White Friday, Black Sheep

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Fotografía de Jessica Walsh

Ahora es el Momento. Elijo vivir un viernes blanco. Elijo vivir un lienzo en blanco a cada instante en mi mente. Una mente diáfana en la que revolotean las posibilidades como mariposas. Y yo las elijo. Y yo las dibujo. Ahora.

Elijo el blanco como mi Pantone 000C White, blanco puro, para este curso.

Esta es una reflexión contemporánea. No más. Aunque nos invito a que seamos más responsables y más despiertos, no digo que lo que propongo sea lo mejor, ni lo correcto, más bien lo comparto como otra posible elección.  

En medio de las hordas de Black Friday que inundan los dispositivos esta oveja negra sueña con un viernes blanco.

Blanco para mí significa libertad, simplicidad y paz. Dulzura.

Una esencia de espacio y claridad, de cuidado, de silencio sobre el que resalten las palabras expresamente nombradas y dancen las realidades perfectamente delineadas. Y donde se pueda ver la verdad de las cosas.

Para poder disfrutar de lo blanco es necesaria la presencia de lo negro como contraste y referencia.

Blanco y negro se complementan y se sostienen mutuamente. Los entendemos como opuestos y separados, con diferente vibración y comportamiento, aun siendo manifestaciones de lo mismo. El símbolo del Yin y el Yang expresa la danza de todas las cosas en perfecto equilibrio.

Blanco es la presencia de todos los colores. Blanco es el AHORA (White(i)snow). Blanca es la paz en su bandera y su paloma. Blanco es el lienzo del pintor. Blanco es el orden. Blanca es la leche alimento del recién nacido. Blanco es el cabello en el anciano. Blanco es el algodón. Blanca es la tiza. Blanca es la seda. Blanca es la luz radiante de las estrellas. Blanca es también la luz cegadora.

Negro es la ausencia de color. En el negro la visión se le revela al chamán. Negro es el caos. Negro es el espacio que sostiene las estrellas y negro es el agujero en el que la estrella se convierte cuando se apaga. Negra es la tierra reciclada de lo que una vez muerto alimenta la nueva vida. Negra es la tierra de mi Lanzarote amada. Negro es el fuego solidificado de mis deseos insatisfechos que conforman un sólido paisaje.  

 En el espacio del universo coexisten oscuridad y luz, caos y orden.

Mi alma de negra, en cuya memoria se susurran los cantos de esclavitud y los tambores que acompañan la danza de la vida pura, ahora siente que necesita la vibración del color blanco.

¿Será que deseo experimentarme completada? ¿Será que deseo un lienzo en blanco donde pintar mis sueños?

Cuando cierro los ojos y me imagino mi hogar soñado, veo una casa sencilla, sostenible, posible, construida con mis propias manos al menos en parte, afín y una con el entorno, blanca, luminosa, abierta y espaciosa por dentro, pero también acogedora, con madera y materiales orgánicos crudos y refinados, muy pocos y bonitos objetos, vidrios de colores que resalten sobre el blanco y espejos que reflejen arcoíris en las paredes. Custodiada por la vital presencia de árboles autóctonos, aunque me harían muy feliz una palmera, un limonero, una higuera, girasoles y rosas, flores de cactus. Y, por supuesto, un huerto.

Imagino tener sólo lo que se necesita y se usa, y un poco (pero poquito) más, por diversión. Un piano, también por supuesto, un ukelele y una guitarra. Y ver las pocas pertenencias que tengamos a simple vista. Todo a mano. Y compartir la paz y la belleza de este home sweet home. 

Imagino un espacio a través del cual moverme descalza con libertad y calidez en amorosa compañía. 

Un hogar sencillo, natural y bonito.

Y ese sueño de futuro es ahora una realidad en mi imaginación pintada. Y mi ahora es un espléndido amanecer escribiendo un sueño.

Esta idílica ensoñación de mi mirada desobediente se ve de pronto interrumpida por el recuerdo de un reciente paseo por un centro comercial.

Entonces aparece lo negro para que resalte lo blanco.

La semana pasada cedí mi iphone al museo arqueológico, después de que muriera por fin tras una prolongada y deseperante agonía.

Así que tuve que salir corriendo como si no hubiera un mañana (que no lo hay porque “The Moment is Now”) a comprarme el iphone más barato que encontré a módicos plazos (lo reconozco, soyiphonedependiente, es mi única dependencia de la que espero curarme un día con un tratamiento especial de teléfono de dial combinado con terapia termal).

Me fui a la Apple Store (sí, lo reconozco y me confieso, me gusta porque es blanca) en el Centro Comercial de mi zona y me encontré con el enorme despliegue de anuncios del Black Friday por todas partes alrededor. Tuve una profunda revelación al respecto con matices que hoy no podría explicar. Y me vi a mí misma fuera, fuera de este mundo de consumo compulsivo y de sentimiento de carencia. Y deseando estar a cien mil leguas de viaje submarino de cualquier centro comercial, a ser posible. Aunque reconozco que en ocasiones pueda serme cómodo, incluso agradable.

Me zafé del “voy a esperar al Black Friday para comprarme tal cosa”. Personalmente no necesito comprarme tal cosa en el Black Friday ni que me regalen nada ni ahorrarme nada. Ni aplicar a ningún sorteo. Aunque llegue por los pelos a final de mes.

Ya me regalan muchas cosas porque ser profesora de yoga es como ser el médico del pueblo. Me han regalado desde aguacates hasta estatuillas de India, pasando por adornos de todo tipo, vino y bombones. Sólo falta que me traigan una oveja (preferiblemente negra, esta vez, por afinidad electiva).

No comparto este pensamiento colectivo de “a ver si lo consigo más barato para gastar menos y puedo comprar más cosas por el precio de una” o “voy a comprar ahora así ya tengo los reyes solucionados”, o “es que me ahorro un montón”. No voy a juzgarlo. Simplemente no lo incluyo en mi cesta de la compra. Mis reyes prefiero que sean unos pocos, bonitos y sentidos regalos comprados en tiendas pequeñas de comerciantes, autónomos como yo.

