White Friday, Black Sheep

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Fotografía de Jessica Walsh

Ahora es el Momento. Elijo vivir un viernes blanco. Elijo vivir un lienzo en blanco a cada instante en mi mente. Una mente diáfana en la que revolotean las posibilidades como mariposas. Y yo las elijo. Y yo las dibujo. Ahora.

Elijo el blanco como mi Pantone 000C White, blanco puro, para este curso.

Esta es una reflexión contemporánea. No más. Aunque nos invito a que seamos más responsables y más despiertos, no digo que lo que propongo sea lo mejor, ni lo correcto, más bien lo comparto como otra posible elección.  

En medio de las hordas de Black Friday que inundan los dispositivos esta oveja negra sueña con un viernes blanco.

Blanco para mí significa libertad, simplicidad y paz. Dulzura.

Una esencia de espacio y claridad, de cuidado, de silencio sobre el que resalten las palabras expresamente nombradas y dancen las realidades perfectamente delineadas. Y donde se pueda ver la verdad de las cosas.

Para poder disfrutar de lo blanco es necesaria la presencia de lo negro como contraste y referencia.

Blanco y negro se complementan y se sostienen mutuamente. Los entendemos como opuestos y separados, con diferente vibración y comportamiento, aun siendo manifestaciones de lo mismo. El símbolo del Yin y el Yang expresa la danza de todas las cosas en perfecto equilibrio.

Blanco es la presencia de todos los colores. Blanco es el AHORA (White(i)snow). Blanca es la paz en su bandera y su paloma. Blanco es el lienzo del pintor. Blanco es el orden. Blanca es la leche alimento del recién nacido. Blanco es el cabello en el anciano. Blanco es el algodón. Blanca es la tiza. Blanca es la seda. Blanca es la luz radiante de las estrellas. Blanca es también la luz cegadora.

Negro es la ausencia de color. En el negro la visión se le revela al chamán. Negro es el caos. Negro es el espacio que sostiene las estrellas y negro es el agujero en el que la estrella se convierte cuando se apaga. Negra es la tierra reciclada de lo que una vez muerto alimenta la nueva vida. Negra es la tierra de mi Lanzarote amada. Negro es el fuego solidificado de mis deseos insatisfechos que conforman un sólido paisaje.  

 En el espacio del universo coexisten oscuridad y luz, caos y orden.

Mi alma de negra, en cuya memoria se susurran los cantos de esclavitud y los tambores que acompañan la danza de la vida pura, ahora siente que necesita la vibración del color blanco.

¿Será que deseo experimentarme completada? ¿Será que deseo un lienzo en blanco donde pintar mis sueños?

Cuando cierro los ojos y me imagino mi hogar soñado, veo una casa sencilla, sostenible, posible, construida con mis propias manos al menos en parte, afín y una con el entorno, blanca, luminosa, abierta y espaciosa por dentro, pero también acogedora, con madera y materiales orgánicos crudos y refinados, muy pocos y bonitos objetos, vidrios de colores que resalten sobre el blanco y espejos que reflejen arcoíris en las paredes. Custodiada por la vital presencia de árboles autóctonos, aunque me harían muy feliz una palmera, un limonero, una higuera, girasoles y rosas, flores de cactus. Y, por supuesto, un huerto.

Imagino tener sólo lo que se necesita y se usa, y un poco (pero poquito) más, por diversión. Un piano, también por supuesto, un ukelele y una guitarra. Y ver las pocas pertenencias que tengamos a simple vista. Todo a mano. Y compartir la paz y la belleza de este home sweet home. 

Imagino un espacio a través del cual moverme descalza con libertad y calidez en amorosa compañía. 

Un hogar sencillo, natural y bonito.

Y ese sueño de futuro es ahora una realidad en mi imaginación pintada. Y mi ahora es un espléndido amanecer escribiendo un sueño.

Esta idílica ensoñación de mi mirada desobediente se ve de pronto interrumpida por el recuerdo de un reciente paseo por un centro comercial.

Entonces aparece lo negro para que resalte lo blanco.

La semana pasada cedí mi iphone al museo arqueológico, después de que muriera por fin tras una prolongada y deseperante agonía.

Así que tuve que salir corriendo como si no hubiera un mañana (que no lo hay porque “The Moment is Now”) a comprarme el iphone más barato que encontré a módicos plazos (lo reconozco, soyiphonedependiente, es mi única dependencia de la que espero curarme un día con un tratamiento especial de teléfono de dial combinado con terapia termal).

Me fui a la Apple Store (sí, lo reconozco y me confieso, me gusta porque es blanca) en el Centro Comercial de mi zona y me encontré con el enorme despliegue de anuncios del Black Friday por todas partes alrededor. Tuve una profunda revelación al respecto con matices que hoy no podría explicar. Y me vi a mí misma fuera, fuera de este mundo de consumo compulsivo y de sentimiento de carencia. Y deseando estar a cien mil leguas de viaje submarino de cualquier centro comercial, a ser posible. Aunque reconozco que en ocasiones pueda serme cómodo, incluso agradable.

Me zafé del “voy a esperar al Black Friday para comprarme tal cosa”. Personalmente no necesito comprarme tal cosa en el Black Friday ni que me regalen nada ni ahorrarme nada. Ni aplicar a ningún sorteo. Aunque llegue por los pelos a final de mes.

Ya me regalan muchas cosas porque ser profesora de yoga es como ser el médico del pueblo. Me han regalado desde aguacates hasta estatuillas de India, pasando por adornos de todo tipo, vino y bombones. Sólo falta que me traigan una oveja (preferiblemente negra, esta vez, por afinidad electiva).

