Surfer@s de grandes olas

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Surfear grandes olas es un viaje a través de los límites gloriosos de la vida.

Garret McNamara es un surfista profesional de grandes olas, es hawaiano, tiene 51 años y el record mundial por haber surfeado la ola más alta en Nazaré, Portugal, donde reside con su mujer y sus hijos. Sobre él cuento hoy una bonita historia.

Hace justo una semana estaba yo regresando de impartir un retiro en la costa de Portugal, en la que mi hijo de 10 años pudo disfrutar de sus primeras clases de surf mientras yo daba clases de yoga, gracias a esa bendita anestesia que es: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Aunque he de confesar que, antes de verle partir hacia su surf, yo había rezado a todos los dioses de todos los panteones de todas las religiones existentes en esta tierra y en todos los confines del universo. Creo que con esto ya doy por finalizada para siempre mi práctica religiosa.

Una de esas tardes en la playa de surf de Odeceixe un amigo me presta su tabla y me anima a bracear y a ponerme de pie sobre las suaves olitas de la orilla con la marea baja. Braceo escasos segundos antes de casi chocarme con otra tabla. Pero eso siembra la semillita de mis futuras, deseadas y temidas clases de surf en algún otro espacio temporal.

Si has visto alguna vez las olas de Portugal, seguramente habrás percibido en las letras luminosas de su espuma la advertencia: peligro.

Sumergida en el wipeout de la vuelta a todos los coles esta semana, la fascinación que me producen las olas me lleva a surfear minutos robados a las tareas inacabadas de forrar libros y recoger cocina entre la cena y la cama.

Echo de menos tan desesperadamente el mar que una noche me dejo llevar por un misterioso trance hipnótico. Y, como cantaba Joaquín Sabina, me dieron “las diez y las once las doce y la una, y las dos y las tres” pero la luna no me encontró al anochecer junto a nadie más que a mi soledad, y tampoco desnuda sino ojiplática, atemorizada y enamorada mirando vídeos de surf de grandes olas en mi ipad.

Así descubro a Garret McNamara, a su mujer Nicole Macías, la preciosa historia del nacimiento de su hijo y a la brillante fotógrafa Emily Robinson (pincha en sus nombres para conocer su trabajo).

Y todo porque una olita de whatsapp de un grupo me había traído un vídeo de Nazaré.

El cañón de Nazaré es el mayor desfiladero submarino de Europa, situado junto a la Villa de Nazaré, en Portugal, aquí al ladito, en nuestra amada península. Con una extensión de 230 km, su profundidad de 5.000 metros y su cercanía a la costa provocan olas gigantes.

 

 

Sin haberlo experimentado nunca, porque hasta donde yo recuerdo no me ha sido posible surfear en anteriores encarnaciones, sé lo que se siente. Sé que es así porque estamos todos conectados con la vida en todos sus puntos y con todos sus instantes pasados, presentes y futuros en nosotros y en todos los seres. Sólo hace falta cerrar los ojos y sentir.

El surf me atrae poderosamente y al mismo tiempo me aterroriza. En una de mis pesadillas recurrentes un tsunami se abalanza sobre mí, por suerte siempre me despierto a tiempo.

Y es que el planeta Neptuno estaba ascendiendo por el horizonte en el instante de mi nacimiento. Sus ondas inundan mi vida de profundidad y magia. Es una lástima que la mayoría de las personas no conozcan lo que es la astrología de verdad: una bella y asombrosa revelación del cielo sobre la tierra.

Neptuno me susurra al oído que el surfista vive con plena conciencia de la muerte y de la gloria. Y que llega a ese estado de gracia al deslizarse por la ola y recorrerla en el límite de la vida, ese estado trascendente en el que no le importa morir porque ha conocido lo Supremo. Aunque cada vehículo y cada viaje sean distintos, alcanza el mismo “lugar” al que se llega también a través de la heroína, la música y la mística.

Puedo escuchar el sonido y el rugido del mar, del viento y de mis movimientos en ese instante. También el silencio. Puedo sentir en mi piel como la tabla se desliza por la ola. Puedo sentir como me ilumino. Y también como me muero. Lo percibo todo simultáneamente cuando veo a Garret surfear. Es un mago. Es un dios.

En las olas recorridas con mi ipad me encuentro con su mujer, Nicole, profesora de educación medioambiental. En mi imaginación me pregunto cómo puede ella sostener que su hombre se marche una y otra vez para entregarse a la fuerza arrolladora e imprevisible de ese mar, una arriesgada entrega que es toda su vida, irremediablemente.

¿Quizás esta mujer no tiene miedo? ¿O será que más grande que el miedo es el amor, la admiración y la comprensión profunda de lo que Es?

Mi pequeño surf me lleva también a un instante de gloria y la grandeza de la pareja se me revela cuando me encuentro el reportaje fotográfico del nacimiento de su bebé en su casa. Y surfeo con ellos a través del parto.

En las paredes de su cuarto un cartel dice: “Si una mujer no parece una diosa cuando está dando a luz, es que alguien no la está tratando bien”.

Entonces Garret se convierte en el hombre que ama a la mujer que surfea el máximo dolor y la máxima transcendencia de dar a luz a su bebé en su casa como una maga, una diosa.

Verles a los dos es ver el esplendor de lo humano y de lo divino, una vez más. Y toda una suerte que esté recogido bajo la mirada luminosa de la fotógrafa Emily Robinson.

Quizás no puedes hacer surf en el mar pero puedes escuchar la sinfonía de mirlos al amanecer o saborear un delicioso té mientras sientes los rayos del sol iluminando tu rostro. O mirar a través de los ojos de tu hijo cuando te cuenta un nuevo descubrimiento.

Quizás ahora te des cuenta de que vives surfeando en la locura.

Como el papá que está comprando un panel de recompensas en el Lidl en medio del griterío de sus hijos que se pelean mientras intenta hablar con su hermana por teléfono contándole que tuvo que poner su iphone en no molestar para poder desaparecer completamente porque en el trabajo no le dejan en paz y que al volver a la oficina después de las vacaciones tenía unos 4.000 emails por leer y responder.

Como la mamá que tiene que llevar a sus diferentes hijos a las diferentes extraescolares a la misma hora y hacer la compra en los 5 minutos que le quedan libres de trayectos delirantes.

Como todas esas personas anónimas que llegamos a final de mes salvándonos de un wipeout justo antes de que la espuma del tsunami nos fuera a tumbar. Y regresamos renacidos a la orilla con un “uf” cada vez.

Como todas esas personas en el mundo que viven salvándose de la muerte a cada instante antes de morir o antes de seguir viviendo.

Un sólo brillito de conciencia en nuestra cotidianidad detiene el tiempo en la cresta de la ola.

En ese brillito está la grieta por donde se puede escapar del sufrimiento y entrar en la dicha. En esa grieta está la fuerza para tener paz en la tierra.

Llevamos mucho tiempo entrenando. Es hora de ponernos de pie. Ahora lo supremo está al alcance de nuestra mano en cada instante.

¿Y si nos decidimos a renacer en nuestra casa, la tierra?

BebeSurfTabla

Mira este vídeo, es realmente emocionante.

 

Y la sesión de fotos:

Reportaje fotográfico: El hijo de una leyenda del surf: baby Barrel nacido en casa.

 

 

 

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En los recovecos está …

 

Puerto

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
Nada nos dice adiós. Nada nos deja.
No te rindas. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber un descuido, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha
pero en las grietas está Dios, que acecha.
(Jorge Luis Borges)

En los recovecos de la costa asturiana hay escondido un pequeño pueblo de pescadores que un día me flechó. Y es que hay una plaza de Cupido. Y en lo alto del puerto un arpón gigante, ahora enredado de zarzamoras, con el que se capturaban ballenas en el siglo XVII.

En los recovecos de mi cintura que un día fueron valles hoy se atisba la menopausia sin necesidad de catalejo. Canelones van ganando posiciones frente a canalillo que se va quedando rezagado. Y aspirante a ballenita llega por decisión propia un buen día a este puerto sin necesidad de ser disparada con arpón, pero con la sensación de haber sido alcanzada por la flecha del dios del deseo amoroso, hijo de Venus y Marte.

En los recovecos de los bares del puerto una mujer ballena en sus sesenta y tantos con una larga trenza cobriza irradia sexualidad y me confirma con cristalina contundencia que la gracia divina brilla más allá de cualquier edad, sobrepeso y geometría.

En los recovecos de mi tiempo aquí atesoro el esplendor infinito en la mirada de mi hijo de diez años, atesoro su risa y su disfrute jugando con las olas; atesoro su compañía como oro en paño, atesoro sus preguntas y su hermosura, atesoro sus abrazos y su frescura, atesoro su premeditación y su dulzura, atesoro su condición de grumete gourmet. Atesoro, sobre todo, su inmortalidad.

En los recovecos de un universo paralelo soy marinera de piel curtida y cuerpo fibroso que, descalza por el puerto, escancia sidra y saborea frutos del mar sintiendo que es ahí dónde pertenece, entre el crujir de la madera de los barcos, el silencioso movimiento de los gatos y el cautivador perfume de la mar.

En los recovecos de los oídos de Guionista, y debido a su libre interpretación, marinera se convirtió en minera y ahora minera se dedica a alumbrar en la oscuridad buscando oro y piedras preciosas mientras, tiznada de carbón, sueña con ser marinera en los pliegues de un universo ondulado como la espuma de mar en sus cabellos de sirena.

En los recovecos de los cabellos de mi hijo, en este mismo mágico lugar, mis manos retiraban liendres hace un par de años con premura y espanto ante la inminente vuelta al cole, con la eficacia de una liendrera microacanalada.

En los recovecos de mis cabellos de sirena ocultos bajo el casco de minera saltaban los piojos con alegría hace un par de años un par de pliegues más tarde en pleno golpe y porrazo de final del verano contra inicio de curso en un poético y tragicómico juego de malabares.

En los recovecos de las tres de esta madrugada Inspiración me despierta con insistencia queriendo mejorar mi primera canción compuesta y una vez conseguido no se da por vencida y me sugiere escribir un post para mi blog olvidado en los oleajes de la cotidianidad.

En los recovecos de este apartamento alquilado en las afueras del pueblo y de la wifi pero no de la belleza, se alternan coladas sin piña con disfrutes, deshoras con eternidades, canciones con silencios, sorprendente orden con deliberado desorden, el olor del incienso con el del pescado en la basura.

En los recovecos de este pueblo ondulan la ropa tendida en los balcones, los saludos amables de los habitantes, los caminos de hierba salvaje y las inesperadas visiones del mar acechando entre las casas de colores.

En los recovecos de la arena y de las olas vigilan incesantes cinco socorristas en medio kilómetro de playa: uno en la torre, dos sentados en la orilla frente a la zona de baño, otro en una zodiac y otro en una tabla de surf.