Los que se inventaron el Black Friday saben que se consume mucho más y se gasta en cosas que seguramente no se necesitan, que ocupan un montón de espacio y que en poco tiempo inundarán los vertederos de residuos que tardarán cientos de años en degradarse.

Sí es muy contemporáneo, es parte de la vida, es así. Y no voy a estar peleándome con ello. Pero me libera no elegirlo.

Es como una especie de perversión condescendiente de esos que dirigen estas políticas manipuladoras desde su isla y no creen que las personas merezcamos una felicidad desnuda y desprovista.

Como si nos estuvieran haciendo un favor enorme por abaratarnos las cosas un día al año y en los dos meses de rebajas, después de dejarnos fritos con la factura de gas y electricidad todos los meses. “Tomad los desechos que quedan y así nos ayudáis a limpiar nuestros almacenes y a ensuciar vuestros valles para que podáis morir aplastados entre montañas de impresoras hijas de la obsolescencia programada”.

No, gracias.

A esos, los escondidos en la sombra de sus playas privadas, ya les queda poco que hacer, porque esto ya es insostenible y las personas no somos estúpidas. Ya empezamos a darnos cuenta de que es innecesario.

A esos líderes sin empatía y a sus secuaces hombres grises no les deseo ningún mal. Deseo que se dediquen a consumir su piña colada sin decirnos a los demás lo que tenemos que hacer con nuestra vida, cuántas horas tenemos que trabajar, cuántas horas tenemos qué dormir, qué noticias inventadas tenemos que creer, qué tenemos que comer para estar sanos, y que fármacos tenemos que tomar, cuántos kilográmos tenemos que pesar y cuantos centímetros tienen que medir nuestras “cosas”. Deseo también que devuelvan las tierras que han robado a la Tierra y que luego cobran al resto de sus habitantes.

Es cierto que, de alguna forma, todos encontramos algún beneficio en esto. Pero también creo que nos hemos pasado de rosca y que podríamos vivir feliz y cómodamente, todos, con muy poco o casi nada más que el esplendor de la vida misma y esta tierra.

Hace ya tiempo que cuando entro en una farmacia o en la tienda de la gasolinera, me siento abrumada ante tanto horror vacui, tanta oferta, tanta desmesura y tanto plástico.

Y el vacío y el silencio se convierten de pronto en artículos de primera necesidad.  

Respeto por supuesto a todo aquel al que le gusta comprar y tener y coleccionar cosas. Pero que sea libremente. Que no sea porque socialmente le teledirigen de manera tan descarada y enloquecida.

Se me hace raro ver a todos esos seres humanos corriendo y comprando compulsivamente todos juntos en el mismo día. Aunque quizás ellos se lo están pasando genial y se les hace raro ver a una oveja negra y aburrida como yo sin comprar nada. 

Yo añoro la tienda de ultramarinos atendida por el tendero del barrio al que pedirle un litro de leche, una barra de pan y mantequilla.

Llámame radical.

El otro día hablando con un amigo recordé un documental que vi hace meses en mi mes de prueba de Netflix. Me encantó y lo recomiendo. Me dio mucha paz cuando lo vi y pensé: así me gustaría vivir. Se llama “Minimalismo”. Ya el tráiler te dice mucho:

Y llámame también irresistible porque, según este artículo, la oveja negra es, en realidad, la mejor del rebaño:

Las ovejas negras, siempre que no tengan un solo pelo blanco, protegen al rebaño de algunos males, enfermedades o incluso de las tormentas. Así lo aseguran las tradiciones de los pastores del Alto Aragón, en una colección de intuiciones que la veterinaria Lucía López ha recogido para un estudio. Según su trabajo, estos animales tan castigados en el imaginario colectivo han sido, en realidad, sagrados durante siglos.

http://cadenaser.com/programa/2017/04/17/hoy_por_hoy/1492428272_102435.amp.html

Así que hoy me dispongo a vivir un viernes blanco, libre de consumo, con la melena propia de una oveja negra de pura cepa. Y para celebrarlo, un próximo lunes artesano y analógico.

I’m a lonely girl.

De postre, algo que te va a dar varias sonrisas y una gran felicidad, que no será empañada a pesar del correspondiente anuncio de Black Friday.

El sencillo y fascinante videoclip elegido para hoy, “I’m a lonely boy” de The Black Keys. Esas benditas teclas negras que suenan tan maravillosamente disonantes y que siempre te sorprenden.  

Su protagonista, el guarda de seguridad del estudio donde rodaron el vídeo clip para esta canción, que luego decidieron sustituir por este retal de backstage.

Viva lo sencillo.

A vuestra salud y felicidad! Saravá!


Surfer@s de grandes olas

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Surfear grandes olas es un viaje a través de los límites gloriosos de la vida.

Garret McNamara es un surfista profesional de grandes olas, es hawaiano, tiene 51 años y el record mundial por haber surfeado la ola más alta en Nazaré, Portugal, donde reside con su mujer y sus hijos. Sobre él cuento hoy una bonita historia.

Hace justo una semana estaba yo regresando de impartir un retiro en la costa de Portugal, en la que mi hijo de 10 años pudo disfrutar de sus primeras clases de surf mientras yo daba clases de yoga, gracias a esa bendita anestesia que es: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Aunque he de confesar que, antes de verle partir hacia su surf, yo había rezado a todos los dioses de todos los panteones de todas las religiones existentes en esta tierra y en todos los confines del universo. Creo que con esto ya doy por finalizada para siempre mi práctica religiosa.

Una de esas tardes en la playa de surf de Odeceixe un amigo me presta su tabla y me anima a bracear y a ponerme de pie sobre las suaves olitas de la orilla con la marea baja. Braceo escasos segundos antes de casi chocarme con otra tabla. Pero eso siembra la semillita de mis futuras, deseadas y temidas clases de surf en algún otro espacio temporal.

Si has visto alguna vez las olas de Portugal, seguramente habrás percibido en las letras luminosas de su espuma la advertencia: peligro.