No comparto este pensamiento colectivo de “a ver si lo consigo más barato para gastar menos y puedo comprar más cosas por el precio de una” o “voy a comprar ahora así ya tengo los reyes solucionados”, o “es que me ahorro un montón”. No voy a juzgarlo. Simplemente no lo incluyo en mi cesta de la compra. Mis reyes prefiero que sean unos pocos, bonitos y sentidos regalos comprados en tiendas pequeñas de comerciantes, autónomos como yo.

Los que se inventaron el Black Friday saben que se consume mucho más y se gasta en cosas que seguramente no se necesitan, que ocupan un montón de espacio y que en poco tiempo inundarán los vertederos de residuos que tardarán cientos de años en degradarse.

Sí es muy contemporáneo, es parte de la vida, es así. Y no voy a estar peleándome con ello. Pero me libera no elegirlo.

Es como una especie de perversión condescendiente de esos que dirigen estas políticas manipuladoras desde su isla y no creen que las personas merezcamos una felicidad desnuda y desprovista.

Como si nos estuvieran haciendo un favor enorme por abaratarnos las cosas un día al año y en los dos meses de rebajas, después de dejarnos fritos con la factura de gas y electricidad todos los meses. “Tomad los desechos que quedan y así nos ayudáis a limpiar nuestros almacenes y a ensuciar vuestros valles para que podáis morir aplastados entre montañas de impresoras hijas de la obsolescencia programada”.

No, gracias.

A esos, los escondidos en la sombra de sus playas privadas, ya les queda poco que hacer, porque esto ya es insostenible y las personas no somos estúpidas. Ya empezamos a darnos cuenta de que es innecesario.

A esos líderes sin empatía y a sus secuaces hombres grises no les deseo ningún mal. Deseo que se dediquen a consumir su piña colada sin decirnos a los demás lo que tenemos que hacer con nuestra vida, cuántas horas tenemos que trabajar, cuántas horas tenemos qué dormir, qué noticias inventadas tenemos que creer, qué tenemos que comer para estar sanos, y que fármacos tenemos que tomar, cuántos kilográmos tenemos que pesar y cuantos centímetros tienen que medir nuestras “cosas”. Deseo también que devuelvan las tierras que han robado a la Tierra y que luego cobran al resto de sus habitantes.

Es cierto que, de alguna forma, todos encontramos algún beneficio en esto. Pero también creo que nos hemos pasado de rosca y que podríamos vivir feliz y cómodamente, todos, con muy poco o casi nada más que el esplendor de la vida misma y esta tierra.

Hace ya tiempo que cuando entro en una farmacia o en la tienda de la gasolinera, me siento abrumada ante tanto horror vacui, tanta oferta, tanta desmesura y tanto plástico.

Y el vacío y el silencio se convierten de pronto en artículos de primera necesidad.  

Respeto por supuesto a todo aquel al que le gusta comprar y tener y coleccionar cosas. Pero que sea libremente. Que no sea porque socialmente le teledirigen de manera tan descarada y enloquecida.

Se me hace raro ver a todos esos seres humanos corriendo y comprando compulsivamente todos juntos en el mismo día. Aunque quizás ellos se lo están pasando genial y se les hace raro ver a una oveja negra y aburrida como yo sin comprar nada. 

Yo añoro la tienda de ultramarinos atendida por el tendero del barrio al que pedirle un litro de leche, una barra de pan y mantequilla.

Llámame radical.

El otro día hablando con un amigo recordé un documental que vi hace meses en mi mes de prueba de Netflix. Me encantó y lo recomiendo. Me dio mucha paz cuando lo vi y pensé: así me gustaría vivir. Se llama “Minimalismo”. Ya el tráiler te dice mucho:

Y llámame también irresistible porque, según este artículo, la oveja negra es, en realidad, la mejor del rebaño:

Las ovejas negras, siempre que no tengan un solo pelo blanco, protegen al rebaño de algunos males, enfermedades o incluso de las tormentas. Así lo aseguran las tradiciones de los pastores del Alto Aragón, en una colección de intuiciones que la veterinaria Lucía López ha recogido para un estudio. Según su trabajo, estos animales tan castigados en el imaginario colectivo han sido, en realidad, sagrados durante siglos.

http://cadenaser.com/programa/2017/04/17/hoy_por_hoy/1492428272_102435.amp.html

Así que hoy me dispongo a vivir un viernes blanco, libre de consumo, con la melena propia de una oveja negra de pura cepa. Y para celebrarlo, un próximo lunes artesano y analógico.

I’m a lonely girl.

De postre, algo que te va a dar varias sonrisas y una gran felicidad, que no será empañada a pesar del correspondiente anuncio de Black Friday.

El sencillo y fascinante videoclip elegido para hoy, “I’m a lonely boy” de The Black Keys. Esas benditas teclas negras que suenan tan maravillosamente disonantes y que siempre te sorprenden.  

Su protagonista, el guarda de seguridad del estudio donde rodaron el vídeo clip para esta canción, que luego decidieron sustituir por este retal de backstage.

Viva lo sencillo.

A vuestra salud y felicidad! Saravá!


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Surfer@s de grandes olas

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Surfear grandes olas es un viaje a través de los límites gloriosos de la vida.

Garret McNamara es un surfista profesional de grandes olas, es hawaiano, tiene 51 años y el record mundial por haber surfeado la ola más alta en Nazaré, Portugal, donde reside con su mujer y sus hijos. Sobre él cuento hoy una bonita historia.

