Surfer@s de grandes olas

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Surfear grandes olas es un viaje a través de los límites gloriosos de la vida.

Garret McNamara es un surfista profesional de grandes olas, es hawaiano, tiene 51 años y el record mundial por haber surfeado la ola más alta en Nazaré, Portugal, donde reside con su mujer y sus hijos. Sobre él cuento hoy una bonita historia.

Hace justo una semana estaba yo regresando de impartir un retiro en la costa de Portugal, en la que mi hijo de 10 años pudo disfrutar de sus primeras clases de surf mientras yo daba clases de yoga, gracias a esa bendita anestesia que es: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Aunque he de confesar que, antes de verle partir hacia su surf, yo había rezado a todos los dioses de todos los panteones de todas las religiones existentes en esta tierra y en todos los confines del universo. Creo que con esto ya doy por finalizada para siempre mi práctica religiosa.

Una de esas tardes en la playa de surf de Odeceixe un amigo me presta su tabla y me anima a bracear y a ponerme de pie sobre las suaves olitas de la orilla con la marea baja. Braceo escasos segundos antes de casi chocarme con otra tabla. Pero eso siembra la semillita de mis futuras, deseadas y temidas clases de surf en algún otro espacio temporal.

Si has visto alguna vez las olas de Portugal, seguramente habrás percibido en las letras luminosas de su espuma la advertencia: peligro.

Sumergida en el wipeout de la vuelta a todos los coles esta semana, la fascinación que me producen las olas me lleva a surfear minutos robados a las tareas inacabadas de forrar libros y recoger cocina entre la cena y la cama.

Echo de menos tan desesperadamente el mar que una noche me dejo llevar por un misterioso trance hipnótico. Y, como cantaba Joaquín Sabina, me dieron “las diez y las once las doce y la una, y las dos y las tres” pero la luna no me encontró al anochecer junto a nadie más que a mi soledad, y tampoco desnuda sino ojiplática, atemorizada y enamorada mirando vídeos de surf de grandes olas en mi ipad.

Así descubro a Garret McNamara, a su mujer Nicole Macías, la preciosa historia del nacimiento de su hijo y a la brillante fotógrafa Emily Robinson (pincha en sus nombres para conocer su trabajo).

Y todo porque una olita de whatsapp de un grupo me había traído un vídeo de Nazaré.

El cañón de Nazaré es el mayor desfiladero submarino de Europa, situado junto a la Villa de Nazaré, en Portugal, aquí al ladito, en nuestra amada península. Con una extensión de 230 km, su profundidad de 5.000 metros y su cercanía a la costa provocan olas gigantes.

 

 

Sin haberlo experimentado nunca, porque hasta donde yo recuerdo no me ha sido posible surfear en anteriores encarnaciones, sé lo que se siente. Sé que es así porque estamos todos conectados con la vida en todos sus puntos y con todos sus instantes pasados, presentes y futuros en nosotros y en todos los seres. Sólo hace falta cerrar los ojos y sentir.

El surf me atrae poderosamente y al mismo tiempo me aterroriza. En una de mis pesadillas recurrentes un tsunami se abalanza sobre mí, por suerte siempre me despierto a tiempo.

Y es que el planeta Neptuno estaba ascendiendo por el horizonte en el instante de mi nacimiento. Sus ondas inundan mi vida de profundidad y magia. Es una lástima que la mayoría de las personas no conozcan lo que es la astrología de verdad: una bella y asombrosa revelación del cielo sobre la tierra.

Neptuno me susurra al oído que el surfista vive con plena conciencia de la muerte y de la gloria. Y que llega a ese estado de gracia al deslizarse por la ola y recorrerla en el límite de la vida, ese estado trascendente en el que no le importa morir porque ha conocido lo Supremo. Aunque cada vehículo y cada viaje sean distintos, alcanza el mismo “lugar” al que se llega también a través de la heroína, la música y la mística.

Puedo escuchar el sonido y el rugido del mar, del viento y de mis movimientos en ese instante. También el silencio. Puedo sentir en mi piel como la tabla se desliza por la ola. Puedo sentir como me ilumino. Y también como me muero. Lo percibo todo simultáneamente cuando veo a Garret surfear. Es un mago. Es un dios.

En las olas recorridas con mi ipad me encuentro con su mujer, Nicole, profesora de educación medioambiental. En mi imaginación me pregunto cómo puede ella sostener que su hombre se marche una y otra vez para entregarse a la fuerza arrolladora e imprevisible de ese mar, una arriesgada entrega que es toda su vida, irremediablemente.

¿Quizás esta mujer no tiene miedo? ¿O será que más grande que el miedo es el amor, la admiración y la comprensión profunda de lo que Es?

Mi pequeño surf me lleva también a un instante de gloria y la grandeza de la pareja se me revela cuando me encuentro el reportaje fotográfico del nacimiento de su bebé en su casa. Y surfeo con ellos a través del parto.

En las paredes de su cuarto un cartel dice: “Si una mujer no parece una diosa cuando está dando a luz, es que alguien no la está tratando bien”.

Entonces Garret se convierte en el hombre que ama a la mujer que surfea el máximo dolor y la máxima transcendencia de dar a luz a su bebé en su casa como una maga, una diosa.

Verles a los dos es ver el esplendor de lo humano y de lo divino, una vez más. Y toda una suerte que esté recogido bajo la mirada luminosa de la fotógrafa Emily Robinson.

