Filosofía y espiritualidad

¿Quieres despertar(te) conmigo?

Puedes escuchar el audio de este post aquí. Al final de este escrito un regalo: el enlace para ver una película extraordinaria.

Que nuestro despertar sea dulce


Escribo esta bendición para nosotros:

Que cada día el instante de nuestro despertar sea dulce, ya estemos solos o acompañados, ya traspasen los rayos de sol nuestra ventana en verano o golpee la lluvia con fuerza sus cristales en invierno. Que la exquisita voz de nuestro ser acaricie nuestros párpados al abrirse.

Que, desde ese momento, nos mantengamos despiertos en este sueño que es la vida, disfrutándolo desde la libertad que nos concede ver lo Real.

Que despertemos en el paraíso de esta tierra.


¿Alguna vez has tenido un sueño lúcido?

Un sueño lúcido es un sueño en el cual eres consciente de que estás soñando.

Esto puede acontecer de forma espontánea o se puede entrenar.

En mi caso siempre me ha sucedido de forma espontánea.

Como diría John Lennon, que el próximo viernes cumpliría 80 años: “You may say I’m a dreamer” (“Puedes decir que soy un soñador”)

Aunque él se refería a las personas que soñamos con un mundo iluminado, en el sentido de un anhelo profundo porque lo sabemos realidad en nuestra imaginación, en mi caso soy una doble soñadora: siempre he tenido una vida onírica tan espectacular que parece que hay un director artístico diseñando mis sueños.

Teniendo esas tendencias un día el sueño lúcido ocurre.

Seguramente también influye la indagación espiritual y el estudio del budismo y de la filosofía tolteca, que practican el mantenerse consciente mientras uno duerme, durante la vida onírica e incluso después de la muerte.

Por mi parte puedo contar en primera persona cómo es despertarse dentro de un sueño, porque me ha pasado varias veces. Tanto en el sueño onírico como en el sueño vigílico.

En 2001 tuve la suerte de ver la película de Richard Linkater, Waking life (“Despertando a la Vida”), cuando se estrenó. Una película extraordinaria que habla de todo esto y que no está disponible para ver en ninguna plataforma actualmente, pero buscando para ofreceros un buen fragmento, he encontrado un link escondido para ver la película completa con subtítulos en español aquí.

Esa película me dio una idea que luego he utilizado en mis sueños lúcidos: el interruptor como elemento para saber si uno está dentro de un sueño o en la vida “real”. De la misma manera que el protagonista de Origen, el film de Christopher Nolan, utiliza una peonza que gira (el samsara). (Enlaza en el título para ver el trailer).

Cuando me despierto en un sueño lúcido, parece que estoy en la realidad real, en mi cuarto por la noche. En ese momento dudo, porque una sensación inquietante me hace no querer que esa sea la realidad. Siempre está el interruptor en la pared. Sé con certeza, porque ya lo he decidido así, que si le doy al interruptor y la luz no se enciende, se trata de un sueño.

A partir de ese momento en la penumbra en la que pulso el interruptor y no se enciende la luz, todo cambia. Sé que estoy en un sueño y que puedo hacer lo que quiera dentro de él, porque es un sueño y es mío.

En este tipo de sueño, puedo saborear, sentir, ver, tocar igual que si estuviera despierta. También puedo volar. Así que dependiendo de lo que voy encontrando en el sueño, decido enfrentarme a lo que acontece, disfrutar del sueño a mi manera o salir de él si me encuentro acorralada.

En una ocasión me encontré de vuelta en una calle de mi infancia por la   noche y, al darme cuenta de que era un sueño, decidí desnudarme y subir corriendo por ella, oliendo el jazmín y arrancando las flores, disfrutando de la libertad, hasta encontrarme en mitad de una carretera. Me paré en medio justo cuando una moto se precipitaba a toda velocidad hacia mí sin frenar. Sabía que estaba en un sueño y que no podía pasarme nada así que quise ver qué sucedía. El motorista paró ante mí. Se quitó el casco. Su cabeza era una masa negra.

Otras veces he volado sobre volcanes, controlando la dirección de mi vuelo.


Como no estoy segura de si se llama sueño lúcido lo que me pasa, porque como tal nunca lo he estudiado, busco en google, y lo describe exactamente así. Además habla de un psicólogo alemán de la Gestalt, Paul Tholey, que distinguía el sueño normal del lúcido según los siguientes siete criterios:

  • El soñante es consciente de que está soñando;
  • El soñante dispone de su libre albedrío;
  • El soñante cuenta con sus capacidades normales de raciocinio;
  • Su percepción de los cinco sentidos es comparable a la de la vigilia;
  • El soñante cuenta con los recuerdos de los que dispone cuando está despierto;
  • El soñante recuerda con claridad su sueño al despertar, y;
  • El soñante es capaz de interpretar el sueño dentro del sueño mismo.

Hace pocos días tuve un sueño impresionante y significativo en este momento que vivimos. No era lúcido porque yo no me daba cuenta de que estaba en un sueño.

En un avión, en medio de un vuelo a algún lugar, me encontraba de pie, sin asiento ni cinturón. Era de día, sobre las nubes. Yo estaba en un pasillo, a mi izquierda la ventanilla. Sentía a mi derecha la presencia de mis seres queridos sentados en la fila de butacas, pero sin ver que específicamente fueran mis seres queridos de esta vida. Eran mis seres queridos en general y sentía la presencia de mi hijo. Todos estaban sentados en su asiento menos yo cuando empezaron las turbulencias. Como yo no tenía asiento me senté en el suelo y me agarré fuerte al reposabrazos del asiento a mi derecha que era el reposabrazos de mis seres queridos. Pensé: si me agarro muy fuerte lo mismo no salgo disparada hacia arriba. Todos estábamos tranquilos como si no pasara nada. El avión, que era muy grande, empezó a caer. Era una caída evidente, pero no la sentía con vértigo, sino que me sentía flotando. En ese momento me doy cuenta de que vamos a morir. Todo está en calma. Cierro los ojos. Tengo pena porque no quiero morir, pero lo acepto y me entrego a mi espíritu en mi interior. Me muero. Me duermo. Entonces despierto en el avión en tierra, el avión es mucho más grande ahora, con varios pasillos y grandes puertas de salida. Todo está en calma, las personas van saliendo del avión. Creo recordar que hay gente conocida en algún lado fuera y al mismo tiempo estoy rodeada de gente desconocida, pero no estoy con nadie en concreto. Sólo observo tratando de entender.

Retomando a Lennon, para escribir este post me acojo a la frase de Imagine que me hacía llorar siempre que la escuchaba: “but I’m not the only one”. No soy la única que sueña con una sociedad iluminada. Hemos sido muchos a lo largo de los siglos que portamos esa antorcha relevándonos. Por lo tanto, no estoy sola. 

Estamos juntos en el mismo sueño. En un doble sueño: el sueño como anhelo del cielo en la tierra y el sueño como la pesadilla del mundo en el que vivimos creyendo que es la Verdad.

¿Quieres despertar conmigo?

¿Quieres que construyamos juntos una sociedad iluminada?

¿Quieres que juntos veamos caer los muros de este engaño que nos separa?

¿Quieres que veamos caer los paradigmas políticos, económicos, religiosos y científicos que nos aseguran cual es la única verdad para poder escuchar la Verdad en la voz de nuestro espíritu?


Tomé la foto que ilustra este escrito paseando por Madrid hace 4 años. El hotel me guiñó un ojo preguntándome a través de sus cristales de espejo: ¿Quieres despertarte conmigo?

Como suele suceder debido a mi ignorancia, interpreté que la pregunta se la hacía yo al amor de mi vida, estuviera dónde estuviera y fuera quien fuera.

Creyéndome incompleta, en mi soledad anhelaba este despertar compartido.

Ahora sé que esa es la pregunta de mi espíritu hacia mí persona.

Despertar es un acto de voluntad, es un entrenamiento y también, como el sueño lúcido, a veces es espontáneo.

Supone ser consciente cada vez que abrimos los ojos por la mañana. Y despertar una segunda vez. Y volver a despertar cada vez que perdemos presencia, que entramos en automático, que dormimos despiertos interpretando la realidad en función de lo que nos han contado otros.

Despertar es elegir estar presentes, libres de condicionamientos y ver la verdad detrás de las apariencias.

En el primer despertar al sueño vigílico, es decir, a lo que comúnmente llamamos realidad, la soledad me duele, aunque muchas veces sea buscada. Soy hija de la Soledad, así se llamaba mi madre. La soledad de la que nací me enseña a trascenderla.

Porque la soledad es un espejismo.

La soledad que me ha dolido últimamente, por ejemplo, es la que experimento en medio de todo lo que está pasando, caminando con mi rostro descubierto entre todas las personas con mascarillas que recitan literalmente lo que los medios y los gobiernos les dictan y que yo no comprendo.  Yo estoy queriendo ver sus ojos su cara su sonrisa, sentir su abrazo y escuchar la voz de su espíritu. Estoy queriendo comunicarme con ellos. Pero llevan gafas oscuras para protegerse de la luz a las 8 de la tarde en medio de un bosque frondoso cuando apenas entra el sol y una mascarilla para protegerse del dulce olor de las jaras. Y me ven, se aprietan la mascarilla contra la cara y se separan de mí aun más, aunque haya 3 metros de distancia.

La soledad que he experimentado al darme cuenta de que lo que siento y elijo, aunque natural y coherente, como es respirar y respetar las leyes superiores de la vida, es incómodo cuando no inaceptable y que debo deliberadamente callarlo ante algunos seres muy queridos. Callar después de ver que no se entiende mi indignación ante la obediencia a la injusticia que se está perpetrando.

Lo que siento y elijo no es creer en ninguna conspiración, sino en la inspiración, en caminar y respirar libre del terror que nos quieren infundir unos y otros. Es atravesar la dualidad, el engaño que nos separa, y mirar la Vida, ver lo que nos une.

Sé que mi soledad es también compartida. El otro día una amiga abogada consiguió que en colegio aceptaran que su hijo de 10 años no llevara mascarilla, y también en los entrenamientos de fútbol al aire libre. Cuando los otros padres se enteraron, le comenzaron a hacer bullying en el chat del curso a ella y a su hijo, personas con las que antes se había relacionado perfecta y cordialmente. Su niño entonces accedió a llevar la mascarilla para poder estar con sus amigos.

Rezo porque mi hijo desarrolle poderes de superhéroe que le permitan respirar libremente y hacer un perfecto intercambio entre el oxígeno y el dióxido de carbono a través de branquias invisibles en sus brazos en medio del diluvio de 7 horas seguidas con mascarilla en el colegio.

Después de esto quiero confiar en que no enfermemos, sino que nos hayamos convertido en titanes. Que salgamos de esta pesadilla incólumes, fuertes y totalmente despiertos.

Cuando pretendo liberar a los demás de sus miedos y animarlos a confiar en la vida, en su cuerpo, en su ser y en su soberanía por encima de la manipulación, no consigo hacerme entender, hay un cristal que separa nuestro mutuo entendimiento al respecto.

Comprendo entonces que cada persona está en su camino, que no todo el mundo siente la certeza, la libertad, la confianza y el profundo vínculo con la vida que yo siento. Y llego a la conclusión de que es mejor el silencio y la presencia amorosa. Que la palabra sea sólo dicha cuando es mejor que el silencio.

Así que trato de sobrevolar la hostilidad y agarrarme al momento presente, a la eternidad de mi ser.

Siento que pertenezco a otro mundo, a otra forma de vivir, no a esta. Siento que transito otra línea de tiempo. Y que, por suerte, la mayoría del tiempo me mantengo en esa otra dimensión que permanece gloriosa como en un canal invisible dentro (y fuera) del que todos conocemos y compartimos como “el mundo real”. Aunque en ese plano me siento mágicamente protegida, en lo material, mi vida se ve afectada por lo que sucede en el engañoso “mundo real”. Y a mi piel emocional le duele.

Mientras no nos damos cuenta de que estamos en un sueño, sufrimos porque estamos atrapados en él. Dormidos carecemos de libre albedrío.

Buda decía que el samsara es sufrimiento. Por eso en el budismo se renuncia al sufrimiento del samsara. El samsara es el ciclo de renacimientos, el eterno retorno, tanto dentro de la propia mente como fuera, en lo que llamamos nuestra vida. Es ese hámster dando vueltas siempre en la misma rueda dentro de una jaula cuya puerta está abierta.

Abro los ojos una segunda vez.

Se dice que una vez que uno decide renunciar al sufrimiento del samsara y ve el engaño dentro y fuera de sí, comprende, se ilumina, experimenta el nirvana, la luz clara de la vacuidad y el gran gozo. La verdadera realidad detrás del engaño es conciencia y dicha. Entonces puede empezar a ver el paraíso en su mundo.

En el silencio y en la soledad me gusta escuchar el viento en los árboles, ver el sol atravesando las hojas y las nubes jugando a ser plumas de ángeles. En esos instantes de plena presencia experimento el gozo y la luz clara. Veo la verdad. A veces son vislumbres simultáneos a los aleteos de las emociones y a las sensaciones del cuerpo.  

Como dice la escritora india Arundhati Roy:

Otro mundo no solo es posible: ya está en camino. En un día tranquilo puedo oírlo respirando.

Cuando estoy dormida dentro del engaño me duele el corazón, física, literalmente. Ese dolor causado por cosas que han pasado y pasan en mi vida, por cosas que pienso que pueden pasar. A veces no reconozco si es mi dolor, o es el dolor de alguien a quien quiero y siento, o es el dolor del mundo. Entonces pienso: bueno… debe ser karma, la consecuencia de algo que pasó, que busca resolverse.

El karma se purifica sosteniendo el dolor en el corazón y respirando. Mientras se comprende, con amor.

En esos momentos de dolor del corazón me miro al espejo, extiendo mi brazo, atravieso el cristal y meto mi mano dentro de mi pecho al otro lado, atravesando un material que primero es tierra y luego mercurio; después se convierte en agua. Sobre el agua un trozo de madera que flota. Lo agarro. Está ardiendo. Me quemo. Luego siento una brisa suave. Mi mano ya no está. Detrás, silencio…. Y entonces, por fin, espacio.

Entonces empiezo a ver la vida desde una transparencia tan invencible que primero siento un extrañamiento del mundo, como si la vida no fuera verdad, y un desapego inusual.

Y desde ahí veo mi antiguo corazón dolorido alejarse como una isla separándose de su continente.

Escuché la historia de Athos sobre el origen de las islas, como el continente puede estirarse hasta que se rompe por los puntos más débiles y esas debilidades son llamadas fallas. Cada isla representa una victoria y una derrota: o bien se ha liberado a sí misma o ha tirado demasiado fuerte y se ha encontrado a sí misma sola. Más tarde, cuando estas islas envejecieron, convirtieron su infortunio en virtud, aprendieron a aceptar su despeinado, sus costas deformes, harapientas por donde habían sido rasgadas. Adquirieron gracia -algo de hierba, una playa suavizada por las mareas.

Piezas en Fuga, Anne Michaels.

¿Quieres despertar(te) conmigo?

Aquí tienes la película completa de Richard Linklater en V.O. subtitulada

Arte y creatividad

Supercalifragilisticoespialidoso

Guantes blancos

Puedes escuchar este post en el siguiente audio:


Supercalifragilisticoespialidoso

Maravilla…

Pura obsolescencia programada para nacer, no para morir, un 9 de agosto de 2017 a las 8.59 a.m. Un post que nunca terminé y nunca publiqué, que había escrito con ilusión para hablar del trabajo de una mujer brillante.