En los recovecos de mi biología Miedo ancestral aparece inesperado, me agarra tan fuerte que no me deja jugar a atravesar las olas, me obliga a detener la marcha exploradora de mi hijo, su mirada alegre y fascinada y su decisión de avanzar contra viento y marea sin temor alguno ante esos vislumbres de Tsunami, que también son atisbos de Samadhi.

En los recovecos de los neoprenos de los surfistas se ocultan los tatuajes que después se revelarán en un acontecimiento glorioso bajo las duchas para deleite de muchas.

En los recovecos del spotify en un iphone 5 agonizante chisporrotean las elecciones musicales de mi hijo que practica en el aire los ritmos de la batería en un obsesivo bucle que va desde Eye of the Tiger hasta Satisfaction, pasando por I am the Walrus y Bohemian Rapsody ante mi embelesado desconcierto.

En los recovecos de la senda del acantilado, el inmenso horizonte sostiene la ermita de la Atalaya, cuya presencia vacía y humilde contempla la puesta de sol sobre el mar donde nosotros, en nuestra recortada pequeñez y ojos de dibujo japonés, esperamos cazar el rayo verde.

En los recovecos del paraíso donde todo es perfecto se lamenta un quejido silencioso y profundo cuyos ecos a veces me asustan pero cuya canción se aleja en un adiós para nunca más volver.

En los recovecos de mis redes y de mis hilos de seda anida la esperanza de un amor absoluto y una dicha perenne cuyo anhelo insistente a veces suena como un doblar de campanas y otras dibuja formas en el humo del incienso.

En los recovecos de la Soledad en mi corazón comienzan a crecer raíces, flores, frutos, insectos, mamá pato y sus patitos, mamá gata y sus gatitos, plantas medicinales, musgo, helechos, ortigas y hierbabuena, grandes bosques de eucaliptos, cascadas y ríos, cielos estrellados y un cartel de “Se vende. Incluye jardín”.

En los recovecos de la lectura de “Momo” con mi hijo me doy cuenta de que los engaños de los hombres grises calaron en mí como en todos hace ya tanto tiempo que ha llegado el momento de reclamar educadamente pistola en mano al estilo Thelma: “¡Entrégennos inmediatamente todo el tiempo robado!”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alumbramiento

Alumbramiento bajo árbol

Del parto a las estrellas: física de la maternidad, astrofísica y ciencia ficción

 

Puede que el dolor del parto te haga “ver las estrellas”. También puede suceder que el efecto de la anestesia epidural en combinación con un cóctel de oxitocina y endorfinas en forma de lluvia de perseidas sobre una sensibilidad particular te haga ver flanes, como le ocurrió a una amiga mía. Sí, después de gritar a todo el equipo médico pidiéndo desesperadamente la epidural, mientras daba a luz empezó a ver flanes volando.

O como otra querida amiga me dijo cuando yo le contaba en mi embarazo que quería un parto natural sin anestesia: “Tú verás lo que haces, pero te digo, cuando me pusieron la epidural, yo vi el cielo” (Y así fue).

Puede que dar a luz sea una experiencia de iluminación inesperada, como me sucedió a mí (El infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora),  no me importa que sus raíces estén en la química del cuerpo o en la trascendencia del alma, para mí ambas son una misma cosa.

La conexión entre el alumbramiento y las estrellas es obvia y el universo es elegante.  Y hacer elegante esta indagación es un trabajo de parto. Quizás debería renunciar a ser elegante al escribir este artículo, puesto que parir no lo es desde la estética que hoy impera. Es más bien brutal. Pero chicos, no os desmayéis y seguid leyendo, que voy a hablar más de astronomía que de romper aguas o de cortar la supercuerda del cordón umbilical o de extraer la placenta (disculpadme, pero vosotros sabéis perfectamente que tendéis a marearos).

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Excurso: siempre me ha resultado fascinante que la mayoría de los hombres que conozco se desmayan en los análisis de sangre y son pusilánimes para las pruebas médicas, cuando biológicamente están diseñados para cazar y defender el territorio sangre mediante.

Igualmente me resulta increíble que las mujeres poseamos la fuerza salvaje de parir sangre mediante o seamos capaces de cualquier cosa si nuestro hijo está en peligro, y sin embargo nos volvemos pusilánimes ante los médicos, y cediendo nuestro poder y nuestra libertad al someternos socialmente.

Es como si ambos perdiéramos nuestros poderes inherentes cuando nos descontextualizamos. Como Spiderman sin su traje se vuelve un Peter Parker torpe y sin poderes. Absolutamente adorable, también hay que reconocer. Porque en nuestra vulnerabilidad resplandece también nuestra belleza.

Así, en el transcurso de unos 100 años muchos hombres han pasando de las barricadas a los paritorios, han empezado a asistir a los cursos de preparación al parto, a cambiar pañales, a despiojar, a cocinar y a pasear el boogaboo (con el bebé dentro por supuesto).

Al mismo tiempo muchas mujeres nos hemos puesto a expresarnos y a crear de mil maneras, y a viajar y a liderar y a buscar nuestra libertad como si no hubiera un mañana.

Al explorar nuevos territorios no frecuentados por nuestras tendencias biológicas y condicionamientos culturales nos estamos pasando la antorcha.

Alumbramiento es la acción y efecto de alumbrar, del latín illumināre:

1.  Dar luz y claridad a algo o a alguien.

2.  Poner luz o luces en un lugar.

3.  Acompañar con luz a alguien.

5. Parir o dar a luz a un hijo.

Buscando fotografías sobre alumbramientos encontré estos oleos de Amanda Greavette, una pintora canadiense nacida en 1981. Aquí puedes ver su hermosa y particular galería de nacimientos.

Amanda Greavette Galería de Nacimientos

Alumbramiento. Me gusta mucho esta palabra y la relación entre luz y parto, nacimiento y creación. Por eso la he elegido para este Post Parto, que lejos de lo que su nombre indica, todavía no ha sido, sino que está siendo, un parto largo y complicado, nada fluido, por cierto. Cuando la inspiración no llega, la voluntad y el deseo se quedan solos atendiendo el chiringuito.

El proceso del parto es la entrega a la inteligencia primordial que late en nuestros movimientos. Y el bebé en la plena oscuridad del vientre de su madre es guiado por esa pulsación que acontece en el útero, mientras la madre se entrega en la oscuridad del dolor y el temor, a luz que el dolor también oculta, a la luz escondida de la promesa, a la luz olvidada de sus ancestros. Así una madre es La que ilumina.

Dar a luz es un estallido brutal que puede ir seguido de una dicha transparente o de la extenuación del cuerpo, o del desmayo o del desconcierto o de una ternura dolorosa seguida de hasta el infinito y más allá… y no podemos saber si a Dios el Big Bang le dolió tanto como le duele el parto a una mamífera, o si, como suele suceder, el dolor se le ha olvidado.

No puedo hablar mucho sobre atravesar el dolor en el parto porque en medio de las contracciones la posibilidad de una epidural en dosis bajas me sedujo y a ella me entregué. Siento que si tuviera que volver a parir, me gustaría atravesar el dolor y la totalidad de la experiencia tal cual es, para conocerla.

Si quieres investigar sobre el sentido que tiene el dolor en el parto, aquí tienes un libro escrito por la comadrona italiana Verena Schmid que me recomendó una amiga y que le ayudó a parir las dos veces sin anestesia en unos partos largos y extremos.

El dolor del parto

Como los bebés, algún día surgieron la luz y la creación y me apasiona explorar de dónde. Me fascina que la nada se convierta en infinito, el vacío en plenitud y que en el universo haya galaxias y también un montón de materia oscura.

Como a muchos, los Jedis dejaron una huella imborrable en mí: me maravillan el lado luminoso y el lado oscuro de la fuerza, su danza y su alternacia.

Hoy estamos cruzando el equinoccio (del latín aequinoctium, “noche igual”), cuando el día tiene una duración igual a la de la noche en todos los lugares de la Tierra. Ocurre dos veces por año. Es un dos. Es dual. Y marca el inicio de la primavera y del otoño, del nacer y del morir.

En el equinocio la luz y la oscuridad se hallan en equilibrio.

Hace un año elegí esta fecha para dar a luz a mi tercera hija, que es multilliza, puesto que es 1 y 21 al mismo tiempo, mi 21 Taras. Y celebro el nacimiento de este blog escribiendo sobre alumbramientos.

Mi primer hijo es un niño y es humano, un hijo propiamente dicho que cumplió 10 años hace 3 días; fue concebido con facilidad y prontitud, la gestación fue un tsunami emocional, y el parto fácil y rápido.

Mi segunda hija es una creación, material y espiritual, física y metafísica, que nació en la forma de una escuela de yoga y cumplirá 9 años el 9 del 9. Requirió años hasta concebirse, y el embarazo y el parto fueron increíblemente fáciles y placenteros. Sin embargo la recuperación del parto ha durado años.

Mi tercera hija es virtual, es esta plataforma luminosa dónde escribo. Tardó unos meses en concebirse y gestarse, y el parto fue a toda velocidad.

Como me dijo una madre de tres, el tercero ya va solo. Y así es, porque el primero y el segundo me ocupan todo el tiempo. Confío en la supervivencia de mi criatura más pequeña gracias a sus poderes divinos.

Aunque apenas puedo atender a mi tercera hija sueño sin embargo con gestar y parir más retoños, será porque los Jedis vivieron en la casa de “Con ocho basta”. Quisiera dar a luz varios libros, un duo o trío o cuarteto musical y un hogar en una tierra bonita donde echar raíces. Y entre mis futuros autoempleos deseados están diseñadora de perfumes y maestra de ceremonias para alumbrar aromas y discursos. Me gustar concebir, me gusta gestar, me gusta dar a luz. Me gustar crear mundos. Pero el proceso de creación se despliega a través de muchos momentos de oscuridad, así como oscuro es el canal del parto para el bebé en el proceso de nacer.

En la cosmología tántrica, todo el universo se percibe como creado, penetrado y sostenido por dos fuerzas fundamentales, que están permanentemente en una unión perfecta e indestructible, formando el principio absoluto Shiva-Shakti.

La tradición ha asociado a estos principios una forma, respectivamente la de una deidad masculina y la de una femenina. Desde un punto de vista metafísico, la pareja divina Shiva-Shakti corresponde a dos aspectos esenciales del Uno: el principio masculino, que representa el aspecto permanente de Dios, y el principio femenino, que representa su energía, la fuerza que actúa en el mundo manifestado, el acto de creación y la creación misma.

Como escribió Blaise Pascal:

Contemple el hombre, pues, la naturaleza entera en su elevada y plena majestad (…) Contemple esta resplandeciente luz colocada como una lámpara eterna para alumbrar el universo, que la Tierra le parezca como un punto rodeado por la vasta órbita que este astro describe y que se asombre de que esta vasta órbita es a su vez  una fina punta respecto de la que abrazan los astros que ruedan por el firmamento. Pero si nuestra vista se detiene aquí, que la imaginación vaya más allá; antes se cansará ella de concebir que la naturaleza de suministrar.