Hace justo una semana estaba yo regresando de impartir un retiro en la costa de Portugal, en la que mi hijo de 10 años pudo disfrutar de sus primeras clases de surf mientras yo daba clases de yoga, gracias a esa bendita anestesia que es: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Aunque he de confesar que, antes de verle partir hacia su surf, yo había rezado a todos los dioses de todos los panteones de todas las religiones existentes en esta tierra y en todos los confines del universo. Creo que con esto ya doy por finalizada para siempre mi práctica religiosa.

Una de esas tardes en la playa de surf de Odeceixe un amigo me presta su tabla y me anima a bracear y a ponerme de pie sobre las suaves olitas de la orilla con la marea baja. Braceo escasos segundos antes de casi chocarme con otra tabla. Pero eso siembra la semillita de mis futuras, deseadas y temidas clases de surf en algún otro espacio temporal.

Si has visto alguna vez las olas de Portugal, seguramente habrás percibido en las letras luminosas de su espuma la advertencia: peligro.

Sumergida en el wipeout de la vuelta a todos los coles esta semana, la fascinación que me producen las olas me lleva a surfear minutos robados a las tareas inacabadas de forrar libros y recoger cocina entre la cena y la cama.

Echo de menos tan desesperadamente el mar que una noche me dejo llevar por un misterioso trance hipnótico. Y, como cantaba Joaquín Sabina, me dieron “las diez y las once las doce y la una, y las dos y las tres” pero la luna no me encontró al anochecer junto a nadie más que a mi soledad, y tampoco desnuda sino ojiplática, atemorizada y enamorada mirando vídeos de surf de grandes olas en mi ipad.

Así descubro a Garret McNamara, a su mujer Nicole Macías, la preciosa historia del nacimiento de su hijo y a la brillante fotógrafa Emily Robinson (pincha en sus nombres para conocer su trabajo).

Y todo porque una olita de whatsapp de un grupo me había traído un vídeo de Nazaré.

El cañón de Nazaré es el mayor desfiladero submarino de Europa, situado junto a la Villa de Nazaré, en Portugal, aquí al ladito, en nuestra amada península. Con una extensión de 230 km, su profundidad de 5.000 metros y su cercanía a la costa provocan olas gigantes.

 

 

Sin haberlo experimentado nunca, porque hasta donde yo recuerdo no me ha sido posible surfear en anteriores encarnaciones, sé lo que se siente. Sé que es así porque estamos todos conectados con la vida en todos sus puntos y con todos sus instantes pasados, presentes y futuros en nosotros y en todos los seres. Sólo hace falta cerrar los ojos y sentir.

El surf me atrae poderosamente y al mismo tiempo me aterroriza. En una de mis pesadillas recurrentes un tsunami se abalanza sobre mí, por suerte siempre me despierto a tiempo.

Y es que el planeta Neptuno estaba ascendiendo por el horizonte en el instante de mi nacimiento. Sus ondas inundan mi vida de profundidad y magia. Es una lástima que la mayoría de las personas no conozcan lo que es la astrología de verdad: una bella y asombrosa revelación del cielo sobre la tierra.

Neptuno me susurra al oído que el surfista vive con plena conciencia de la muerte y de la gloria. Y que llega a ese estado de gracia al deslizarse por la ola y recorrerla en el límite de la vida, ese estado trascendente en el que no le importa morir porque ha conocido lo Supremo. Aunque cada vehículo y cada viaje sean distintos, alcanza el mismo “lugar” al que se llega también a través de la heroína, la música y la mística.

Puedo escuchar el sonido y el rugido del mar, del viento y de mis movimientos en ese instante. También el silencio. Puedo sentir en mi piel como la tabla se desliza por la ola. Puedo sentir como me ilumino. Y también como me muero. Lo percibo todo simultáneamente cuando veo a Garret surfear. Es un mago. Es un dios.

En las olas recorridas con mi ipad me encuentro con su mujer, Nicole, profesora de educación medioambiental. En mi imaginación me pregunto cómo puede ella sostener que su hombre se marche una y otra vez para entregarse a la fuerza arrolladora e imprevisible de ese mar, una arriesgada entrega que es toda su vida, irremediablemente.

¿Quizás esta mujer no tiene miedo? ¿O será que más grande que el miedo es el amor, la admiración y la comprensión profunda de lo que Es?

Mi pequeño surf me lleva también a un instante de gloria y la grandeza de la pareja se me revela cuando me encuentro el reportaje fotográfico del nacimiento de su bebé en su casa. Y surfeo con ellos a través del parto.

En las paredes de su cuarto un cartel dice: “Si una mujer no parece una diosa cuando está dando a luz, es que alguien no la está tratando bien”.

Entonces Garret se convierte en el hombre que ama a la mujer que surfea el máximo dolor y la máxima transcendencia de dar a luz a su bebé en su casa como una maga, una diosa.

Verles a los dos es ver el esplendor de lo humano y de lo divino, una vez más. Y toda una suerte que esté recogido bajo la mirada luminosa de la fotógrafa Emily Robinson.

Quizás no puedes hacer surf en el mar pero puedes escuchar la sinfonía de mirlos al amanecer o saborear un delicioso té mientras sientes los rayos del sol iluminando tu rostro. O mirar a través de los ojos de tu hijo cuando te cuenta un nuevo descubrimiento.

Quizás ahora te des cuenta de que vives surfeando en la locura.