Quédate. Este es un post que se revela fascinante dentro de mí. Soy buena blogger, aunque nadie me lee. Bueno, sí, tú eres alguien. Gracias por estar ahí. Tú eres mucho más que suficiente y escribir para ti y para mí me hace feliz.

Recupero el borrador de ese post tan querido donde mis palabras ahora suenan familiarmente rancias. Lo leo y me leo en pasado. Aquello que me enorgullecía escribir ahora me chirría. Se acabó. Me alegro de haber salido de ahí. Porque, aunque el escenario pueda seguir siendo el mismo, yo no soy la misma. Gracias a Dios.

Aunque Dios…. Como decía Simone Weil: “Amar a Dios aunque no exista”. Yo lo amo y ya me es casi indiferente si existe o no, existe en los vericuetos de mi mente mientras intento comprenderlo, encajarlo, describirlo, verlo, renombrarlo, explicarlo.

Si tuviera que definir a Dios con una imagen por pura diversión, para nada sería la más representada: un señor con barba blanca sentado en una nube. Sería una refinada mujer sentada en una nube retocándose el maquillaje. Ya sabes quien es. Y esto no tiene nada que ver con cuestiones de género. Ya género es otro tipo de obsolescencia. Es una cuestión puramente sentimental y estética. Como un amigo que plantó eucaliptos en lo alto de un monte para tapar los postes de la luz. Estética y sentimiento.

OMG! Se me nota mucho que soy Generation X.

Algo en mí lucha por rescatar algo de ese post que nunca verá la luz.

A todo esto, mi set de escritora ha cambiado. No sé en qué momento se me ha pasado por la cabeza tomar prestado el teclado gamer de mi hijo con ratón a juego. De color negro con luces de colores que ondulan en diferentes frecuencias. Y enchufarlo a mi macbookair. Pensé que sería más cómodo, que me manejaría como el piloto de un Concord, un avión supersónico también obsoleto, de cuyos vuelos me hablaba mi padre cuando yo era pequeña. Él tuvo la suerte de volar en el Concord. Le encantaba. Qué hermosa palabra. Concordia. Con corazón.

Desfase generacional. Mi hijo de 12 años, que desconoce el uso que estoy haciendo de sus pertenencias tecnológicas porque se ha ido a pasar la semana con su padre, ha programado las luces de su teclado y de su ratón y le ha parecido apropiado también programar el botón izquierdo para que sea el derecho y viceversa. Dicen que es bueno probar cosas nuevas. Así que aquí estoy yo, acostumbrada al reducido espacio del MacBook Air, usando un ratón externo, un teclado externo y habituándome al cambio de botones, lo cual es delirante. Pero ya tengo montado este chiringuito que ocupa toda la mesa del comedor. Nada cool. Desorden. Una carpeta de David Bowie que estás en los cielos, un libro llamado Caos y Orden de Antonio Escohotado. Restos de una infusión de artemisa y llantén -suena a vieja lo sé pero está muy rica, no hay paréntesis en este teclado-. Mi gata Samadhi sobre la funda aterciopelada del portátil. Me acuerdo del escritorio de mi amiga Adriana, poeta. Flores, un buda, una vela, incienso. Bello. Así era yo antes. Me he vuelto punk. Trasnoche en ciernes.

Supercalifragilistico.

Este era el título del post original. En él, encuentro esta reliquia:

Cuando busco en google Supercalifragilisticoespialidoso, me encuentro con la siguiente descripción que, un buen día, un anónimo y genial ser escribió para Wikipedia. Y dice así:

«Supercalifragilisticoespialidoso»— es el título de una canción muy llamativa de la película de Disney Mary Poppins (1964). La canción describe la forma milagrosa en la que uno puede salir airoso de situaciones difíciles, e incluso de cambiar su propia vida.

Sencillamente delicioso.

Supuestamente Dios está en nuestro interior, de la misma forma que Cristo está en nuestro interior, y todos los Budas están en nuestro interior. Vamos, que todo está en nuestro interior, cansada de decirlo estoy.

Pero en aquel momento, cuando escribo ese post hace tres años, yo todavía no sabía que Mary Poppins también está en nuestro interior. Así que yo la rezaba, fuera. Mary Poppins que estás en los cielos, ven a mí, te suplico que me ayudes a ordenar todo este caos generado por el libre albedrío de mis neurotransmisores y a causa de los destrozos de mi estado civil: ¿donde coño está el hashtag en este puto teclado gamer? hashtag madreseparadaconcustodiacompartida; y a causa de los riesgos financieros de mi profesión: hashtag profesoradeyogaenespaña. Ni hashtags ni paréntesis. Ni tiempo ni dinero. Qué vida zen.

La forma milagrosa en la que uno puede salir airoso de situaciones difíciles e incluso cambiar su vida, al menos una de las formas es…. rezando.

Yo he rezado a Dios, a los Budas, al Guionista y a Mary Poppins, y también a varias jerarquías de ángeles y a deidades hinduistas. Juro que todos responden. Son súper eficientes y muy prácticos. Adoro a este equipo de Vengadores. Son muy top. Los más rápidos los Budas y Mary Poppins. Os paso el contacto cuando queráis.

De esa manera se me apareció una emanación de Mary Poppins en la forma de Marta Aguilar, en un momento en el que necesitaba ayuda para ordenar mi casa. De una manera tan sincrónica como improbable en el mismo día en el que la recé.

La pedí. Un encuentro casual me facilitó su número de teléfono. Rauda apareció en mi casa. Delicada y fuerte. Sencillamente elegante. Discreta y audaz. Saco de su bolso su uniforme: un delantal y unos guantes blancos. Y en unas vacaciones de verano en las que no salí de casa me ayudó a ordenar, a depurar, a planificar: armarios, finanzas, emociones, agenda.

Este post es para ella y por ella.

Número directo de la nube de Marta Poppins. Pincha aquí. Llámala. No lo dudes. Marta Aguilar, Re-orden.

Marta, te dejaste en mi casa tus guantes blancos. Sabes que tienen vida propia y me piden seguir descartando lo que ya no sirve y elegir lo que me favorece. Y no estoy hablando de vestuario, sino de la vida.

Las manos son extensión del avión supersónico del corazón. Con las manos manifestamos, materializamos. Antes de esculpir el golem, la idea ha emergido de la Vacuidad, el origen de todos los fenómenos. O se nos ha revelado desde el éter, o desde el mundo cuántico, o desde el susurro de nuestro espíritu. Como queramos llamarlo. A través de la danza de las musas, o del genio que nos visita, o en la quietud de la meditación. En cualquier ocasión en la que abrimos la puerta a lo trascendente.

Dos bellísimos “conceptos” del Budismo y que se entrelazan con el paraguas de mi Marta Poppins son la Tierra Pura y la Designación.

Los que conocemos de la existencia de la Tierra Pura porque la llevamos en el corazón no descansamos hasta verla manifestada externamente. La Tierra Pura, el Edén, el lugar donde está nuestro hogar, dónde legítimamente nos corresponde vivir, se crea por designación. Se designa. Se nombra. Se pronuncia.

Sabemos, hemos oído, que la palabra crea. In the beginning was the Word. And the Word was with God. And the Word was God. En el principio fue el Verbo, y el verbo estaba con Dios y el verbo era Dios.

El trabajo de Marta es reestablecer la armonía donde ha habido destrucción, donde ha habido muerte, donde ha habido abandono. Dibuja la tierra pura después de nombrar cada objeto que la forma.

En el proceso de restablecimiento del orden, vamos eligiendo. Y la elección de cada uno va conformando la realidad.

Con esos blancos guantes mágicos elegimos. Qué va fuera, qué se queda. El poder de esos guantes de delicado encaje es el mismo que el del guantelete de Infinity War. Un guante de 6 gemas reunidas, las gemas del infinito que son las gemas de la mente, el alma, el espacio, el poder, el tiempo y la realidad. El villano Thanos ha conseguido reunir las 6 gemas en el guante y con ello el poder sobre el Universo. Con un simple chasquido de dedos, Thanos se deshace de lo que sobra. En ese chasquido desaparece la mitad del universo en una criba aleatoria.

Sin embargo, el poder de los guantes de encaje blanco no es aleatorio. Es escogido. Con conciencia y dulzura.

Elegimos nombrando lo que queremos que se manifieste. Y no nombramos lo que queremos que desaparezca. De esa manera abrimos y cerramos puertas. Y no somos conscientes de que la magia de la creación está en nuestras manos con sólo empezar a nombrar y a ver. Y con un chasquido.

Elijo la tierra pura. Y la manifestación de la tierra pura comienza en nuestra propia mente. Es un acto mágico desde la voluntad. Es una decisión.

Así, puedo constatar como en la cotidianeidad de mi vida, voy reestableciendo esa tierra pura sobre la tierra actual, la tierra nuestra secuestrada hace océanos de tiempo. Ambas tierras coexisten y en diferentes planos de realidad se yuxtaponen.

De la misma manera que sobre una cama separamos ropa vieja y rota de la ropa bella que realza nuestra belleza inherente, la cama las contiene a ambas durante un lapso de tiempo.

Estamos en un cambio de ciclo. Sobre la cama de la sociedad humana, suciedad humana, yacen ya los escombros de nuestra fractura espiritual, demasiadas infamias. Ha llegado el momento de reestablecer el orden.

¿Por dónde empezamos?

Empezamos por buscarnos a nosotros mismos, la joya que somos, debajo de la basura y de la indolencia.

Cada uno de nosotros puede hacer esto. Desde nuestro corazón, desde nuestra mente, desde nuestra palabra, desde nuestras elecciones. En nuestro pequeño espacio. Pero hasta que aprendemos a recuperar nuestra magia, pedimos ayuda a magas, magos que han recorrido el camino antes que nosotros y que aguardan para asistirnos con deleite, sentados en nubes, observando, hasta que solicitemos su presencia.

Y una canción de otra mujer, para adornar punkamente este post.

Where Do I Begin – ¿Por dónde empiezo?

Jill Sobule

¿Por dónde empiezo, por dónde empiezo?
A limpiar este desastre que hice

Allí están las cenizas de los puentes que quemé
Allí está la pila de la misma lección aprendida
Allí está mi amante debajo del helecho moribundo

¿Por dónde empiezo, por dónde empiezo?

A limpiar este desastre que hice
Allí está la guitarra con la cuerda rota
Allí está el gato que me olvidé de alimentar
Allí están los recuerdos de un hermoso sueño

¿Por dónde empiezo, por dónde empiezo?
A limpiar este desastre que hice
Allí está la pila de facturas impagas
Allí está el sofá con el derrame inexplicable
Aquí está el corazón solitario que no se puede llenar

¿Por dónde empiezo, por dónde empiezo?
A limpiar este desastre que hice

Autores de la canción: Jill Sobule / Jimmy Ripp

Letra de Where Do I Begin © BMG Rights Management

Sobre el restablecimiento de la tierra pura y la danza entre el caos y el orden… próximamente…

Arte y creatividad

El camino de los caracoles


De pronto, el verano, el pleno agosto, los 40 grados centígrados, el cuerpo ardiendo detrás de cada ducha fría, las noches con el pelo mojado en la almohada. Y un ventilador cuyo aire se pierde en el trayecto entre él y yo. De pronto agosto se oscurece. Parece noviembre.

Las tormentas, bienvenidas. El olor del ozono, unos truenos que hacen temblar la tierra, unos rayos que atraviesan el silencio. No hay nadie, no hay nadie, porque en agosto nunca hay nadie. No hay nadie y menos que nadie, porque en agosto nunca hay nadie y, además porque ahora es una situación especial que nunca antes hemos vivido en el mundo entero a la vez. Supuestamente. Y digo supuestamente porque ¿cómo sabemos lo que es verdad? Hablar de la verdad es ahora una práctica irreverente y arriesgada. Camino entre los árboles. Anochece. Voy grabando este texto que improviso en la grabadora del iphone.

Es esa hora mágica. El cielo está azul, anocheciendo, pero todavía está claro. Las farolas se han encendido. Camino entre árboles floridos y frondosos, en el lugar donde vivo, una urbanización construida en los años 80, bloques de ladrillo rojo en medio de lo que debió ser un bosque espléndido. Camino entre los charcos. He ido a alimentar a Mata Hari. Hace algunas semanas sonó el teléfono, un número desconocido, una mujer que no me conocía a través de una vecina que me conocía, me pidió alimentar a esta gatita callejera durante sus vacaciones.

Por eso he vencido la pereza de quedarme descansando en casa. Descansar tranquilamente en casa es para mí, como para tantas personas, algo insólito que sucede muy de vez en cuando. Pero ahora me alegra haber salido a sumergirme en la energía de los truenos, de los relámpagos, de la lluvia y del gris antracita del día que me algún momento me entró dentro y desapareció fuera. Justo ahora ha dejado de llover por primera vez en el día desde las nueve y media de la mañana. El cielo ahora es azul, azul celeste, azul celeste claro, pero haciéndose de noche.

La urbanización en la que vivo es muy, muy grande. Hay un montón de bloques de dos pisos. Me gusta ver las ventanas iluminadas en la noche.

“This is water”, me acuerdo no sé porqué del maravilloso discurso que escribió el escritor norteamericano David Foster Wallace. “¿Qué diablos es el agua?”.

Es bonito encontrar un momento para caminar, para escuchar el viento en los árboles, para escuchar los sonidos de los platos colocándose en una mesa en la hora de la cena, en alguno de los hogares de los pisos entre los que camino.

Y… ahora es simplemente la vida en este plano, tal y como está siendo en este instante. Esto es lo que yo veo. Estoy aquí sola, sintiéndome bien, sabiendo que, en algún lugar, a unos cuantos kilómetros, a unos 500 kilómetros, está mi hijo pasando un par de semanas de vacaciones con su padre. He hablado con él hace un rato. Como si no existieran ni el tiempo ni el espacio.

Hace mucho tiempo, en mi adolescencia, tuve una visión o una sensación, o una revelación extraña.

Si la hubiera tenido ahora sería más lógica o más comprensible por todo lo que hemos leído. Tanta física cuántica. Tantas cosas, tenemos tanto conocimiento ahora. Pero en aquel momento yo era adolescente, no había internet, aunque había enciclopedias, pero no había leído tanto. Tuve una sensación de que pasado, presente y futuro sucedían al mismo tiempo y además de eso, como que regresaban. Era como un camino de ida y vuelta. Como ese símbolo de cuando pones la música en una dirección y luego vuelve otra vez, como en loop.

Es como si fuera desde el pasado al futuro y paralelamente está volviendo desde el futuro hasta el pasado, pero todo sucede a la vez, con lo cual en algún punto tenemos recuerdos del futuro y visiones de un pasado que no hemos vivido todavía. Fue una sensación muy real. Y en ese sentido, tiempo y espacio están en una dimensión y a la vez dentro de nuestra vida cotidiana también transitamos instantes fuera del tiempo y del espacio.