Nosotros somos hijos de la creación y a la vez creadores, y las creaciones nos resuenan como propias, ya sean niños, canciones o películas, sentimos un vínculo profundo con lo creado.

En cierto sentido, todos los niños son hijos nuestros. Cuando nace un bebé, es como si fuera nuestro y es como si nacieran todos los niños. Cuando muere un niño es como si  muriera el nuestro, como si murieran todos los niños. Y es que todos somos hermanos, hijos de las estrellas según las palabras de la astrónoma chilena, María Teresa Ruiz, Premio de la UNESCO mujeres en Ciencia en 2017:

MariaTeresaRuizyniños

De verdad somos todos hermanos, soñamos las mismas cosas, estamos hechos del mismo material y tenemos los mismos parientes ancestrales, las mismas estrellas que fabricaron los átomos de los cuales estamos hechos. Cualquier átomo de nuestro cuerpo tiene miles de millones de años. Los átomos de hidrógeno de mis lágrimas los fabricó el big bang. Y los átomos de calcio en mis huesos, el óxigeno en mi sangre y todos los elementos que forman parte de mí, todos, fueron fabricados por las estrellas. Somos sus hijos, hijos de las estrellas.

https://www.amazon.es/Hijos-las-estrellas-maravilloso-recorrido/dp/8499927742

 

Este mismo mes de marzo se publica la detección de la formación de las primeras estrellas después de una Edad Oscura del Universo. Tienes todo el reportaje aquí: Así se hizo la luz en el universo tras 180 millones de años de oscuridad. y en el siguiente vídeo subtitulado está resumido en poca más de 1 minuto. Es fascinante.

 

 

Esta pulsación entre luz y oscuridad, inhalación y exhalación, sístole y diástole es la expresión física de lo que en filosofía tántrica se llama Spanda, término sánscrito que designa la vibración primordial del Universo y de nuestro ser, su continua pulsación creativa.

Catherine Heymans, astrofísica de la Universidad de Edimburgo, y especialista en materia oscura, nos desvela los recientes descubrimientos sobre los componentes oscuros del universo en el siguiente artículo:

Catherine Heymans.jpg

“El lado oscuro del Universo”

“Aunque las galaxias permanecerán unidas, porque la gravedad es demasiado fuerte, las estrellas agotarán su combustible y se apagarán lentamente y todo terminará en una nada fría y oscura”

 

“Por un azar que no busco comprender” hace hoy exactamente 5 años, el telescopio Planck proporciona la imagen más precisa hasta la fecha del eco del gran estallido que dio origen al cosmos, que la Agencia Espacial Europea presentaba como la imagen del universo recién nacido:

Planck_CMB

 

Y siguiendo con la conexión de fechas, interdependencia de los fenómenos o entrelazamiento cuántico, me encuentro que en el día de mi cumpleaños se publica la noticia de la muerte de Vera Rubin, la astrónoma que aportó la primera prueba de materia oscura:

“Yo observé que las galaxias giraban de una manera totalmente inesperada según las leyes de Newton y Kepler. Esto se interpretó como la primera evidencia de que la materia oscura existía y continúa siendo la hipótesis más factible, pero también podría ser que arrastráramos un error fundamental en las ecuaciones que utilizamos para describir el movimiento de los cuerpos celestes”

 

Vera RubinVera Rubin, astrónoma estadounidense (1928-2016)

Aquí tienes un bonito artículo sobre ella.

Esa coherencia secreta y misteriosa que, según la poeta colombiana Adriana Hoyos, se oculta detrás de la creación de un poema, es la misma que subyace este escrito. Porque cuando hace unos días quise escribir un post por el primer año de vida de este blog no tenía nada, sólo el final de un invierno y el principio de una creación. Y nunca pensé que el parto me iba a llevar de viaje por estrellas y planetas, mis amados cuerpos celestes.

El parto de este post o post-parto ha sido largo muy largo, y oscuro, y poco elegante. Un montón de kleenex usados y arrugados se apelotonan alrededor del Air de mi MacBook en forma de galaxia en espiral porque este largo invierno de nuestro descontento ha hecho estragos en mis defensas. Este alumbramiento, lejos de llevarme por el atajo de un agujero de gusano, se ha convertido en un viaje a través de un agujero negro del cual estoy pudiendo salir gracias al comportamiento extravagante de las partículas subatómicas.

Nunca imaginé que mi devoción por la astrología se convertiría en amor a la astronomía, ni que mi fascinación por la metafísica se convertiría en amor verdadero a la física. Y de la física hacia mí, por lo que parece querer decirme el virus de la influenza que me orbita, pequeño escombro del microcosmos.

Porque al final todo es lo mismo y nunca ha estado separado. Luz, oscuridad, sueño, despertar.

Y para terminar, una entrañable masterclass de 7 minutos de la astrónoma María Teresa Ruiz, sobre nuestros ancestros estelares. Y un timelapse de 11 minutos de todo el universo desde su nacimiento hasta ahora, que ilustra los pensamientos de Pascal. En la grandeza de nuestro microcosmos somo pequeños y recientes inquilinos de nuestro universo.

Feliz Primavera!

 

 

 

 

 

 

Cenizas…nenúfares…tizas

Nenufarestiza

 

En las fisuras de la apariencia, de lo esperado, de lo creído, de lo pensado, de lo decidido, de lo imaginado, de lo dolido, de lo manipulado, de lo arrepentido; a través de las fisuras en la pátina de la culpa, del miedo, de la vergüenza y de la pena, brilla lo real, tan majestuoso como desapercibido.

Un verano dulce, con la dulzura propia de ese verano que la piel anhela desde lo más profundo del alma. Esa nostalgia que ya no es nostalgia porque es promesa cumplida. Y aunque lo cotidiano y lo banal empañen la visión clara, entre las grietas del espejo se vislumbran los destellos de esa cosa llamada felicidad, que pasa a ser algo pequeño, delicado, sutil y tan simple como el ahora, tal cual Es, poblado, según nuestro juicio, de imperfecciones y desaciertos.

Cuando emerges de las profundidades de lo oscuro, porque has viajado en la oscuridad, con la fuerza que te da tu propio espíritu que en la luz mora, el sonido pequeñito que producen las ranas saltando de sus nenúfares al agua en un estanque, la magnificencia diminuta en el sonido de la vocecita de tu hijo, el esplendor de la ilusión en su mirada inocente entre las olas,  el crujir de sus pasitos al acecho de gatos y ranas y estrellas fugaces, todas esas pequeñas cosas, son mi renacer a la Vida.

Y mientras unos renacen, aunque no sabemos por cuanto tiempo, otros van muriendo, de formas esperadas o anunciadas, o imprevisibles, en una asombrosa cadena, como si uno tras otro fueran subiendo a un tren. Y con sus cenizas, el polvo en el que se transforma lo que hasta hace poco fueron, nuevos niños pintarán sus aprendizajes en la pizarra de la existencia.

Porque en este breve, luminoso y dulce verano vivido, mientras las voces de los niños y sus juegos puebla el detenerse del tiempo, la noticia de la muerte del padre de mi más querido amigo suena entre nenúfares, la noticia de la muerte de la madre de mi amiga  íntima acompaña el olor de la higuera, el recuerdo de la reciente muerte de dos queridas alumnas se funde con la brisa entre las hojas de los sauces; la voz llorosa de otra amiga días antes de la muerte de su padre por estar trabajando y no poder estar junto a él me llevan a recordar los últimos meses de la vida de mi madre mientras me ducho con mi hijo bajo una cascada entre rocas y musgo; las inesperadas palabras “se nos fue en paz” en un mensaje de whatsapp de otra amiga cuando un mes antes ni siquiera se sabía que su hermano tenía cáncer se imprimen como limón en papel al guardar la ropa en la maleta.

Y la memoria de mi madre, y la memoria de mi padre, y la memoria de mis muertos, tan cercana como lejana, con esa extrañeza y perplejidad que te deja la muerte a pesar de los años, discurren hiladas por la danza de las libélulas.

Y el tren se aleja. Y se los lleva, dejándonos la huella de los sonidos pasados temblando en medio del silencio del aula vacía y una pizarra a medio borrar.

Tiza, de la lengua azteca náhuatl tizatl: “yeso”, “arcilla blanca”.

Y a modo de ritual con ese polvo blanco pinto las estanterías de mi casa de la negrura de una pena, de varias penas, y con las cenizas de mis duelos pinto los armarios, y pinto los cajones, y los barnizo con un brillo satinado y vacío mi cocina de sartenes inservibles y trastos pesados y quemo los papeles viejos del salón, y saco todo aquello que convierte mi hogar en un desvan de muertos queridos y la dejo como la estación de la que partió ese último tren de los que se han ido. Y por la estación camino hasta alejarme al lugar donde los niños se tumban sobre los raíles para predecir la llegada del próximo tren. Y yo también me tumbo y simultáneamente escucho el pasado reciente en la vibración del hierro, y el silencio del ahora y las cigarras y el latido de mi propio corazón por la emoción ante lo que está por venir.

De pronto, sin previo aviso, se escucha algarabía, sonidos de sillas arrastrandose en el suelo, ecos de voces y gritos de niños subiendo y bajando escaleras, el olor de los pupitres y de los libros nuevos que todavía perdura en mi cerebro límbico se junta con el olor que sucede en el presente, en el colegio de mi hijo, en el colegio de nuestros hijos, hoy.

Y despierto, otra vez. Y renazco.

Y el recuerdo de un poema de E.E. Cummings que me acompaña cada día, ilustra mi renacimiento.

 

I, who have died, am alive again today

and this is the sun’s birthday

this is the birthday of life and love and wings

and of the gay great happening illimitably earth

now the ears of my ears awake and now the eyes of my eyes are opened

 

Yo, que he muerto, estoy vivo de nuevo

y este es el cumpleaños del sol

y es el cumpleaños de la vida y del amor y de las alas

y del alegre y gran acontecimiento que es la tierra, ilimitada

ahora los oídos de mis oídos despiertan y ahora los ojos de mis ojos están abiertos

 

Canción de hoy: “En mi isla” de Henri Salvador

 

 

 

 

 

En suma, La Renta

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Un relato de Sergio Fernández Santacana

 

Hace muchos muchos años, La Renta.

Un momento de tensión familiar.

 

En el exterior la primavera se adueñaba de los vertederos y los llenaba de flores que nadie había plantado.

La vida se abría camino en la calle .

Parecía el momento de florecer y expandirse.

Mientras , en casa, crecía otra planta.

Y de ella salía una flor turbia que envolvía el hogar y la convivencia con los colores de la responsabilidad, el agobio y la mala hostia

Era La Renta.

Mi padre, que siempre ha trabajado en banca, llenaba la casa con papelitos donde apretujaba a lápiz números, restas, multiplicaciones, divisiones y sumas. Una suma, en suma, caótica.

Una suma de inseguridades y de miedos. Sumas repasadas de posibles errores. Sumas de errores del pasado cercano. Confesiones por hacer.