Sumergida en el wipeout de la vuelta a todos los coles esta semana, la fascinación que me producen las olas me lleva a surfear minutos robados a las tareas inacabadas de forrar libros y recoger cocina entre la cena y la cama.

Echo de menos tan desesperadamente el mar que una noche me dejo llevar por un misterioso trance hipnótico. Y, como cantaba Joaquín Sabina, me dieron “las diez y las once las doce y la una, y las dos y las tres” pero la luna no me encontró al anochecer junto a nadie más que a mi soledad, y tampoco desnuda sino ojiplática, atemorizada y enamorada mirando vídeos de surf de grandes olas en mi ipad.

Así descubro a Garret McNamara, a su mujer Nicole Macías, la preciosa historia del nacimiento de su hijo y a la brillante fotógrafa Emily Robinson (pincha en sus nombres para conocer su trabajo).

Y todo porque una olita de whatsapp de un grupo me había traído un vídeo de Nazaré.

El cañón de Nazaré es el mayor desfiladero submarino de Europa, situado junto a la Villa de Nazaré, en Portugal, aquí al ladito, en nuestra amada península. Con una extensión de 230 km, su profundidad de 5.000 metros y su cercanía a la costa provocan olas gigantes.

 

 

Sin haberlo experimentado nunca, porque hasta donde yo recuerdo no me ha sido posible surfear en anteriores encarnaciones, sé lo que se siente. Sé que es así porque estamos todos conectados con la vida en todos sus puntos y con todos sus instantes pasados, presentes y futuros en nosotros y en todos los seres. Sólo hace falta cerrar los ojos y sentir.

El surf me atrae poderosamente y al mismo tiempo me aterroriza. En una de mis pesadillas recurrentes un tsunami se abalanza sobre mí, por suerte siempre me despierto a tiempo.

Y es que el planeta Neptuno estaba ascendiendo por el horizonte en el instante de mi nacimiento. Sus ondas inundan mi vida de profundidad y magia. Es una lástima que la mayoría de las personas no conozcan lo que es la astrología de verdad: una bella y asombrosa revelación del cielo sobre la tierra.

Neptuno me susurra al oído que el surfista vive con plena conciencia de la muerte y de la gloria. Y que llega a ese estado de gracia al deslizarse por la ola y recorrerla en el límite de la vida, ese estado trascendente en el que no le importa morir porque ha conocido lo Supremo. Aunque cada vehículo y cada viaje sean distintos, alcanza el mismo “lugar” al que se llega también a través de la heroína, la música y la mística.

Puedo escuchar el sonido y el rugido del mar, del viento y de mis movimientos en ese instante. También el silencio. Puedo sentir en mi piel como la tabla se desliza por la ola. Puedo sentir como me ilumino. Y también como me muero. Lo percibo todo simultáneamente cuando veo a Garret surfear. Es un mago. Es un dios.

En las olas recorridas con mi ipad me encuentro con su mujer, Nicole, profesora de educación medioambiental. En mi imaginación me pregunto cómo puede ella sostener que su hombre se marche una y otra vez para entregarse a la fuerza arrolladora e imprevisible de ese mar, una arriesgada entrega que es toda su vida, irremediablemente.

¿Quizás esta mujer no tiene miedo? ¿O será que más grande que el miedo es el amor, la admiración y la comprensión profunda de lo que Es?

Mi pequeño surf me lleva también a un instante de gloria y la grandeza de la pareja se me revela cuando me encuentro el reportaje fotográfico del nacimiento de su bebé en su casa. Y surfeo con ellos a través del parto.

En las paredes de su cuarto un cartel dice: “Si una mujer no parece una diosa cuando está dando a luz, es que alguien no la está tratando bien”.

Entonces Garret se convierte en el hombre que ama a la mujer que surfea el máximo dolor y la máxima transcendencia de dar a luz a su bebé en su casa como una maga, una diosa.

Verles a los dos es ver el esplendor de lo humano y de lo divino, una vez más. Y toda una suerte que esté recogido bajo la mirada luminosa de la fotógrafa Emily Robinson.

Quizás no puedes hacer surf en el mar pero puedes escuchar la sinfonía de mirlos al amanecer o saborear un delicioso té mientras sientes los rayos del sol iluminando tu rostro. O mirar a través de los ojos de tu hijo cuando te cuenta un nuevo descubrimiento.

Quizás ahora te des cuenta de que vives surfeando en la locura.

Como el papá que está comprando un panel de recompensas en el Lidl en medio del griterío de sus hijos que se pelean mientras intenta hablar con su hermana por teléfono contándole que tuvo que poner su iphone en no molestar para poder desaparecer completamente porque en el trabajo no le dejan en paz y que al volver a la oficina después de las vacaciones tenía unos 4.000 emails por leer y responder.

Como la mamá que tiene que llevar a sus diferentes hijos a las diferentes extraescolares a la misma hora y hacer la compra en los 5 minutos que le quedan libres de trayectos delirantes.

Como todas esas personas anónimas que llegamos a final de mes salvándonos de un wipeout justo antes de que la espuma del tsunami nos fuera a tumbar. Y regresamos renacidos a la orilla con un “uf” cada vez.

Como todas esas personas en el mundo que viven salvándose de la muerte a cada instante antes de morir o antes de seguir viviendo.

Un sólo brillito de conciencia en nuestra cotidianidad detiene el tiempo en la cresta de la ola.

En ese brillito está la grieta por donde se puede escapar del sufrimiento y entrar en la dicha. En esa grieta está la fuerza para tener paz en la tierra.

Llevamos mucho tiempo entrenando. Es hora de ponernos de pie. Ahora lo supremo está al alcance de nuestra mano en cada instante.

¿Y si nos decidimos a renacer en nuestra casa, la tierra?

BebeSurfTabla

Mira este vídeo, es realmente emocionante.

 

Y la sesión de fotos:

Reportaje fotográfico: El hijo de una leyenda del surf: baby Barrel nacido en casa.