Estudio budismo y esto me hace cuestionar la “realidad”, o más bien, la interpretación de lo que veo. Supuestamente me late el corazón, supuestamente respiro, inhalo oxígeno, exhalo dióxido de carbono, supuestamente existo, supuestamente mientras yo camino fuera del espacio y del tiempo, aunque aparentemente recorro un tiempo y un espacio, mi mente me dice que al mismo tiempo hay mucha gente trabajando en hospitales, viviendo tragedias en el mundo. Dicen que hay un virus y pasan todas estas cosas que están pasando.

Ahora mismo no me encuentro con nadie. No veo a nadie con mascarillas. Sólo me he encontrado al vigilante haciendo su ronda nocturna. El aire es limpio, puro, fresco y últimamente me sabe tan rico el oxígeno. Nunca antes me supo tan rico el oxígeno hasta que me obligaron a ponerme una mascarilla, que sólo uso cuando realmente me obligan. Sé, sé que tampoco hay ninguna posibilidad de contagio de mí hacia nadie y de nadie hacia mí. No porque esté negando la realidad, que tampoco sabemos cual es, sino porque tengo una certeza en el corazón y vivo tranquila, alineada con la vida, con el latido, con el oxígeno, con lo que yo conozco como vida, que a lo mejor tampoco es real. No lo sé.

Recuerdo un texto escrito por Clarice Lispector, una escritora brasileña que se titulaba “No entender”. Y no me acuerdo muy bien, pero era un texto muy breve en el que decía que le daba tranquilidad renunciar a no entender. Y es un comodín que a veces uso. No entender, siendo una buscadora de significado como he sido siempre, de repente decir: no sé y no lo entiendo, me descansa.

Clarice Lispector sobre no entender:

No entiendo. Esto es tan vasto que supera cualquier entender. Entender es siempre limitado. Pero no entender puede no tener fronteras. Siento que soy mucho más completa cuando no entiendo. No entender, del modo en que lo digo, es un don. No entender, pero no como un simple de espíritu. Lo bueno es ser inteligente y no entender. Es una bendición extraña, como tener locura sin ser demente. Es un manso desinterés, es una dulzura de estupidez. Sólo que de vez en cuando viene la inquietud: quiero entender un poco. No demasiado: pero por lo menos entender que no entiendo.

(“Descubrimientos”, Clarice Lispector)

El otro día le decía a alguien: para mí las noticias son el latido de mi corazón. Hace 20 años que no consumo medios de comunicación, básicamente. Solamente cuando quiero mirar, investigar alguna cosa en concreto a ver qué sensación me produce. Y me entero inevitablemente por todas las personas que tengo a mi alrededor que me cuentan lo básico que necesito para vivir en el mundo, que, en realidad, es un corazón, todo mi cuerpo y desarrollar una vida, según lo que cada día me vaya pidiendo.

En mi vida cada día es distinto… no siempre entro a trabajar a la misma hora, no siempre como a la misma hora, no tengo un rutina porque mis rutinas cambian de día a día y de semana a semana, por cuestiones familiares y laborales. Eso me mantiene siempre atenta, improvisando. Me gustaría tener una vida ordenada, como también me gustaría ser cantante y ponerme todos los días un vestido super bello. Quizá eso algún día suceda, quizá no, o sucede simplemente en la dimensión de mi imaginación.

¡Hola! … ¡Hola!

Acabo de encontrarme una mujer con mascarilla. Eso me recuerda que he entrado en el mundo este en el que vivimos.

Y bueno, para mí lo importante ahora es, de qué manera puede uno refinar, depurar al máximo, su lugar.. O la comprensión o el posicionamiento en todo lo que está pasando en este momento, según nos cuentan, en el mundo.

Hay tantas especulaciones. Tantas personas sentenciando cosas. Tantas situaciones que nos llevan a separarnos, oponernos y confrontarnos. Muchas limitaciones y restricciones en cada gesto cotidiano que, de alguna manera, están diciéndole a nuestro cuerpo que está en una situación amenazante. Entonces al final ¿qué es lo mejor que podemos hacer con esto? Y no pienso que esto sea general si no que cada persona tiene que encontrar su propio lugar, lugar interior, emocional, energético.

Para mí, la opción es vivir normalmente. Si hago como si esto que está sucediendo no estuviera sucediendo parece que estoy negando la realidad. No la niego, simplemente veo más allá y camino sobre lo que sostiene la vida. Porque hay mucho más y más allá de esto. Es más, todo es mucho más que esto que está sucediendo. No lo quiero nombrar porque me niego a consumirlo y porque no quiero pronunciarlo en mi vida. Es como una cuestión mágica. No lo pronuncio, no existe. Y mientras tanto, en estos meses, no está existiendo en mi vida, no está existiendo en mi cuerpo, no está existiendo salvo porque me lo cuentan algunas personas que lo han tenido y lo han pasado. Pero en mi vida, ahora mismo en lo que está sucediendo ahora, no existe.

Pudiera parecer egoísta, pero no lo es.

Me encantaría poder explicarlo mejor. Creo que la mayoría de las personas viven pensando que la verdad es la que cuentan los medios de comunicación. O que la verdad es lo que siempre han creído personalmente. En unas familias es una cosa, en otras familias es otra. Con lo cual ¿cómo saber cual es la verdad? Que la verdad es su ideología política, o su religión. O que la verdad es lo que ellos sienten, su emoción en ese momento. O que la verdad es lo que se puede demostrar científicamente.

Me acuerdo de que mi maestro de meditación… (oh, qué bonito, estoy viendo un caracol, porque ha habido tanta tormenta y es pleno verano y están saliendo. Pero no están sacando sus cuernos al sol sino a la luna. Estoy viendo dos caracoles. Es precioso. Porque me han enseñando que esto son caracoles) Me acuerdo que mi maestro de meditación un día me preguntaba: ¿Es verdad esto? Y en algún momento pensé (tengo que caminar ahora con cuidado porque hay un montón de caracoles y no quiero pisar ninguno), y yo pensaba: “pues la verdad es que no sé si es verdad, a lo mejor estoy en un sueño, como dicen los Toltecas o como cuentan los Budistas”. Qué bonito camino de caracoles.

A lo mejor es un sueño. ¿Cuál es la diferencia entre este sueño y el que tengo por la noche?

Entonces, al final…  ¿donde está uno? Está uno en su vida.  Nos toca alimentarnos, nos toca respirar. A veces trato de reflexionar desde el punto de vista de que  no tengo información. Si no tuviera información, si no hubiera internet, si no hubiera televisión, si no hubiera medios de comunicación, si no hubiera libros, ¿qué haría? ¿Qué es lo que está sucediendo en este momento?

En este momento el sendero se oscurece y tengo que ir con mucho cuidado porque no quiero pisar ningún caracol y apenas se ve, pero me parece un juego bonito y decido que no voy a pisar ninguno y … acabo de llegar a casa! Había dado tantas vueltas que ni siquiera sabía que estaba en este camino de regreso a casa. Y quiero dar una vuelta más porque me parece un hermoso paseo nocturno. Si realmente yo no tuviera ninguna información, si no supiera … ¿Cómo viviría?

Me late el corazón, respiro, me muevo, tengo un hijo. Ahora no está conmigo presencialmente, pero está conmigo en el corazón. En ese sentido es instantáneo. Nos separa el espacio…  un supuesto espacio. Pero estamos completamente unidos.

En este momento se supone que es la hora de cenar e irse a dormir y yo he sentido cierto desasosiego al anochecer, cierta tristeza, esta situación de no ver la sonrisa de las personas porque llevan mascarilla, o la mirada porque llevan gafas de sol, de no reconocer a la gente que conocía por la calle o de no reconocer a mis propios amigos ni a mí misma. Porque cualquier discusión realmente no es la verdad, ni de un lado ni de otro. Y sentir que algo está sucediendo que una vez más nos separa, nos aleja, nos confronta, nos supone que vemos el mundo en término de ellos y nosotros, los malos y los buenos, los que llevan mascarilla y los que no la llevan, los irresponsables, los borregos. Los despiertos, los dormidos, etcétera, etcétera.

Entonces lo que me tranquiliza profundamente es mirar los árboles, escuchar los pájaros, escuchar el viento en los árboles, ver que siguen ahí… y sentir la vida. Esa capa finísima de lo que subyace la vida, la existencia en este plano que conocemos. Hay algo que sustenta todo, que es perfecto, que es brillante, que es esplendoroso aún en su máxima discreción. Que es bellísimo, que está siempre. Está siempre, silencioso. Y me gusta todo el rato sentir que voy por ese camino, por esa línea, por ese camino. Ese camino de los caracoles, ese camino que es la vida. Que es la vida en la que hay paz. La vida en la que todo está bien. Está bien cuando llueve, está bien cuando truena, está bien cuando hace 40 grados de calor. Está bien cuando hace demasiado frío, está bien cuando todo se inunda, está bien cuando todo se seca, está bien cuando las flores florecen, está bien cuando las hojas se caen.

Está bien eso que existe por debajo de la humanidad y en la esencia de nuestra humanidad, en la perfección de nuestro cuerpo físico, en la perfección de nuestros órganos sensoriales. Hay algo en la vida que me dice que la vida es para disfrutarla. Los cinco sentidos que conocemos nos producen placer, básicamente.  Saborear y poder discernir lo que es bueno y lo que es malo, o lo que es veneno y lo que no es; escuchar la más sublime de la música y quizás alejarnos del más horrible de los sonidos. El tacto, sentir la piel. La belleza de los colores, de la luz, de las formas. Eso en nuestro cuerpo físico. Los olores, los perfumes, las fragancias. Todo eso en nuestro cuerpo físico que tiene una inteligencia perfecta en cada célula y en la vida en la Tierra, de la misma manera: las montañas, el océano, el mar, el reflejo del cielo en el agua, los animales, la belleza de un leopardo, la belleza de un colibrí, la belleza de un hipopótamo, las flores, los ríos, las nieves, los glaciares. Es pura magnificencia, pura belleza. El cielo en la noche, las estrellas. El sol.

Es un prodigio que sigue existiendo más grande que la política de un Estado, más grande que el nombre de un Estado, más grande que una profesión enfermera, médico, personal de limpieza, político… más grande que si un virus ha sido fabricado o no, más grande que una conspiración o no, más grande, más grande que la propia muerte.

¿Y nos estamos perdiendo eso? ¿Estamos dispuestos a perdernos esto tan grande?

Tengo suerte. En algunas creencias dirían que por una cuestión kármica, después de haber sufrido mucho, he llegado a este lugar en el que camino en paz por un sendero de caracoles sin mascarilla, respirando un oxígeno maravilloso en una vida en la que tengo mucho amor. Amor verdadero de muchas personas y cortesía de muchas otras. Mucho cariño, amabilidad y un bello oficio. Un lugar hermoso en el que vivo. Si pudiera elegir ¿tendría esta vida? Bueno, a lo mejor tendría otra distinta, pero ésta está bien y la disfruto, aunque no tengo dinero. Ahora mismo tengo como 9 euros en la cuenta corriente. Ayer en la caja del supermercado  tuve que parar a hacer una transferencia en la app del móvil, de los 30 euros que tenía en la cuenta de ahorro a la “cuenta nomina”, entrecomillas nómina porque soy autónoma, en la que había 20 €. Entonces todo junto, justo, justo. Todo lo de las dos cuentas me dio y pude pagar la compra del supermercado, en medio de ese apuro bajo los insultos de un chico que había en la fila que me gritaba que qué hacía porque les estaba haciendo esperar un minuto más y yo pensaba: ¿hemos perdido el juicio, hemos perdido el sentido común realmente?

Y bueno, si tuviera dinero haría esto o lo otro. No lo tengo. Camino entre caracoles, que son bellísimos. Me identifico con ellos porque son lentos como yo, porque de alguna forma llevan su casa tan pequeñita a cuestas. Yo mi oficina la llevo encima de mí.

Y … ¿qué es lo importante? Qué es lo importante? Respirar.

A veces intuyo cosas y deduzco por sentido común. Yo siento que no debo llevar mascarilla porque es una ofensa a mi cuerpo y un insulto a la vida, porque le estoy dando una información a mi cuerpo de que no respire, de que no hable, de que no huela. Me provoca espanto cuando se la veao puesta a las personas. Me siento como si estuviera en una película de terror mala y fea. Y no entiendo, no entiendo mal, no al modo glorioso de Clarice Lispector. No me parece una falta de respeto hacia otras personas no usar mascarilla y desde luego sé que no es peligroso. Me parece eso es algo que simplemente ellos creen que es. Para mi lo peligroso es ponerme la mascarilla porque realmente no puedo respirar con ella, porque realmente me hace sentir muy, muy mal. Y con 50 años siendo una ciudadana impecable me parece impropio tener que dar explicaciones a nadie a 40 grados bajo el sol de las 3 del mediodía sin comer. Y me apena profundamente que tantas personas tengan que llevarla obligatoriamente durante 8 horas de su jornada laboral.

Los pájaros no se están cayendo de los árboles muertos, con lo cual deduzco que no hay en el aire nada que esté contaminado. Es evidente dónde hay contaminación psicológica y adicción por consumir un tipo de información que causa estragos en la salud mental y física y división entre las personas. Una pena.

Palabras que eran de todos y que se expropian: héroes, normalidad, responsabilidad, juntos..

Decido no abrir la puerta de mi casa a lo que percibo nocivo para mí disfrazado de supuestamente bueno. La bruja disfrazada de anciana vendiendo una manzana. Todos conocemos los cuentos. El bien, el mal. ¿Es realmente inherente en nosotros? Los cherokees dicen que el hombre blanco tiene la enfermedad del doble corazón. Porque está dentro de nosotros.

La vida humana lo contiene todo. El bien, el mal, el doble corazón. Y también el noble corazón del discernimiento y del amor.

Conocemos las leyes naturales y el honor. Estamos viviendo en un mundo farmacológico que ensombrece y desautoriza un perfecto mundo natural. ¿Hemos olvidado nuestra esencia? Si todas las personas nos diéramos cuenta de lo increíble que es nuestro cuerpo físico, de las capacidades de nuestra mente que se pueden entrenar y de que tenemos una intuición certera, un lugar en nosotros que realmente sabe la verdad y que está en armonía con la vida… sería todo tan distinto ahora. Recuerdo las palabras de un homeópata al que fui una vez. Me dijo: “Si se nos pudiera aparecer Dios enfrente ahora mismo, se nos caía la cara de vergüenza”.

Entiendo los miedos de las personas. Entiendo. Mis padres ya murieron. Entiendo los miedos de las personas que no quieren perder a sus padres en una situación horrible. Lo entiendo. Entiendo incluso la ignorancia de pretender parar un tsunami con las manos. Entiendo que hay personas, muchas, que no confían en su sistema inmunológico ni en la relación de soberanía con respecto a su cuerpo y a su vida. Entiendo que hay personas que no están dispuestas a morir. Lo entiendo. Entiendo el miedo a la muerte perfectamente. En ese sentido he logrado paz, por lo menos en muchos momentos. Por supuesto, en otros no. En otros me autoengaño, me enfurezco, me ofendo. Pero tengo la sensación de que si muero me refugio en mi espíritu, que es el espíritu de todas las cosas. Y que lo que he hecho hasta ahora es maravilloso ¿no? He vivido una vida, he amado, he temido, he crecido, he creado, he disfrutado, me he maravillado, me he aterrado, me he equivocado, he acertado y … que la vida es muy grande.