Para mi padre, que nunca ha sido creyente,  seguramente éste era el momento más equivalente a la confesión que experimentaba a lo largo del año .

En cada epígrafe, un posible pecado oculto, un examen de conciencia.

Epígrafe 303, te alabamos Señor. Epigrafe 808, te pagamos Señor.

Como si se tratara de una confesión hacia el Estado.

Una, dos, tres veces, la misma suma. Y a repetir. Un apartado tras otro.

Como un mantra, como las cuentas –las cuentas- de un rosario.

Como si equivocarte te fuera a condenar al puto infierno. O a la vergüenza pública.

Y un extraño alivio en el pagar, como si eso le fuera a eximir de las iras de la tribu.

Como si tuviese que conjurar su relativa fortuna, la habilidad de escapar de la miseria de la posguerra,  a través del sacrificio de unas monedas.

Que como monedas vírgenes, sin gastar, se entregaban por supuesto en los primeros días de plazo

…creo que alguna vez soñé con que un espíritu soplaba todos esos papeles y se los llevaba, volando, hacia el Cruce, ese gran vórtice donde las cosas de los adultos y los asuntos médicos sucedían…

 

Muchos muchos años mas tarde

 

Mi padre escuchó que La Renta se puede hacer por Internet.

Que existía algo así como un borrador. Que sería algo parecido a lo que La Divinidad, o El Cosmos, saben de ti.

Así que ahora, una vez al año, viene a mi casa y encabronándose como siempre -en una suerte de homenaje a los días pasados y ya casi ni recordados-  sigue mirando papeles del borrador, que ya no logra integrar en un todo coherente.

Y yo, que siempre he huido de los números como de la peste, y que en realidad no tengo más allá de una muy difusa idea de lo que estoy haciendo, me giro muy serio y le pido su aprobación con un “¿entonces, validamos los datos y presentamos la declaración”?

Y él, en un acto de algo que no puedo nombrar con otra palabra que no sea “fe” contesta -también serio- “validamos”

Y aunque he de reconocer que en momentos anteriores del proceso he tenido que esforzarme mucho para que no sea a mi a quien invada por momentos la mala hostia…

…antes de girarme hacia la pantalla me doy cuenta de que en realidad estamos compartiendo una actividad y pasándonoslo bien.

Ya no es una confesión o una cosa taaan taaan seria de adultos. Ahora hemos más o menos relativizado y es casi un juego. Como alguno de los que teníamos, hace ya tanto –o no-, cuando yo era niño.

Y justo antes de darle al botón “enviar” me cruza la mente por un momento la idea de que tal vez ahí esté resumida la cadena de lo masculino.

Jugártela dando tu palabra.

Y esa es ahora mi relación con el programa PADRE

Que ahora por cierto igual ya no se llama así

Igual habría que llamarle papá

Y decirle: “gracias, papá, te quiero.”

 

 

Canción de hoy:

“Song for my father” Horace Silver

Joya…..

 

 

Los hombres no lloran, riegan su barba (Parte 1)

Mendontcry

 

Yo me confieso. Aquí, públicamente, por primera vez: sí, me gustan los hombres barbudos y tatuados. Eso no significa que no me gusten los hombres afeitados y sin tatuar, Dios me libre! Pero si me cruzo con un barbudo tatuado me doy la vuelta sin decoro.

Prueba de esto es el tablero de Pinterest que creé hace un par de años llamado “Serás un hombre” y que recupero para tan esperada ocasión. Lamentablemente no he podido seguir regando sus barbas por falta de tiempo, pero se ve que, al igual que mis plantas, sobreviven sólo gracias al amor que a distancia les profeso:

https://es.pinterest.com/milazahori/serás-un-hombre-youll-be-a-man/

Mi preferencia por los barbudos es infinitamente anterior a la moda. De hecho, no soy mujer de modas ni de peluquerías. No compro el Harpers Bazaar, ni sigo a blogueras de moda, sólo voy a la peluquería una o dos veces al año; he sido agraciada con una melena rizada que a la mínima se hace rastas ella sola y no hay quien la peine: basta una noche durmiendo (no hablemos de un revolcón, de esos que rara vez suceden en mi monástica vida de sacerdotisa ilegal) para que haya que considerar seriamente ir a cortar los nudos.

Tampoco tengo presupuesto para ropa de marca, que ni necesito. Tengo poco ocio, trabajo descalza y con mallas así que sólo puedo ponerme tacones para andar por casa (sobre este tema tengo una historia fascinante que espero que Cronos algún día me permita escribir).

Me atrevería a decir que mi elegancia natural no precisa de modas, pero a veces quizás peco un poco de vivir de estas rentas aunque todavía nunca he llegado al cole de mi hijo con el pijama debajo del abrigo, y eso que en alguna contrarreloj he coqueteado peligrosamente con la posibilidad (dicen las malas lenguas que las autónomas corremos el grave peligro de abusar del pijama para todo…. que no del camisón …).

Ahora que reviso lo escrito puede que la descripción de mí misma induzca a pensar que soy una perroflauta (con toda mi admiración por esta genuina tribu urbana), pero no: ni tengo perro, ni toco la flauta.

Venía diciendo (la melena ensortijada de mi mente tiende a los excursos y mi ego aprovecha la mínima oportunidad para hablar de su libro) que mi preferencia por los tatuajes es anterior a la moda. De hecho, ahora me causa una cierta incomodidad ver hordas de tatuados porque sí, porque está de moda, y sobre todo el uso banal del tatuaje. “Ah, está de moda tatuarse, pues me pongo un tribal!”, muchas veces sin una mínima investigación sobre los maoríes y una mínima mística.

Para mí el tatuaje siempre fue algo especial. A veces tengo la fantasía de tatuarme los dos brazos y la espalda entera, pero intuyo que en algún momento del avance temporal en mi cuerpo, podría ser que llegara a ocurrir, sí…. que no quedara bonito. Así que, por si las moscas, si mi tattoo life evoluciona, elegiré palabras y símbolos sagrados en lugares escondidos de mi anatomía.

El caso…. siempre siempre me atrajeron poderosa y secretamente las barbas. Pienso que esto puede deberse a tres razones principales:

  1. Mi inclinación teológica.
  2. Mi linaje de izquierdas.
  3. Mis antepasados árabes y judíos.

Delicioso smoothie, esa mezcla de árabes-judíos-rojos-sacerdotes….

Creo que no hay nada que aclarar o escribir al respecto, pero por si alguien tuviera duda, crecí creyendo que Dios era un hombre con barba blanca que vivía sentado en una nube. Y siempre me sentí muy atraída hacia “Él”. En ese tiempo ni se consideraba que Dios pudiera tener tatuajes.

Con respecto a las izquierdas, en mi linaje materno cordobés, mi abuelo y mi tía (mi madrina) eran militantes del Partido Comunista de España y de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), y por aquel entonces las barbas eran de rojos o de jesuitas.

Por otra parte, es bien conocido el gusto por la barba tanto de los hombres judíos ortodoxos como de los árabes fundamentalistas. Su pelo ocupa un lugar protagonista mientras de sus mujeres deben ocultarlo bajo velos o pelucas después de haberse rapado la cabeza tras casarse. Algún día, cuando me sienta con fuerzas, escribiré sobre esto.

Volviendo a la moda, gracias a Dios, sí a ese, al de la barba, alguna persona (mujer u hombre) con influencia tuvo una revelación y la gente la siguió y las barbas empezaron a brotar por todo el planeta como una maravillosa y refinada tendencia que muchas de nosotras esperábamos con secreta ansiedad.

Véase como ejemplo de esto la empresa de la que procede el estupendo cartel de este post, puritito arte (si no te has parado a ver mi tablero de Pinterest, ahora tienes una segunda oportunidad de adentrarte en una selva barbuda):

https://www.instagram.com/skullbeardmode/

Y… ¿cómo encontré esto?

Gracias, además de a Dios, a la crisis económica de los últimos años, y gracias, también, a que soy madre separada con custodia compartida, me he visto obligada a alquilar una habitación en el piso en el que vivo asimismo de alquiler, para poder llegar a fin de mes, que se dice. Llegar a fin de mes…. mmm… que expresión tan loca.

Otro día escribiré sobre mi fascinante casa de huéspedes, lo importante ahora es que mi compañera de piso actual es una linda bióloga feminista de 29 años, de una inteligencia prodigiosa y fotógrafa de mis fotos, que se dedica a la investigación de la Leishmaniasis, buscando becas por todo el mundo. Y en una de estas, llegó a mi humilde hogar para preparar su doctorado.

Un día descubrí en su Instagram o en su perfil de whatsapp la foto que he elegido para este post, porque a ella también le gustan los barbudos tatuados. Eso es bueno, porque compartir el feminismo y el gusto por los barbudos tatuados nos lleva ocasionalmente a charlas nocturnas divertidísimas (cuando mi hijo está con su padre).

Y la foto me dio el título de este post, que creo que tendrá varias partes, y ésta será sólo una intro, porque semejante tema da para tanto…

Y si no, mira esta foto titulada 12 razones para salir con un tío con barba; esta es la primera y la mejor que he encontrado entre las numerosas entradas en google con el mismo título (hay que saber inglés, porque no me da tiempo a traducirla):

12reasonstodateabeardedman

 

En realidad, este post no iba de esto. Me temo que tendré que dejar el tema principal para una segunda parte…

….porque no puedo evitar contaros algo que sucedió recientemente.

Tengo un amigo que tiene dos trabajos: el guay y el que está deseando dejar. En el que está deseando dejar comparte “oficina” con otros hombres, porque hay varios turnos. El otro día me enseñó una foto de la “oficina” (esto es real):

 

calendarioschicas

Me quedé tan perpleja ante semejante reliquia que mi comentario fue: “Ah, qué acogedora, tiene luz natural”

Y lo cierto es que me pareció muy bonita, muy vintage, y muy Kaurismäki.

En mi siguiente comentario ya no pude disimular todo lo que acontecía dentro de mí y le pregunté: “¿PERO ESTO TODAVÍA EXISTEEEE????”

Y él con su elegancia natural me respondió riendo…. sí, cosas que tienen mis otros compañeros…

Aunque sé que no le disgustará pasar sus horas con tan agradable compañía, doy fe de que mi amigo, feliz e ilegalmente casado desde hace muchos años y padre de dos maravillosas adolescentes, si él pudiera elegir, tendría otro tipo de posters muy diferentes.

Esto me dio la idea de hacer mi propio calendario, al estilo de los anteriores. Y he pensado en la siguiente foto ya para el mes de mayo, porque la impaciencia me puede:

 

beardtattodaddy

 

Entonces los hombres no lloran…?

Fin de la primera parte.