Quizás no puedes hacer surf en el mar pero puedes escuchar la sinfonía de mirlos al amanecer o saborear un delicioso té mientras sientes los rayos del sol iluminando tu rostro. O mirar a través de los ojos de tu hijo cuando te cuenta un nuevo descubrimiento.

Quizás ahora te des cuenta de que vives surfeando en la locura.

Como el papá que está comprando un panel de recompensas en el Lidl en medio del griterío de sus hijos que se pelean mientras intenta hablar con su hermana por teléfono contándole que tuvo que poner su iphone en no molestar para poder desaparecer completamente porque en el trabajo no le dejan en paz y que al volver a la oficina después de las vacaciones tenía unos 4.000 emails por leer y responder.

Como la mamá que tiene que llevar a sus diferentes hijos a las diferentes extraescolares a la misma hora y hacer la compra en los 5 minutos que le quedan libres de trayectos delirantes.

Como todas esas personas anónimas que llegamos a final de mes salvándonos de un wipeout justo antes de que la espuma del tsunami nos fuera a tumbar. Y regresamos renacidos a la orilla con un “uf” cada vez.

Como todas esas personas en el mundo que viven salvándose de la muerte a cada instante antes de morir o antes de seguir viviendo.

Un sólo brillito de conciencia en nuestra cotidianidad detiene el tiempo en la cresta de la ola.

En ese brillito está la grieta por donde se puede escapar del sufrimiento y entrar en la dicha. En esa grieta está la fuerza para tener paz en la tierra.

Llevamos mucho tiempo entrenando. Es hora de ponernos de pie. Ahora lo supremo está al alcance de nuestra mano en cada instante.

¿Y si nos decidimos a renacer en nuestra casa, la tierra?

BebeSurfTabla

Mira este vídeo, es realmente emocionante.

 

Y la sesión de fotos:

Reportaje fotográfico: El hijo de una leyenda del surf: baby Barrel nacido en casa.

 

 

 

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En suma, La Renta

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Un relato de Sergio Fernández Santacana

 

Hace muchos muchos años, La Renta.

Un momento de tensión familiar.

 

En el exterior la primavera se adueñaba de los vertederos y los llenaba de flores que nadie había plantado.

La vida se abría camino en la calle .

Parecía el momento de florecer y expandirse.

Mientras , en casa, crecía otra planta.

Y de ella salía una flor turbia que envolvía el hogar y la convivencia con los colores de la responsabilidad, el agobio y la mala hostia

Era La Renta.

Mi padre, que siempre ha trabajado en banca, llenaba la casa con papelitos donde apretujaba a lápiz números, restas, multiplicaciones, divisiones y sumas. Una suma, en suma, caótica.

Una suma de inseguridades y de miedos. Sumas repasadas de posibles errores. Sumas de errores del pasado cercano. Confesiones por hacer.

Para mi padre, que nunca ha sido creyente,  seguramente éste era el momento más equivalente a la confesión que experimentaba a lo largo del año .

En cada epígrafe, un posible pecado oculto, un examen de conciencia.

Epígrafe 303, te alabamos Señor. Epigrafe 808, te pagamos Señor.

Como si se tratara de una confesión hacia el Estado.

Una, dos, tres veces, la misma suma. Y a repetir. Un apartado tras otro.

Como un mantra, como las cuentas –las cuentas- de un rosario.

Como si equivocarte te fuera a condenar al puto infierno. O a la vergüenza pública.

Y un extraño alivio en el pagar, como si eso le fuera a eximir de las iras de la tribu.

Como si tuviese que conjurar su relativa fortuna, la habilidad de escapar de la miseria de la posguerra,  a través del sacrificio de unas monedas.

Que como monedas vírgenes, sin gastar, se entregaban por supuesto en los primeros días de plazo

…creo que alguna vez soñé con que un espíritu soplaba todos esos papeles y se los llevaba, volando, hacia el Cruce, ese gran vórtice donde las cosas de los adultos y los asuntos médicos sucedían…

 

Muchos muchos años mas tarde

 

Mi padre escuchó que La Renta se puede hacer por Internet.

Que existía algo así como un borrador. Que sería algo parecido a lo que La Divinidad, o El Cosmos, saben de ti.

Así que ahora, una vez al año, viene a mi casa y encabronándose como siempre -en una suerte de homenaje a los días pasados y ya casi ni recordados-  sigue mirando papeles del borrador, que ya no logra integrar en un todo coherente.

Y yo, que siempre he huido de los números como de la peste, y que en realidad no tengo más allá de una muy difusa idea de lo que estoy haciendo, me giro muy serio y le pido su aprobación con un “¿entonces, validamos los datos y presentamos la declaración”?

Y él, en un acto de algo que no puedo nombrar con otra palabra que no sea “fe” contesta -también serio- “validamos”

Y aunque he de reconocer que en momentos anteriores del proceso he tenido que esforzarme mucho para que no sea a mi a quien invada por momentos la mala hostia…

…antes de girarme hacia la pantalla me doy cuenta de que en realidad estamos compartiendo una actividad y pasándonoslo bien.

Ya no es una confesión o una cosa taaan taaan seria de adultos. Ahora hemos más o menos relativizado y es casi un juego. Como alguno de los que teníamos, hace ya tanto –o no-, cuando yo era niño.

Y justo antes de darle al botón “enviar” me cruza la mente por un momento la idea de que tal vez ahí esté resumida la cadena de lo masculino.

Jugártela dando tu palabra.

Y esa es ahora mi relación con el programa PADRE

Que ahora por cierto igual ya no se llama así

Igual habría que llamarle papá

Y decirle: “gracias, papá, te quiero.”

