Surfer@s de grandes olas

garrett-mcnamara-blog-Loveinwater

Surfear grandes olas es un viaje a través de los límites gloriosos de la vida.

Garret McNamara es un surfista profesional de grandes olas, es hawaiano, tiene 51 años y el record mundial por haber surfeado la ola más alta en Nazaré, Portugal, donde reside con su mujer y sus hijos. Sobre él cuento hoy una bonita historia.

Hace justo una semana estaba yo regresando de impartir un retiro en la costa de Portugal, en la que mi hijo de 10 años pudo disfrutar de sus primeras clases de surf mientras yo daba clases de yoga, gracias a esa bendita anestesia que es: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Aunque he de confesar que, antes de verle partir hacia su surf, yo había rezado a todos los dioses de todos los panteones de todas las religiones existentes en esta tierra y en todos los confines del universo. Creo que con esto ya doy por finalizada para siempre mi práctica religiosa.

Una de esas tardes en la playa de surf de Odeceixe un amigo me presta su tabla y me anima a bracear y a ponerme de pie sobre las suaves olitas de la orilla con la marea baja. Braceo escasos segundos antes de casi chocarme con otra tabla. Pero eso siembra la semillita de mis futuras, deseadas y temidas clases de surf en algún otro espacio temporal.

Si has visto alguna vez las olas de Portugal, seguramente habrás percibido en las letras luminosas de su espuma la advertencia: peligro.

Sumergida en el wipeout de la vuelta a todos los coles esta semana, la fascinación que me producen las olas me lleva a surfear minutos robados a las tareas inacabadas de forrar libros y recoger cocina entre la cena y la cama.

Echo de menos tan desesperadamente el mar que una noche me dejo llevar por un misterioso trance hipnótico. Y, como cantaba Joaquín Sabina, me dieron “las diez y las once las doce y la una, y las dos y las tres” pero la luna no me encontró al anochecer junto a nadie más que a mi soledad, y tampoco desnuda sino ojiplática, atemorizada y enamorada mirando vídeos de surf de grandes olas en mi ipad.

Así descubro a Garret McNamara, a su mujer Nicole Macías, la preciosa historia del nacimiento de su hijo y a la brillante fotógrafa Emily Robinson (pincha en sus nombres para conocer su trabajo).

Y todo porque una olita de whatsapp de un grupo me había traído un vídeo de Nazaré.

El cañón de Nazaré es el mayor desfiladero submarino de Europa, situado junto a la Villa de Nazaré, en Portugal, aquí al ladito, en nuestra amada península. Con una extensión de 230 km, su profundidad de 5.000 metros y su cercanía a la costa provocan olas gigantes.

 

 

Sin haberlo experimentado nunca, porque hasta donde yo recuerdo no me ha sido posible surfear en anteriores encarnaciones, sé lo que se siente. Sé que es así porque estamos todos conectados con la vida en todos sus puntos y con todos sus instantes pasados, presentes y futuros en nosotros y en todos los seres. Sólo hace falta cerrar los ojos y sentir.

El surf me atrae poderosamente y al mismo tiempo me aterroriza. En una de mis pesadillas recurrentes un tsunami se abalanza sobre mí, por suerte siempre me despierto a tiempo.

Y es que el planeta Neptuno estaba ascendiendo por el horizonte en el instante de mi nacimiento. Sus ondas inundan mi vida de profundidad y magia. Es una lástima que la mayoría de las personas no conozcan lo que es la astrología de verdad: una bella y asombrosa revelación del cielo sobre la tierra.

Neptuno me susurra al oído que el surfista vive con plena conciencia de la muerte y de la gloria. Y que llega a ese estado de gracia al deslizarse por la ola y recorrerla en el límite de la vida, ese estado trascendente en el que no le importa morir porque ha conocido lo Supremo. Aunque cada vehículo y cada viaje sean distintos, alcanza el mismo “lugar” al que se llega también a través de la heroína, la música y la mística.