Pienso que tenemos una participación en la vida importante, no sé qué porcentaje es, pero es una participación de voluntad y de creación. Hay investigadores que dicen que somos los creadores de nuestra propia vida, que somos dioses, que podemos ser dioses y que todo depende de nosotros. Otras muchas personas piensan que nada depende de nosotros, que estamos expuestos, vulnerables ante una voluntad mayor. Yo no lo sé. He estudiado mucha metafísica, mucha religión, mucha filosofía y no lo sé. Pero la sensación que yo tengo y lo que a mí me gusta pensar porque me divierte, es que soy coguionista. A veces llamo a Dios guionista, porque yo veo como la vida me habla constantemente de miles de formas a través de frases, a través de acontecimientos. Y entonces yo siento que yo coescribo, que la vida me hace guiños, y que hay una parte de mí que tiene voz y voto. Y en esa parte de mí que tiene voz y voto, le digo a la vida:

Sí, sí, me encanta respirar, me encanta hablar, me encanta sonreír, me encanta mirar, me encanta que se me vean los ojos. Me encanta ver los ojos de las personas. Me encanta caminar, me encanta oler, me encanta saborear, me encanta escuchar, me encanta tocar, me encanta vivir, me encanta ver la vida, me encanta ver la belleza, me encanta escuchar la música y eso existe y eso es siempre. Y por supuesto, me encanta abrazar.

Por una cuestión de karma, supuestamente, ahora aquí yo no estoy debatiéndome entre la vida y la muerte, no estoy en un hospital desangrándome, no estoy perdiendo a un ser querido ahora, en este momento. Aunque ya haya pasado por eso y en cualquier momento lo vuelva a pasar. Y .. ¿no es legítimo poder disfrutar de respirar sin sentir culpa y al mismo tiempo sentir compasión por todas las personas que sufren? ¿No es legítimo vivir la propia vida libremente sabiendo que no haces daño sino bien? ¿No es legítimo saber con toda certeza que no hay ninguna relación entre mi libertad para respirar y la muerte de otra persona? ¿De verdad tengo yo que dejar de respirar por los que mueren en vez de respirar por los que mueren?

Quizás si sumamos felicidad, si sumamos respiración, insuflamos vida en aquellos que parece que la pierden.

 Así que en este momento disfruto de que tengo lo que tengo. Qué es lo que es y … ¿qué más puedo saber?

En medio de cualquier desesperanza, en medio de la oscuridad de la mente, siempre fluye invisible el camino de la vida pura, intacta, el camino que nos hace bien, el camino que nosotros mismos podemos escribir.

Mirando hacia atrás y viendo cómo he podido manejarme en los últimos tiempos, he visto que he creado cosas con el poder de mi imaginación, con el poder de mi deseo. He creado muchas cosas que soñaba y luego se han visto manifestadas y pienso realmente se puede estar en la vida como uno quiere. Hasta cierto punto. Porque ahora no sé si he pisado un caracol, no sé si hay algo que me pueda pisar a mí, no lo sé, por descuido, no lo sé hasta qué punto hay azar, pero sólo sé que quiero seguir viendo la vida, que quiero seguir viendo lo que es natural, como dice el poeta E.E. Cummings: “Everything which is Natural, which is infinite, which is Yes” (Todo lo que es infinito, lo que es natural, lo que es Sí).

 Así que camino sobre ese tejido transparente. Intento seguir caminando en ese tejido transparente que ahora tiene forma de camino poblado de caracoles. A veces tiene forma de la cola en el supermercado, a veces tiene forma de una persona que te cuenta sus sentimientos angustiada, a veces tiene forma de alguna creencia de que lo que está pasando en tu vida es terrible cuando en realidad no lo es. A veces tiene forma de caracol, de dos caracoles.

Yo propongo dejar de debatir especulaciones y respirar, y seguir el corazón y dejarles a los demás su responsabilidad. ¿Por qué hay personas que se sienten con derecho, sin conocerte, a juzgarte o a decirte lo que tienes que hacer? ¿No pueden quizás suponer que soy una persona sensata, cuidadosa, amorosa, responsable y que a lo mejor no llevo mascarilla por alguna razón muy legítima y que nunca jamás les cuestionaría a ellos que lo hicieran o que no lo hicieran, más allá de que pueda tener mis opiniones como un ser humano limitado? ¿Por qué no nos dejamos tranquilos? ¿Por qué no nos dejamos vivir? ¿Por qué no seguimos nuestro corazón y respiramos si necesitamos respirar?

Y hay algo muy bonito. Siempre hemos visto películas de magia. Siempre hemos creído en nuestro corazón, en la magia. La magia se puede desde la voluntad interior. Puedes decidir en este mismo instante que nadie te puede poner una multa por no llevar una mascarilla que no quieres llevar o que no tienes porqué enfermarte. Puedes decidir que tu sistema inmunológico es perfecto y fuerte. Y puedes decidir no tener miedo a la muerte. Puedes decidir estar en paz con todo lo que hay. Puede que te levantes triste a la mañana y decidir cambiar tu estado de ánimo en unos minutos, ese estado que no es verdad y que constantemente cambia. Y en cualquier momento algo puede pisar tu caparazón, sin darse cuenta, porque está oscuro y no te ha visto. Hasta entonces y mientras tanto, puedes seguir dejando tu hermoso rastro en esa capa finísima, esplendorosa, prodigiosa que es la existencia.

Arte y creatividad

La belleza de traspasar una nube

Fotografía de Mónica Grande


Una nube

perfora un corazón

que sostiene con eternidad

la punzante brecha de un amor

Suspendida en la atmósfera del pecho

La acumulación de partículas de agua y hielo

Condensada en vapor agua estancada de una herida

En ese atravesar de la nube el espacio del corazón, llueve

Y las gotitas golpean un cristal que no te separa, te une al bosque

El sol inunda helechos amarillos en una nube que perfora un corazón

Un Rabioso esplendor

En la hoja del liquidámbar

En su transformación sublime

Se despide del verde brote que fue

Amarilleando en llamas Naranjas Magentas

Granates Nunca la Muerte fue tan extraordinaria

Mente Radiante. Despojarse con el aliento de la vida

Deshacerse Desaparecer Fundirse con el todo que es la tierra

En su materia oscura firme y densa que rebosa espacio en su interior

La calidez

De la amistad

Cuando Dios habla

A través de una amiga

Que con su mano y profundo

amor sostiene tu ondulante atravesar

de la nube que de nuevo perfora tu cavidad

humeante de dinamita que aclara la visión de la ternura

y pulsa en una ambivalente lucha entre el control y la dulzura

cuando un whatsapp inesperado enciende la mecha del desconcierto

El Silencio

De un monasterio

Donde la piedra respira

Puertas que fueron paisaje

Una escalera que asciende al cielo

Los peldaños de la alquimia del corazón

Humano que en su desgarrador aleteo contempla

El transitar de la ceguera hacia la luz clara de la vacuidad

Que los seres puros de mente pura despliegan en la tierra pura

Del gozo Del abrazo Del Arte cuando el espíritu acaricia el Cuerpo

Una mirada

Que transparente

Atraviesa un Iphone 6

Con entusiasmo inocente

Para modelar eso que es esencial

a los ojos invisible nos contó el príncipe

Para que podamos tocar lo que Dios concibe

Por la Gracia de la artista en su cotidiana crianza

En la revelación de la luz a través de sus rutinas pausa

El tiempo inexistente que todo lo devora con su furia aparente

Triunfo

Un escalón

En el que logras ver

Belleza en medio del errar

Alegría en la agonía del pensar

Cuando te fundes con todo lo que Es

Y tu doble corazón enmudece un instante

Una mujer pincela un trozo de un panal de miel

Con Pan de Oro la colmena donde durmió una abeja reina

Y de ello hace un collar mientras cuida el patrimonio de una montaña

En la montaña

Una nube explota

Y rompe una escalera

Espacio

Antes escalera

Ahora rendición

Es humildad que sonríe

Palpando el sonido de los pliegues

De los despojos los restos las hojas muertas

Oliendo el otoño

brilla con magnificencia

Acaricia el cielo a cada instante

en la obra de la artista

que quiere cocinar a los monjes

un cocido madrileño


Este es el viaje de un dolor que deviene iluminación en

P A U S A

Una obra de Mónica Grande

En el Monasterio de Santa María del Paular

Arte y creatividad, Cuerpo, mente y espíritu, Filosofía y espiritualidad, Mujeres

White Friday, Black Sheep

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Fotografía de Jessica Walsh

Ahora es el Momento. Elijo vivir un viernes blanco. Elijo vivir un lienzo en blanco a cada instante en mi mente. Una mente diáfana en la que revolotean las posibilidades como mariposas. Y yo las elijo. Y yo las dibujo. Ahora.

Elijo el blanco como mi Pantone 000C White, blanco puro, para este curso.

Esta es una reflexión contemporánea. No más. Aunque nos invito a que seamos más responsables y más despiertos, no digo que lo que propongo sea lo mejor, ni lo correcto, más bien lo comparto como otra posible elección.  

En medio de las hordas de Black Friday que inundan los dispositivos esta oveja negra sueña con un viernes blanco.

Blanco para mí significa libertad, simplicidad y paz. Dulzura.

Una esencia de espacio y claridad, de cuidado, de silencio sobre el que resalten las palabras expresamente nombradas y dancen las realidades perfectamente delineadas. Y donde se pueda ver la verdad de las cosas.

Para poder disfrutar de lo blanco es necesaria la presencia de lo negro como contraste y referencia.

Blanco y negro se complementan y se sostienen mutuamente. Los entendemos como opuestos y separados, con diferente vibración y comportamiento, aun siendo manifestaciones de lo mismo. El símbolo del Yin y el Yang expresa la danza de todas las cosas en perfecto equilibrio.

Blanco es la presencia de todos los colores. Blanco es el AHORA (White(i)snow). Blanca es la paz en su bandera y su paloma. Blanco es el lienzo del pintor. Blanco es el orden. Blanca es la leche alimento del recién nacido. Blanco es el cabello en el anciano. Blanco es el algodón. Blanca es la tiza. Blanca es la seda. Blanca es la luz radiante de las estrellas. Blanca es también la luz cegadora.

Negro es la ausencia de color. En el negro la visión se le revela al chamán. Negro es el caos. Negro es el espacio que sostiene las estrellas y negro es el agujero en el que la estrella se convierte cuando se apaga. Negra es la tierra reciclada de lo que una vez muerto alimenta la nueva vida. Negra es la tierra de mi Lanzarote amada. Negro es el fuego solidificado de mis deseos insatisfechos que conforman un sólido paisaje.  

 En el espacio del universo coexisten oscuridad y luz, caos y orden.

Mi alma de negra, en cuya memoria se susurran los cantos de esclavitud y los tambores que acompañan la danza de la vida pura, ahora siente que necesita la vibración del color blanco.

¿Será que deseo experimentarme completada? ¿Será que deseo un lienzo en blanco donde pintar mis sueños?

Cuando cierro los ojos y me imagino mi hogar soñado, veo una casa sencilla, sostenible, posible, construida con mis propias manos al menos en parte, afín y una con el entorno, blanca, luminosa, abierta y espaciosa por dentro, pero también acogedora, con madera y materiales orgánicos crudos y refinados, muy pocos y bonitos objetos, vidrios de colores que resalten sobre el blanco y espejos que reflejen arcoíris en las paredes. Custodiada por la vital presencia de árboles autóctonos, aunque me harían muy feliz una palmera, un limonero, una higuera, girasoles y rosas, flores de cactus. Y, por supuesto, un huerto.

Imagino tener sólo lo que se necesita y se usa, y un poco (pero poquito) más, por diversión. Un piano, también por supuesto, un ukelele y una guitarra. Y ver las pocas pertenencias que tengamos a simple vista. Todo a mano. Y compartir la paz y la belleza de este home sweet home. 

Imagino un espacio a través del cual moverme descalza con libertad y calidez en amorosa compañía. 

Un hogar sencillo, natural y bonito.

Y ese sueño de futuro es ahora una realidad en mi imaginación pintada. Y mi ahora es un espléndido amanecer escribiendo un sueño.

Esta idílica ensoñación de mi mirada desobediente se ve de pronto interrumpida por el recuerdo de un reciente paseo por un centro comercial.

Entonces aparece lo negro para que resalte lo blanco.

La semana pasada cedí mi iphone al museo arqueológico, después de que muriera por fin tras una prolongada y deseperante agonía.

Así que tuve que salir corriendo como si no hubiera un mañana (que no lo hay porque “The Moment is Now”) a comprarme el iphone más barato que encontré a módicos plazos (lo reconozco, soyiphonedependiente, es mi única dependencia de la que espero curarme un día con un tratamiento especial de teléfono de dial combinado con terapia termal).

Me fui a la Apple Store (sí, lo reconozco y me confieso, me gusta porque es blanca) en el Centro Comercial de mi zona y me encontré con el enorme despliegue de anuncios del Black Friday por todas partes alrededor. Tuve una profunda revelación al respecto con matices que hoy no podría explicar. Y me vi a mí misma fuera, fuera de este mundo de consumo compulsivo y de sentimiento de carencia. Y deseando estar a cien mil leguas de viaje submarino de cualquier centro comercial, a ser posible. Aunque reconozco que en ocasiones pueda serme cómodo, incluso agradable.

Me zafé del “voy a esperar al Black Friday para comprarme tal cosa”. Personalmente no necesito comprarme tal cosa en el Black Friday ni que me regalen nada ni ahorrarme nada. Ni aplicar a ningún sorteo. Aunque llegue por los pelos a final de mes.

Ya me regalan muchas cosas porque ser profesora de yoga es como ser el médico del pueblo. Me han regalado desde aguacates hasta estatuillas de India, pasando por adornos de todo tipo, vino y bombones. Sólo falta que me traigan una oveja (preferiblemente negra, esta vez, por afinidad electiva).

No comparto este pensamiento colectivo de “a ver si lo consigo más barato para gastar menos y puedo comprar más cosas por el precio de una” o “voy a comprar ahora así ya tengo los reyes solucionados”, o “es que me ahorro un montón”. No voy a juzgarlo. Simplemente no lo incluyo en mi cesta de la compra. Mis reyes prefiero que sean unos pocos, bonitos y sentidos regalos comprados en tiendas pequeñas de comerciantes, autónomos como yo.

Los que se inventaron el Black Friday saben que se consume mucho más y se gasta en cosas que seguramente no se necesitan, que ocupan un montón de espacio y que en poco tiempo inundarán los vertederos de residuos que tardarán cientos de años en degradarse.

Sí es muy contemporáneo, es parte de la vida, es así. Y no voy a estar peleándome con ello. Pero me libera no elegirlo.

Es como una especie de perversión condescendiente de esos que dirigen estas políticas manipuladoras desde su isla y no creen que las personas merezcamos una felicidad desnuda y desprovista.

Como si nos estuvieran haciendo un favor enorme por abaratarnos las cosas un día al año y en los dos meses de rebajas, después de dejarnos fritos con la factura de gas y electricidad todos los meses. “Tomad los desechos que quedan y así nos ayudáis a limpiar nuestros almacenes y a ensuciar vuestros valles para que podáis morir aplastados entre montañas de impresoras hijas de la obsolescencia programada”.

No, gracias.

A esos, los escondidos en la sombra de sus playas privadas, ya les queda poco que hacer, porque esto ya es insostenible y las personas no somos estúpidas. Ya empezamos a darnos cuenta de que es innecesario.