 

 

Canción de hoy:

“Song for my father” Horace Silver

Joya…..

 

 

Los hombres no lloran, riegan su barba (Parte 1)

Mendontcry

 

Yo me confieso. Aquí, públicamente, por primera vez: sí, me gustan los hombres barbudos y tatuados. Eso no significa que no me gusten los hombres afeitados y sin tatuar, Dios me libre! Pero si me cruzo con un barbudo tatuado me doy la vuelta sin decoro.

Prueba de esto es el tablero de Pinterest que creé hace un par de años llamado “Serás un hombre” y que recupero para tan esperada ocasión. Lamentablemente no he podido seguir regando sus barbas por falta de tiempo, pero se ve que, al igual que mis plantas, sobreviven sólo gracias al amor que a distancia les profeso:

https://es.pinterest.com/milazahori/serás-un-hombre-youll-be-a-man/

Mi preferencia por los barbudos es infinitamente anterior a la moda. De hecho, no soy mujer de modas ni de peluquerías. No compro el Harpers Bazaar, ni sigo a blogueras de moda, sólo voy a la peluquería una o dos veces al año; he sido agraciada con una melena rizada que a la mínima se hace rastas ella sola y no hay quien la peine: basta una noche durmiendo (no hablemos de un revolcón, de esos que rara vez suceden en mi monástica vida de sacerdotisa ilegal) para que haya que considerar seriamente ir a cortar los nudos.

Tampoco tengo presupuesto para ropa de marca, que ni necesito. Tengo poco ocio, trabajo descalza y con mallas así que sólo puedo ponerme tacones para andar por casa (sobre este tema tengo una historia fascinante que espero que Cronos algún día me permita escribir).

Me atrevería a decir que mi elegancia natural no precisa de modas, pero a veces quizás peco un poco de vivir de estas rentas aunque todavía nunca he llegado al cole de mi hijo con el pijama debajo del abrigo, y eso que en alguna contrarreloj he coqueteado peligrosamente con la posibilidad (dicen las malas lenguas que las autónomas corremos el grave peligro de abusar del pijama para todo…. que no del camisón …).

Ahora que reviso lo escrito puede que la descripción de mí misma induzca a pensar que soy una perroflauta (con toda mi admiración por esta genuina tribu urbana), pero no: ni tengo perro, ni toco la flauta.

Venía diciendo (la melena ensortijada de mi mente tiende a los excursos y mi ego aprovecha la mínima oportunidad para hablar de su libro) que mi preferencia por los tatuajes es anterior a la moda. De hecho, ahora me causa una cierta incomodidad ver hordas de tatuados porque sí, porque está de moda, y sobre todo el uso banal del tatuaje. “Ah, está de moda tatuarse, pues me pongo un tribal!”, muchas veces sin una mínima investigación sobre los maoríes y una mínima mística.

Para mí el tatuaje siempre fue algo especial. A veces tengo la fantasía de tatuarme los dos brazos y la espalda entera, pero intuyo que en algún momento del avance temporal en mi cuerpo, podría ser que llegara a ocurrir, sí…. que no quedara bonito. Así que, por si las moscas, si mi tattoo life evoluciona, elegiré palabras y símbolos sagrados en lugares escondidos de mi anatomía.

El caso…. siempre siempre me atrajeron poderosa y secretamente las barbas. Pienso que esto puede deberse a tres razones principales:

  1. Mi inclinación teológica.
  2. Mi linaje de izquierdas.
  3. Mis antepasados árabes y judíos.

Delicioso smoothie, esa mezcla de árabes-judíos-rojos-sacerdotes….

Creo que no hay nada que aclarar o escribir al respecto, pero por si alguien tuviera duda, crecí creyendo que Dios era un hombre con barba blanca que vivía sentado en una nube. Y siempre me sentí muy atraída hacia “Él”. En ese tiempo ni se consideraba que Dios pudiera tener tatuajes.

Con respecto a las izquierdas, en mi linaje materno cordobés, mi abuelo y mi tía (mi madrina) eran militantes del Partido Comunista de España y de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), y por aquel entonces las barbas eran de rojos o de jesuitas.

Por otra parte, es bien conocido el gusto por la barba tanto de los hombres judíos ortodoxos como de los árabes fundamentalistas. Su pelo ocupa un lugar protagonista mientras de sus mujeres deben ocultarlo bajo velos o pelucas después de haberse rapado la cabeza tras casarse. Algún día, cuando me sienta con fuerzas, escribiré sobre esto.

Volviendo a la moda, gracias a Dios, sí a ese, al de la barba, alguna persona (mujer u hombre) con influencia tuvo una revelación y la gente la siguió y las barbas empezaron a brotar por todo el planeta como una maravillosa y refinada tendencia que muchas de nosotras esperábamos con secreta ansiedad.

Véase como ejemplo de esto la empresa de la que procede el estupendo cartel de este post, puritito arte (si no te has parado a ver mi tablero de Pinterest, ahora tienes una segunda oportunidad de adentrarte en una selva barbuda):

https://www.instagram.com/skullbeardmode/

Y… ¿cómo encontré esto?

Gracias, además de a Dios, a la crisis económica de los últimos años, y gracias, también, a que soy madre separada con custodia compartida, me he visto obligada a alquilar una habitación en el piso en el que vivo asimismo de alquiler, para poder llegar a fin de mes, que se dice. Llegar a fin de mes…. mmm… que expresión tan loca.