Y el vídeo de hoy, que es retro:

Roy no fue barbudo, ni tatuado, fue un grandísimo artista, lloró grandes penas y nos dejó esta sobrecogedora canción, “Crying”:

https://www.youtube.com/watch?v=eO8R1w8qrgo

El infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora

manito

agua dulce fotografía

Puedes leer este post o escucharlo en este audio:

Quiero escribir de tantas cosas hoy, y son las 23 horas, y se me cierran los ojos de sueño, pero necesito escribir, tantos días sin poder escribir… Y quiero escribir lo mágico y lo banal de un día cualquiera como hoy: un día que empieza, un día que transcurre, un día que termina, un día más en el paraíso.

Y quiero escribirlo desde el recuerdo de un primer abrir de ojos, de una primera respiración, del primer instante de la vida, que es, en realidad, cada instante.

El instante en que nació mi hijo se paró el tiempo. Todo se volvió transparente con un halo blanco. Mi sonrisa, mi felicidad, mi inocencia pura, mi absoluta plenitud. La eternidad del instante perfecto que se desplegaba a un ritmo perfecto duró varias horas. Dicen que esa experiencia se llama éxtasis.

Siempre digo que el nacimiento de mi hijo fue una experiencia de iluminación para mí. Y así fue, realmente. Un estado de gracia. Tuve la suerte de vivirlo así.

Y aunque luego todo volvió a adquirir esa pátina de realidad acostumbrada, la experiencia dejó su impronta para siempre.

Cuando vi esta fotografía, me envolvió el recuerdo de la primera noche dándole mi dedo a la manita diminuta de mi bebé.  Y la ternura más allá de las palabras.

Esa primera noche en el hospital no dormí. Tuve mis ojos fascinados y mi mano agarrando su manita toda la noche sin descanso. Él en su cunita transparente donde te recomiendan que duerma y que yo puse junto a mi cama todo lo cerca que fue posible.

Esta sociedad ha anestesiado nuestra maternidad. Nos convertimos en niñas pequeñas durante el embarazo y el parto sometiéndonos a lo que nos “disimuladamente” obligan.

No me atreví a dormir con él junto a mi pecho en mi cama, por ese absurdo miedo a aplastarle. Y porque no sólo no te animan a ello, si no que te lo desaconsejan. Por no decir que normalmente se llevan al bebé al nido, una habitación donde llevan a todos los bebés para que la madre descanse.

En algunos casos la madre necesita descansar después de 36 horas de un parto extremadamente difícil y de perder mucha sangre, como es el caso de una amiga mía. Algunas madres necesitan descansar. Pero no creo que la costumbre de separar al bebé de su madre nada más nacer sea la mejor opción.

Si pudiera volver a vivirlo, lo haría diferente. Habría dormido con mi bebé junto a mi pecho, en lugar de darle “sólo” mi mano, aunque en realidad le estaba dando toda mi alma.

Cuando das tu mano a la manita diminuta de tu hijo recién nacido estás dando la mano incondicionalmente a la vida entera. Y entregándote a un abismo de amor, de dolor, de felicidad, de miedo, de ignorancia y de maestría. De una ternura dolorosa por lo extrema.

Mi hijo ahora tiene 9 años y está durmiendo junto a mí, en mi misma cama, mientras yo escribo este post. También están a los pies de la cama nuestras dos gatas: Happy y Samadhi. Y el macbookair. Podríamos decir que los 100 metros cuadrados de piso nos sobran y nos apañaríamos con una estancia.  Amor infinito en cuatro metros cuadrados.

A mi hijo le gusta dormir conmigo porque le da miedo la noche, como nos dio miedo a todos cuando éramos pequeños. Entiendo que los humanos y muchos mamíferos nos sentimos instintivamente vulnerables durante el sueño y tendemos a dormir juntos para protegernos. Y creo que casi todos los niños se levantan para ir a la cama de sus padres. Y si ellos pudieran elegir, pongo la mano en el fuego a que dormirían con ellos. De hecho, en muchas culturas duermen todos juntos.

Me parece genial que cada madre, padre y familia hagan lo que les plazca al respecto. No creo en un método ni en una verdad, creo en lo que el corazón te pide y en lo que se va desplegando naturalmente en armonía cada día, y según las circunstancias, las necesidades y el sentir de cada uno.

A mí me gusta dormir con mi hijo porque es mi amor. Y uno normalmente quiere estar junto a aquello que ama. Me parece natural y hermoso. Y me siento afortunada de poder hacerlo.

Aunque esto es algo muy criticado en nuestra sociedad, yo lo tengo tan claro, y lo disfruto tanto, que me importan un huevo todas esas cosas que mucha gente asegura con tanta rotundidad sobre la educación de los hijos.

La crianza, la infancia de un hijo, es un tiempo tan corto en toda una vida que yo prefiero vivirlo tan plenamente como me sea posible.

Y un día de estos mi hijo sentirá que ya es el momento de dormir en su cama y tranquilamente se irá. Igual que un día tranquilamente se irá de casa. Igual que un día ya no podré agarrarle la manita y comérmelo a besos y a cosquillas.

Mi hijo hoy ha sido lo mejor del día.

Hoy ha sido lunes de Pascua, día no lectivo. Ser autónoma tiene sus cosas terribles y sus cosas magníficas: a veces puedes decidir quedarte con tu hijo y trabajar en casa, porque está malito o porque no tiene cole, y esto puede ser a la vez terrible, y magnífico.

Hoy ha sido esplendoroso y delirante.

Me he levantado muy pronto para poder trabajar antes de que mi niño se despertara. Porque ya sé que trabajar con tu hijo en casa suele ser casi siempre desquiciante.

Cuando llevaba media hora trabajando en pijama delante del ordenador y sin haber desayunado para que me diera tiempo (todos los chistes sobre los autónomos son verdad), escucho una vocecita: “mami….”

Así que como es muy pronto y tiene que dormir más, al menos sus diez horas mínimas de sueño, voy y le abrazo para que vuelva a dormirse. Se duerme pero tarda, y cada vez que intento irme se despierta y tengo que quedarme.

La ansiedad por todo el trabajo que tengo por hacer y mil tareas por resolver se empieza a manifestar en mi interior, simultáneamente al placer de disfrutar de la respiración y el olor de mi hijo tranquilamente en la cama. Así que decido aprovechar el tiempo disfrutándolo, y meditándolo. Aprovecho para sentir, para recordar mis sueños, para tomar conciencia de mis miedos, para observar mi mente, para elevarla cuando cae e iluminarla cuando se oscurece…

En un momento ya puedo irme y volver al ordenador y a la agenda, hasta que mi hijo se despierta definitivamente y hay que preparar desayuno, y recoger la casa y organizar el día, que avanza conciliando.

Pero la conciliación… esa palabra….

Hoy mi hijo es un regalo del cielo: ha hecho los deberes sin quejarse, no me reclama, no se me sube a la chepa mientras atiendo llamadas de trabajo, puedo responder emails, pelearme con la contabilidad, poner tickets de soporte al servidor de la web de la empresa que no funciona y me rechaza la contraseña. Mi hijo mientras hace todo lo que le pido, cambia de actividades, juega, ve algún vídeo, se viste, se lava los dientes, me dice gracias y por favor y está especialmente cariñoso y me abraza y me cuenta cosas de vez en cuando.

Yo sobre la marcha tengo que ir decidiendo qué cosas de la lista de tareas tendrán que caerse o dejarse para otro momento. La compra es una de ellas. Cambiar la arena de los gatos, otra. Recoger la cocina y hacer la cama tendrán que postergarse.

DETESTO LAS TAREAS DOMÉSTICAS CON TODA MI ALMA

Y me empiezo a sentir terriblemente incómoda de no abarcar el trabajo, de colapsarme a la hora de vestirme, de las tareas domésticas que nunca se acaban… y de ver que no voy a poder, ni de lejos, escribir un post en mi querido blog. Llevo casi una semana sin poder escribir. Sé que me conviene dejar el trabajo un rato y salir a dar un paseo con mi hijo. Sé que siempre nos despeja y nos cambia el ánimo. Hace un día precioso. Quizás demasiado calor para pasear.

Entonces decido darle una clase de yoga de 20 minutos a mi hijo (hemos empezado hace poco). Lo hace muy bien, teniendo en cuenta lo difícil que es.

Consigo improvisar una comida sana que mi niño se come con gusto (ensalada caprese con tomatitos Cherry, y huevos) y después nos vamos a dar un paseo por un campo-bosque que tenemos cerca. Y ahí todo cambia. Estamos solos entre los árboles.

El paisaje es hermoso, entre pinos, encinas, jaras, zarzamoras y senderos que se bifurcan. Comenzamos a ver conejos (hay un montón de crías), las primeras golondrinas, y escuchamos el canto de los pájaros en una increíble sinfonía primaveral.

Escucha el jardín de mirlos (20 segundos):

De pronto, escuchamos cencerros. Un pastor ha sacado a su rebaño. Hay ovejas, algunas cabras, varios corderitos y dos perros. El pastor es un señor mayor de pelo blanco y barba, curtido por el sol, que saluda a mi hijo y le pregunta si quiere acariciar al perro. Le pregunto si siempre pasean por ahí porque nunca antes le he visto. Me dice sonriendo: “siempre hay una primera vez”. Se llama Antonio. Y el perro Triqui.

Es maravilloso escuchar los cencerros del rebaño resonando. Ellos siguen su camino. Mi hijo me pide que volvamos porque hemos quedado en ir a casa de un amiguito. Llegamos a la hora prevista.

Yo mientras me dispongo a hacer la compra y pienso que si resuelvo lo urgente del trabajo rápidamente, quizás me da tiempo a escribir. Al pasar por el mercado no hay sitio para aparcar así que dejo la compra para el día siguiente. Y llego a mi casa y abro el ordenador.

A partir de ahí, mis dos horas sin mi hijo, dos horas de delirio tecnológico. Cada tarea depende de la tecnología y se subdivide en un montón de pequeñas tareas que se van convirtiendo en irrealizables. Una carrera de obstáculos, de pesadillas de contraseñas que no funcionan y que no pueden reestablecerse:

su contraseña no es suficientemente segura

su contraseña no debe de tener más de 12 caracteres

su contraseña debe de incluir minúsculas, mayúsculas y signos

ha excedido su tiempo

descárguese este formulario, imprímalo, escanéelo, fírmelo y envíelo por fax

y una locura de configuración de cuentas de email que no consiguen descargarse, de páginas web del banco que caducan cada dos minutos y te obligan a repetir el trabajo mil veces, desesperación por no poder acceder a la información al haber cambiado de ordenador, el Microsoft office que te dice que no tienes licencia después de haberla pagado…

en fin, un largo etcétera de Orcos que te hacen empezar a pensar que …

….quizás soy gafe tecnológica

… que no, que es que tengo que asumir que esto es el día a día de un autónomo que no tiene departamento de informática, ni de mantenimiento, ni de contabilidad en su empresa porque es ella/él para todo…..