 

 

 

En la Tierra Alrededor del Sol En el Cielo

En la Tierra Alrededor del Sol En el Cielo

solar-system-NASA

 

“Bienvenida. Y Felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees.

En primer lugar, para que estés ahora aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, billones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos muchos años -tenemos esa esperanza-, estas pequeñas partículas participarán sin queja en todos los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacta y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.”

(“Una breve historia de casi todo”, Bill Bryson, 2003)

Sí, yo celebro mi existencia. Ahora. Hasta hace poco la celebraba ritualmente sólo por mi cumpleaños, un misterioso designio me ha llevado cada año a celebrar mi nacimiento, pero el resto de los días pasaban medio ciegos medio asombrados. Quizás más ciegos que asombrados. El asombro eran vislumbres. Un vivir a medias, dando todo lo que podía pero sin terminar de ver.

Afortunadamente esos vislumbres fueron creciendo, fueron haciédose más frecuentes y luminosos, llevándome de la mano como los niños cuando juegan a la Gallinita Ciega.

Ahora mientras escribo esto entran los rayos de sol por el ventanal e iluminan mi pequeño escritorio, el teclado y el árbol de Navidad. El sol acaba de elevarse por el horizonte sobre los tejados.

Me asombra que todos los que estamos en condiciones de celebrar nuestra existencia ni siquiera consideremos la posibilidad, que no abramos los ojos a lo que somos. Y que todavía se nos vaya la vida en pequeñeces que no son nada al lado de un simple latido del corazón.

 

Cada vez que contemplo el sol salir, cada mañana, me siento sostenida por un orden y una certidumbre que olvido tan a menudo como tan a menudo me aterra la magnificencia de la vida. Cada cumpleaños, me siento arropada y feliz de estar, como decía mi querido padre, dando otra vuelta alrededor del sol. Mi madre, por otra parte, tenía una cualidad solar, iluminaba todo con una fuerza y calidez increíble. Así he sentido al sol muy cerca desde que nací, a las 5.50 de una mañana de invierno en la tierra caliente de Córdoba.

Además, desde pequeña, me fascinaron los astros, las órbitas, los colores y tamaños de las increíbles esferas de nuestro sistema solar. Siempre tuve la costumbre de mirar arriba, de mirar más allá, cuando la oscuridad acechaba. Todavía me asombra descubrir la luna llena, menguante, creciente y buscarla cuando está nueva.

Hoy me he levantado a las 5.50 y, como es mi cumpleaños, he encendido una vela a la vida, a mí, a mis padres, a mi hijo, a mi familia, a mis amigos, al mundo… en gratitud. Y he abierto el regalo de cumpleaños que me había preparado para mí misma:

felices

 

He comenzado el día practicando mi yoga para hoy: 4 saludos a la luna, 12 saludos al sol y

R E S P I R A R ….

 

Abrazar a mi hijo, desayunar rico, tocar el piano, escribir… y celebrar….

No hace falta ser rico económicamente, no hace falta que no te falten cosas, no hace falta que todo cuadre, no hace falta que todo salga bien, no hace falta ser delgada, ni joven, ni guapa eternamente….

Basta con dejarse iluminar la mente el cuerpo y el alma por esos pequeños y, como diría Bill Bryson, tan agradables pero tan a menudo infravalorados rayitos de sol: es la medicina que recomiendo, la ducha tan necesaria como placentera. Y no estoy hablando de tumbarse a tomar el sol, aunque también 😉

Estoy hablando de ver la vida, estoy hablando de sentir, de sentir los propios pasos caminar, de mirarse al espejo, de verse, de mirar al otro, de ver al otro, de escuchar, de tocar, de saborear, de oler la vida. Estoy hablando de esforzarnos en perseguir nuestra dicha inherente, en agarrarnos a nuestro sol interior, a la fuerza de nuestro espíritu, a dejarnos guíar por ella en medio de cualquier tempestad, sea grande o pequeña. Y a perseverar en ello cada segundo de nuestra existencia.

Esto exige voluntad y entrenamiento, es hacer músculo. Es como ir al gimnasio, salir a correr o a nadar o escalar o hacer la compra o las tareas domésticas o ponerte a hacer todo eso que detestas pero que es absolutamente necesario. Y si puedes darle alegría al camino, mejor que mejor.

Podemos pasarnos la vida rechazando y apreciando alternativamente, identificándonos con países y partidos políticos y razas y familias e ideologías y odiando todo lo que es “otro”. Podemos pasarnos las vida intentando que no nos roben, quejándonos de todo lo que no nos gusta, de todo lo que nos hacen los demás, de todo lo que padecemos;  podemos intentar decorar nuestra vida sólo con lo que nos gusta. Podemos hacer un cercado sólo con las emociones positivas y las cosas bonitas gastando toda nuestra energía en crear un parapeto para que “nada más” ni “nadie más” entre en nuestra milimétricamente diseñada burbuja.

También podemos elegir, a veces.

Podemos elegir inhalar la vida, exhalar la vida, dejarnos atravesar por la pena más profunda, canalizar la ira y en algún momento, sin previo aviso, sin nada que lo haya provocado,  que nos pille por sorpresa el estado de gracia y la dicha más deliciosa. Es algo parecido a comer bombones debajo de la ducha caliente a solas. ¿Lo habéis probado?  Yo sí. ¡Probadlo!!!

A veces pienso que en mi cuento, al nacer, me bendijeron con un hechizo, el de ver oscuro hasta pasados los 40 y y y….. Y a los 40 y y y un buen médico me dijo algo que se resume en esto: “Tienes una depresión endógena por falta de serotonina, se considera una enfermedad (siempre fue así y posiblemente siempre será así)” Y yo pensé: “Sí, siempre fue así y también hubo muchos destellos. Y eso de siempre lo será, ya lo veremos, que soy bruja y también puedo neutralizar hechizos”.

Así que empecé a soplar, empecé a soplar, despacito, sobre el bebé que fui, sobre la niña que fui, sobre la adolescente que fui, sobre la joven que fui, sobre la mujer que soy. Despacito como quitando el polvo de hechizo oscuro. Y esa brisa de mi propio aliento fue convirtiéndose en polvo de estrellas y fino polvo de oro del sol.