Otro día escribiré sobre mi fascinante casa de huéspedes, lo importante ahora es que mi compañera de piso actual es una linda bióloga feminista de 29 años, de una inteligencia prodigiosa y fotógrafa de mis fotos, que se dedica a la investigación de la Leishmaniasis, buscando becas por todo el mundo. Y en una de estas, llegó a mi humilde hogar para preparar su doctorado.

Un día descubrí en su Instagram o en su perfil de whatsapp la foto que he elegido para este post, porque a ella también le gustan los barbudos tatuados. Eso es bueno, porque compartir el feminismo y el gusto por los barbudos tatuados nos lleva ocasionalmente a charlas nocturnas divertidísimas (cuando mi hijo está con su padre).

Y la foto me dio el título de este post, que creo que tendrá varias partes, y ésta será sólo una intro, porque semejante tema da para tanto…

Y si no, mira esta foto titulada 12 razones para salir con un tío con barba; esta es la primera y la mejor que he encontrado entre las numerosas entradas en google con el mismo título (hay que saber inglés, porque no me da tiempo a traducirla):

12reasonstodateabeardedman

 

En realidad, este post no iba de esto. Me temo que tendré que dejar el tema principal para una segunda parte…

….porque no puedo evitar contaros algo que sucedió recientemente.

Tengo un amigo que tiene dos trabajos: el guay y el que está deseando dejar. En el que está deseando dejar comparte “oficina” con otros hombres, porque hay varios turnos. El otro día me enseñó una foto de la “oficina” (esto es real):

 

calendarioschicas

Me quedé tan perpleja ante semejante reliquia que mi comentario fue: “Ah, qué acogedora, tiene luz natural”

Y lo cierto es que me pareció muy bonita, muy vintage, y muy Kaurismäki.

En mi siguiente comentario ya no pude disimular todo lo que acontecía dentro de mí y le pregunté: “¿PERO ESTO TODAVÍA EXISTEEEE????”

Y él con su elegancia natural me respondió riendo…. sí, cosas que tienen mis otros compañeros…

Aunque sé que no le disgustará pasar sus horas con tan agradable compañía, doy fe de que mi amigo, feliz e ilegalmente casado desde hace muchos años y padre de dos maravillosas adolescentes, si él pudiera elegir, tendría otro tipo de posters muy diferentes.

Esto me dio la idea de hacer mi propio calendario, al estilo de los anteriores. Y he pensado en la siguiente foto ya para el mes de mayo, porque la impaciencia me puede:

 

beardtattodaddy

 

Entonces los hombres no lloran…?

Fin de la primera parte.

Y el vídeo de hoy, que es retro:

Roy no fue barbudo, ni tatuado, fue un grandísimo artista, lloró grandes penas y nos dejó esta sobrecogedora canción, “Crying”:

https://www.youtube.com/watch?v=eO8R1w8qrgo

En compañía de hombres

loboyluna

Puedes optar por escuchar los artículos en lugar de leerlos. Aquí tienes el de hoy en el siguiente audio. Y como siempre, al final, te espera un vídeo sorpresa!

Mientras escribo esto se eleva la luna llena preciosa sobre los tejados. Tengo la suerte de ver salir el sol desde la mesa donde escribo, y también de ver salir la luna cuando está llena.

Son las 22.22 (de verdad) en este preciso instante en el que escribo y tengo hasta las 0.00 para publicar este post (siempre me pongo estás metas extravagantes). Porque hoy es martes, el día en el que quiero escribir sobre los hombres.

Mis únicos momentos para escribir son las 6 de la mañana o a partir de las 22 horas. Y las musas me regalan la ascensión de los astros.

Cuando pensé en el post de hoy me vino el título “En compañía de hombres” y con él el recuerdo de dos películas “En compañía de hombres” (propiamente dicha) y “En compañía de lobos” (aquí cada cual que asocie como le guste, mi inconsciente ya decidió su propia asociación).

Aunque mi post dedicado a los hombres no tenía a priori que ver con lo que cuentan estas películas, sí son un punto de partida para una reflexión.

Quiero escribir sobre la deliciosa compañía de los exquisitos hombres que tengo la suerte de tener en mi vida, cerca de mí, después de haber pasado un precioso fin de semana compartiendo con algunos de ellos. 

Mi post, mi entrada, mi artículo de hoy (como deseemos llamarlo) ya está escrito en mi corazón, desde hace algunos días. Sin embargo, como artículo que es, necesita ser articulado, y yo, por mi parte, como ser humano responsable que soy, pretendo articularlo como se merece.

Y eso supone subirme a una montaña rusa.

Porque escribir lo que hay en la retaguardia me permite vaciarme y liberarme. Pero hablar, escribir, compartir, conlleva una responsabilidad.

Al menos yo así lo vivo. Escribo para compartir lo mejor de mí, y para aportar algo bueno, por eso me llena de felicidad cuando suena una campanilla en mi móvil que me anuncia que una persona nueva está siguiéndome, o que a alguien le ha gustado mi artículo o cuando recibo algún comentario, en el blog o por WhatsApp o en vivo de alguna amiga o amigo al respecto. Me llena de ilusión por el reconocimiento y el cariño, y porque nos acerca.

Entonces, cuando decido que voy a escribir sobre los hombres, sobre lo precioso que tienen en su interior como hombres, de pronto empiezan a suceder cosas.

Mientras pensaba este post, mientras me invadía la dulzura que sentía al recordar el tiempo que paso con mis amigos hombres, descubro por azar la noticia del asesinato en Argentina de Micaela García, activista del movimiento Ni Una Menos, supuestamente a manos de un violador en libertad condicional.