…que debe de ser una conspiración global para volver loco al pobre ser humano de a pie

…que si no sería mejor opositar (lo digo pero no lo creo)

… que qué vida apacible tienen los funcionarios y la gente que trabaja en empresa con vacaciones pagadas y pagas extras y departamentos a su servicio

… que así es la vida

… que qué suerte que no hay guerra y tenemos que comer

… aunque no sé si este verano tendré sueldo y si llegaré a final de mes

… que cómo voy a hacer en verano para conciliar trabajo y vacaciones de mi hijo

… que cómo me gustaría irme de vacaciones y no hacer nada pero no sé si voy a tener dinero para vacaciones

… que esta vida es delirante

… que si no sería mejor vivir en una aldea sin wifi y comiendo de mi propio huerto y sin correr todo el puto día

… que no pasaría nada si no escribiera un blog y no tuviera una empresa, siempre hay un repertorio inmenso de canciones para cantar durante toda una vida

Y sí, siento ansiedad, y algo de desesperación. Y en algún momento llego a escribir un par de emails de cliente borde que amenaza con cambiarse de proveedor y llegando incluso a escribir en MAYÚSCULAS Y CON EXCLAMACIONES.

Y sí, soy profesora de yoga y siento ansiedad y me desespero… Por suerte tengo un truco. Me digo: tengo ansiedad. Entonces la reconozco, la miro, la llamo por su nombre y la dejo estar…

Y pienso que la solución debe de ser cuántica: hacer como que se para el tiempo en medio de la vorágine de obstáculos y minutos y confiar, y tener paciencia, y recordar esa experiencia sin tiempo en el instante de la iluminación.

Y pienso que si me esmero podré parar el tiempo, como Neo para las balas.

Neo, matrix

Hora de recoger a mi hijo! Voy un poco tarde, pliego el ordenador, salgo pitando, cojo el coche, improviso una cena sana que mi hijo se devora (quinoa que hice ayer en la Thermomix rehogada con cebolla y shitake y aguacate aliñado) Y me pide dos tostadas con mantequilla y miel de postre. Habla con su padre por teléfono, mañana se queda a dormir con él para ver la Champions juntos 🙂

Recojo la cocina, mi hijo se pone el pijama, se lava los dientes, ya es tarde, hoy no hay ducha.

Y me pide que le lea un cuento de “Cuentos budistas para ir a dormir”, un libro que le regaló mi mejor amigo. Se acurruca en mi hombro y le leo: el árbol de los frutos misteriosos.

 

 

Se dispone a dormirse como un bendito pero me ve abrir el macbook y me empieza a preguntar cosas. Finalmente se duerme.

No es mi mejor día para escribir, tengo mucho sueño, pero quería guardar el recuerdo de un día raro y honorable que me enseña a surfear, a confiar, a ver lo bello detrás de cada obstáculo.

Y sobre todo, la alegría de tener la manita de mi hijo, todavía cerquita, de tener a mi hijo durmiendo a mi lado, de comprobar como en cada rincón se despliega un infinito, de confiar en que a pesar del tsunami de la vida, el amor y la vida son hasta el infinito y más allá.

Como decía William Blake, abarcar el infinito en la palma de nuestra mano:

Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

To see the world in a grain of sand,
And Heaven in a wild flower,
Hold infinity in the palm of your hand
And eternity in an hour.

Cómo parar el tiempo 😉 Maravillosa secuencia:

Negro sobre blanco

 

Adichie_chimamanda

Puedes escuchar esta entrada en el siguiente audio. Y al final del escrito te espera una maravillosa charla subtitulada de la autora Chimamanda Ngozi Adichie.

Hoy miércoles día de la palabra…

Negro sobre blanco…. Tinta negra sobre una blanca y luminosa pagina. Negra (tinta), blanca (página). Negra sobre blanca.

Poner algo “negro sobre blanco” significa escribirlo. La expresión se suele aplicar a obras literarias y a hechos o situaciones de cierta importancia. Significa otorgar oficialidad a algo que carecía de ella, aclarar malentendidos y sacar a la luz o hacer visible algo que permanecía escondido.

Eso es lo que hace Chimamanda Ngozi Adichie: poner negro sobre blanco.

Chimamanda Ngozi Adichie (sonoro precioso nombre) es una escritora nigeriana feminista nacida en 1977.

Tomás de Aquino define lo bello como aquello que agrada a la vista (quae visa placet). Yo añadiría también que agrada al oído, a la inteligencia, al corazón, al espíritu. La percepción de la «belleza» a menudo implica la interpretación de alguna entidad que está en equilibrio y armonía con la naturaleza, y puede conducir a sentimientos de atracción y bienestar emocional.

En ese sentido para mí Chimamanda es belleza en cada una de sus letras, en cada palabra que elige, en el propósito detrás de lo que escribe, en la dulzura real y profunda detrás de las verdades que muestra.

La descubrí ayer y ha sido un flechazo. Estoy perpleja porque no la conocía.

Si hubiera estado en el mundo en los últimos años de mi vida, seguramente la habría conocido hace tiempo. Pero llevo unos cuantos años ajena al mundo exterior, a la prensa, a la televisión y a los medios en general, ocupándome de salvar a cada instante la calidad de mi vida familiar,  doméstica, profesional y personal. Y tengo que elegir los minutos que dedico a cada cosa.

Por ejemplo, ahora estoy eligiendo escribir este post, a las 22:58, en la cama, junto a mi niño que duerme a mi lado (le gusta dormirse acompañado) en lugar de recoger la ropa del tendedero, doblarla y guardarla en los armarios. También estoy eligiendo escribir en lugar de dormirme a las 23:00  para poder levantarme a las 6:00 y que me de tiempo a todo.

Ayer mi hijo salió del cole y me dijo: “Mamá: tengo una noticia que es buena y mala a la vez”. Yo estaba expectante. “Me he terminado el último libro que me quedaba del “Diario de Gregg”.  Así que no tengo nada para leer. ¿Podemos ir a la librería comprar otro tomo?

Yo pensé que el libro no es barato (y mi hijo se los zampa) y que se lo podíamos pedir prestado a un amigo suyo que tiene todos, o mirar en la biblioteca. Pero se me iluminó el alma al pensar en pasar por la librería.

Era una tarde luminosa, de hecho, en la que se paró el tiempo. Hacía calorcito y el sol brillaba como si fuera mediodía. Así que caminamos hacia la librería del pueblo.

 

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Mientras mi hijo elegía el tomo que le apetecía de la colección y se sentaba a hojear todos, aproveché para comprar el regalo de un amiguito suyo que cumple años el sábado, y echar un vistazo a las mesas con la selección de libros expuestos. Y encontré una mesa entera y varios espacios con libros escritos por mujeres, sobre mujeres y sobre la vida.

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Me sorprendió que no conocía a ninguna. Eran escritoras de las que jamás había oído hablar. Y creo que el público en general no debe conocer, partiendo de la base de que nunca se han estudiado autoras en todos los años de colegio..

 

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Todos los libros pasaron por mis manos y todos me los quería llevar. Sorprendentemente, las autoras habían nacido en 1927, 1935, 1943, 1955….. Y habían escrito muchos libros.

 

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Entonces yo me pregunté: ¿dónde estaban? ¿dónde han estado todo este tiempo estas mujeres?

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Después de tener todos esos libros es mis manos y quedarme sus huellas en el alma con el anhelo de volver a encontrarlas, elegí a Chimamanda. Dos libritos pequeños, de 5 € que me han cautivado.

 

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Y como a mí, sé que cautivaran a mujeres y hombres, por eso quiero compartirlo aquí.

Y aprovecho para pedir especialmente a los hombres: leed a las mujeres, como nosotras hemos leído a los hombres durante toda la historia de la humanidad. Escuchad a las mujeres, como nosotras hemos escuchado a los hombres. Ved a las mujeres, como nosotras hemos visto a los hombres.

Y aprovecho para pedir especialmente a las mujeres: leed a las mujeres, como nosotras hemos leído a los hombres; escuchad a las mujeres, como nosotras hemos escuchado a los hombres. Ved a las mujeres, como nosotras hemos visto a los hombres.

Porque nos han enseñado a admirar al hombre. Y al hombre no se le ha enseñado a admirar a la mujer, más allá de su belleza o su comportamiento. Y a la mujer no se le ha enseñado a admirar a la mujer.

Creo que nosotras llevamos ventaja como lectoras y consumidoras de cultura. Ahora nosotras tenemos la palabra. Y nos corresponde a todas y a todos escucharla. Sobre todo cuando la palabra trae luz y cambia el mundo.

Sería muy muy hermoso que nos detuviéramos con cariño, con conciencia, a escuchar lo que en este tiempo las. mujeres podemos aportar.

En la intimidad, la palabra de la mujer se ha convertido en una queja amarga, en una exigencia, en un reproche, en un llanto de carencia al hombre.

Cambiar el mundo pasa por cambiar la palabra, cambiar la forma de hablar, de comunicarnos. Y cambiar la forma de escucharnos.

Por eso os comparto esta verdadera delicia y os animo a que la disfrutéis.

 

todosfeministas

 

El librito “Todos deberíamos ser feministas” es la publicación de la charla que sigue a continuación. Todo un regalo. Subtitulado al español.

 

Mi hijo tiene una madre con TDAH

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Puedes escuchar esta entrada en el siguiente audio. Duración 12 minutos.

Al final de este post tienes una joyita de vídeo, titulado: Madre: un tributo al indomable espíritu de las madres.

Mi hijo de 9 años me contaba el otro día, en el coche al volver del cole, que con su padre se levanta a las 9, desayuna, se viste, salen de casa a las 9.23  y a las 9.30 está en colegio. Yo exclamé, estupefacta: NO!!!!! ¿¿¿¿EN SERIO????

Mi hijo me responde tranquilamente y medio riendo: “sí, papá se levanta, se toma un té así sin más, se viste y nos vamos”. Lo dijo con un tono imposible de registrar aquí. A mí me salió una carcajada del alma. Primero por la forma tan divertida de mi hijo de decirlo con una entonación nueva, segundo porque vi la estampa y me inundó el amor, tercero porque vi dos ventanas simultáneas de las mañanas antes del cole de Manuel, una con su padre y otra con su madre. Mi risa era una risa genuina a la par que trascendente, de superación de mí misma, de aceptación de mi cotidianidad y de mis dificultades ante el chiste de mi vida. Pero cualquier otro día, en lugar reírme, podría haberme puesto a llorar como un dibujo japonés lanzando lágrimas como misiles en todas las direcciones.

“¿Y a qué hora se levanta papi?”, le pregunto a mi hijo (sabiendo que la batalla está perdida de antemano). “A las 9 y algo…” me responde. A mi no me salen las cuentas…. Y estoy ojiplática que se dice (gran palabro donde los haiga, oiga. Etimológicamente significa: con los ojos como platos).

“¿Pero tú te levantas antes que papá?”

“sí… a veces”

“Y te preparas tú el desayuno solito”

“Sí, mira: cojo los cereales, una taza, la leche, una cuchara ….”