A esos líderes sin empatía y a sus secuaces hombres grises no les deseo ningún mal. Deseo que se dediquen a consumir su piña colada sin decirnos a los demás lo que tenemos que hacer con nuestra vida, cuántas horas tenemos que trabajar, cuántas horas tenemos qué dormir, qué noticias inventadas tenemos que creer, qué tenemos que comer para estar sanos, y que fármacos tenemos que tomar, cuántos kilográmos tenemos que pesar y cuantos centímetros tienen que medir nuestras “cosas”. Deseo también que devuelvan las tierras que han robado a la Tierra y que luego cobran al resto de sus habitantes.

Es cierto que, de alguna forma, todos encontramos algún beneficio en esto. Pero también creo que nos hemos pasado de rosca y que podríamos vivir feliz y cómodamente, todos, con muy poco o casi nada más que el esplendor de la vida misma y esta tierra.

Hace ya tiempo que cuando entro en una farmacia o en la tienda de la gasolinera, me siento abrumada ante tanto horror vacui, tanta oferta, tanta desmesura y tanto plástico.

Y el vacío y el silencio se convierten de pronto en artículos de primera necesidad.  

Respeto por supuesto a todo aquel al que le gusta comprar y tener y coleccionar cosas. Pero que sea libremente. Que no sea porque socialmente le teledirigen de manera tan descarada y enloquecida.

Se me hace raro ver a todos esos seres humanos corriendo y comprando compulsivamente todos juntos en el mismo día. Aunque quizás ellos se lo están pasando genial y se les hace raro ver a una oveja negra y aburrida como yo sin comprar nada. 

Yo añoro la tienda de ultramarinos atendida por el tendero del barrio al que pedirle un litro de leche, una barra de pan y mantequilla.

Llámame radical.

El otro día hablando con un amigo recordé un documental que vi hace meses en mi mes de prueba de Netflix. Me encantó y lo recomiendo. Me dio mucha paz cuando lo vi y pensé: así me gustaría vivir. Se llama “Minimalismo”. Ya el tráiler te dice mucho:

Y llámame también irresistible porque, según este artículo, la oveja negra es, en realidad, la mejor del rebaño:

Las ovejas negras, siempre que no tengan un solo pelo blanco, protegen al rebaño de algunos males, enfermedades o incluso de las tormentas. Así lo aseguran las tradiciones de los pastores del Alto Aragón, en una colección de intuiciones que la veterinaria Lucía López ha recogido para un estudio. Según su trabajo, estos animales tan castigados en el imaginario colectivo han sido, en realidad, sagrados durante siglos.

http://cadenaser.com/programa/2017/04/17/hoy_por_hoy/1492428272_102435.amp.html

Así que hoy me dispongo a vivir un viernes blanco, libre de consumo, con la melena propia de una oveja negra de pura cepa. Y para celebrarlo, un próximo lunes artesano y analógico.

I’m a lonely girl.

De postre, algo que te va a dar varias sonrisas y una gran felicidad, que no será empañada a pesar del correspondiente anuncio de Black Friday.

El sencillo y fascinante videoclip elegido para hoy, “I’m a lonely boy” de The Black Keys. Esas benditas teclas negras que suenan tan maravillosamente disonantes y que siempre te sorprenden.  

Su protagonista, el guarda de seguridad del estudio donde rodaron el vídeo clip para esta canción, que luego decidieron sustituir por este retal de backstage.

Viva lo sencillo.

A vuestra salud y felicidad! Saravá!


Amor y Relaciones, Cuerpo, mente y espíritu, Hombres, Maternidad y Paternidad, Mujeres

Surfer@s de grandes olas

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Surfear grandes olas es un viaje a través de los límites gloriosos de la vida.

Garret McNamara es un surfista profesional de grandes olas, es hawaiano, tiene 51 años y el record mundial por haber surfeado la ola más alta en Nazaré, Portugal, donde reside con su mujer y sus hijos. Sobre él cuento hoy una bonita historia.

Hace justo una semana estaba yo regresando de impartir un retiro en la costa de Portugal, en la que mi hijo de 10 años pudo disfrutar de sus primeras clases de surf mientras yo daba clases de yoga, gracias a esa bendita anestesia que es: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Aunque he de confesar que, antes de verle partir hacia su surf, yo había rezado a todos los dioses de todos los panteones de todas las religiones existentes en esta tierra y en todos los confines del universo. Creo que con esto ya doy por finalizada para siempre mi práctica religiosa.

Una de esas tardes en la playa de surf de Odeceixe un amigo me presta su tabla y me anima a bracear y a ponerme de pie sobre las suaves olitas de la orilla con la marea baja. Braceo escasos segundos antes de casi chocarme con otra tabla. Pero eso siembra la semillita de mis futuras, deseadas y temidas clases de surf en algún otro espacio temporal.

Si has visto alguna vez las olas de Portugal, seguramente habrás percibido en las letras luminosas de su espuma la advertencia: peligro.

Sumergida en el wipeout de la vuelta a todos los coles esta semana, la fascinación que me producen las olas me lleva a surfear minutos robados a las tareas inacabadas de forrar libros y recoger cocina entre la cena y la cama.

Echo de menos tan desesperadamente el mar que una noche me dejo llevar por un misterioso trance hipnótico. Y, como cantaba Joaquín Sabina, me dieron “las diez y las once las doce y la una, y las dos y las tres” pero la luna no me encontró al anochecer junto a nadie más que a mi soledad, y tampoco desnuda sino ojiplática, atemorizada y enamorada mirando vídeos de surf de grandes olas en mi ipad.

Así descubro a Garret McNamara, a su mujer Nicole Macías, la preciosa historia del nacimiento de su hijo y a la brillante fotógrafa Emily Robinson (pincha en sus nombres para conocer su trabajo).

Y todo porque una olita de whatsapp de un grupo me había traído un vídeo de Nazaré.

El cañón de Nazaré es el mayor desfiladero submarino de Europa, situado junto a la Villa de Nazaré, en Portugal, aquí al ladito, en nuestra amada península. Con una extensión de 230 km, su profundidad de 5.000 metros y su cercanía a la costa provocan olas gigantes.

 

 

Sin haberlo experimentado nunca, porque hasta donde yo recuerdo no me ha sido posible surfear en anteriores encarnaciones, sé lo que se siente. Sé que es así porque estamos todos conectados con la vida en todos sus puntos y con todos sus instantes pasados, presentes y futuros en nosotros y en todos los seres. Sólo hace falta cerrar los ojos y sentir.

El surf me atrae poderosamente y al mismo tiempo me aterroriza. En una de mis pesadillas recurrentes un tsunami se abalanza sobre mí, por suerte siempre me despierto a tiempo.

Y es que el planeta Neptuno estaba ascendiendo por el horizonte en el instante de mi nacimiento. Sus ondas inundan mi vida de profundidad y magia. Es una lástima que la mayoría de las personas no conozcan lo que es la astrología de verdad: una bella y asombrosa revelación del cielo sobre la tierra.

Neptuno me susurra al oído que el surfista vive con plena conciencia de la muerte y de la gloria. Y que llega a ese estado de gracia al deslizarse por la ola y recorrerla en el límite de la vida, ese estado trascendente en el que no le importa morir porque ha conocido lo Supremo. Aunque cada vehículo y cada viaje sean distintos, alcanza el mismo “lugar” al que se llega también a través de la heroína, la música y la mística.

Puedo escuchar el sonido y el rugido del mar, del viento y de mis movimientos en ese instante. También el silencio. Puedo sentir en mi piel como la tabla se desliza por la ola. Puedo sentir como me ilumino. Y también como me muero. Lo percibo todo simultáneamente cuando veo a Garret surfear. Es un mago. Es un dios.

En las olas recorridas con mi ipad me encuentro con su mujer, Nicole, profesora de educación medioambiental. En mi imaginación me pregunto cómo puede ella sostener que su hombre se marche una y otra vez para entregarse a la fuerza arrolladora e imprevisible de ese mar, una arriesgada entrega que es toda su vida, irremediablemente.

¿Quizás esta mujer no tiene miedo? ¿O será que más grande que el miedo es el amor, la admiración y la comprensión profunda de lo que Es?

Mi pequeño surf me lleva también a un instante de gloria y la grandeza de la pareja se me revela cuando me encuentro el reportaje fotográfico del nacimiento de su bebé en su casa. Y surfeo con ellos a través del parto.

En las paredes de su cuarto un cartel dice: “Si una mujer no parece una diosa cuando está dando a luz, es que alguien no la está tratando bien”.

Entonces Garret se convierte en el hombre que ama a la mujer que surfea el máximo dolor y la máxima transcendencia de dar a luz a su bebé en su casa como una maga, una diosa.

Verles a los dos es ver el esplendor de lo humano y de lo divino, una vez más. Y toda una suerte que esté recogido bajo la mirada luminosa de la fotógrafa Emily Robinson.

Quizás no puedes hacer surf en el mar pero puedes escuchar la sinfonía de mirlos al amanecer o saborear un delicioso té mientras sientes los rayos del sol iluminando tu rostro. O mirar a través de los ojos de tu hijo cuando te cuenta un nuevo descubrimiento.

Quizás ahora te des cuenta de que vives surfeando en la locura.

Como el papá que está comprando un panel de recompensas en el Lidl en medio del griterío de sus hijos que se pelean mientras intenta hablar con su hermana por teléfono contándole que tuvo que poner su iphone en no molestar para poder desaparecer completamente porque en el trabajo no le dejan en paz y que al volver a la oficina después de las vacaciones tenía unos 4.000 emails por leer y responder.

Como la mamá que tiene que llevar a sus diferentes hijos a las diferentes extraescolares a la misma hora y hacer la compra en los 5 minutos que le quedan libres de trayectos delirantes.

Como todas esas personas anónimas que llegamos a final de mes salvándonos de un wipeout justo antes de que la espuma del tsunami nos fuera a tumbar. Y regresamos renacidos a la orilla con un “uf” cada vez.

Como todas esas personas en el mundo que viven salvándose de la muerte a cada instante antes de morir o antes de seguir viviendo.

Un sólo brillito de conciencia en nuestra cotidianidad detiene el tiempo en la cresta de la ola.

En ese brillito está la grieta por donde se puede escapar del sufrimiento y entrar en la dicha. En esa grieta está la fuerza para tener paz en la tierra.

Llevamos mucho tiempo entrenando. Es hora de ponernos de pie. Ahora lo supremo está al alcance de nuestra mano en cada instante.

¿Y si nos decidimos a renacer en nuestra casa, la tierra?

BebeSurfTabla

Mira este vídeo, es realmente emocionante.

 

Y la sesión de fotos:

Reportaje fotográfico: El hijo de una leyenda del surf: baby Barrel nacido en casa.

 

 

 

Amor y Relaciones, Filosofía y espiritualidad, Maternidad y Paternidad

En los recovecos está …

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
Nada nos dice adiós. Nada nos deja.
No te rindas. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber un descuido, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha
pero en las grietas está Dios, que acecha.
(Jorge Luis Borges)

En los recovecos de la costa asturiana hay escondido un pequeño pueblo de pescadores que un día me flechó. Y es que hay una plaza de Cupido. Y en lo alto del puerto un arpón gigante, ahora enredado de zarzamoras, con el que se capturaban ballenas en el siglo XVII.

En los recovecos de mi cintura que un día fueron valles hoy se atisba la menopausia sin necesidad de catalejo. Canelones van ganando posiciones frente a canalillo que se va quedando rezagado. Y aspirante a ballenita llega por decisión propia un buen día a este puerto sin necesidad de ser disparada con arpón, pero con la sensación de haber sido alcanzada por la flecha del dios del deseo amoroso, hijo de Venus y Marte.

En los recovecos de los bares del puerto una mujer ballena en sus sesenta y tantos con una larga trenza cobriza irradia sexualidad y me confirma con cristalina contundencia que la gracia divina brilla más allá de cualquier edad, sobrepeso y geometría.

En los recovecos de mi tiempo aquí atesoro el esplendor infinito en la mirada de mi hijo de diez años, atesoro su risa y su disfrute jugando con las olas; atesoro su compañía como oro en paño, atesoro sus preguntas y su hermosura, atesoro sus abrazos y su frescura, atesoro su premeditación y su dulzura, atesoro su condición de grumete gourmet. Atesoro, sobre todo, su inmortalidad.

En los recovecos de un universo paralelo soy marinera de piel curtida y cuerpo fibroso que, descalza por el puerto, escancia sidra y saborea frutos del mar sintiendo que es ahí dónde pertenece, entre el crujir de la madera de los barcos, el silencioso movimiento de los gatos y el cautivador perfume de la mar.

En los recovecos de los oídos de Guionista, y debido a su libre interpretación, marinera se convirtió en minera y ahora minera se dedica a alumbrar en la oscuridad buscando oro y piedras preciosas mientras, tiznada de carbón, sueña con ser marinera en los pliegues de un universo ondulado como la espuma de mar en sus cabellos de sirena.

En los recovecos de los cabellos de mi hijo, en este mismo mágico lugar, mis manos retiraban liendres hace un par de años con premura y espanto ante la inminente vuelta al cole, con la eficacia de una liendrera microacanalada.

En los recovecos de mis cabellos de sirena ocultos bajo el casco de minera saltaban los piojos con alegría hace un par de años un par de pliegues más tarde en pleno golpe y porrazo de final del verano contra inicio de curso en un poético y tragicómico juego de malabares.

En los recovecos de las tres de esta madrugada Inspiración me despierta con insistencia queriendo mejorar mi primera canción compuesta y una vez conseguido no se da por vencida y me sugiere escribir un post para mi blog olvidado en los oleajes de la cotidianidad.

En los recovecos de este apartamento alquilado en las afueras del pueblo y de la wifi pero no de la belleza, se alternan coladas sin piña con disfrutes, deshoras con eternidades, canciones con silencios, sorprendente orden con deliberado desorden, el olor del incienso con el del pescado en la basura.

En los recovecos de este pueblo ondulan la ropa tendida en los balcones, los saludos amables de los habitantes, los caminos de hierba salvaje y las inesperadas visiones del mar acechando entre las casas de colores.

En los recovecos de la arena y de las olas vigilan incesantes cinco socorristas en medio kilómetro de playa: uno en la torre, dos sentados en la orilla frente a la zona de baño, otro en una zodiac y otro en una tabla de surf.

En los recovecos de mi biología Miedo ancestral aparece inesperado, me agarra tan fuerte que no me deja jugar a atravesar las olas, me obliga a detener la marcha exploradora de mi hijo, su mirada alegre y fascinada y su decisión de avanzar contra viento y marea sin temor alguno ante esos vislumbres de Tsunami, que también son atisbos de Samadhi.

En los recovecos de los neoprenos de los surfistas se ocultan los tatuajes que después se revelarán en un acontecimiento glorioso bajo las duchas para deleite de muchas.

En los recovecos del spotify en un iphone 5 agonizante chisporrotean las elecciones musicales de mi hijo que practica en el aire los ritmos de la batería en un obsesivo bucle que va desde Eye of the Tiger hasta Satisfaction, pasando por I am the Walrus y Bohemian Rapsody ante mi embelesado desconcierto.