En medio de la experiencia poética de existir y escribir, me doy cuenta de que es tarde y  que tengo que salir al Punto Limpio a tirar un montón de trastos rotos para liberar espacio en casa y tengo que hacer la compra en Mercadona, pues esta tarde vienen amigos queridos a celebrar nuestra existencia juntos:

“Saravá!”

(escucho la voz de Vinicious de Moraes bendiciendo en su canto)

Saravá es una palabra de origen africano empleada en Brasil como una bendición, un “salve”, un mantra, un sonido místico o sagrado que sirve para elevar el espíritu.

Una posible interpretación que encontré en la wikipedia:

SA— (Fuerza, Señor) —RA— (Reinar, Movimiento) —VÁ (Naturaleza, Energia).

Es decir, una versión africana de:

“Que la Fuerza te acompañe”

Que la fuerza te acompañe, amig@, que la fuerza me acompañe, que la fuerza nos acompañe a tod@s…

… y que celebremos ese estado tan prodigioso, pero tan a menudo infravalorado, que se llama EXISTENCIA.

 

 

 

 

 

La armonía de las esferas

La armonía de las esferas

Frazey Ford

 

“La armonía de las esferas es una antigua teoría de origen pitagórico, basada en la idea de que el universo está gobernado según proporciones numéricas armoniosas y que el movimiento de los cuerpos celestes se rige según proporciones musicales; las distancias entre planetas corresponderían, según esta teoría, a los intervalos musicales.”

Grande Pitágoras que estás en los Cielos, grande Wikipedia que estás en la Tierra.

Proporciones numéricas armoniosas y movimiento de cuerpos celestes es esta mujer en su Mismidad. Sí, la mujer de la foto, esta belleza que parece salida de un cuadro de Vermeer, la que busca una música contenida en las esferas de vinilo.

Ella es música, es esfera, es proporción, es armonía, como bien podrá comprobarse al final de este post, que está escrito con el propósito de mostrar un precioso vídeoclip de ella para nuestro puro deleite, y aprovechar la ocasión para escribir sobre otros asuntos que puedan venir al caso y sean útiles a la humanidad.

Ella se llama Frazey Ford, y es una cantante compositora canadiense que descubrí este pasado domingo gracias al Divino Algoritmo de Spotify, que también estás en los cielos.

De todos los post que tengo en la estantería de vinilos de mi mente peleándose para sonar en el tocadiscos de este blog en algún momento, si Pitágoras quiere, o Pitágoras mediante, o si Pitágoras tiene a bien ocuparse de las tareas domésticas para que yo pueda disponer de un tiempo para sentarme a escribir este querido blog tan prolífico… esta bola salió ganadora entre todas las demás.

En realidad, el post de hoy iba a ser sobre otra Artista, española y catalana, redonda en su perfección y pura armonía, y proporción en su belleza exacta.

Ambas son divinas, ambas son humanas, ambas son madres, ambas están vivas, ambas son contemporáneas, ambas son cantantes compositoras. La otra (la que hoy no es protagonista) es una cantante suprema, descomunal, auténtica maga, asombrosa, de incuestionable y unánime belleza. Y aunque llevo una semana fascinada después de haberla visto en directo, escuchándola, cantándola, rememorándola y adorándola, Frazey se ha cruzado en mi camino y me ha enloquecido. ¿Por qué? Por una razón tan banal como biológica:  me ha flechado, me ha disparado, me ha conectado con algo  profundo, ancestral,  podríamos decir… freudiano. Disculpen ustedes mi infidelidad.

No sé si a ustedes vosotros os pasará lo mismo que a mí cuando veais el vídeoclip al que, dicho sea de paso, yo le daría un Oscar al Diseño de Vestuario, entre otras cosas.

El caso es que miro a esta mujer y me pasa algo que me ha pasado con muy pocas mujeres: me dan ganas de tenerla como novia!

Y no sólo ganas, sino muchas muchas ganas!

Que conste que esto no desmerece ni eclipsa para mí su talento como artista. De hecho, la escuché antes de verla, su voz, la armonía y las letras de sus canciones me llegaron dulcemente al corazón, la elegí entre otras, la busqué antes de verla, y cuando la vi fue un gozoso descubrimiento. Su energía, su cuerpo, su movimiento son también su música. La música no está separada del cuerpo a través del cual suena. Se hacen juntos. Igual que los cuerpos celestes no están separados de su sonido.

Bueno, el caso es que ocasionalmente he coqueteado con la posibilidad de echarme una novia, o una amante. Es algo que pienso a veces, como creo que debemos pensar muchos, o casi todos, en algunos momentos de nuestras vidas.

Debido a mi, podríamos llamar, incapacidad relativa o imposibilidad permanente de mantener una pareja masculina, a veces he pensado que quizás con una mujer se me daría mejor. Después del pensamiento, le preguntaba a mi cuerpo, y mi cuerpo a veces me decía: guay! Y otras veces: mmmm, no sé….

Porque lo cierto es que los hombres me gustan mucho y me enloquecen los hombres barbudos en general y los barbudos tatuados en particular, como bien se detalla en el post “Los hombres no lloran, riegan su barba”.

También es verdad que la creencia de “pareja” o “matrimonio”, como algo que “debe ser”, como institución, como corporación, como única salvación, se ha caído frente a mí como las balas que Neo para en el aire con la fuerza de su mente de Elegido y van cayendo una por una al suelo, inofensivas para siempre. Es decir, por fin es inofensivo para mí el hecho de no tener pareja. Good news!

 

 

Y quien dice creencias sobre la pareja, dice creencias sobre el resto de las cosas. Se empiezan a caer como balas.

En este escenario, la vida se despliega como un oceáno infinito de maravillosas posibilidades.

Parece que todo pinta bien hasta que nos encontramos con que “promiscua” no es la palabra que me define. El guionista de mi vida se equivoco y escribió: “promística”. Lamentable hecho.