Y los hombres pensarán, ¿qué tiene que ver esto con los hombres?

Sigue nadando…..

Cuando ocurren estos hechos deleznables, tristemente, todas las mujeres se convierten en víctimas y los hombres en asesinos o abusadores potenciales. Lo cual ni es verdad, ni es justo.

Lo cierto es que en mí surgía un desconcierto al sentir lo que quiero escribir sobre hombres maravillosos y al mismo tiempo el deber de denunciar y señalar algo que no debería nunca jamás volver a suceder, cuando leo que en Argentina se registra un feminicidio cada 30 horas y que en 2016 hubo 290 asesinatos de mujeres en todo el país.

Soy feminista y pretendo recorrer caminos del feminismo que lleguen a mujeres y a hombres y abran otras puertas, otros horizontes. Por supuesto, honrando a mis antecesoras y a todas las feministas de la historia que sentaron y sientan las bases para que mi vida como mujer pueda ser la que es, a día de hoy, aunque quede camino, mucho camino, por recorrer hasta que la igualdad sea la base de nuestras relaciones, de nuestra intimidad, de nuestras leyes y de nuestro comportamiento. Y para que las mujeres no sean asesinadas por ser mujeres.

Reconciliación es la palabra que todo el tiempo susurra mi alma.

Y de pronto aparece el recuerdo de mi mejor amigo. Y el cuerpo se recupera. Cuando sé que le voy a ver, mi cuerpo dice “casa”, mi alma dice “casa”, me lleno de una sensación de hogar y de felicidad al saber que vamos a tomar un vino, con un poco de queso, y un paseo por Lavapiés, y quizás un cine y que voy a disfrutar tanto de su sentido del humor, y de nuestra complicidad, y de su inteligencia sorprendente, y sus detalles, su exquisitez, sus forma de indignarse y su alma apasionada. Y de tanto y de todo lo que nos une y todo lo que él es y soy yo y somos juntos y que merecería un librito.

Cuando pienso en los hombres, sin embargo, siempre aparece lo que me separa de ellos. Es decir, siempre les califico como hombres y establezco una diferencia clara por todo lo que implica, para mí, lo que es un hombre.

Los temas de género no son vividos de la misma manera por todo el mundo, obviamente. Cada persona tiene su propia experiencia al respecto. La mía estuvo muy marcada desde siempre, y ya de pequeña me alineé en el bando de las mujeres.

¿Porqué?

Sigue nadando

Hace poco más de una semana, durante un delicioso picnic junto a un río con nuestros churumbeles, una muy buena amiga que es terapeuta de Biodecodificación, Neuroemoción, Psicogenealogía y herencia Transgeneracional, nos hacía ver que las tres amigas que allí estábamos, “casualmente” habíamos tenido “padres peligrosos”, en el sentido de que habían sido dañinos, o de alguna manera habían maltratado. No era una crítica, ni justificación de nada, pero explicaba ciertas cosas.

Mi amado padre, que en paz descanse, y del cual he hablado en otro artículo anterior, había sido maltratado por un hombre, su propio padre, que a su vez había sido maltratado por otro hombre, su propio padre. Y así mi padre aprendió que amor es maltrato.

Siento una profunda compasión y comprensión hacia mi padre y su vida y he experimentado el amor infinito que nos une detrás de dolorosas circunstancias de nuestras vidas.

Sin embargo mientras crecía veía que mi madre aparentemente hacía todo por mantener la armonía y el amor en nuestra familia y alrededor, y que mi padre siempre la liaba parda.

Así que crecí con la experiencia repetida de “mamá buena”, “papá peligroso”.

Dicen que la experiencia con tus padres condiciona tus relaciones con las mujeres y los hombres después a lo largo de tu vida. Quizás eso influya en que algunas mujeres nos sentimos tan bien entre mujeres, y otras mujeres rivalizan y desprecian a sus compañeras, por eso algunos hombres temen a las mujeres y otros hombres tienen un montón de amigas mujeres. Quizás, no lo sé.

Me psicoanalicé durante 7 años y he caminado a través de los innumerables recovecos de la mente, y ahora siento que cada vez sé menos, y que no hay verdades categóricas, sólo indicaciones y pistas. Y que la verdad se encuentra más allá de las palabras, en el reino del silencio del corazón.

Pero me gusta llegar al reinado del Ser a través de palabra, y me gusta escribir palabras desde el reinado del Ser.

El caso es que durante mucho años, de alguna manera, he temido a los hombres, por aquello que veía en el primer hombre de mi vida: mi padre. Temía la ira causada por su profundo dolor y los líos en los que se metía a causa de su búsqueda.

Cuando yo tenía 15 años, sucedió en la familia algo terrible. Mi madrina, mi tía materna, era feminista y militante del Partido Comunista en Córdoba, una mujer de pelo rojo que trabajaba en la radio y vestía de colores alegres, poderosa, inteligente y luchadora.  Recuerdo su risa y su fuerza. Mi madrina fue violada en la flor de su vida y de su nombre, a la edad de 42 años, una noche al volver a casa. Intentó dialogar con el violador, y no pudo escaparse. Y cuando la infamia terminó se fue caminando directamente a la Comisaría de policía. Al contar lo sucedido, el agente le respondió: “No me extraña, es que está Vd. muy buena” (esto es verídico).

Sigue nadando….

He visto a las mujeres de mi familia pasar la mayoría de su vida luchando solas, después de haber sido abandonadas, o traicionadas, o haber decidido renunciar a la pareja a cambio de otra vida , o porque la vida sin más les había arrebatado a su hombre.