Como el papá que está comprando un panel de recompensas en el Lidl en medio del griterío de sus hijos que se pelean mientras intenta hablar con su hermana por teléfono contándole que tuvo que poner su iphone en no molestar para poder desaparecer completamente porque en el trabajo no le dejan en paz y que al volver a la oficina después de las vacaciones tenía unos 4.000 emails por leer y responder.

Como la mamá que tiene que llevar a sus diferentes hijos a las diferentes extraescolares a la misma hora y hacer la compra en los 5 minutos que le quedan libres de trayectos delirantes.

Como todas esas personas anónimas que llegamos a final de mes salvándonos de un wipeout justo antes de que la espuma del tsunami nos fuera a tumbar. Y regresamos renacidos a la orilla con un “uf” cada vez.

Como todas esas personas en el mundo que viven salvándose de la muerte a cada instante antes de morir o antes de seguir viviendo.

Un sólo brillito de conciencia en nuestra cotidianidad detiene el tiempo en la cresta de la ola.

En ese brillito está la grieta por donde se puede escapar del sufrimiento y entrar en la dicha. En esa grieta está la fuerza para tener paz en la tierra.

Llevamos mucho tiempo entrenando. Es hora de ponernos de pie. Ahora lo supremo está al alcance de nuestra mano en cada instante.

¿Y si nos decidimos a renacer en nuestra casa, la tierra?

BebeSurfTabla

Mira este vídeo, es realmente emocionante.

 

Y la sesión de fotos:

Reportaje fotográfico: El hijo de una leyenda del surf: baby Barrel nacido en casa.

 

 

 

Hermana, recuerda tu nombre

 

Hermana Plano General 2

 

Y canta Shug Avery “El blues de Miss Celie” en El color púrpura:

 

“Hermana, recuerda tu nombre,

ningún huracán se llevará tu valor

Hermana mía, no tenemos mucho tiempo

así que ponte a bailar, hermana.”

 

Mientras elijo a Alice Walker para ilustrar este post, estoy eligiendo por igual a Gloria Fuertes, a Marilyn Monroe, a todas mis hermanas de todos los colores y todos los tiempos, a todas las madres, a las no madres, a las mujeres que limpian, a las mujeres que sanan, a las que luchan, a las que escriben, a las que ya no pueden contarlo, a las que cantan, a las que callan, a las que paren, a las que pierden, a las que aguardan, a las que aguantan, a las que tejen, sobre todo y especialmente a todas aquellas sobre las que nadie escribe, sobre las que nadie canta, a todas las invisibles, porque no las ven, porque no se ven a sí mismas….

Alice Walker es una escritora afroamericana y feminista que recibió el Premio Pulitzer en 1983 por la novela El color púrpura, en la que se basó la película del mismo nombre y que dirigió Steven Spielberg, ambas brillantes obras que admiro desde adolescente.

La secuencia que incluyo al final de este escrito es, para mí, una de las más hermosas en la historia del cine.  Retrata el amor, la belleza y el poder de la solidaridad femenina y del reconocimiento. Quizás hay que conocer la historia para entenderla, pero aun sin saberla simbólicamente queda todo dicho.

Hermanas y  hermanos, estamos en un importante umbral, en un momento histórico de despertar y de profundo cambio en la conciencia humana. Para atravesarlo, nos apoyamos en las piedras que han dejado nuestras antecesoras y nuestros antecesores, y en las semillas sembradas.

El eminente físico austriaco Fritjof Capra escribe en su obra “El Tao de la Física”:

“Veo el interés que el misticismo oriental ha despertado en Occidente durante los últimos veinte años como parte de una tendencia mucho más amplia que trata de contrarrestar el profundo desequilibrio existente en nuestra cultura, en nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, en nuestros valores y actitudes y en nuestras estructuras políticas y sociales.  La terminología del yin y el yang me pareció muy adecuada para describir este desequilibrio cultural. Nuestra cultura ha favorecido los valores y actitudes yang o masculinas, y ha descuidado sus contrapartes yin o femeninas, que le son complementarias. Hemos favorecido la autoafirmación a costa de la integración, el análisis sobre la síntesis, el conocimiento racional sobre la sabiduría intuitiva, la ciencia sobre la religión, la competencia sobre la cooperación, la expansión sobre la conservación y así sucesivamente. Este desarrollo parcial ha alcanzado ya un punto alarmante, ha llegado a constituir una crisis que presenta dimensiones sociales, ecológicas, morales y espirituales.

No obstante, al mismo tiempo, estamos siendo testigos del inicio de un tremendo movimiento evolucionario, que parece ilustrar el antiguo refrán chino que dice: “Cuando el yang ha alcanzado su punto culminante, retrocede dejando paso al yin”. Las décadas de los años 60 y 70 generaron toda una serie de movimientos sociales que parecían converger en una misma dirección.  La creciente preocupación por la ecología, el intenso interés por el misticismo, el surgimiento de la consciencia feminista y el redescubrimiento de los enfoques holísticos sobre la salud y la curación, son todas manifestaciones de una misma tendencia evolucionaria. Todas ellas vienen a contrarrestar el excesivo énfasis puesto en lo racional, en las actitudes y los valores masculinos y tratan de recuperar el equilibrio entre los aspectos masculino y femenino de la naturaleza humana. Así, la consciencia de la profunda armonía existente entre la visión del mundo de la física y la del misticismo oriental, aparece ahora como parte integral de una transformación cultural mucho más amplia, que nos lleva a una nueva visión de la realidad, visión que requerirá una cambio fundamental de nuestros pensamientos, en nuestras percepciones y nuestros valores”.