Así que aquí estoy, recluida en mi templo, venga a tirar mis trenzas por la terraza, pero por ellas sólo trepan gatos, mirlos y gorriones.

Hasta que a Pitágoras le de el punto y decida intervenir en las proporciones numéricas preestablecidas, para que “promística” cambie sus letras a “promíscua” o a “princesa prometida”, o a comer “perdices” como símbolo de felicidad y fidelidad, me divierte imaginar la posibilidad de tener una novia oronda, sexy y acogedora como Frazey y un novio barbudo con el que jubilarme junto al mar, y eventualmente un barbudo tatuado de revista, con los que disfrutar del tiempo del que no dispongo. Porque… ¿en que franja de mi calendario incluyo a un novio o a una novia?

Y es que una parte importante de mí se siente despeinada como un personaje de Ken Loach o como Carmen Maura en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? pagando facturas y haciendo la colada sin fin: el Sísifo de las mujeres trabajadoras es la puta colada.

Sísifo, el eterno retorno, la reencarnación… Para mí el verdadero yoga no sería salir de la rueda de reencarnaciones, sino dejar de hacer la colada y de recoger la cocina una y otra maldita vez.

Sin embargo, porque hay que ser positivos y pensar que todo sirve, cierto es que las tareas domésticas son el tiempo en el que me dedico a la música, a aprenderme canciones, a cantarlas, a escuchar podcast de Radio 3 y Descubrimientos Semanales de Spotify.

Así que al final la harmonia tou kosmou, la «armonía del cosmos» o «música universal», hace que el eterno retorno de estropajos y escobas se conviertan en esferas celestiales y preciosas redondeces.

Desde los 11 años estudio el movimiento de los cuerpos celestes y sus intervalos musicales. Nunca he entendido que vivamos entre aristas, picos de mesas y formas cuadradas.  Siempre he amado las formas redondas y me encantan las casas de los hobbits.

¿Será quizás por eso que cuando veo a una mujer gorda y preciosa como Frazey Ford siento un inmenso bienestar? Porque estoy profundamente aburrida de las modelos de lencería de las marquesinas y el actual Canon de “Belleza” empieza a parecerme cansino, insustancial, y lo que es peor, una dañina mentira que todos nos hemos creído y grabado a fuego en nuestra mente.

Quizás esto sea porque ya me he hartao, o me he iluminao, o porque he madurao o porque he engordao. Lo importante es que me siento Libre.

Muchas veces en el pasado he dicho que si fuera hombre estaría con mujeres gorditas. Ahora sonrío al descubrir que ya no me haría falta ser hombre, si algún día se me cruzara una gordi guapa en mi camino para hacer la colada juntas.

Gordis, barbudos, bienvenid@s a mi universo paralelo de promiscuidad pitagórica.

Pasen, vean, disfruten y enamórense del poderío femenino en su libertad!!!

 

I fought for my own victories and for the beauty in my life
My joy, my joy, my joy…….

Cenizas…nenúfares…tizas

Cenizas…nenúfares…tizas

Nenufarestiza

 

En las fisuras de la apariencia, de lo esperado, de lo creído, de lo pensado, de lo decidido, de lo imaginado, de lo dolido, de lo manipulado, de lo arrepentido; a través de las fisuras en la pátina de la culpa, del miedo, de la vergüenza y de la pena, brilla lo real, tan majestuoso como desapercibido.

Un verano dulce, con la dulzura propia de ese verano que la piel anhela desde lo más profundo del alma. Esa nostalgia que ya no es nostalgia porque es promesa cumplida. Y aunque lo cotidiano y lo banal empañen la visión clara, entre las grietas del espejo se vislumbran los destellos de esa cosa llamada felicidad, que pasa a ser algo pequeño, delicado, sutil y tan simple como el ahora, tal cual Es, poblado, según nuestro juicio, de imperfecciones y desaciertos.

Cuando emerges de las profundidades de lo oscuro, porque has viajado en la oscuridad, con la fuerza que te da tu propio espíritu que en la luz mora, el sonido pequeñito que producen las ranas saltando de sus nenúfares al agua en un estanque, la magnificencia diminuta en el sonido de la vocecita de tu hijo, el esplendor de la ilusión en su mirada inocente entre las olas,  el crujir de sus pasitos al acecho de gatos y ranas y estrellas fugaces, todas esas pequeñas cosas, son mi renacer a la Vida.

Y mientras unos renacen, aunque no sabemos por cuanto tiempo, otros van muriendo, de formas esperadas o anunciadas, o imprevisibles, en una asombrosa cadena, como si uno tras otro fueran subiendo a un tren. Y con sus cenizas, el polvo en el que se transforma lo que hasta hace poco fueron, nuevos niños pintarán sus aprendizajes en la pizarra de la existencia.

Porque en este breve, luminoso y dulce verano vivido, mientras las voces de los niños y sus juegos puebla el detenerse del tiempo, la noticia de la muerte del padre de mi más querido amigo suena entre nenúfares, la noticia de la muerte de la madre de mi amiga  íntima acompaña el olor de la higuera, el recuerdo de la reciente muerte de dos queridas alumnas se funde con la brisa entre las hojas de los sauces; la voz llorosa de otra amiga días antes de la muerte de su padre por estar trabajando y no poder estar junto a él me llevan a recordar los últimos meses de la vida de mi madre mientras me ducho con mi hijo bajo una cascada entre rocas y musgo; las inesperadas palabras “se nos fue en paz” en un mensaje de whatsapp de otra amiga cuando un mes antes ni siquiera se sabía que su hermano tenía cáncer se imprimen como limón en papel al guardar la ropa en la maleta.

Y la memoria de mi madre, y la memoria de mi padre, y la memoria de mis muertos, tan cercana como lejana, con esa extrañeza y perplejidad que te deja la muerte a pesar de los años, discurren hiladas por la danza de las libélulas.

Y el tren se aleja. Y se los lleva, dejándonos la huella de los sonidos pasados temblando en medio del silencio del aula vacía y una pizarra a medio borrar.