Esta memoria y este miedo se quedó grabado en mí durante años. Y no quiero que se repita lo mismo. Quiero crear en mi vida un camino amoroso compartido y libre, porque dicen que el Amor es Libertad.

Aparte de esta memoria, he sido muy afortunada y la vida me ha regalado hombres maravillosos. Empezando por mi propio hermano, un ser extraordinario sobre el que escribiré con calma un día de estos un post enterito. Y, por supuesto, el padre de mi hijo, quien me ha concedido mi más preciado regalo y a quien estoy unida por siempre en mi corazón.

Y mi socio, un hombre lleno de inteligencia, paciencia y confianza, sentido del humor y saber hacer, un ser que me trajo la Vida para salvarme en un momento dado y que es una caja de innumerables sorpresas.

Y mis parejas pasadas y mis amigos.

Entonces quiero honrar a los hombres. Y quiero honrar el proceso de poder verlos de verdad detrás de mis miedos.

Por eso es tan reconfortante para mí, y tan revelador, el paseo del domingo con mi amigo biólogo por un campo espectacular y desconocido que nos espera en un lugar inesperado. La tarde es brillante como el mediodía anaranjándose hacia el crepúsculo. Un regalo cada vez que mi amigo se detiene y dice “espera… escucha”…. y se hace el silencio. Y en el silencio el canto de un pájaro. “Es un Triguero” me dice. “¿Ves? Se busca un sitio en lo alto del árbol dónde se le escuche muy bien. “Y… escucha: hay otro respondiéndole. Son machos. Es su forma de marcar su territorio. Y la hembra acudirá al que se le escuche más”.

Y después de escuchar el canto de los pájaros, caminamos y conversamos y caminamos y conversamos. Y cada tanto se para, y me dice “Escucha…. las ranas”  y tiempo más tarde “espera…. creo que es un mochuelo”, un búho pequeño, porque ya se ha hecho de noche y vemos la luna casi llena e intentamos reconocer lo que parece ser Júpiter, y las Pléyades y la Constelación de Orion.

Y me queda un poso adorable de su compañía.

Trabajo rodeada de mujeres desde hace años, las adoro, son maravillosas. Y la mayoría de mis amistades son mujeres fascinantes.

Pero este fin de semana ha estado lleno de encuentros con hombres estupendos, lo cual valoro especialmente y me hace pasar la primavera con mayor deleite!

Una vez leí un poema que se llamaba “Colecciono amistades”, lo sentí muy mío.

El sábado pude disfrutar de otra deliciosa presencia masculina, mi compañero de canto, que posee el repertorio de canciones más bellas que he podido escuchar, con las que cada vez me sorprende. Tiene una hermosa voz y una maravillosa forma de tocar la guitarra. E irradia una energía alegre, apacible, siempre sonriente. Hace que todo sea fácil y fluido. Y, al mismo tiempo, tiene una actitud que ordena el espacio y delinea los límites.

Y después un encuentro inesperado con un grupo de amigos que hacen cine y me hacen reír a carcajadas hablando de los desafíos de llevar el foco de la cámara mientras se meten un gintonic tras otro entre capa y espada, al más puro estilo macho cuando se emocionan y empieza a intuirse que en cualquier momento se abrazan y cantan “Asturias patria querida”.

Y simplemente un vino al atardecer, al final de una semana de trabajo, en una terraza bajo los árboles, un breve encuentro lleno de universo con un amigo le abre una nueva puerta a Caperucita, que se quita la capucha y se hace una mujer que aprende a correr con los lobos y a caminar con los Hombres.

 

Pater noster

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Hoy es martes y no puedo evitar hablar de mi padre, porque la palabra martes contiene tanto de su persona.

Por eso necesito hacer una breve introducción sobre el origen y el sentido de esta palabra.

Martes viene de dies Martis, es decir, ‘día de Marte’, porque estaba dedicado al dios romano de la guerra. Hijo de Júpiter en forma de flor y de Juno. Se le representaba como a un guerrero con armadura y con un yelmo encrestado. El lobo y el pájaro carpintero eran sus símbolos.

Marte dio nombre al cuarto planeta del sistema solar: Marte, al día de la semana: Martes y al tercer mes del año: Marzo.

Originalmente, Marte era el dios patrón de los pueblos itálicos, que eran tanto guerreros como agricultores.  Era un dios guerrero, que protegía a su pueblo contra sus enemigos. También era un dios ctónico asociado a la tierra, a la protección física y espiritual de los cultivos, y era el Dios de la Primavera.

Reunía Marte la virtudes de intrepidez, temeridad ciega, valor y osadía, fuerza viril, e inspiración guerrera. Era el dios que conducía a la victoria a los romanos.

Como dominios de Marte se consideraban los bosques misteriosos en los que habitaba el pájaro carpintero.

Mi padre nació un 15 de abril de 1931, el día siguiente de la proclamación de la Segunda República Española.  Él alguna vez comentó que pensaba que había nacido el 14, pero le habían inscrito en el registro al día siguiente para que no constara que había nacido el día de la República. En casa siempre lo celebramos el día 15. Nunca dijo nada de ser republicano, pero se intuía cierta afinidad y un orgullo de haber nacido en esa fecha.

Mi padre nació justo en un momento de enorme energía popular, política y social. Y él tenía en sí una grandísima fuerza, una grandísima pasión y una inmensa necesidad de libertad.