Personalmente lo veo como él y estoy comprometida con este cambio, tratando de pensar y actuar desde una conciencia superior en la medida de lo posible y de descubrir, en el trabajo conmigo misma desde mi interior atravesando mis luces y mis sombras, las claves para ir creando un mundo mejor.

Vivimos en un desequilibrio y como todo cuerpo vivo, nuestra sociedad desde dentro de sí misma busca equilibrarse a través del mecanismo de la homeostasis,

El día de hoy, la huelga de hoy, la manifestación de hoy, la lluvia de hoy, son mecanismos de homeostasis de nuestro propio sistema.

Y desde mí, como humilde pensadora, quiero favorecer ese equilibrio no desde el castigo, ni desde el odio, ni desde el rencor, ni desde la violencia, sino desde la reflexión, sino desde el amor a la vida, desde la visibilización, la visión y la comprensión desde el corazón.

Hay una realidad social que perdura milenios, y que nos ha perjudicado y nos perjudica a tod@s, mujeres, hombres, niños y por supuesto a todo el planeta y a la naturaleza misma. Esto está claro. Todos somos víctimas. Podemos llamar patriarcado a esta realidad social.

La Real Academia Española, compuesta por 8 mujeres en un total de 44 académicos (fue en 1978 cuando ingresó Carmen Conde como primera mujer en la RAE), define patriarcado como la organización social primitiva en que la autoridad es ejercida por un varón jefe de cada familia, extendiéndose este poder a los parientes aun lejanos de un mismo linaje.

En la evolución del patriarcado, visto lo visto, da igual como sean esos parientes (ahora gobernantes), basta que sean varones aunque lejanos en parentesco (diré hermandad). Y al final tampoco importa que sean mujeres. Porque lo que prevalece es que estén al servicio de la codicia y del poder de unos pocos y que sus formas sean lejanas del amor y del respeto.

El gen del patriarcado está en el ADN de mujeres y hombre en cada pensamiento y en cada gesto cotidiano de nosotr@s mism@s. Y van desde el “No, ya lo hago yo, si no me importa….” pasando por “estoy gorda” y todo lo que hay detrás de ambas afirmaciones, hasta actos criminales. Y no lo vemos.

Cada gesto cotidiano en el compromiso del respeto nace de un cambio en nuestra mente, de darnos cuenta de las pequeñas formas en las que todas y todos mantenemos viva la injusticia, mayoritariamente desde la ignorancia. Y en el poder, desde la ausencia de luz, de corazón, de compasión. De otra manera esta situación no continuaría.

La buena noticia es es que está cambiando. Much@s mujeres y hombres estamos haciendo el cambio. Nos estamos transformando.

Son más de 2.000 años de una distorsión mental y social desde que se empieza a condenar como pecado el acto sexual, que da la vida desde el placer, cuando no está al servicio de la reproducción sino del placer. En 2018 la ablación es una realidad y se marca como referencia el 2030 para abolirla.

Dentro de esta enajenación (o confusión mental mayúscula) se encuentra el burka para ocultar por completo la belleza de lo femenino (además de impedir el aire) tanto como en otros lugares las muchachas invaden con un canon excluyente de “belleza” las fotos de toda publicidad, de la misma manera en la que tienen que caminar también en lencería por algunas calles y parques oscuros en invierno o mostrarse detrás de vitrinas iluminadas, para el contentamiento del hombre y a su servicio.

Cuando digo hombre hablo de una generalidad y pido que no identifiquemos esto como todos los hombres, si no como una conducta mayoritariamente aceptada que nace de nuestro lado oscuro (ignorancia, ausencia de empatía) como seres humanos. 

En esta distorsión también se induce a que nos vistamos “como putas” pero luego eso mismo se insulta y se desprecia. Y de esa distorsión surgen desde la paliza hasta la violación o el asesinato para tener o no tener a ese oscuro objeto del deseo. Pareciera que somos las mujeres la razón de todos los males. Bozal para el perro peligroso.

Hablamos de ello porque ha causado y causa mucho sufrimiento, para tod@s.

Este lado oscuro del ser humano está en tod@s nosotr@s. Y, supuestamente, debería estar en nuestra mano elegir con qué pensamientos y acciones queremos manifestar en la realidad esa felicidad y bien común que tod@s anhelamos desesperadamente en nuestro corazón.

(Nota: personalmente uso la arroba porque la prefiero a la x. La arroba es redonda como los átomos y los planetas y es un abrazo incluyente. De x y cruces ya hemos tenido mucho).

En realidad ya está todo dicho y hecho. Ahora está siendo el momento de visibilizarlo y cambiarlo, desde una conciencia humanitaria, de comprensión profunda y amor por los seres, la tierra y la vida.

¿Quién da la vida y quien la quita? Dar vida y quitarla forman parte de la vida toda. Dar a luz, amamantar y cuidar de niñ@s y mayores y cazar y matar para alimentar y proteger al clan y forman parte de la misma vida. Y hay unas hormonas en el cuerpo que gobiernan, incesantes, esas conductas y esos comportamientos.

De igual manera, hay una conciencia prodigiosa que subyace la biología y un espíritu dentro de todas las cosas. En este marco inconmesurable destella la evolución en la mente humana.

Con respecto a la vida que doy, como madre, me gustaría que mi hijo estudiara otra historia. La historia que yo estudié fueron guerras, conquistas, invasiones, luchas por el poder. En otro lado, por suerte, arte y conocimiento de la naturaleza. Los nombres propios, todos masculinos, a excepción de Eva (empezamos mal), la Virgen María (mucho que decir al respecto), Juana de Arco, Juana la Loca, Isabel la Católica hasta que lució el arco iris y aparecieron Marie Curie o Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán. Chin pún. No había más. Estábamos todas pariendo, fregando, curando y muriendo. O aparecíamos como personajes de novelas u objetos de inspiración.

