siento que pertenezco a otro mundo, a otra forma de vivir, no a esta. Siento que transito otra línea de tiempo. Y que, por suerte, la mayoría del tiempo me mantengo en esa otra dimensión que permanece gloriosa como en un canal invisible dentro (y fuera) del que todos conocemos y compartimos como “el mundo real”. Aunque en ese plano me siento mágicamente protegida, en lo material, mi vida se ve afectada por lo que sucede en el engañoso “mundo real”. Y a mi piel emocional le duele.

Mientras no nos damos cuenta de que estamos en un sueño, sufrimos porque estamos atrapados en él. Dormidos carecemos de libre albedrío.

Buda decía que el samsara es sufrimiento. Por eso en el budismo se renuncia al sufrimiento del samsara. El samsara es el ciclo de renacimientos, el eterno retorno, tanto dentro de la propia mente como fuera, en lo que llamamos nuestra vida. Es ese hámster dando vueltas siempre en la misma rueda dentro de una jaula cuya puerta está abierta.

Abro los ojos una segunda vez.

Se dice que una vez que uno decide renunciar al sufrimiento del samsara y ve el engaño dentro y fuera de sí, comprende, se ilumina, experimenta el nirvana, la luz clara de la vacuidad y el gran gozo. La verdadera realidad detrás del engaño es conciencia y dicha. Entonces puede empezar a ver el paraíso en su mundo.

En el silencio y en la soledad me gusta escuchar el viento en los árboles, ver el sol atravesando las hojas y las nubes jugando a ser plumas de ángeles. En esos instantes de plena presencia experimento el gozo y la luz clara. Veo la verdad. A veces son vislumbres simultáneos a los aleteos de las emociones y a las sensaciones del cuerpo.  

Como dice la escritora india Arundhati Roy:

Otro mundo no solo es posible: ya está en camino. En un día tranquilo puedo oírlo respirando.

Cuando estoy dormida dentro del engaño me duele el corazón, física, literalmente. Ese dolor causado por cosas que han pasado y pasan en mi vida, por cosas que pienso que pueden pasar. A veces no reconozco si es mi dolor, o es el dolor de alguien a quien quiero y siento, o es el dolor del mundo. Entonces pienso: bueno… debe ser karma, la consecuencia de algo que pasó, que busca resolverse.

El karma se purifica sosteniendo el dolor en el corazón y respirando. Mientras se comprende, con amor.

En esos momentos de dolor del corazón me miro al espejo, extiendo mi brazo, atravieso el cristal y meto mi mano dentro de mi pecho al otro lado, atravesando un material que primero es tierra y luego mercurio; después se convierte en agua. Sobre el agua un trozo de madera que flota. Lo agarro. Está ardiendo. Me quemo. Luego siento una brisa suave. Mi mano ya no está. Detrás, silencio…. Y entonces, por fin, espacio.

Entonces empiezo a ver la vida desde una transparencia tan invencible que primero siento un extrañamiento del mundo, como si la vida no fuera verdad, y un desapego inusual.

Y desde ahí veo mi antiguo corazón dolorido alejarse como una isla separándose de su continente.

Escuché la historia de Athos sobre el origen de las islas, como el continente puede estirarse hasta que se rompe por los puntos más débiles y esas debilidades son llamadas fallas. Cada isla representa una victoria y una derrota: o bien se ha liberado a sí misma o ha tirado demasiado fuerte y se ha encontrado a sí misma sola. Más tarde, cuando estas islas envejecieron, convirtieron su infortunio en virtud, aprendieron a aceptar su despeinado, sus costas deformes, harapientas por donde habían sido rasgadas. Adquirieron gracia -algo de hierba, una playa suavizada por las mareas.

Piezas en Fuga, Anne Michaels.

¿Quieres despertar(te) conmigo?

Aquí tienes la película completa de Richard Linklater en V.O. subtitulada

4 comentarios en “¿Quieres despertar(te) conmigo?”

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