Puedo escuchar el sonido y el rugido del mar, del viento y de mis movimientos en ese instante. También el silencio. Puedo sentir en mi piel como la tabla se desliza por la ola. Puedo sentir como me ilumino. Y también como me muero. Lo percibo todo simultáneamente cuando veo a Garret surfear. Es un mago. Es un dios.

En las olas recorridas con mi ipad me encuentro con su mujer, Nicole, profesora de educación medioambiental. En mi imaginación me pregunto cómo puede ella sostener que su hombre se marche una y otra vez para entregarse a la fuerza arrolladora e imprevisible de ese mar, una arriesgada entrega que es toda su vida, irremediablemente.

¿Quizás esta mujer no tiene miedo? ¿O será que más grande que el miedo es el amor, la admiración y la comprensión profunda de lo que Es?

Mi pequeño surf me lleva también a un instante de gloria y la grandeza de la pareja se me revela cuando me encuentro el reportaje fotográfico del nacimiento de su bebé en su casa. Y surfeo con ellos a través del parto.

En las paredes de su cuarto un cartel dice: “Si una mujer no parece una diosa cuando está dando a luz, es que alguien no la está tratando bien”.

Entonces Garret se convierte en el hombre que ama a la mujer que surfea el máximo dolor y la máxima transcendencia de dar a luz a su bebé en su casa como una maga, una diosa.

Verles a los dos es ver el esplendor de lo humano y de lo divino, una vez más. Y toda una suerte que esté recogido bajo la mirada luminosa de la fotógrafa Emily Robinson.

Quizás no puedes hacer surf en el mar pero puedes escuchar la sinfonía de mirlos al amanecer o saborear un delicioso té mientras sientes los rayos del sol iluminando tu rostro. O mirar a través de los ojos de tu hijo cuando te cuenta un nuevo descubrimiento.

Quizás ahora te des cuenta de que vives surfeando en la locura.

Como el papá que está comprando un panel de recompensas en el Lidl en medio del griterío de sus hijos que se pelean mientras intenta hablar con su hermana por teléfono contándole que tuvo que poner su iphone en no molestar para poder desaparecer completamente porque en el trabajo no le dejan en paz y que al volver a la oficina después de las vacaciones tenía unos 4.000 emails por leer y responder.

Como la mamá que tiene que llevar a sus diferentes hijos a las diferentes extraescolares a la misma hora y hacer la compra en los 5 minutos que le quedan libres de trayectos delirantes.

Como todas esas personas anónimas que llegamos a final de mes salvándonos de un wipeout justo antes de que la espuma del tsunami nos fuera a tumbar. Y regresamos renacidos a la orilla con un “uf” cada vez.

Como todas esas personas en el mundo que viven salvándose de la muerte a cada instante antes de morir o antes de seguir viviendo.

Un sólo brillito de conciencia en nuestra cotidianidad detiene el tiempo en la cresta de la ola.

En ese brillito está la grieta por donde se puede escapar del sufrimiento y entrar en la dicha. En esa grieta está la fuerza para tener paz en la tierra.

Llevamos mucho tiempo entrenando. Es hora de ponernos de pie. Ahora lo supremo está al alcance de nuestra mano en cada instante.

¿Y si nos decidimos a renacer en nuestra casa, la tierra?

BebeSurfTabla

Mira este vídeo, es realmente emocionante.

 

Y la sesión de fotos:

Reportaje fotográfico: El hijo de una leyenda del surf: baby Barrel nacido en casa.

 

 

 

En compañía de hombres

En compañía de hombres

loboyluna

Puedes optar por escuchar los artículos en lugar de leerlos. Aquí tienes el de hoy en el siguiente audio. Y como siempre, al final, te espera un vídeo sorpresa!

Mientras escribo esto se eleva la luna llena preciosa sobre los tejados. Tengo la suerte de ver salir el sol desde la mesa donde escribo, y también de ver salir la luna cuando está llena.

Son las 22.22 (de verdad) en este preciso instante en el que escribo y tengo hasta las 0.00 para publicar este post (siempre me pongo estás metas extravagantes). Porque hoy es martes, el día en el que quiero escribir sobre los hombres.