Se puede pensar que es que realmente no había mujeres, sin embargo curiosamente ahora están saliendo a la luz nombres propios de mujeres de todos los tiempos que hicieron grandes cosas y que podían haberse estudiado. Pero hasta hace muy poco no se las nombraba, por tanto, nunca existieron.

Hay múltiples maneras en las que podemos hacer este cambio, aunque no sea fácil.

Por ejemplo ¿Cómo hacemos esto cuando la sociedad no lo apoya? ¿Cómo haces esto cuando lo urgente es trabajar para ganar el dinero para alimentar a tu familia? ¿Cómo haces esto cuando trabajar para ganar el dinero para alimentar a tu familia supone aceptar cosas inaceptables para el bienestar de esa mujer obligadas por la propia sociedad?

Sólo sé que lo hacemos entre tod@s y poco a poco, desde lo más pequeño y cotidiano. Y los que podamos hacerlo más fácilmente iremos liberando y despejando el camino para los que no pueden. Y sé que hay muchas personas, hombres y mujeres, trabajando, tan incesantemente como nuestras células, para crear un mundo bueno para tod@s.

Una de las formas que se me ocurren, como mujeres, es tomar el propio poder, la propia belleza. Tenemos la fuerza extraordinaria de concebir, gestar y dar a luz vida y creación en infinitas maneras con la dulzura del corazón y también la fiereza del instinto. Ambas son inherentes para preservar la creación y cuidar amorosamente del clan, que es la humanidad toda.

Tomar el propio poder supone darse espacio a una misma, de descanso, de deleite, de inocencia, de libertad. Y poner los límites necesarios para preservar ese espacio. A veces dulcemente, a veces con el rugido y el zarpazo de una leona.

Trato con muchas mujeres. Conozco a muchas mujeres. Veo a muchas mujeres. Estamos exhaustas. Los hombres están exhaustos también.

Me ocuparía otro artículo como mínimo escribir sobre las miles de maneras en las que nos dejamos exclavizar y nos exclavizamos a nosotras mismas a diario. Pero hoy no lo voy a escribir.

Porque se me ocurre una forma más sencilla para empezar a manifestar este cambio, a recuperar este equilibrio en la humanidad entre lo femenino y lo masculino.

Y esa forma es:

Hermanas, vamos a mirarnos en el espejo, a quedarnos un rato mirándonos a los ojos, contemplando nuestras curvas, nuestros huesos, nuestro aliento, nuestro vello, nuestras “imperfecciones”, nuestras obras, la vida en nosotras. Vamos a concedernos tiempo para hacer esto. Atravesemos la vergüenza que hemos padecido por ser lo que somos. Y no paremos hasta que nos veamos, realmente. Y suceda la epifanía de nuestro reencuentro, de la perfección que somos, del esplendor, y del amor a nosotras mismas, real, más allá de la mente, más allá de todo lo dicho y escrito.

Vamos a permitirnos recibir también el reflejo que el espejo de los que nos quieren nos susurra “eres bella, eres maravillosa, gracias por existir”.

Y cuando nos vemos realmente y pronunciamos nuestro nombre como un mantra mágico que abre puertas, y escribimos nuestro nombre con nuestros colores en las paredes de esta existencia, en ese mismo instante somos reconocidas, vistas, respetadas y amadas por nuestras hermanas, por nuestros hermanos, por nuestras hijas e hijos, por nuestras madres y padres. Por todos los hombres.

Y esa forma es:

Hermanos, somos un@. 

 

Paloma presente

PalomaOrquideaRosa

Tierra abrázame
Abrázame con tu luz
Escucha mis pasos caminar
Mi alma respirar en tus brazos

Tierra abrázame
Abrázame con tu piel
Escucha mi cuerpo acelerar
Corriendo hasta la cima por tener tu querer

(“Palomas blancas” de Natalia Lafourcade)

(puedes escuchar las canciones, los podcast y navegar por las bios pinchando en los enlaces en dorado)

Querida Paloma,

Hace un mes conocí una canción de Violeta ParraPaloma Ausente, blanca paloma, rosa naciente… La cantamos en el taller de voz hasta memorizarla, la canción me emocionó profundamente, me conectó con el miedo y la tristeza por la muerte de un ser querido (“que no descienda herida mi palomita, la que viene fundida a los elementos) …  y nunca imaginé que me ibas a llevar a ella hoy de nuevo.

1.11 de la madrugada ahora. Hace unas horas que se extinguió tu vida en tu cuerpo y aun no lo creo. Este post es para ti.

Por fin corre algo de brisa, te has marchado en un día abrasador del mes de junio con tus alas quemadas por fuera. Mañana tu cuerpo se hará cenizas. Tu cuerpo joven, tu cuerpo bello. Tu cuerpo alegre, vibrante y  llenísimo de vida.

Yo no soy la parte devastada. No soy tus tres hijos pequeños, no soy tu increíble marido, no soy tus padres, no soy  tu familia, no soy tus amigos íntimos. He tenido la suerte de ser tu profesora de yoga.

He pasado el día impactada pensando en ti, en tus hijos, en tu marido, he encendido una vela a tu alma y te he honrado en mi esterilla al llegar a casa esta noche, mientras escuchaba un podcast de Radio 3, Dolce Italia, que hacía dulce mi forma de velarte.