Pienso: claro! Por eso a los padres les cunde más! No tienen la maldita manía de dárselo todo hecho a los hijos. Pues a partir de ahora te vas a preparar tú el desayuno también en casa, me digo para mis adentros. Ya fue un avance cuando le organicé el armario para que él eligiera su propia ropa y se vistiera como si yo no existiera. Esto va a ser toda una revolución, una cosa menos! Sobre todo porque cuando me enfrento al desayuno suelo colapsarme. Más adelante se entenderá porqué.

Ahora mientras escribo esto son las 7:09 de la mañana. Anoche me acosté a las 23:00 para levantarme a las 6:15 y hacer mi práctica de yoga y escribir este post que, si llego a tiempo, programaré para publicar esta noche. Y si todo fluye debería darme tiempo a ducharme, a elegir bien la ropa, a maquillarme incluso, a preparar el almuerzo de mi hijo…. Y si dejo la cocina recogida y la cama hecha, medalla olímpica. Lo normal para cualquier persona normal, para mí es una proeza.

Las 7 horas de sueño que había programado dormir, para mantener una buena salud de sueño, no han sido posibles. Me he despertado, no sé porqué, a las 4.20. Mala hora para despertar. He intentado conciliar el sueño pero no he podido. Así que a las 5.47 me he levantado. Y he pensado: nací a las 5.50 a.m. así que será buena hora para levantarme.

Si no fuera porque llevo una semana agotada, con un sueño permanente e infinito….

Da igual la hora a la que me levante, como si no duermo. Haga lo que haga, no me cunde el tiempo. O no me da tiempo a hacer todo todo lo que hay que hacer en el tiempo que tengo.

Es verdad, no soy la única. A la mayoría de las personas que conozco no les da tiempo, por no hablar de las madres, que pertenecemos a otra categoría.

Ruego me disculpen los padres por no ponerles en la misma categoría. Sé que aunque estén también realmente desbordados esos padres maravillosos copartícipes en la Igualdad de Género, las madres (en general y en su mayoría, salvo excepciones) se cargan ellas mismas con mucho más trabajo debido fundamentalmente a condicionamientos sociales y culturales y quizás también tendencias biológicas. A veces me da la impresión de que los padres (en general y en su mayoría, salvo excepciones) consiguen preservar su tiempo para estar bien ellos, algo que nosotras deberíamos aprender de ellos, por cierto.  Si eres una excepción de padre que se sobrecarga porque antepone las necesidades de todo el clan frente a las suyas propias, por favor, acógete al paréntesis y te recibimos con los brazos abiertos en nuestra clase “preferente” de madres.

Pues si a una persona “normal”, madre o padre, en esta sociedad de hoy no le da tiempo,  puedo aseguraros que la vida cotidiana de una madre con TDAH (imagino que la de un padre también) llega a vivirse con una buena dosis de dificultad, esfuerzo y desconcierto, como cualquier vida con un handicap.  La sensación interior es como si tu mente fuera la ruedita de espera que aparece cuando el ordenador se cuelga o cuando el móvil está buscando la wifi.

Hace ya aproximadamente una década se empezó a oír hablar de “niños hiperactivos”  o con trastornos de atención, y de los problemas que tenían sus padres con ellos y cómo tratarlos médicamente o terapéuticamente.

A día de hoy ya hay asociaciones de padres con hijos de TDAH, productos de coaching on-line para padres de niños con TDAH y también para adultos con TDAH y una gran cantidad de libros e información, así como neuropediatría online. Pero lo cierto es que a quien no le toca de cerca no lo conoce.

Es cierto que siempre me sentí rara, distinta. Y sobre esto podría dar muchos datos, quizás más adelante en otro post. Extrañamente siempre me sentí más identificada con lo que le pasaba a cualquier personaje de Bergman que con cualquier sevillano saleroso. Hacía yoga cuando aquí casi nadie hacía yoga, investigaba sobre alimentación cuando casi nadie se lo planteaba, inauguré centros de yoga y herbolarios, estudiaba astrología cuando nadie sabía siquiera lo que era, indagaba en técnicas de meditación cuando no se conocía la palabra, me psicoanalizaba en secreto cuando aquí sólo se conocía el psicoanálisis por las películas de Woody Allen. Era nueva era cuando la nueva era era una minoría mal vista en España. Iba a ver películas en chino mandarín y durante un tiempo tuve que defender semejante rareza ante la mayoría de mis amigos. Ahora es habitual. Hasta hace pocos años no lo era.

Ahora me siento pionera de mi propio trastorno y cuando busco chistes sobre madres con TDAH, sólo los encuentro en google en inglés. A España todavía no han llegado, como no hay libros publicados en España específicos sobre mujeres adultas con TDAH, y en EEUU sí. Y estoy casi segura de que pertenezco a la primera promoción de mujeres diagnosticadas oficialmente con TDAH en España. Y aunque lo que padezco no es algo de lo que pueda uno sentirse orgulloso, apuesto ahora por lucir mis defectos.

A estás alturas, posiblemente te estés preguntando. ¿Pero que es esto del TDAH? A ver cómo consigo resumirlo.

TDAH (ADHD en inglés) son las siglas para Trastorno de Déficit de Atención y/o Hiperactividad. Link a wikipedia por si te interesa investigar. Aunque no estoy muy de acuerdo con el resumen de síntomas principales. Son un poco mediáticos.

Intento resumir con mis palabras, si es que esto se puede resumir, lo que es el TDAH. Y siéntanse libres por favor los psiquiatras para corregirme lo que consideren necesario.

El TDAH es un trastorno neurobiológico que se caracteriza por un déficit en los neurotransmisores del cerebro dopamina y noradrenalina, que son los que regulan las funciones ejecutivas del cerebro, relacionadas con la actividad y la atención.

Sí, pero como bien me dice mi psiquiatra: “¿Qué hay detrás de los neurotransmisores? ¿Ese “más allá que has mencionado alguna vez ?”

El cerebro y la mente son mundos asombrosos. Y la psiquiatría es fascinante.

Digamos que las personas con TDAH tenemos mucha dificultad para manejarnos en las tareas cotidianas y mecáncias, tenemos mucha facilidad para distraernos y dejar a medias cada cosa que empezamos, nos perdemos en nuestra propia mente hiperactiva y en lo cotidiano. Nos resulta una odisea elegir entre muchas posibilidades (ropa en el armario, un producto en el supermercado). Como el funcionamiento del cerebro ejecutor es inestable, debido al funcionamiento inestable de los neurotransmisores que lo regulan, ejecutamos inestablemente y tenemos una atención y una actividad inestable. Pasamos de la falta total de atención al “hiperfoco” y de la hiperactividad a la parálisis.

Así que puedes imaginar el desafío para una madre con este trastorno. A no ser que tengas dinero para pagarte una empleada doméstica que lo haga todo y te ordene todo, y una asistente personal que te lleve todos los temas económicos y organizativos. No es mi caso. Lo tengo que hacer todo yo.

Lo maravilloso de todo esto es que soy madre con déficit de atención, y profesora de yoga con déficit de atención, y fui productora de televisión con déficit de atención. Y, a día de hoy, no me han despedido de ninguno de mis cargos, ni he llevado a la humanidad a la hecatombe.

Cuando me diagnosticaron pensé: “Toda mi vida sintiéndome un imperfecto desastre, y resulta que soy un puto crack!!!”

Mi psiquiatra (me encanta decir esto, es taaan contemporáneo) me asegura que no es una enfermedad, si no una “predominancia del hemisferio cerebral derecho”, y me hace un precioso dibujo del cerebro con sus dos hemisferios y lo que rige cada uno. Sin embargo, me dice, la medicación está funcionando muy bien en niños y adolescentes, aunque no se trate de una enfermedad. Él es especialista y trabaja especialmente con niños y adolescentes en la Seguridad Social.

Si es difícil para un niño padecer TDAH en esta sociedad tan enloquecida (en realidad, para mí, es la sociedad la que sufre Trastorno por déficit de Atención e Hiperactividad, obviamente y no el niño que pacede el delirio de su tiempo y poca comprensión en su naturaleza “diferente”), entonces ¿Cómo es ser madre con TDAH?

Por suerte, puedo escribir y contarlo. Otro día. Pero te adelanto que nuestro mundo interior, en ocasiones también el exterior, se parece mucho a la foto. Aunque esa colada resulta esplendorosa rodeando a esa belleza oriental. Ponle a la muchacha una bata, un moño despeinado, 10 kilos de más y 10 años de más y unas cuantas arrugas de más…. y posiblemente se acerque más a una realidad políticamente incorrecta.

Son las 8.07 cuando escribo esto, acaba de salir el sol sobre los tejados y sus rayos me inundan los ojos y me despiertan de este momento. Hora de ducharse, preparar desayunos, ropa, despertar a mi hijo, que no ha hecho los deberes durante el fin de semana, y me  dijo ayer que los haría después de desayunar. Ya voy tarde. Dudo que me de tiempo a recoger la cocina, hacer la cama y maquillarme. Con llegar a la hora al cole me doy por satisfecha (¿o no?). Más bien no. Más bien nunca. Digamos que salvamos lo fundamental. Mi hijo estará preparado mucho antes que yo y me esperará diciéndome: “¡Vamos, mamá!”

Pater noster

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Hoy es martes y no puedo evitar hablar de mi padre, porque la palabra martes contiene tanto de su persona.

Por eso necesito hacer una breve introducción sobre el origen y el sentido de esta palabra.

Martes viene de dies Martis, es decir, ‘día de Marte’, porque estaba dedicado al dios romano de la guerra. Hijo de Júpiter en forma de flor y de Juno. Se le representaba como a un guerrero con armadura y con un yelmo encrestado. El lobo y el pájaro carpintero eran sus símbolos.

Marte dio nombre al cuarto planeta del sistema solar: Marte, al día de la semana: Martes y al tercer mes del año: Marzo.

Originalmente, Marte era el dios patrón de los pueblos itálicos, que eran tanto guerreros como agricultores.  Era un dios guerrero, que protegía a su pueblo contra sus enemigos. También era un dios ctónico asociado a la tierra, a la protección física y espiritual de los cultivos, y era el Dios de la Primavera.

Reunía Marte la virtudes de intrepidez, temeridad ciega, valor y osadía, fuerza viril, e inspiración guerrera. Era el dios que conducía a la victoria a los romanos.

Como dominios de Marte se consideraban los bosques misteriosos en los que habitaba el pájaro carpintero.

Mi padre nació un 15 de abril de 1931, el día siguiente de la proclamación de la Segunda República Española.  Él alguna vez comentó que pensaba que había nacido el 14, pero le habían inscrito en el registro al día siguiente para que no constara que había nacido el día de la República. En casa siempre lo celebramos el día 15. Nunca dijo nada de ser republicano, pero se intuía cierta afinidad y un orgullo de haber nacido en esa fecha.

Mi padre nació justo en un momento de enorme energía popular, política y social. Y él tenía en sí una grandísima fuerza, una grandísima pasión y una inmensa necesidad de libertad.