Mi padre nació bajo el signo de Aries un día de primavera, haciendo honor al Dios Marte, pues Aries, viene de Ares, el dios griego de la guerra, el equivalente al dios Marte, aunque Marte era más refinado y menos violento.

En astrología, arte que tengo el privilegio de haber estudiado desde mi infancia, Marte es el planeta regente del signo Aries, y a ambos se les atribuyen la energía y las características propias que hemos descrito del dios Marte.

Mi padre tenía esas cualidades.

Yo no sé si mi padre había estudiado mitología y astrología, pero lo cierto es que, por ese “azar que no busco comprender”, siempre nos contaba que estaba seguro de que en otra vida había sido un centurión romano, y lo sentía muy fuerte en su corazón, tanto que decía que siempre que estaba en Roma, escuchaba los cascos de los caballos sobre los adoquines, cuando no había ningún caballo alrededor.  Y nos explicaba que se veía los pies con las sandalias, y se veía vestido con la falda de un centurión.

Mi padre fue el pequeño de 9 hermanos, su madre era Madre, y su padre juez de paz de un pequeño pueblo de Burgos. Contaba siempre que su madre era todo amor y que su padre era tremendamente estricto y le maltrataba.  También contaba que sus hermanos mayores se burlaban siempre de mi padre porque dormía con su madre, y le llamaban “duermemadres”.

Durante la Guerra Civil pasaron hambre, y algunos días sólo había un pedazo de pan y un cuenco de leche para todos. Su padre repartía el pedazo entre los nueve y ponía el cuenco en el centro de la mesa. Y como todos se abalanzaban, él padre golpeaba fuertemente con una vara en la mano de aquel que se atreviera a saltarse su turno.

Mi padre miraba las estrellas y se preguntaba “¿Porqué no puedo estar allí, en el cielo?”. Cuando miraba el cielo sentía toda la libertad. Se sentía preso, así que con 13 años se escapó, cogió su bicicleta y se subió en el primer tren que pasaba por el pueblo, que iba a Gerona. Cuando le encontraron su padre le dio una tremenda paliza.

En cuanto fue mayor de edad ingresó para hacerse sacerdote, pero a los pocos años se salió, según sus propias palabras, porque le gustaban mucho las mujeres.

Coincidió con que su padre murió en esa época. Cuando estaba en el lecho de muerte con todos sus hijos alrededor, preguntó por mi padre, que era el único que faltaba. Estaba yendo desde Madrid para verle y nada más entrar a la habitación, su padre pronunció el nombre de su noveno hijo y justo después se murió.

Entonces mi padre volvió a Madrid y se gastó toda la herencia de su padre que le había correspondido a él, en lujo, ropa cara, fiestas, juego y mujeres, según él contaba. Sus hermanos, cuando se enteraron, fueron a buscarle a Madrid desde Burgos y le dieron una paliza por gastarse todo el dinero, aunque fuera de él.

A partir de entonces se marchó a viajar por todo el mundo, a aprender idiomas, consiguiendo trabajo como botones y recepcionista de hoteles en diferentes ciudades de Europa.

Mi padre hablaba español, inglés, francés, italiano y alemán, perfectamente. Todos los había estudiado de forma autodidacta.

Un día, mientras trabajaba como recepcionista de un hotel en Ginebra, Suiza, dónde tenía a su vez su propia habitación como empleado, y muy buena reputación como trabajador, conoció a un grupo de españoles y les invitó a dejar sus maletas y sus cosas en su habitación mientras se hallaban de paso, o algo así. Si mi padre viviera, le volvería a preguntar todos los detalles de como ocurrió todo, pero cuando me lo contó, a mí me dolía y me desconcertaba tanto que lo quería borrar de mi memoria.

Lo que sucedió fue que estos españoles atracaron una joyería, les pillaron, y ellos acusaron a mi padre ser el jefe de la banda, dieron su dirección y encontraron el botín en la habitación de mi padre en el hotel. Mi padre siempre me aseguró que él era inocente, y yo sé y siento que así es, aunque fuera un vividor y le gustara el lujo y la belleza y la libertad. Y conozco su dolor.

Mi padre pasó 7 años de su vida en una cárcel de Suiza, de la que se escapó junto con su mejor amigo de la cárcel, haciendo una copia de las llaves de la celda, puesto que en la cárcel trabajaba en cerrajería (suena increíble, pero tal cual lo contaba).

Así que su amigo y él se escaparon y atravesaron los Alpes. En mitad de la nieve su mejor amigo murió de frío en sus brazos. Cuando mi padre cruzó a Francia, le esperaba la policía.

Le metieron en una celda de castigo a pan y agua dónde cuenta que no había altura entre el suelo y el techo para ponerse de pie. Y que no sabe cuánto tiempo pasó ahí, pero que cuando salió, tenía una barba muy larga.

A la cárcel iba a visitarle un sacerdote mexicano, que era el maestro espiritual de mi madre, que por aquel entonces trabajaba cuidando unos niños en Lausanne, Suiza. Mi madre era una católica comprometida que hacía obras de caridad y visitaba a enfermos en los hospitales. El sacerdote le pidió que fuera a visitar a un preso español que estaba muy deprimido. Entonces mi padre se enamoró de mi madre. Se conocieron en la cárcel, un buen sitio para los amantes de la libertad.

Cuando mi padre salió de la cárcel (entre estos dos párrafos hay un libro entero) fue a Córdoba a buscar a mi madre y se casaron.