Saber y sentir que tu alma estará siempre presente queda en el borde de un abismo.

Tu persona impregnada de la blancura de tu alma hacía honor a tu nombre. A la más blanca paloma que simboliza la paz y la pureza del espíritu.

Recuerdo que después de casi un año de venir a mis clases de yoga todos los miércoles por la mañana, un día, al finalizar la clase, nos quedamos charlando. Fue un encuentro memorable para mí, fue conocerte. Me contaste, casi sin darle importancia, que tenías cáncer de pulmón. Te miré con inmenso asombro porque ante mí veía a una chica que era la encarnación de la salud, de la agilidad,  con una maravillosa práctica de yoga, además de ser una persona impecable, responsable, exquisita, ejemplar.

Me contaste que llevabas ya bastante tiempo con la enfermedad, y que todo el tiempo que habías venido a clase estabas en tratamiento de quimioterapia, un tipo de quimioterapia especial que era constante. Y que te permitía asistir a clase y realizar la práctica, que era muy intensa, como la yoguini más sana del planeta.

Me contaste que en el hospital estaban investigando y que estaban impresionados con tu caso, porque con tu tipo de cáncer, según añadiste, deberías haberte muerto ya.

Me contaste que cuando te diagnosticaron,  leíste el libro de Odile Fernández , médico de familia y madre que superó un cáncer de ovario, gracias a los tratamientos junto con un cambio en su alimentación y en su forma de vida. Y así hiciste: dejaste de trabajar, paraste el ritmo, te dedicaste a tus hijos, les sacaste de todas las extra escolares y os dedicasteis a pasar las tardes juntos, tranquilos, sin deberes. Cambiaste la alimentación de toda tu familia. Pudiste hacer todo esto con el apoyo incondicional de tu pareja.

Me fascinó tu historia, tu actitud. Y di por hecho que ya estabas curada. Aunque tú no lo dabas, pero tenías toda la fe en curarte definitivamente. Un día me dijiste que querías escribir un libro porque sentías que con tu experiencia podías ayudar a otras personas que estaban pasando lo mismo que tú.

Seguiste viniendo a yoga y te trajiste a tu marido, a tus amigos y vecinos con sus parejas y os apuntasteis todos al horario de los viernes por la tarde para poder coincidir y luego cenar juntos. Porque el yoga te hacía muy feliz.

Amo la vida y entiendo que la muerte es parte de esta vida. Y es en estos momentos que me da miedo, se me hace demasiado grande. Amarla tal y como es. Amar la vida incondicionalmente supone amar también la muerte, la pérdida y el dolor. Y aceptar que no tiene nada que ver con nuestra lógica ni con lo que pensamos. Las palabras aquí no alcanzan.  Las palabras de siempre, la filosofía, la metafísica, la religión se me caen por el abismo.

Sólo puedo constatar que ahora estoy viva y soy dichosa, y esta noche es dulce y amarga y perpleja. Una noche conmigo, en mi soledad, velándote con mi música y mi sentimiento. Mi hijo está con su padre esta semana y ahora debe dormir plácidamente, y no hay hora en la que no piense en él y le huela y sienta su cuerpecito y escuche su vocecita. Coexisten la felicidad y la ausencia, el agradecimiento y el vértigo ante el misterio de la vida. Mi corazón lleno de miedo y de amor. Y la vida humana es todo esto y tanto más. Hace poco que la vivo con el mayor de los aprecios sabiendo que conlleva el mayor de los desgarros. Aprendiendo a vivir sabiamente, sabiendo que supone aprender a trascender la muerte. Que es abrir el corazón, hacerlo infinito para que pueda tragar toda la magnificencia de la vida.

Aunque no querías irte de esta tierra, blanca Paloma, te has ido rodeada del infinito amor de tu gente.

Mañana iré a tu misa. Siempre estarás presente.

El sábado cantaré para ti una canción que se llama “Quédate”, pero ya es tarde.

Esta noche te ofrezco esta canción, “Palomas blancas”.

Te llevo en mi corazón.

 

La que ilumina

madre e hija rulos

 

Puedes escuchar este post en este audio. Duración: 7 minutos.

Lunes es el día de la luna. En la antigua Roma, los días de la semana se nombraban por los astros. La palabra que designa al satélite de la Tierra, luna, procede del latín y significa ‘luminosa’, ‘la que ilumina’.

En astrología, así como en muchas tradiciones, la luna es el símbolo de la maternidad, de los ciclos femeninos, del aspecto maternal y emocional de la mujer. De la cualidad del ser humano (mujeres y hombres) de amar, sentir, nutrir, proteger, crear un clan, crear un hogar.

Por eso me gusta dedicar los lunes a esta experiencia tan natural como transformadora para todos.

La energía creativa, creadora, es la capacidad de concebir, gestar y dar a luz, ya sea un hijo, una empresa, un proyecto o cualquier obra artística.

Y en el inicio de este proyecto creativo tan personal que nació un lunes (como mi hijo) quiero dedicarle a mi madre el primer lunes después de su nacimiento.

Mi querido abuelo materno era poeta y periodista en el Diario Córdoba.  Mi padre escribió poesía desde joven, así que haberme comprometido con la escritura me hace sentirme muy sensible estos días, y pensar en mi familia, en mi clan. Mi madre, mi padre y mis abuelos se fueron hace tiempo de esta vida.