Mis únicos momentos para escribir son las 6 de la mañana o a partir de las 22 horas. Y las musas me regalan la ascensión de los astros.

Cuando pensé en el post de hoy me vino el título “En compañía de hombres” y con él el recuerdo de dos películas “En compañía de hombres” (propiamente dicha) y “En compañía de lobos” (aquí cada cual que asocie como le guste, mi inconsciente ya decidió su propia asociación).

Aunque mi post dedicado a los hombres no tenía a priori que ver con lo que cuentan estas películas, sí son un punto de partida para una reflexión.

Quiero escribir sobre la deliciosa compañía de los exquisitos hombres que tengo la suerte de tener en mi vida, cerca de mí, después de haber pasado un precioso fin de semana compartiendo con algunos de ellos. 

Mi post, mi entrada, mi artículo de hoy (como deseemos llamarlo) ya está escrito en mi corazón, desde hace algunos días. Sin embargo, como artículo que es, necesita ser articulado, y yo, por mi parte, como ser humano responsable que soy, pretendo articularlo como se merece.

Y eso supone subirme a una montaña rusa.

Porque escribir lo que hay en la retaguardia me permite vaciarme y liberarme. Pero hablar, escribir, compartir, conlleva una responsabilidad.

Al menos yo así lo vivo. Escribo para compartir lo mejor de mí, y para aportar algo bueno, por eso me llena de felicidad cuando suena una campanilla en mi móvil que me anuncia que una persona nueva está siguiéndome, o que a alguien le ha gustado mi artículo o cuando recibo algún comentario, en el blog o por WhatsApp o en vivo de alguna amiga o amigo al respecto. Me llena de ilusión por el reconocimiento y el cariño, y porque nos acerca.

Entonces, cuando decido que voy a escribir sobre los hombres, sobre lo precioso que tienen en su interior como hombres, de pronto empiezan a suceder cosas.

Mientras pensaba este post, mientras me invadía la dulzura que sentía al recordar el tiempo que paso con mis amigos hombres, descubro por azar la noticia del asesinato en Argentina de Micaela García, activista del movimiento Ni Una Menos, supuestamente a manos de un violador en libertad condicional.

Y los hombres pensarán, ¿qué tiene que ver esto con los hombres?

Sigue nadando…..

Cuando ocurren estos hechos deleznables, tristemente, todas las mujeres se convierten en víctimas y los hombres en asesinos o abusadores potenciales. Lo cual ni es verdad, ni es justo.

Lo cierto es que en mí surgía un desconcierto al sentir lo que quiero escribir sobre hombres maravillosos y al mismo tiempo el deber de denunciar y señalar algo que no debería nunca jamás volver a suceder, cuando leo que en Argentina se registra un feminicidio cada 30 horas y que en 2016 hubo 290 asesinatos de mujeres en todo el país.

Soy feminista y pretendo recorrer caminos del feminismo que lleguen a mujeres y a hombres y abran otras puertas, otros horizontes. Por supuesto, honrando a mis antecesoras y a todas las feministas de la historia que sentaron y sientan las bases para que mi vida como mujer pueda ser la que es, a día de hoy, aunque quede camino, mucho camino, por recorrer hasta que la igualdad sea la base de nuestras relaciones, de nuestra intimidad, de nuestras leyes y de nuestro comportamiento. Y para que las mujeres no sean asesinadas por ser mujeres.

Reconciliación es la palabra que todo el tiempo susurra mi alma.

Y de pronto aparece el recuerdo de mi mejor amigo. Y el cuerpo se recupera. Cuando sé que le voy a ver, mi cuerpo dice “casa”, mi alma dice “casa”, me lleno de una sensación de hogar y de felicidad al saber que vamos a tomar un vino, con un poco de queso, y un paseo por Lavapiés, y quizás un cine y que voy a disfrutar tanto de su sentido del humor, y de nuestra complicidad, y de su inteligencia sorprendente, y sus detalles, su exquisitez, sus forma de indignarse y su alma apasionada. Y de tanto y de todo lo que nos une y todo lo que él es y soy yo y somos juntos y que merecería un librito.