Tiza, de la lengua azteca náhuatl tizatl: “yeso”, “arcilla blanca”.

Y a modo de ritual con ese polvo blanco pinto las estanterías de mi casa de la negrura de una pena, de varias penas, y con las cenizas de mis duelos pinto los armarios, y pinto los cajones, y los barnizo con un brillo satinado y vacío mi cocina de sartenes inservibles y trastos pesados y quemo los papeles viejos del salón, y saco todo aquello que convierte mi hogar en un desvan de muertos queridos y la dejo como la estación de la que partió ese último tren de los que se han ido. Y por la estación camino hasta alejarme al lugar donde los niños se tumban sobre los raíles para predecir la llegada del próximo tren. Y yo también me tumbo y simultáneamente escucho el pasado reciente en la vibración del hierro, y el silencio del ahora y las cigarras y el latido de mi propio corazón por la emoción ante lo que está por venir.

De pronto, sin previo aviso, se escucha algarabía, sonidos de sillas arrastrandose en el suelo, ecos de voces y gritos de niños subiendo y bajando escaleras, el olor de los pupitres y de los libros nuevos que todavía perdura en mi cerebro límbico se junta con el olor que sucede en el presente, en el colegio de mi hijo, en el colegio de nuestros hijos, hoy.

Y despierto, otra vez. Y renazco.

Y el recuerdo de un poema de E.E. Cummings que me acompaña cada día, ilustra mi renacimiento.

 

I, who have died, am alive again today

and this is the sun’s birthday

this is the birthday of life and love and wings

and of the gay great happening illimitably earth

now the ears of my ears awake and now the eyes of my eyes are opened

 

Yo, que he muerto, estoy vivo de nuevo

y este es el cumpleaños del sol

y es el cumpleaños de la vida y del amor y de las alas

y del alegre y gran acontecimiento que es la tierra, ilimitada

ahora los oídos de mis oídos despiertan y ahora los ojos de mis ojos están abiertos

 

Canción de hoy: “En mi isla” de Henri Salvador

 

 

 

 

 

Perfecta y aun así no te das cuenta

Perfecta y aun así no te das cuenta

Bujanghasana

Canción: “Perfecta”, letra y música de Luis Ramiro

Vídeo: Mila Zahori

Dedicado a las mujeres, para recordarles que se amen a sí mismas

Dedicado a la perfección inherente y real de lo que somos

Dedicado a los hombres que reconocen a las mujeres

Desde la dicha de ser una misma

Ver vídeo:

 

 

Esas marquitas que hay en tus piernas,
Que te acomplejan si vas sin medias,
Son las estrellas de mi universo,
Las que me guían cuando me pierdo,
Las que me alumbran cuando navego.

Que gracias me haces cuando me cuentas,
“Amor, mis tetas son tan pequeñas”,
y yo pregunto si es grande el viento,
y qué tamaño tiene el invierno,
qué coño importa si son perfectos…

Como la vida si voy contigo,
Como la muerte si es a tu lado,
Como tu boca tapando el frío,
Perfecta como una madre besando a un hijo.

Eres perfecta y aún así no te das cuenta,
Perfecta, perfecta, perfecta.
Eres perfecta como el sol, como la tierra
Perfecta, perfecta, perfecta.

Esos dos brazos no te los tapes,
No seas tan tonta si tú ya sabes
Que son las alas de mi esperanza,
Mis dos caminos para ir a casa,
El contrapeso de mi balanza.

Con tu sonrisa yo enciendo el mundo,
miro tu culo y veo el futuro,
En esos ojos yo me hago el muerto,
En esos labios subo hasta el cielo,
Tengo muy claro que son perfectos…

Como la vida si voy contigo,
Como la muerte si es a tu lado,
Como tu boca tapando el frío,
Perfecta, como una madre besando a un hijo.

(Luis Ramiro, poeta y cantautor)

Los hombres no lloran, riegan su barba (Parte 1)

Los hombres no lloran, riegan su barba (Parte 1)

Mendontcry

 

Yo me confieso. Aquí, públicamente, por primera vez: sí, me gustan los hombres barbudos y tatuados. Eso no significa que no me gusten los hombres afeitados y sin tatuar, Dios me libre! Pero si me cruzo con un barbudo tatuado me doy la vuelta sin decoro.

Prueba de esto es el tablero de Pinterest que creé hace un par de años llamado “Serás un hombre” y que recupero para tan esperada ocasión. Lamentablemente no he podido seguir regando sus barbas por falta de tiempo, pero se ve que, al igual que mis plantas, sobreviven sólo gracias al amor que a distancia les profeso:

https://es.pinterest.com/milazahori/serás-un-hombre-youll-be-a-man/

Mi preferencia por los barbudos es infinitamente anterior a la moda. De hecho, no soy mujer de modas ni de peluquerías. No compro el Harpers Bazaar, ni sigo a blogueras de moda, sólo voy a la peluquería una o dos veces al año; he sido agraciada con una melena rizada que a la mínima se hace rastas ella sola y no hay quien la peine: basta una noche durmiendo (no hablemos de un revolcón, de esos que rara vez suceden en mi monástica vida de sacerdotisa ilegal) para que haya que considerar seriamente ir a cortar los nudos.

Tampoco tengo presupuesto para ropa de marca, que ni necesito. Tengo poco ocio, trabajo descalza y con mallas así que sólo puedo ponerme tacones para andar por casa (sobre este tema tengo una historia fascinante que espero que Cronos algún día me permita escribir).

Me atrevería a decir que mi elegancia natural no precisa de modas, pero a veces quizás peco un poco de vivir de estas rentas aunque todavía nunca he llegado al cole de mi hijo con el pijama debajo del abrigo, y eso que en alguna contrarreloj he coqueteado peligrosamente con la posibilidad (dicen las malas lenguas que las autónomas corremos el grave peligro de abusar del pijama para todo…. que no del camisón …).

Ahora que reviso lo escrito puede que la descripción de mí misma induzca a pensar que soy una perroflauta (con toda mi admiración por esta genuina tribu urbana), pero no: ni tengo perro, ni toco la flauta.