Mi madre iluminaba la casa con su sonrisa cada vez que entraba por la puerta al volver del trabajo. Y esto no es un recurso poético, literalmente se iluminaba todo, o al menos yo así lo percibía. Ella era luz y más luz era el amor que nos tenía. Ahora entiendo su alegría al reencontrarnos a mi hermano y a mí al final del día. Porque el amor a un hijo no se parece a nada.

Mi madre se llamaba Soledad y se reía cuando nos contaba que en realidad, la habían bautizado María de la Soledad de la Santísima Trinidad África; igual que se reía mi hijo, fascinado, cuando le contaba el nombre completo de su abuela materna, a la que nunca conoció, el otro día mientras volvíamos en coche del colegio.

Su vida da para una novela y no cabe en este post, pero al menos quiero honrarla y agradecerla infinitamente aquí y ahora.

Mi madre no sólo era literalmente luminosa, era además amorosa, hermosa, generosa, inteligente, elegante, alegre, calmada, paciente, práctica, trabajadora, original, curiosa, culta. Tenía una mente abierta para su época, y me susurraba sus pensamientos y sus opiniones sobre las cosas.

Mi madre luchó mucho, y su vida estuvo llena de dolorosas adversidades hasta su último día. Pero durante mucho tiempo, hasta que enfermó, su sonrisa brillaba en medio de su infortunio.

Mi madre era comunicativa, nos hablaba, nos explicaba muy bien las cosas, y siempre tenía un montón de libros en la estantería a los que acudir para que pudiéramos aprender por nosotros mismos.

Una tarde mi madre nos contó, a mi mejor amiguita de la infancia y a mí, que algún día nos sucedería algo natural en las mujeres que se llamaba período. Y nos lo explicó todo perfectamente, por lo menos un año antes de que nos ocurriera, para que no nos asustáramos, porque en mi infancia de eso no se hablaba. Cuando me llegó a los 11 años recién cumplidos, llamó a la  familia a Córdoba y a Málaga para contarselo y me felicitaron a través de nuestro teléfono rojo de dial. A mí me causó mucha vergüenza.

Mi madre nos contaba muchas cosas sobre su infancia en Córdoba, su ciudad. Siempre nos recordaba que ella y sus hermanas  leían a escondidas por la noche, tapando con un pañuelo la lamparita, los libros que mi abuelo les pasaba sin que mi abuela se enterara, porque tenía miedo de que leyeran cosas indebidas (de mi abuelita hablaré otro lunes). Mi abuelo les transmitió a las cuatro hermanas su amor por la palabra y por el arte. Un día el pañuelo prendió fuego.

A mi madre le gustaba mucho la película Mujercitas porque trataba de cuatro hermanas que le hacían recordar a las suyas. Además la protagonista era escritora.

Pero su película preferida era Lo que el Viento se llevó, tenía el libro encuadernado porque lo había ido coleccionando por fascículos en su adolescencia. Y en cuanto se enteró un día de que ponían la película en un cine, nos llevo a verla. Yo debía tener 11 años.

Si hoy supiera que mi blog se llama 21 TARAS, me recordaría que TARA es el hogar de Escarlata O’Hara.

Mi madre era discreta pero era espectacular. Tenía camisones largos de todos los colores, y zapatos dorados y plateados, y un montón de collares y vestidos preciosos. Además, en el armario del baño tenía muestras de un montón de perfumes franceses, pintalabios de diferentes colores, sombras y lápices de ojos.

Así que mi mejor amiga de la infancia y yo, desde muy pequeñas, nos encerrábamos en el cuarto de mis padres a vestirnos con la ropa de mi madre y luego nos maquillábamos.

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Llamaba la atención por lo guapa que era y por como vestía, porque vivíamos en una comunidad de clase media muy austera y discreta, buena gente, donde todas las madres eran amas de casa, a excepción de mi madre, y siempre las recuerdo con el delantal lleno de harina y rodeadas de niños gritando. Mi madre también enharinaba y rebozaba el pescado y hacía un alioli delicioso, y nos hacía rosquillas de anís, y nos ponía unas gotitas de anís en el botijo de barro lleno de agua fresquita.

Mi madre era muy sociable y cariñosa y se llevaba muy bien con todo el mundo.

La recuerdo pocas veces contrariada conmigo. Sólo alguna vez cuando se me caía el Colacao del desayuno sobre la falda del uniforme o cuando lloraba cuando me desenredaba el pelo.

Pero inevitablemente recuerdo las terribles discusiones que tenía con mi padre porque se atrevía a contradecirle y no puedo olvidar verla llorar silenciosamente mientras lavaba los platos.

Todavía huelo el vicksvaporub cuando nos lo untaba en el pecho antes de irnos a dormir y rezábamos con ella en la cama. Otros días nos dejaba ver “Vacaciones en el Mar”. (Glups, me parece que este no va a ser un blog para millennials).

Y bueno, ya que estamos, le encantaba Joan Manuel Serrat y José Luis Perales.

Cada vez que nos encontraba por el pasillo de casa (era un piso pequeño) nos daba besos y abrazos.

Mi madre fue profundamente socialista y cristiana en su pensamiento y en sus acciones. Y nos enseño siempre a pensar en los demás.

Otro día, quizás contaré como se extinguió la luz de Soledad, en sus ojos y en su vida.

Toda nuestra capacidad de amar nos la da nuestra madre.

Su luz se queda siempre en nuestro corazón.

Toda la gratitud no es suficiente. Pero a través del amor a nuestros hijos seguimos honrando lo que nuestras madres nos han dado.

Siempre pensé que pasado, presente y futuro existen simultáneamente, así que confío en que todo mi amor y gratitud le lleguen ahora, esté donde esté.

 

 

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