Mi padre nació bajo el signo de Aries un día de primavera, haciendo honor al Dios Marte, pues Aries, viene de Ares, el dios griego de la guerra, el equivalente al dios Marte, aunque Marte era más refinado y menos violento.

En astrología, arte que tengo el privilegio de haber estudiado desde mi infancia, Marte es el planeta regente del signo Aries, y a ambos se les atribuyen la energía y las características propias que hemos descrito del dios Marte.

Mi padre tenía esas cualidades.

Yo no sé si mi padre había estudiado mitología y astrología, pero lo cierto es que, por ese “azar que no busco comprender”, siempre nos contaba que estaba seguro de que en otra vida había sido un centurión romano, y lo sentía muy fuerte en su corazón, tanto que decía que siempre que estaba en Roma, escuchaba los cascos de los caballos sobre los adoquines, cuando no había ningún caballo alrededor.  Y nos explicaba que se veía los pies con las sandalias, y se veía vestido con la falda de un centurión.

Mi padre fue el pequeño de 9 hermanos, su madre era Madre, y su padre juez de paz de un pequeño pueblo de Burgos. Contaba siempre que su madre era todo amor y que su padre era tremendamente estricto y le maltrataba.  También contaba que sus hermanos mayores se burlaban siempre de mi padre porque dormía con su madre, y le llamaban “duermemadres”.

Durante la Guerra Civil pasaron hambre, y algunos días sólo había un pedazo de pan y un cuenco de leche para todos. Su padre repartía el pedazo entre los nueve y ponía el cuenco en el centro de la mesa. Y como todos se abalanzaban, él padre golpeaba fuertemente con una vara en la mano de aquel que se atreviera a saltarse su turno.

Mi padre miraba las estrellas y se preguntaba “¿Porqué no puedo estar allí, en el cielo?”. Cuando miraba el cielo sentía toda la libertad. Se sentía preso, así que con 13 años se escapó, cogió su bicicleta y se subió en el primer tren que pasaba por el pueblo, que iba a Gerona. Cuando le encontraron su padre le dio una tremenda paliza.

En cuanto fue mayor de edad ingresó para hacerse sacerdote, pero a los pocos años se salió, según sus propias palabras, porque le gustaban mucho las mujeres.

Coincidió con que su padre murió en esa época. Cuando estaba en el lecho de muerte con todos sus hijos alrededor, preguntó por mi padre, que era el único que faltaba. Estaba yendo desde Madrid para verle y nada más entrar a la habitación, su padre pronunció el nombre de su noveno hijo y justo después se murió.

Entonces mi padre volvió a Madrid y se gastó toda la herencia de su padre que le había correspondido a él, en lujo, ropa cara, fiestas, juego y mujeres, según él contaba. Sus hermanos, cuando se enteraron, fueron a buscarle a Madrid desde Burgos y le dieron una paliza por gastarse todo el dinero, aunque fuera de él.

A partir de entonces se marchó a viajar por todo el mundo, a aprender idiomas, consiguiendo trabajo como botones y recepcionista de hoteles en diferentes ciudades de Europa.

Mi padre hablaba español, inglés, francés, italiano y alemán, perfectamente. Todos los había estudiado de forma autodidacta.

Un día, mientras trabajaba como recepcionista de un hotel en Ginebra, Suiza, dónde tenía a su vez su propia habitación como empleado, y muy buena reputación como trabajador, conoció a un grupo de españoles y les invitó a dejar sus maletas y sus cosas en su habitación mientras se hallaban de paso, o algo así. Si mi padre viviera, le volvería a preguntar todos los detalles de como ocurrió todo, pero cuando me lo contó, a mí me dolía y me desconcertaba tanto que lo quería borrar de mi memoria.

Lo que sucedió fue que estos españoles atracaron una joyería, les pillaron, y ellos acusaron a mi padre ser el jefe de la banda, dieron su dirección y encontraron el botín en la habitación de mi padre en el hotel. Mi padre siempre me aseguró que él era inocente, y yo sé y siento que así es, aunque fuera un vividor y le gustara el lujo y la belleza y la libertad. Y conozco su dolor.

Mi padre pasó 7 años de su vida en una cárcel de Suiza, de la que se escapó junto con su mejor amigo de la cárcel, haciendo una copia de las llaves de la celda, puesto que en la cárcel trabajaba en cerrajería (suena increíble, pero tal cual lo contaba).

Así que su amigo y él se escaparon y atravesaron los Alpes. En mitad de la nieve su mejor amigo murió de frío en sus brazos. Cuando mi padre cruzó a Francia, le esperaba la policía.

Le metieron en una celda de castigo a pan y agua dónde cuenta que no había altura entre el suelo y el techo para ponerse de pie. Y que no sabe cuánto tiempo pasó ahí, pero que cuando salió, tenía una barba muy larga.

A la cárcel iba a visitarle un sacerdote mexicano, que era el maestro espiritual de mi madre, que por aquel entonces trabajaba cuidando unos niños en Lausanne, Suiza. Mi madre era una católica comprometida que hacía obras de caridad y visitaba a enfermos en los hospitales. El sacerdote le pidió que fuera a visitar a un preso español que estaba muy deprimido. Entonces mi padre se enamoró de mi madre. Se conocieron en la cárcel, un buen sitio para los amantes de la libertad.

Cuando mi padre salió de la cárcel (entre estos dos párrafos hay un libro entero) fue a Córdoba a buscar a mi madre y se casaron.

Cuando yo tenía un año y mi madre estaba embarazada de mi hermano, a mi padre le diagnosticaron un cáncer de parótida y se tuvieron que marchar a Madrid al Hospital de la Paz. Allí le operaron y le dieron dos meses de vida.

Mi padre siempre cuenta que en la operación salió de su cuerpo y se vio desde arriba, vio el quirófano, a los médicos y su cuerpo. Sintió que en ese momento murió. Pero no quería morirse y se agarró a la vida hasta los 76 años.

Mi padre siempre decía que le hubiera gustado ser director de orquesta o un gran payaso como Chaplin. Charles Chaplin había nacido un 16 de abril.

Nuestra vida de familia no fue nada fácil y la relación entre mis padres fue muy tormentosa. Aunque recuerdo verles salir felices y arreglados, reírse juntos y hablar en francés entre ellos cuando no querían que les entendiéramos.

Mi padre sufría de unos terribles dolores de cabeza y tenía ataques de ira muy frecuentemente. Él decía que se había quedado muy mal de los nervios después de la operación. Teníamos miedo de sus enfados. Pero muchas veces era muy alegre y se reía con ganas.

Nunca se me olvidará una vez que nos llevó a mi hermano y a mí al Parque del Retiro en Otoño cuando éramos todavía muy pequeños, y pasamos la tarde rodando cuesta abajo sobre la hierba llena de castañas. Recuerdo cómo nos divertimos, y cómo disfrutó él. 

Nos enseñaba frases en todos los idiomas que conocía. Su frase preferida era: “No news, good news!” y siempre la decía después en alemán: “Keine Nachricht, gute Nachricht”. (Ninguna noticia, buenas noticias). Hablar idiomas le daba mucha alegría.

A mis padres les gustaba la buena vida, y salían al Casino, se iban a Roma en fin de semana cuando eso no era habitual en nuestra clase social. Mi padre se llevaba a mi madre a jugar, y vivía por encima de sus posibilidades.  Se arruinaron.

Cuando yo tenía 10 años tuvo que marcharse a México a trabajar durante dos años. Allí conoció la Orden Rosacruz, según él la describía, una orden de pensamiento metafísico cristiano. Pertenecer a los rosacruces le hizo mucho bien, y yo fui testigo de ello. Fue Rosacruz desde entonces hasta el final de sus días. Comenzó a estudiar metafísica, y se curó de sus terribles migrañas. Meditaba con un vaso de agua en sus manos que luego se bebía. Por aquél entonces yo tenía 15 años, era punk y y me avergonzaba de él cuando llegaba a casa con mis amigas y le oíamos cantar el OM. Tenía una mano increíble para las plantas que crecían en casa como en una selva y parecía que las quería más que a nosotros.

Mis padres se separaron. Mi padre montó empresas y tuvo dos escuelas de idiomas, donde enseñaba inglés a los niños, le apasionaba enseñar. Hasta que se jubiló y se marchó al mar por su enfermedad en los pulmones.

Durante mucho tiempo estuve muy enfadada con mi padre. Pero él siempre me llamaba, se preocupaba por mí, y fue tan perseverante en su amor hacia mí, que finalmente nos reencontramos, gracias a él.

Cuando fuimos adultos, siempre respetó nuestras elecciones y a veces elegía pasar las navidades solo por no hacernos ir a verle.

Mi padre tenía colgado en el pasillo de casa un poema de Rudyard Kipling que siempre nos recitaba. Decía:
Hijo, si quieres amarme, bien puedes hacerlo
Tu cariño es oro, que nunca desdeño

 Más quiero  comprendas que nada me debes
Soy ahora el padre y tengo los deberes

Nunca en las angustias por verte contento
He trazado signos de tanto por ciento

  Ahora pequeño quiero orientarte
Mi agente viajero llegará a cobrarte

Será un hijo tuyo gota de tu sangre
Presentará un cheque por cien mil afanes

Llegará a cobrarte y entonces mi niño
Como hombre honrado a tu propio hijo deberás pagarle.” 

En los últimos años de su vida, muchas veces teníamos conversaciones sobre Dios por teléfono. Él soñaba con que yo encontrara un buen compañero de vida y le encantaba la idea de que algún día pudiera abrir una escuela de yoga. Mi escuela de yoga es gracias a él.

Cuando me comprometí con el padre de mi hijo, él fue el único al que se le ocurrió contar el número de veces que mi amiga que ejerció de sacerdotisa, pronunció la palabra Amor en su discurso.

Murió repentinamente de un cáncer de hígado que nadie sabía que tenía, ni siquiera él. Yo estaba embarazada de mi hijo y estaba en Brasil cuando le ingresaron. Volvimos a contrarreloj y murió 2 minutos antes de que yo entrara por la puerta del hospital. Me esperó, pero no quiso que le viera morir. Mi hermano le acompañó amorosamente en su muerte.

A mi padre le encantaba el Padre Nuestro, le parecía una preciosa oración, y llamaba Padre a Dios con un cariño infinito.

Tiempo antes de morir escribió un hermoso poema en el que les pedía a los ángeles que le elevaran dulcemente al cielo el día de su muerte. Y como él quiso, tiramos sus cenizas al mar donde el vivió sus últimos años. Y ahí, leímos su poema.

El amor a los padres sigue creciendo después de su muerte. Siempre hay tiempo para la comprensión y la reconciliación. Y he podido experimentar claramente, que más allá del dolor,  las dificultades, de los desencuentros, y de las heridas, el Amor entre padres e hijos es eterno y verdadero, está vivo y perdura en el tiempo.

Gracias, Padre, por tu amor y por la riqueza de tu alma.