En los recovecos de la senda del acantilado, el inmenso horizonte sostiene la ermita de la Atalaya, cuya presencia vacía y humilde contempla la puesta de sol sobre el mar donde nosotros, en nuestra recortada pequeñez y ojos de dibujo japonés, esperamos cazar el rayo verde.

En los recovecos del paraíso donde todo es perfecto se lamenta un quejido silencioso y profundo cuyos ecos a veces me asustan pero cuya canción se aleja en un adiós para nunca más volver.

En los recovecos de mis redes y de mis hilos de seda anida la esperanza de un amor absoluto y una dicha perenne cuyo anhelo insistente a veces suena como un doblar de campanas y otras dibuja formas en el humo del incienso.

En los recovecos de la Soledad en mi corazón comienzan a crecer raíces, flores, frutos, insectos, mamá pato y sus patitos, mamá gata y sus gatitos, plantas medicinales, musgo, helechos, ortigas y hierbabuena, grandes bosques de eucaliptos, cascadas y ríos, cielos estrellados y un cartel de “Se vende. Incluye jardín”.

En los recovecos de la lectura de “Momo” con mi hijo me doy cuenta de que los engaños de los hombres grises calaron en mí como en todos hace ya tanto tiempo que ha llegado el momento de reclamar educadamente pistola en mano al estilo Thelma: “¡Entrégennos inmediatamente todo el tiempo robado!”

Arte y creatividad, Autoras femeninas, Ciencia e historia, Filosofía y espiritualidad, Maternidad y Paternidad

Alumbramiento

Alumbramiento bajo árbol

Del parto a las estrellas: física de la maternidad, astrofísica y ciencia ficción

 

Puede que el dolor del parto te haga “ver las estrellas”. También puede suceder que el efecto de la anestesia epidural en combinación con un cóctel de oxitocina y endorfinas en forma de lluvia de perseidas sobre una sensibilidad particular te haga ver flanes, como le ocurrió a una amiga mía. Sí, después de gritar a todo el equipo médico pidiéndo desesperadamente la epidural, mientras daba a luz empezó a ver flanes volando.

O como otra querida amiga me dijo cuando yo le contaba en mi embarazo que quería un parto natural sin anestesia: “Tú verás lo que haces, pero te digo, cuando me pusieron la epidural, yo vi el cielo” (Y así fue).

Puede que dar a luz sea una experiencia de iluminación inesperada, como me sucedió a mí (El infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora),  no me importa que sus raíces estén en la química del cuerpo o en la trascendencia del alma, para mí ambas son una misma cosa.

La conexión entre el alumbramiento y las estrellas es obvia y el universo es elegante.  Y hacer elegante esta indagación es un trabajo de parto. Quizás debería renunciar a ser elegante al escribir este artículo, puesto que parir no lo es desde la estética que hoy impera. Es más bien brutal. Pero chicos, no os desmayéis y seguid leyendo, que voy a hablar más de astronomía que de romper aguas o de cortar la supercuerda del cordón umbilical o de extraer la placenta (disculpadme, pero vosotros sabéis perfectamente que tendéis a marearos).

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Excurso: siempre me ha resultado fascinante que la mayoría de los hombres que conozco se desmayan en los análisis de sangre y son pusilánimes para las pruebas médicas, cuando biológicamente están diseñados para cazar y defender el territorio sangre mediante.

Igualmente me resulta increíble que las mujeres poseamos la fuerza salvaje de parir sangre mediante o seamos capaces de cualquier cosa si nuestro hijo está en peligro, y sin embargo nos volvemos pusilánimes ante los médicos, y cediendo nuestro poder y nuestra libertad al someternos socialmente.

Es como si ambos perdiéramos nuestros poderes inherentes cuando nos descontextualizamos. Como Spiderman sin su traje se vuelve un Peter Parker torpe y sin poderes. Absolutamente adorable, también hay que reconocer. Porque en nuestra vulnerabilidad resplandece también nuestra belleza.

Así, en el transcurso de unos 100 años muchos hombres han pasando de las barricadas a los paritorios, han empezado a asistir a los cursos de preparación al parto, a cambiar pañales, a despiojar, a cocinar y a pasear el boogaboo (con el bebé dentro por supuesto).

Al mismo tiempo muchas mujeres nos hemos puesto a expresarnos y a crear de mil maneras, y a viajar y a liderar y a buscar nuestra libertad como si no hubiera un mañana.

Al explorar nuevos territorios no frecuentados por nuestras tendencias biológicas y condicionamientos culturales nos estamos pasando la antorcha.

Alumbramiento es la acción y efecto de alumbrar, del latín illumināre:

1.  Dar luz y claridad a algo o a alguien.

2.  Poner luz o luces en un lugar.

3.  Acompañar con luz a alguien.

5. Parir o dar a luz a un hijo.

Buscando fotografías sobre alumbramientos encontré estos oleos de Amanda Greavette, una pintora canadiense nacida en 1981. Aquí puedes ver su hermosa y particular galería de nacimientos.

Amanda Greavette Galería de Nacimientos

Alumbramiento. Me gusta mucho esta palabra y la relación entre luz y parto, nacimiento y creación. Por eso la he elegido para este Post Parto, que lejos de lo que su nombre indica, todavía no ha sido, sino que está siendo, un parto largo y complicado, nada fluido, por cierto. Cuando la inspiración no llega, la voluntad y el deseo se quedan solos atendiendo el chiringuito.

El proceso del parto es la entrega a la inteligencia primordial que late en nuestros movimientos. Y el bebé en la plena oscuridad del vientre de su madre es guiado por esa pulsación que acontece en el útero, mientras la madre se entrega en la oscuridad del dolor y el temor, a luz que el dolor también oculta, a la luz escondida de la promesa, a la luz olvidada de sus ancestros. Así una madre es La que ilumina.

Dar a luz es un estallido brutal que puede ir seguido de una dicha transparente o de la extenuación del cuerpo, o del desmayo o del desconcierto o de una ternura dolorosa seguida de hasta el infinito y más allá… y no podemos saber si a Dios el Big Bang le dolió tanto como le duele el parto a una mamífera, o si, como suele suceder, el dolor se le ha olvidado.

No puedo hablar mucho sobre atravesar el dolor en el parto porque en medio de las contracciones la posibilidad de una epidural en dosis bajas me sedujo y a ella me entregué. Siento que si tuviera que volver a parir, me gustaría atravesar el dolor y la totalidad de la experiencia tal cual es, para conocerla.

Si quieres investigar sobre el sentido que tiene el dolor en el parto, aquí tienes un libro escrito por la comadrona italiana Verena Schmid que me recomendó una amiga y que le ayudó a parir las dos veces sin anestesia en unos partos largos y extremos.

El dolor del parto

Como los bebés, algún día surgieron la luz y la creación y me apasiona explorar de dónde. Me fascina que la nada se convierta en infinito, el vacío en plenitud y que en el universo haya galaxias y también un montón de materia oscura.

Como a muchos, los Jedis dejaron una huella imborrable en mí: me maravillan el lado luminoso y el lado oscuro de la fuerza, su danza y su alternacia.

Hoy estamos cruzando el equinoccio (del latín aequinoctium, “noche igual”), cuando el día tiene una duración igual a la de la noche en todos los lugares de la Tierra. Ocurre dos veces por año. Es un dos. Es dual. Y marca el inicio de la primavera y del otoño, del nacer y del morir.

En el equinocio la luz y la oscuridad se hallan en equilibrio.

Hace un año elegí esta fecha para dar a luz a mi tercera hija, que es multilliza, puesto que es 1 y 21 al mismo tiempo, mi 21 Taras. Y celebro el nacimiento de este blog escribiendo sobre alumbramientos.

Mi primer hijo es un niño y es humano, un hijo propiamente dicho que cumplió 10 años hace 3 días; fue concebido con facilidad y prontitud, la gestación fue un tsunami emocional, y el parto fácil y rápido.

Mi segunda hija es una creación, material y espiritual, física y metafísica, que nació en la forma de una escuela de yoga y cumplirá 9 años el 9 del 9. Requirió años hasta concebirse, y el embarazo y el parto fueron increíblemente fáciles y placenteros. Sin embargo la recuperación del parto ha durado años.

Mi tercera hija es virtual, es esta plataforma luminosa dónde escribo. Tardó unos meses en concebirse y gestarse, y el parto fue a toda velocidad.

Como me dijo una madre de tres, el tercero ya va solo. Y así es, porque el primero y el segundo me ocupan todo el tiempo. Confío en la supervivencia de mi criatura más pequeña gracias a sus poderes divinos.

Aunque apenas puedo atender a mi tercera hija sueño sin embargo con gestar y parir más retoños, será porque los Jedis vivieron en la casa de “Con ocho basta”. Quisiera dar a luz varios libros, un duo o trío o cuarteto musical y un hogar en una tierra bonita donde echar raíces. Y entre mis futuros autoempleos deseados están diseñadora de perfumes y maestra de ceremonias para alumbrar aromas y discursos. Me gustar concebir, me gusta gestar, me gusta dar a luz. Me gustar crear mundos. Pero el proceso de creación se despliega a través de muchos momentos de oscuridad, así como oscuro es el canal del parto para el bebé en el proceso de nacer.

En la cosmología tántrica, todo el universo se percibe como creado, penetrado y sostenido por dos fuerzas fundamentales, que están permanentemente en una unión perfecta e indestructible, formando el principio absoluto Shiva-Shakti.

La tradición ha asociado a estos principios una forma, respectivamente la de una deidad masculina y la de una femenina. Desde un punto de vista metafísico, la pareja divina Shiva-Shakti corresponde a dos aspectos esenciales del Uno: el principio masculino, que representa el aspecto permanente de Dios, y el principio femenino, que representa su energía, la fuerza que actúa en el mundo manifestado, el acto de creación y la creación misma.

Como escribió Blaise Pascal:

Contemple el hombre, pues, la naturaleza entera en su elevada y plena majestad (…) Contemple esta resplandeciente luz colocada como una lámpara eterna para alumbrar el universo, que la Tierra le parezca como un punto rodeado por la vasta órbita que este astro describe y que se asombre de que esta vasta órbita es a su vez  una fina punta respecto de la que abrazan los astros que ruedan por el firmamento. Pero si nuestra vista se detiene aquí, que la imaginación vaya más allá; antes se cansará ella de concebir que la naturaleza de suministrar.

Nosotros somos hijos de la creación y a la vez creadores, y las creaciones nos resuenan como propias, ya sean niños, canciones o películas, sentimos un vínculo profundo con lo creado.

En cierto sentido, todos los niños son hijos nuestros. Cuando nace un bebé, es como si fuera nuestro y es como si nacieran todos los niños. Cuando muere un niño es como si  muriera el nuestro, como si murieran todos los niños. Y es que todos somos hermanos, hijos de las estrellas según las palabras de la astrónoma chilena, María Teresa Ruiz, Premio de la UNESCO mujeres en Ciencia en 2017:

MariaTeresaRuizyniños

De verdad somos todos hermanos, soñamos las mismas cosas, estamos hechos del mismo material y tenemos los mismos parientes ancestrales, las mismas estrellas que fabricaron los átomos de los cuales estamos hechos. Cualquier átomo de nuestro cuerpo tiene miles de millones de años. Los átomos de hidrógeno de mis lágrimas los fabricó el big bang. Y los átomos de calcio en mis huesos, el óxigeno en mi sangre y todos los elementos que forman parte de mí, todos, fueron fabricados por las estrellas. Somos sus hijos, hijos de las estrellas.

https://www.amazon.es/Hijos-las-estrellas-maravilloso-recorrido/dp/8499927742

 

Este mismo mes de marzo se publica la detección de la formación de las primeras estrellas después de una Edad Oscura del Universo. Tienes todo el reportaje aquí: Así se hizo la luz en el universo tras 180 millones de años de oscuridad. y en el siguiente vídeo subtitulado está resumido en poca más de 1 minuto. Es fascinante.

 

 

Esta pulsación entre luz y oscuridad, inhalación y exhalación, sístole y diástole es la expresión física de lo que en filosofía tántrica se llama Spanda, término sánscrito que designa la vibración primordial del Universo y de nuestro ser, su continua pulsación creativa.

Catherine Heymans, astrofísica de la Universidad de Edimburgo, y especialista en materia oscura, nos desvela los recientes descubrimientos sobre los componentes oscuros del universo en el siguiente artículo:

Catherine Heymans.jpg

“El lado oscuro del Universo”

“Aunque las galaxias permanecerán unidas, porque la gravedad es demasiado fuerte, las estrellas agotarán su combustible y se apagarán lentamente y todo terminará en una nada fría y oscura”

 

“Por un azar que no busco comprender” hace hoy exactamente 5 años, el telescopio Planck proporciona la imagen más precisa hasta la fecha del eco del gran estallido que dio origen al cosmos, que la Agencia Espacial Europea presentaba como la imagen del universo recién nacido:

Planck_CMB

 

Y siguiendo con la conexión de fechas, interdependencia de los fenómenos o entrelazamiento cuántico, me encuentro que en el día de mi cumpleaños se publica la noticia de la muerte de Vera Rubin, la astrónoma que aportó la primera prueba de materia oscura:

“Yo observé que las galaxias giraban de una manera totalmente inesperada según las leyes de Newton y Kepler. Esto se interpretó como la primera evidencia de que la materia oscura existía y continúa siendo la hipótesis más factible, pero también podría ser que arrastráramos un error fundamental en las ecuaciones que utilizamos para describir el movimiento de los cuerpos celestes”

 

Vera RubinVera Rubin, astrónoma estadounidense (1928-2016)

Aquí tienes un bonito artículo sobre ella.

Esa coherencia secreta y misteriosa que, según la poeta colombiana Adriana Hoyos, se oculta detrás de la creación de un poema, es la misma que subyace este escrito. Porque cuando hace unos días quise escribir un post por el primer año de vida de este blog no tenía nada, sólo el final de un invierno y el principio de una creación. Y nunca pensé que el parto me iba a llevar de viaje por estrellas y planetas, mis amados cuerpos celestes.

El parto de este post o post-parto ha sido largo muy largo, y oscuro, y poco elegante. Un montón de kleenex usados y arrugados se apelotonan alrededor del Air de mi MacBook en forma de galaxia en espiral porque este largo invierno de nuestro descontento ha hecho estragos en mis defensas. Este alumbramiento, lejos de llevarme por el atajo de un agujero de gusano, se ha convertido en un viaje a través de un agujero negro del cual estoy pudiendo salir gracias al comportamiento extravagante de las partículas subatómicas.

Nunca imaginé que mi devoción por la astrología se convertiría en amor a la astronomía, ni que mi fascinación por la metafísica se convertiría en amor verdadero a la física. Y de la física hacia mí, por lo que parece querer decirme el virus de la influenza que me orbita, pequeño escombro del microcosmos.

Porque al final todo es lo mismo y nunca ha estado separado. Luz, oscuridad, sueño, despertar.

Y para terminar, una entrañable masterclass de 7 minutos de la astrónoma María Teresa Ruiz, sobre nuestros ancestros estelares. Y un timelapse de 11 minutos de todo el universo desde su nacimiento hasta ahora, que ilustra los pensamientos de Pascal. En la grandeza de nuestro microcosmos somo pequeños y recientes inquilinos de nuestro universo.

Feliz Primavera!