Cuando yo tenía un año y mi madre estaba embarazada de mi hermano, a mi padre le diagnosticaron un cáncer de parótida y se tuvieron que marchar a Madrid al Hospital de la Paz. Allí le operaron y le dieron dos meses de vida.

Mi padre siempre cuenta que en la operación salió de su cuerpo y se vio desde arriba, vio el quirófano, a los médicos y su cuerpo. Sintió que en ese momento murió. Pero no quería morirse y se agarró a la vida hasta los 76 años.

Mi padre siempre decía que le hubiera gustado ser director de orquesta o un gran payaso como Chaplin. Charles Chaplin había nacido un 16 de abril.

Nuestra vida de familia no fue nada fácil y la relación entre mis padres fue muy tormentosa. Aunque recuerdo verles salir felices y arreglados, reírse juntos y hablar en francés entre ellos cuando no querían que les entendiéramos.

Mi padre sufría de unos terribles dolores de cabeza y tenía ataques de ira muy frecuentemente. Él decía que se había quedado muy mal de los nervios después de la operación. Teníamos miedo de sus enfados. Pero muchas veces era muy alegre y se reía con ganas.

Nunca se me olvidará una vez que nos llevó a mi hermano y a mí al Parque del Retiro en Otoño cuando éramos todavía muy pequeños, y pasamos la tarde rodando cuesta abajo sobre la hierba llena de castañas. Recuerdo cómo nos divertimos, y cómo disfrutó él. 

Nos enseñaba frases en todos los idiomas que conocía. Su frase preferida era: “No news, good news!” y siempre la decía después en alemán: “Keine Nachricht, gute Nachricht”. (Ninguna noticia, buenas noticias). Hablar idiomas le daba mucha alegría.

A mis padres les gustaba la buena vida, y salían al Casino, se iban a Roma en fin de semana cuando eso no era habitual en nuestra clase social. Mi padre se llevaba a mi madre a jugar, y vivía por encima de sus posibilidades.  Se arruinaron.

Cuando yo tenía 10 años tuvo que marcharse a México a trabajar durante dos años. Allí conoció la Orden Rosacruz, según él la describía, una orden de pensamiento metafísico cristiano. Pertenecer a los rosacruces le hizo mucho bien, y yo fui testigo de ello. Fue Rosacruz desde entonces hasta el final de sus días. Comenzó a estudiar metafísica, y se curó de sus terribles migrañas. Meditaba con un vaso de agua en sus manos que luego se bebía. Por aquél entonces yo tenía 15 años, era punk y y me avergonzaba de él cuando llegaba a casa con mis amigas y le oíamos cantar el OM. Tenía una mano increíble para las plantas que crecían en casa como en una selva y parecía que las quería más que a nosotros.

Mis padres se separaron. Mi padre montó empresas y tuvo dos escuelas de idiomas, donde enseñaba inglés a los niños, le apasionaba enseñar. Hasta que se jubiló y se marchó al mar por su enfermedad en los pulmones.

Durante mucho tiempo estuve muy enfadada con mi padre. Pero él siempre me llamaba, se preocupaba por mí, y fue tan perseverante en su amor hacia mí, que finalmente nos reencontramos, gracias a él.

Cuando fuimos adultos, siempre respetó nuestras elecciones y a veces elegía pasar las navidades solo por no hacernos ir a verle.

Mi padre tenía colgado en el pasillo de casa un poema de Rudyard Kipling que siempre nos recitaba. Decía:
Hijo, si quieres amarme, bien puedes hacerlo
Tu cariño es oro, que nunca desdeño

 Más quiero  comprendas que nada me debes
Soy ahora el padre y tengo los deberes

Nunca en las angustias por verte contento
He trazado signos de tanto por ciento

  Ahora pequeño quiero orientarte
Mi agente viajero llegará a cobrarte

Será un hijo tuyo gota de tu sangre
Presentará un cheque por cien mil afanes

Llegará a cobrarte y entonces mi niño
Como hombre honrado a tu propio hijo deberás pagarle.” 

En los últimos años de su vida, muchas veces teníamos conversaciones sobre Dios por teléfono. Él soñaba con que yo encontrara un buen compañero de vida y le encantaba la idea de que algún día pudiera abrir una escuela de yoga. Mi escuela de yoga es gracias a él.

Cuando me comprometí con el padre de mi hijo, él fue el único al que se le ocurrió contar el número de veces que mi amiga que ejerció de sacerdotisa, pronunció la palabra Amor en su discurso.

Murió repentinamente de un cáncer de hígado que nadie sabía que tenía, ni siquiera él. Yo estaba embarazada de mi hijo y estaba en Brasil cuando le ingresaron. Volvimos a contrarreloj y murió 2 minutos antes de que yo entrara por la puerta del hospital. Me esperó, pero no quiso que le viera morir. Mi hermano le acompañó amorosamente en su muerte.

A mi padre le encantaba el Padre Nuestro, le parecía una preciosa oración, y llamaba Padre a Dios con un cariño infinito.

Tiempo antes de morir escribió un hermoso poema en el que les pedía a los ángeles que le elevaran dulcemente al cielo el día de su muerte. Y como él quiso, tiramos sus cenizas al mar donde el vivió sus últimos años. Y ahí, leímos su poema.

El amor a los padres sigue creciendo después de su muerte. Siempre hay tiempo para la comprensión y la reconciliación. Y he podido experimentar claramente, que más allá del dolor,  las dificultades, de los desencuentros, y de las heridas, el Amor entre padres e hijos es eterno y verdadero, está vivo y perdura en el tiempo.

Gracias, Padre, por tu amor y por la riqueza de tu alma.