Cuando pienso en los hombres, sin embargo, siempre aparece lo que me separa de ellos. Es decir, siempre les califico como hombres y establezco una diferencia clara por todo lo que implica, para mí, lo que es un hombre.

Los temas de género no son vividos de la misma manera por todo el mundo, obviamente. Cada persona tiene su propia experiencia al respecto. La mía estuvo muy marcada desde siempre, y ya de pequeña me alineé en el bando de las mujeres.

¿Porqué?

Sigue nadando

Hace poco más de una semana, durante un delicioso picnic junto a un río con nuestros churumbeles, una muy buena amiga que es terapeuta de Biodecodificación, Neuroemoción, Psicogenealogía y herencia Transgeneracional, nos hacía ver que las tres amigas que allí estábamos, “casualmente” habíamos tenido “padres peligrosos”, en el sentido de que habían sido dañinos, o de alguna manera habían maltratado. No era una crítica, ni justificación de nada, pero explicaba ciertas cosas.

Mi amado padre, que en paz descanse, y del cual he hablado en otro artículo anterior, había sido maltratado por un hombre, su propio padre, que a su vez había sido maltratado por otro hombre, su propio padre. Y así mi padre aprendió que amor es maltrato.

Siento una profunda compasión y comprensión hacia mi padre y su vida y he experimentado el amor infinito que nos une detrás de dolorosas circunstancias de nuestras vidas.

Sin embargo mientras crecía veía que mi madre aparentemente hacía todo por mantener la armonía y el amor en nuestra familia y alrededor, y que mi padre siempre la liaba parda.

Así que crecí con la experiencia repetida de “mamá buena”, “papá peligroso”.

Dicen que la experiencia con tus padres condiciona tus relaciones con las mujeres y los hombres después a lo largo de tu vida. Quizás eso influya en que algunas mujeres nos sentimos tan bien entre mujeres, y otras mujeres rivalizan y desprecian a sus compañeras, por eso algunos hombres temen a las mujeres y otros hombres tienen un montón de amigas mujeres. Quizás, no lo sé.

Me psicoanalicé durante 7 años y he caminado a través de los innumerables recovecos de la mente, y ahora siento que cada vez sé menos, y que no hay verdades categóricas, sólo indicaciones y pistas. Y que la verdad se encuentra más allá de las palabras, en el reino del silencio del corazón.

Pero me gusta llegar al reinado del Ser a través de palabra, y me gusta escribir palabras desde el reinado del Ser.

El caso es que durante mucho años, de alguna manera, he temido a los hombres, por aquello que veía en el primer hombre de mi vida: mi padre. Temía la ira causada por su profundo dolor y los líos en los que se metía a causa de su búsqueda.

Cuando yo tenía 15 años, sucedió en la familia algo terrible. Mi madrina, mi tía materna, era feminista y militante del Partido Comunista en Córdoba, una mujer de pelo rojo que trabajaba en la radio y vestía de colores alegres, poderosa, inteligente y luchadora.  Recuerdo su risa y su fuerza. Mi madrina fue violada en la flor de su vida y de su nombre, a la edad de 42 años, una noche al volver a casa. Intentó dialogar con el violador, y no pudo escaparse. Y cuando la infamia terminó se fue caminando directamente a la Comisaría de policía. Al contar lo sucedido, el agente le respondió: “No me extraña, es que está Vd. muy buena” (esto es verídico).

Sigue nadando….

He visto a las mujeres de mi familia pasar la mayoría de su vida luchando solas, después de haber sido abandonadas, o traicionadas, o haber decidido renunciar a la pareja a cambio de otra vida , o porque la vida sin más les había arrebatado a su hombre.

Esta memoria y este miedo se quedó grabado en mí durante años. Y no quiero que se repita lo mismo. Quiero crear en mi vida un camino amoroso compartido y libre, porque dicen que el Amor es Libertad.