 

 

 

 

 

 

Arte y creatividad, Autoras femeninas, Mujeres

Hermana, recuerda tu nombre

 

Hermana Plano General 2

 

Y canta Shug Avery “El blues de Miss Celie” en El color púrpura:

 

“Hermana, recuerda tu nombre,

ningún huracán se llevará tu valor

Hermana mía, no tenemos mucho tiempo

así que ponte a bailar, hermana.”

 

Mientras elijo a Alice Walker para ilustrar este post, estoy eligiendo por igual a Gloria Fuertes, a Marilyn Monroe, a todas mis hermanas de todos los colores y todos los tiempos, a todas las madres, a las no madres, a las mujeres que limpian, a las mujeres que sanan, a las que luchan, a las que escriben, a las que ya no pueden contarlo, a las que cantan, a las que callan, a las que paren, a las que pierden, a las que aguardan, a las que aguantan, a las que tejen, sobre todo y especialmente a todas aquellas sobre las que nadie escribe, sobre las que nadie canta, a todas las invisibles, porque no las ven, porque no se ven a sí mismas….

Alice Walker es una escritora afroamericana y feminista que recibió el Premio Pulitzer en 1983 por la novela El color púrpura, en la que se basó la película del mismo nombre y que dirigió Steven Spielberg, ambas brillantes obras que admiro desde adolescente.

La secuencia que incluyo al final de este escrito es, para mí, una de las más hermosas en la historia del cine.  Retrata el amor, la belleza y el poder de la solidaridad femenina y del reconocimiento. Quizás hay que conocer la historia para entenderla, pero aun sin saberla simbólicamente queda todo dicho.

Hermanas y  hermanos, estamos en un importante umbral, en un momento histórico de despertar y de profundo cambio en la conciencia humana. Para atravesarlo, nos apoyamos en las piedras que han dejado nuestras antecesoras y nuestros antecesores, y en las semillas sembradas.

El eminente físico austriaco Fritjof Capra escribe en su obra “El Tao de la Física”:

“Veo el interés que el misticismo oriental ha despertado en Occidente durante los últimos veinte años como parte de una tendencia mucho más amplia que trata de contrarrestar el profundo desequilibrio existente en nuestra cultura, en nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, en nuestros valores y actitudes y en nuestras estructuras políticas y sociales.  La terminología del yin y el yang me pareció muy adecuada para describir este desequilibrio cultural. Nuestra cultura ha favorecido los valores y actitudes yang o masculinas, y ha descuidado sus contrapartes yin o femeninas, que le son complementarias. Hemos favorecido la autoafirmación a costa de la integración, el análisis sobre la síntesis, el conocimiento racional sobre la sabiduría intuitiva, la ciencia sobre la religión, la competencia sobre la cooperación, la expansión sobre la conservación y así sucesivamente. Este desarrollo parcial ha alcanzado ya un punto alarmante, ha llegado a constituir una crisis que presenta dimensiones sociales, ecológicas, morales y espirituales.

No obstante, al mismo tiempo, estamos siendo testigos del inicio de un tremendo movimiento evolucionario, que parece ilustrar el antiguo refrán chino que dice: “Cuando el yang ha alcanzado su punto culminante, retrocede dejando paso al yin”. Las décadas de los años 60 y 70 generaron toda una serie de movimientos sociales que parecían converger en una misma dirección.  La creciente preocupación por la ecología, el intenso interés por el misticismo, el surgimiento de la consciencia feminista y el redescubrimiento de los enfoques holísticos sobre la salud y la curación, son todas manifestaciones de una misma tendencia evolucionaria. Todas ellas vienen a contrarrestar el excesivo énfasis puesto en lo racional, en las actitudes y los valores masculinos y tratan de recuperar el equilibrio entre los aspectos masculino y femenino de la naturaleza humana. Así, la consciencia de la profunda armonía existente entre la visión del mundo de la física y la del misticismo oriental, aparece ahora como parte integral de una transformación cultural mucho más amplia, que nos lleva a una nueva visión de la realidad, visión que requerirá una cambio fundamental de nuestros pensamientos, en nuestras percepciones y nuestros valores”.

Personalmente lo veo como él y estoy comprometida con este cambio, tratando de pensar y actuar desde una conciencia superior en la medida de lo posible y de descubrir, en el trabajo conmigo misma desde mi interior atravesando mis luces y mis sombras, las claves para ir creando un mundo mejor.

Vivimos en un desequilibrio y como todo cuerpo vivo, nuestra sociedad desde dentro de sí misma busca equilibrarse a través del mecanismo de la homeostasis,

El día de hoy, la huelga de hoy, la manifestación de hoy, la lluvia de hoy, son mecanismos de homeostasis de nuestro propio sistema.

Y desde mí, como humilde pensadora, quiero favorecer ese equilibrio no desde el castigo, ni desde el odio, ni desde el rencor, ni desde la violencia, sino desde la reflexión, sino desde el amor a la vida, desde la visibilización, la visión y la comprensión desde el corazón.

Hay una realidad social que perdura milenios, y que nos ha perjudicado y nos perjudica a tod@s, mujeres, hombres, niños y por supuesto a todo el planeta y a la naturaleza misma. Esto está claro. Todos somos víctimas. Podemos llamar patriarcado a esta realidad social.

La Real Academia Española, compuesta por 8 mujeres en un total de 44 académicos (fue en 1978 cuando ingresó Carmen Conde como primera mujer en la RAE), define patriarcado como la organización social primitiva en que la autoridad es ejercida por un varón jefe de cada familia, extendiéndose este poder a los parientes aun lejanos de un mismo linaje.

En la evolución del patriarcado, visto lo visto, da igual como sean esos parientes (ahora gobernantes), basta que sean varones aunque lejanos en parentesco (diré hermandad). Y al final tampoco importa que sean mujeres. Porque lo que prevalece es que estén al servicio de la codicia y del poder de unos pocos y que sus formas sean lejanas del amor y del respeto.

El gen del patriarcado está en el ADN de mujeres y hombre en cada pensamiento y en cada gesto cotidiano de nosotr@s mism@s. Y van desde el “No, ya lo hago yo, si no me importa….” pasando por “estoy gorda” y todo lo que hay detrás de ambas afirmaciones, hasta actos criminales. Y no lo vemos.

Cada gesto cotidiano en el compromiso del respeto nace de un cambio en nuestra mente, de darnos cuenta de las pequeñas formas en las que todas y todos mantenemos viva la injusticia, mayoritariamente desde la ignorancia. Y en el poder, desde la ausencia de luz, de corazón, de compasión. De otra manera esta situación no continuaría.

La buena noticia es es que está cambiando. Much@s mujeres y hombres estamos haciendo el cambio. Nos estamos transformando.

Son más de 2.000 años de una distorsión mental y social desde que se empieza a condenar como pecado el acto sexual, que da la vida desde el placer, cuando no está al servicio de la reproducción sino del placer. En 2018 la ablación es una realidad y se marca como referencia el 2030 para abolirla.

Dentro de esta enajenación (o confusión mental mayúscula) se encuentra el burka para ocultar por completo la belleza de lo femenino (además de impedir el aire) tanto como en otros lugares las muchachas invaden con un canon excluyente de “belleza” las fotos de toda publicidad, de la misma manera en la que tienen que caminar también en lencería por algunas calles y parques oscuros en invierno o mostrarse detrás de vitrinas iluminadas, para el contentamiento del hombre y a su servicio.

Cuando digo hombre hablo de una generalidad y pido que no identifiquemos esto como todos los hombres, si no como una conducta mayoritariamente aceptada que nace de nuestro lado oscuro (ignorancia, ausencia de empatía) como seres humanos. 

En esta distorsión también se induce a que nos vistamos “como putas” pero luego eso mismo se insulta y se desprecia. Y de esa distorsión surgen desde la paliza hasta la violación o el asesinato para tener o no tener a ese oscuro objeto del deseo. Pareciera que somos las mujeres la razón de todos los males. Bozal para el perro peligroso.

Hablamos de ello porque ha causado y causa mucho sufrimiento, para tod@s.

Este lado oscuro del ser humano está en tod@s nosotr@s. Y, supuestamente, debería estar en nuestra mano elegir con qué pensamientos y acciones queremos manifestar en la realidad esa felicidad y bien común que tod@s anhelamos desesperadamente en nuestro corazón.

(Nota: personalmente uso la arroba porque la prefiero a la x. La arroba es redonda como los átomos y los planetas y es un abrazo incluyente. De x y cruces ya hemos tenido mucho).

En realidad ya está todo dicho y hecho. Ahora está siendo el momento de visibilizarlo y cambiarlo, desde una conciencia humanitaria, de comprensión profunda y amor por los seres, la tierra y la vida.

¿Quién da la vida y quien la quita? Dar vida y quitarla forman parte de la vida toda. Dar a luz, amamantar y cuidar de niñ@s y mayores y cazar y matar para alimentar y proteger al clan y forman parte de la misma vida. Y hay unas hormonas en el cuerpo que gobiernan, incesantes, esas conductas y esos comportamientos.

De igual manera, hay una conciencia prodigiosa que subyace la biología y un espíritu dentro de todas las cosas. En este marco inconmesurable destella la evolución en la mente humana.

Con respecto a la vida que doy, como madre, me gustaría que mi hijo estudiara otra historia. La historia que yo estudié fueron guerras, conquistas, invasiones, luchas por el poder. En otro lado, por suerte, arte y conocimiento de la naturaleza. Los nombres propios, todos masculinos, a excepción de Eva (empezamos mal), la Virgen María (mucho que decir al respecto), Juana de Arco, Juana la Loca, Isabel la Católica hasta que lució el arco iris y aparecieron Marie Curie o Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán. Chin pún. No había más. Estábamos todas pariendo, fregando, curando y muriendo. O aparecíamos como personajes de novelas u objetos de inspiración.

Se puede pensar que es que realmente no había mujeres, sin embargo curiosamente ahora están saliendo a la luz nombres propios de mujeres de todos los tiempos que hicieron grandes cosas y que podían haberse estudiado. Pero hasta hace muy poco no se las nombraba, por tanto, nunca existieron.

Hay múltiples maneras en las que podemos hacer este cambio, aunque no sea fácil.

Por ejemplo ¿Cómo hacemos esto cuando la sociedad no lo apoya? ¿Cómo haces esto cuando lo urgente es trabajar para ganar el dinero para alimentar a tu familia? ¿Cómo haces esto cuando trabajar para ganar el dinero para alimentar a tu familia supone aceptar cosas inaceptables para el bienestar de esa mujer obligadas por la propia sociedad?

Sólo sé que lo hacemos entre tod@s y poco a poco, desde lo más pequeño y cotidiano. Y los que podamos hacerlo más fácilmente iremos liberando y despejando el camino para los que no pueden. Y sé que hay muchas personas, hombres y mujeres, trabajando, tan incesantemente como nuestras células, para crear un mundo bueno para tod@s.

Una de las formas que se me ocurren, como mujeres, es tomar el propio poder, la propia belleza. Tenemos la fuerza extraordinaria de concebir, gestar y dar a luz vida y creación en infinitas maneras con la dulzura del corazón y también la fiereza del instinto. Ambas son inherentes para preservar la creación y cuidar amorosamente del clan, que es la humanidad toda.

Tomar el propio poder supone darse espacio a una misma, de descanso, de deleite, de inocencia, de libertad. Y poner los límites necesarios para preservar ese espacio. A veces dulcemente, a veces con el rugido y el zarpazo de una leona.

Trato con muchas mujeres. Conozco a muchas mujeres. Veo a muchas mujeres. Estamos exhaustas. Los hombres están exhaustos también.

Me ocuparía otro artículo como mínimo escribir sobre las miles de maneras en las que nos dejamos exclavizar y nos exclavizamos a nosotras mismas a diario. Pero hoy no lo voy a escribir.

Porque se me ocurre una forma más sencilla para empezar a manifestar este cambio, a recuperar este equilibrio en la humanidad entre lo femenino y lo masculino.

Y esa forma es:

Hermanas, vamos a mirarnos en el espejo, a quedarnos un rato mirándonos a los ojos, contemplando nuestras curvas, nuestros huesos, nuestro aliento, nuestro vello, nuestras “imperfecciones”, nuestras obras, la vida en nosotras. Vamos a concedernos tiempo para hacer esto. Atravesemos la vergüenza que hemos padecido por ser lo que somos. Y no paremos hasta que nos veamos, realmente. Y suceda la epifanía de nuestro reencuentro, de la perfección que somos, del esplendor, y del amor a nosotras mismas, real, más allá de la mente, más allá de todo lo dicho y escrito.

Vamos a permitirnos recibir también el reflejo que el espejo de los que nos quieren nos susurra “eres bella, eres maravillosa, gracias por existir”.

Y cuando nos vemos realmente y pronunciamos nuestro nombre como un mantra mágico que abre puertas, y escribimos nuestro nombre con nuestros colores en las paredes de esta existencia, en ese mismo instante somos reconocidas, vistas, respetadas y amadas por nuestras hermanas, por nuestros hermanos, por nuestras hijas e hijos, por nuestras madres y padres. Por todos los hombres.

Y esa forma es:

Hermanos, somos un@. 

 

Arte y creatividad, Autoras femeninas, Filosofía y espiritualidad

Geometría de la nieve

Fotografía de Kareva Margarita

6 de la mañana de un 6 de febrero. Todavía la nieve cubre los tejados. Suena mi despertador Sami, un despertador analógico de minutero silencioso que se desliza sereno por el mándala de las horas. Es de plástico plateado y discreto, se ilumina de azul y cabe en la palma de la mano, como el infinito de William Blake.

Sami, que así se llama porque esa es su marca, fue adquirido recientemente a cambio de 12 € en una pequeña tienda de relojes de mi localidad, de las de barrio de toda la vida, que nunca antes había visto y que la próxima vez que pase por ahí posiblemente ya no estará.

Había pensado “quiero un despertador analógico, de los de siempre” y al momento encontré la tienda, sin buscarla…. Igual que Bastián Baltasar Bux cuando comienza a manifestar sus deseos en la realidad en La historia interminable.

Quizás sea que estoy cautivada por este libro que estoy leyendo en voz alta con mi hijo de 9 años cada noche, por primera vez en mi vida. Es la primera vez que tengo la experiencia real de sentir que entro literalmente en un libro y que estoy dentro de un libro en la vida escribiéndola mientras algo me escribe y que, una y otra vez estoy atravesando mundos y cruzando al otro lado, sonriendo de asombro ante la mirada de mi hijo que sonríe también, con cierta curiosidad, cada vez que exclamo: “¡este libro es increíble!”

Las campanitas de entrada, el sonido de la puerta al abrirse, el espacio silencioso, el dueño de la tienda, un señor muy amable de pelo blanco tras el mostrador, su atención impecable y,  en una tienda de relojes, la sensación de tiempo detenido,  como el caer de la nieve … El recuerdo de ese instante cotidiano y mágico en su transparencia me hace sentir que ese día esa tienda estaba allí porque decidí comprar un reloj analógico y hubiera sido escrita por la vida para mí, como esas puertas de Fantasia que sólo se abren una vez para llevarte al Templo de las Mil Puertas.

Es perfectamente posible, también, que la razón por la que supuestamente no vuelva a encontrar esa tienda sea debido a que su dueño se haya jubilado, en esa otra dimensión de nuestro tiempo cronológico… o que haya llegado el tiempo de su dueño para hacer realidad su sueño.