Venía diciendo (la melena ensortijada de mi mente tiende a los excursos y mi ego aprovecha la mínima oportunidad para hablar de su libro) que mi preferencia por los tatuajes es anterior a la moda. De hecho, ahora me causa una cierta incomodidad ver hordas de tatuados porque sí, porque está de moda, y sobre todo el uso banal del tatuaje. “Ah, está de moda tatuarse, pues me pongo un tribal!”, muchas veces sin una mínima investigación sobre los maoríes y una mínima mística.

Para mí el tatuaje siempre fue algo especial. A veces tengo la fantasía de tatuarme los dos brazos y la espalda entera, pero intuyo que en algún momento del avance temporal en mi cuerpo, podría ser que llegara a ocurrir, sí…. que no quedara bonito. Así que, por si las moscas, si mi tattoo life evoluciona, elegiré palabras y símbolos sagrados en lugares escondidos de mi anatomía.

El caso…. siempre siempre me atrajeron poderosa y secretamente las barbas. Pienso que esto puede deberse a tres razones principales:

  1. Mi inclinación teológica.
  2. Mi linaje de izquierdas.
  3. Mis antepasados árabes y judíos.

Delicioso smoothie, esa mezcla de árabes-judíos-rojos-sacerdotes….

Creo que no hay nada que aclarar o escribir al respecto, pero por si alguien tuviera duda, crecí creyendo que Dios era un hombre con barba blanca que vivía sentado en una nube. Y siempre me sentí muy atraída hacia “Él”. En ese tiempo ni se consideraba que Dios pudiera tener tatuajes.

Con respecto a las izquierdas, en mi linaje materno cordobés, mi abuelo y mi tía (mi madrina) eran militantes del Partido Comunista de España y de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), y por aquel entonces las barbas eran de rojos o de jesuitas.

Por otra parte, es bien conocido el gusto por la barba tanto de los hombres judíos ortodoxos como de los árabes fundamentalistas. Su pelo ocupa un lugar protagonista mientras de sus mujeres deben ocultarlo bajo velos o pelucas después de haberse rapado la cabeza tras casarse. Algún día, cuando me sienta con fuerzas, escribiré sobre esto.

Volviendo a la moda, gracias a Dios, sí a ese, al de la barba, alguna persona (mujer u hombre) con influencia tuvo una revelación y la gente la siguió y las barbas empezaron a brotar por todo el planeta como una maravillosa y refinada tendencia que muchas de nosotras esperábamos con secreta ansiedad.

Véase como ejemplo de esto la empresa de la que procede el estupendo cartel de este post, puritito arte (si no te has parado a ver mi tablero de Pinterest, ahora tienes una segunda oportunidad de adentrarte en una selva barbuda):

https://www.instagram.com/skullbeardmode/

Y… ¿cómo encontré esto?

Gracias, además de a Dios, a la crisis económica de los últimos años, y gracias, también, a que soy madre separada con custodia compartida, me he visto obligada a alquilar una habitación en el piso en el que vivo asimismo de alquiler, para poder llegar a fin de mes, que se dice. Llegar a fin de mes…. mmm… que expresión tan loca.

Otro día escribiré sobre mi fascinante casa de huéspedes, lo importante ahora es que mi compañera de piso actual es una linda bióloga feminista de 29 años, de una inteligencia prodigiosa y fotógrafa de mis fotos, que se dedica a la investigación de la Leishmaniasis, buscando becas por todo el mundo. Y en una de estas, llegó a mi humilde hogar para preparar su doctorado.

Un día descubrí en su Instagram o en su perfil de whatsapp la foto que he elegido para este post, porque a ella también le gustan los barbudos tatuados. Eso es bueno, porque compartir el feminismo y el gusto por los barbudos tatuados nos lleva ocasionalmente a charlas nocturnas divertidísimas (cuando mi hijo está con su padre).

Y la foto me dio el título de este post, que creo que tendrá varias partes, y ésta será sólo una intro, porque semejante tema da para tanto…

Y si no, mira esta foto titulada 12 razones para salir con un tío con barba; esta es la primera y la mejor que he encontrado entre las numerosas entradas en google con el mismo título (hay que saber inglés, porque no me da tiempo a traducirla):

12reasonstodateabeardedman

 

En realidad, este post no iba de esto. Me temo que tendré que dejar el tema principal para una segunda parte…

….porque no puedo evitar contaros algo que sucedió recientemente.

Tengo un amigo que tiene dos trabajos: el guay y el que está deseando dejar. En el que está deseando dejar comparte “oficina” con otros hombres, porque hay varios turnos. El otro día me enseñó una foto de la “oficina” (esto es real):

 

calendarioschicas

Me quedé tan perpleja ante semejante reliquia que mi comentario fue: “Ah, qué acogedora, tiene luz natural”

Y lo cierto es que me pareció muy bonita, muy vintage, y muy Kaurismäki.

En mi siguiente comentario ya no pude disimular todo lo que acontecía dentro de mí y le pregunté: “¿PERO ESTO TODAVÍA EXISTEEEE????”

Y él con su elegancia natural me respondió riendo…. sí, cosas que tienen mis otros compañeros…

Aunque sé que no le disgustará pasar sus horas con tan agradable compañía, doy fe de que mi amigo, feliz e ilegalmente casado desde hace muchos años y padre de dos maravillosas adolescentes, si él pudiera elegir, tendría otro tipo de posters muy diferentes.

Esto me dio la idea de hacer mi propio calendario, al estilo de los anteriores. Y he pensado en la siguiente foto ya para el mes de mayo, porque la impaciencia me puede:

 

beardtattodaddy

 

Entonces los hombres no lloran…?

Fin de la primera parte.

Y el vídeo de hoy, que es retro:

Roy no fue barbudo, ni tatuado, fue un grandísimo artista, lloró grandes penas y nos dejó esta sobrecogedora canción, “Crying”:

https://www.youtube.com/watch?v=eO8R1w8qrgo