Cualquiera que haya experimentado la función sueño de iphone quizás comprenderá mi desesperado amor por lo analógico.

La función sueño de iphone es de estas cosas maravillosas que un día descubres en tu iphone y que tiene el propósito de “ayudarte” a crear  hábitos saludables de sueño. Programas a qué hora quieres irte a dormir y a qué hora quieres despertarte y con el primer acorde de la canción de cuna de Johannes Brahms te dice: “Es tu hora de ir a dormir”. Y tiene la impertinencia de “remarcarte” si estás durmiendo suficiente o no.

Al principio el “tin tin tin….” de Brahms me encantaba y me hacía gracia. Poco tiempo después acabé respondiéndole “No me jodas!” con el mismo tempo.

Después de un tiempo usando la función sueño de iphone y viendo que eso no me llevaba a ninguna parte más que a restregarme en la cara mis malos hábitos de sueño, hice un “A la mierda!” como aquel de Fernándo Fernán Gómez y decidí apagar el puto iphone hijo de Sauron por las noches.

En mis más íntimas fantasías sueño con ser Galadriel y luchar contra el mal para que haya bondad detrás de las corporaciones y del sistema, y que recuperemos nuestra libertad. Y que siga existiendo la magia más allá de la maldita “manzana”. Si ya nos lo advirtió el Señor: “muerde esa manzana y parirás con dolor, con iphone sí, pero con dolor”.

Sueño con un día poder liberarme de la necesidad de vivir con mi iphone-mi ipad-mi macbookair-mi tesoro y no echar pestes cada vez que intento hacer algo con Windows 10 o cada vez que intento deslizar mis dedos sin resultado por la pantalla de un Huawei y que el pensamiento recurrente sea “¡Pero qué mierda es esta!”. Y no tener que vender más mi alma al mejor diablo, al vestido de blanco, al más cool. Al final y al cabo, el diablo sigue siendo diablo y uno tendrá que vivir con el que su sueldo le permita. Teniendo en cuenta el precio, el valor y la dependencia que crea cada manzanita, no puedo evitar compararlo con EL ANILLO. Y sobre todo porque detrás de tan brillante tecnología está oculto el lugarteniente de la fortaleza del mal, que desde hace ya tiempo también ha conseguido conquistar a la manzana. ¿O no?

Quizás cambie de opinion el día en el que el iphone se caiga al WC y sobreviva, el día en el que caiga al suelo y no se rompa la pantalla, el día en el que ya no vuelva a decir “el iphone está lleno, vaya a ajustes para configurar el almacenamiento” y el día en el que a los pocos meses de salir el último modelo no vuelva a salir el siguiente último modelo sin que nos haya dado tiempo a respirar entre medias.

El día en el que muera tu iphone y no te encuentres en una encrucijada de caminos porque no tienes pasta para pagar otro y vas a tener que comprar un Huawei o un Samsung o cualquiera que cueste 150 € y entonces deje de nevar para siempre.

El siguiente vídeo es muy ilustrativo, a la par que didáctico: Galadriel contra Sauron.

 

 

Esta secuencia cinematográfica de “El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos” ilustra literalmente como me siento cada vez que abro el mail o el whatsapp o cada vez que el sistema operativo me pide actualizar una aplicación, o cada vez que Microsoft Office me pide un puto código que jamás existió, o cada vez que me vuelven loca pidiéndome una nueva contraseña, o ante cada llamada de Orange o Vodafone o cada sms de Yoigo o Jazztel, o cada comercial de Endesa o Iberdrola en la puerta de tu casa para que te beneficies de descuentos después de pedirte tu número de cuenta corriente o ante las hordas de publicidad que invaden nuestros dispositivos y nuestros parpadeos.

Por eso, cuando miro la nieve caer, despacito, y se hace el silencio, me siento taaaaan bien….

Lejos de ser Galadriel, todavía no puedo decirle con esa voz que espanta los demonios: “No tienes ningún poder aquí, servidor de Mordor!!!”. Así que asumo mi relación de amor-odio con la manzana, y mi desesperación ante el sistema tecnócrata y tecnológico y mi acto psicomágico de rebelión se reduce a comprar un pequeño despertador analógico y decirle, cual Princesa Leia: “Sami, eres  mi única esperanza”. Entonces duermo tranquila sabiendo que durante esas horas, el localizador está apagado y en Mordor no saben que estoy plácidamente durmiendo en mi casa.

No fui nostálgica hasta que llegó este cruce de caminos entre lo analógico y lo digital, y la juventud y lo que podríamos empezar a llamar edad madura, que por otra parte, es la fruta en su estado de perfección y dulzura.

Ahora, a veces, sueño con ese sonido indescriptible del dial de los teléfonos analógicos, y la sensación en los dedos, la sensación en todo el cuerpo, de marcar un número de memoria y toda la vuelta del dial, el proceso de “marcar un número”. En fin, tendré que comprar uno en una tienda vintage.

Hay que decir de Sami que es un despertador fiel y abarcable. Suena delicado pero despierta, y presionando un botón ancho y suave te vuelve a avisar cada 5 minutos durante una hora entera. Cuando suena lo abarco en la palma de mi mano, como al infinito, y me lo escondo bajo el edredón para que no despierte a mi hijo ni a mis gatas, y no se revolucione la casa, mientras duermo un poco más, o un mucho más, y entonces mi fervorosa voluntad de levantarme cada mañana dos horas antes para hacer yoga y escribir se consume en su propia efervescencia en las aguas del sueño.

Dicho todo esto, a las 6 de la mañana del pasado 6 de febrero, decidí despertarme para escribir sobre la geometría de la nieve, ritualizando en la hexagonalidad de ese tiempo. Porque el día anterior había nevado como hacía tiempo que no nevaba. Y la nieve, como siempre, me había devuelto al presente perfecto.

Había sido un día precioso de nieve, mucha nieve en pocas horas, y silencio… Gracias a la suerte de mi trabajo y de mis tiempos había tenido la oportunidad de vivir plenamente,  con absoluta presencia y asombro, el tiempo detenido y la magia que la nieve regala en sus múltiples rincones.

En mi vida la nieve sucede muy poco porque vivo en la meseta, cerca de la montaña sí, pero en la meseta.  No esquío y no tengo la costubre de subir a la montaña cuando hay nieve. Podría empeñarme en buscar la nieve, pero hasta ahora, no lo he hecho. Quizás porque soy del sur y me gusta mucho el calor, las palmeras, las minifaldas, las sandalias y bañarme en agua turquesa.

Cuando nieva en las planicies del sur y no te quedas inesperadamente atrapada en la carretera o en la casa (cosa que suele suceder, todo sea dicho) es como cuando ves la nieve por primera vez cuando eres niña.

Entiendo que para mis amigos noruegos, Marit y Uwe, la experiencia es totalmente diferente, porque viviendo en una cabaña en el campo, necesitaban dos horas por las mañanas para quitar la nieve de la puerta,  a base de pala, hasta poder salir de casa. Eso cada día, durante los meses de invierno.

Tengo la suerte de trabajar junto a una palmera, es una gran compañera de trabajo, me da alegría de vivir. Mi palmera es muy alta y tiene lo que se dice 6 pelos, y cuando los salvajes sin corazón del ayuntamiento la mandan podar, la dejan con 4. Aún así, con sus poquitas y finas ramas, es muy elegante, digna, bonita y se le atribuye a su propio mérito sobrevivir en un cuadrilatero de 1 metro cuadrado que comparte con una higuera (si es que todavía se le puede llamar así después de las podas que también sufre).

¡Qué manera de podar! Yo creo que, con todos mis respetos y sin acritud, la acción de poder excita a los forestales o a los jardineros que se ocupan; creo que se les va en ello litros de testosterona (si es que eso existe). Se emocionan y dejan mi pueblo, naturalmente exuberante, transformado en el Gólgota.

Volviendo al tema, disfruté mucho de mirar hacia arriba y ver caer lentamente la nieve sobre mi palmera. Y luego la nieve comenzó a caer, lentamente sí, pero como si no hubiera un mañana. Y enseguida, pero lentamente, estaba todo blanco. Y salí y mi coche estaba casi enterrado en nieve. Y me metí dentro y, cuando pude arrancar, inmensos copos de nieve se abalanzaban lentamente sobre el parabrisas. Y pude llegar, lentamente fascinada, a mi destino.

No había casi nadie en la calle a pleno día. Puro silencio. Así que podías escuchar ese maravilloso crujir que se siente en todo el cuerpo al pisar la nieve. Y dejar que la nieve fuera posándose, lenta, fría y delicadamente sobre tu cara. Y quedarte ahí, gozando, sin vergüenza, porque no había nadie para mirarte cuando sacaste el iphone para grabar fotos y vídeos de los rincones de siempre pero como si fueras turista en Berlín, creyendo que podías llegar a plasmar ese momento mágico justo antes de que tu iphone te comunicase sin compasión: “No hay suficiente espacio para hacer fotos en este iphone”.

Por supuesto seguí, feliz, sin necesidad de iphone y sin posibilidad de reportaje, disfrutando del mágico instante, sabiendo que pronto acabaría. Y seguí disfrutando todo el día, y mi hijo y yo tuvimos un viaje asombroso envueltos por la nieve soplando en todas las direcciones alrededor del coche al caer la noche conduciendo por la autopista, con la sensación de que la espiral de nieve nos levantaría en cualquier momento, como el tornado levanta la casa de Dorothy en “El mago de Oz”.

En realidad este blog no es para escribir sobre mi vida, sino para recordar la belleza de lo cotidiano a través de lo que veo en mi día a día. También para mostrar lo hermoso del ser humano y de la vida, a través de creaciones artísticas, mayoritariamente femeninas, porque en este momento de la historia toca visibilizar el trabajo de las mujeres que durante siglos no pudo apenas verse, ni contarse, ni hacerse…

Por eso, para describir el esplendor y la magia del caer de la nieve, experiencia por todos conocida por otra parte, sin que fuera demasiado obvio o poéticamente manido, decidí buscar una foto que ilustrara completamente la felicidad que experimenté el pasado lunes cuando nevó. Y me acordé de las fotógrafas rusas. “Porque ellas, con toda seguridad, deben de tener alguna foto con nieve”  me dije a mí misma.

Busqué a Kareva Margarita y a Elena Shumilova y efectivamente: ahí estaba retratada con brillante perfección la experiencia prodigiosa de la nieve.  Puedes pinchar en sus nombres para deleitarte con sus obras artísticas.

Pero además, investigué para comprender científicamente la geometría de la nieve, algo que me parece tan increíble como su peso y su lentitud al caer. Y me encontré con una investigación dirigida por la profesora de química Mary Jane Shultz, de la Escuela de Artes y Ciencias de la Universidad de Tufts en Estados Unidos respondiendo a las especulaciones de hace más de 400 años hechas por el científico Johannes Kepler sobre la creación de una de las formas más bellas de la naturaleza: el copo de nieve de seis caras.

Me puse muy contenta! Ya tenía una mujer científica, Mary Jane (en el link arriba puedes verla) que investigaba la geometría de la nieve. Sin embargo, no entendí ni papa y los anuncios que aparecían sin cesar en el periódico on line donde se publicaba la noticia no me permitían leer tranquilamente el texto, así que terminé por renunciar a entenderlo. A mí me resultan complejos, pero es bonito acariciar sus líneas y quedarse con la sensación de que algo muy muy importante está contenido en un copo de nieve, véase:

El copo de nieve de seis ángulos y la geometría pentagonal

Geometría de los copos de nieve

Química descifra la geometría del copo de nieve

La geometría de la nieve me reconfirma la existencia de Dios, de la cual no dudo, pero me la reconfirma para los demás. Porque yo veo “eso” que llamamos Dios en todo lo que existe. Y no ese Dios de “parirás con dolor aunque con un iphone”, que es sólo una interpretación humana.

Pero el intento siempre fallido de razonamiento mental y carga histórica y religiosa asociada a su nombre dan lugar a mucha confusión y hacen que muchas personas no “crean” en “Dios” y se pierdan la experiencia. Sí, disfrutan de la experiencia de la nieve, pero se pierden la comprensión y la visión del corazón de Dios siendo nieve, o Dios en la geometría de la nieve.

Porque la “razón” no es suficiente. Se puede vivir feliz y disfrutando sin “creer” en Dios, por supuesto. Pero sé que si es así, en realidad se está viviendo a Dios dentro, sin darse uno cuenta mientras Dios ha quedado cristalizado como un mero concepto en la mente pensante o en el limitado ámbito de la razón. Y es que no tiene sentido “creer” en Dios.

Es exactamente lo mismo con la música. Cuando alguien me dice que no cree en Dios, yo le pregunto: “¿no crees en la música? ¿de dónde viene la música? ¿no te asombra la geometría y la magia de un copo de nieve? ¿no te parece que hay una conciencia prodigiosa e indescriptible que subyace todo lo que existe? Eso es, para mí, Dios. Y no estoy hablando de un Dios de ninguna religión. La religión es parte del intento del ser humano por comprender y honrar el misterio de la existencia y ponerlo en palabras.

Lamentablemente, como con todo, se ha utilizado y se utiliza por seres humanos sin compasión al servicio de intereses de poder y codicia y se manipula y se mata en su nombre. Por eso, al final, Dios acaba teniendo tan mala prensa. Para unos Alá, para otros Yahvé, Shiva-Shakti, Zeús, Afrodita, Ganesha y todos los dioses que no son Dios… y para muchos Dios, en general. De cualquier manera, no estamos viendo ni a Dios ni a los hijos de Dios, detrás de su nombre.

¿Por qué la nieve nos conecta con algo trascendente?

Y me viene a la memoria una preciosa historia que ilustra todo esto.

Una muy querida amiga, a la que me une un amor incondicional tan perfecto como un copo de nieve, un amor intacto, puro y eterno, me contó esta historia.

Mi amiga es de un humilde pueblo de Badajoz y había venido a Madrid a trabajar. En algún momento fue a Badajoz para ver a su abuelo Félix, con quien siempre ha tenido una conexión muy especial y por eso ha llamado Félix a su primer hijo. Su abuelo estaba muy malito, de cáncer, y en esa ocasión él le dijo a ella, medio delirando o soñando: “Ya volverás cuando haya nieve…” Ella se volvió a Madrid. Y el día que la llamarón para decirle que su abuelito había fallecido ella estaba en Madrid. Cuando iba hacia Badajoz para el entierro comenzó a nevar… y fue la primera vez en su vida que mi amiga veía nevar.

Por alguna razón que desconocemos, el caer de la nieve detiene el tiempo y nos trae al momento presente y al asombro. Quizás en Alaska, Siberia, Escandinavia y Polo Norte les pase exactamente lo mismo con mi palmera. No sé. Pero sé que para muchos, cuando hablamos de nieve nos encontramos en un lugar fuera del tiempo.

Saturno, planeta y además el Dios asociado al tiempo cronológico, pues fue Kronos para los griegos, curiosamente, tiene un polo norte hexagonal, como la nieve.

 

La mejor forma de terminar este post es escuchando música de nieve.

Otra mujer, Kate Bush, maravillosa y veterana música, nos canta 50 palabras para la nieve en su magnífico album “50 Words for Snow” que puedes escuchar completo a continuación.

Y recuerda que pinchando los enlaces en dorado y los vídeos se despliega un universo de preciosas creaciones y conocimiento 🙂

Feliz nieve!