Aparte de esta memoria, he sido muy afortunada y la vida me ha regalado hombres maravillosos. Empezando por mi propio hermano, un ser extraordinario sobre el que escribiré con calma un día de estos un post enterito. Y, por supuesto, el padre de mi hijo, quien me ha concedido mi más preciado regalo y a quien estoy unida por siempre en mi corazón.

Y mi socio, un hombre lleno de inteligencia, paciencia y confianza, sentido del humor y saber hacer, un ser que me trajo la Vida para salvarme en un momento dado y que es una caja de innumerables sorpresas.

Y mis parejas pasadas y mis amigos.

Entonces quiero honrar a los hombres. Y quiero honrar el proceso de poder verlos de verdad detrás de mis miedos.

Por eso es tan reconfortante para mí, y tan revelador, el paseo del domingo con mi amigo biólogo por un campo espectacular y desconocido que nos espera en un lugar inesperado. La tarde es brillante como el mediodía anaranjándose hacia el crepúsculo. Un regalo cada vez que mi amigo se detiene y dice “espera… escucha”…. y se hace el silencio. Y en el silencio el canto de un pájaro. “Es un Triguero” me dice. “¿Ves? Se busca un sitio en lo alto del árbol dónde se le escuche muy bien. “Y… escucha: hay otro respondiéndole. Son machos. Es su forma de marcar su territorio. Y la hembra acudirá al que se le escuche más”.

Y después de escuchar el canto de los pájaros, caminamos y conversamos y caminamos y conversamos. Y cada tanto se para, y me dice “Escucha…. las ranas”  y tiempo más tarde “espera…. creo que es un mochuelo”, un búho pequeño, porque ya se ha hecho de noche y vemos la luna casi llena e intentamos reconocer lo que parece ser Júpiter, y las Pléyades y la Constelación de Orion.

Y me queda un poso adorable de su compañía.

Trabajo rodeada de mujeres desde hace años, las adoro, son maravillosas. Y la mayoría de mis amistades son mujeres fascinantes.

Pero este fin de semana ha estado lleno de encuentros con hombres estupendos, lo cual valoro especialmente y me hace pasar la primavera con mayor deleite!

Una vez leí un poema que se llamaba “Colecciono amistades”, lo sentí muy mío.

El sábado pude disfrutar de otra deliciosa presencia masculina, mi compañero de canto, que posee el repertorio de canciones más bellas que he podido escuchar, con las que cada vez me sorprende. Tiene una hermosa voz y una maravillosa forma de tocar la guitarra. E irradia una energía alegre, apacible, siempre sonriente. Hace que todo sea fácil y fluido. Y, al mismo tiempo, tiene una actitud que ordena el espacio y delinea los límites.

Y después un encuentro inesperado con un grupo de amigos que hacen cine y me hacen reír a carcajadas hablando de los desafíos de llevar el foco de la cámara mientras se meten un gintonic tras otro entre capa y espada, al más puro estilo macho cuando se emocionan y empieza a intuirse que en cualquier momento se abrazan y cantan “Asturias patria querida”.

Y simplemente un vino al atardecer, al final de una semana de trabajo, en una terraza bajo los árboles, un breve encuentro lleno de universo con un amigo le abre una nueva puerta a Caperucita, que se quita la capucha y se hace una mujer que aprende a correr con los lobos y a caminar con los Hombres.

 

Pero el amor, esa palabra…

Pero el amor, esa palabra…

Captura de pantalla 2017-04-07 a las 23.51.39

Fotografía: Jade Beall

Puedes escuchar este escrito en el siguiente audio. Y al final del post, una preciosa secuencia de “Los Puentes de Madison” de Clint Eastwood:

Hoy es viernes y es primavera y quiero escribir sobre el amor, porque es el día de Venus en el que el amor toca, y la estación del año en la que el amor toca.

Tengo sólo unos minutos para escribir sobre el amor antes de que la medianoche me alcance. Acaba el viernes, y se acabará hablar del amor. Entrará Saturno en su día (Saturday) con su daga despiadada cortando todo lo que desafía la moral y las estructuras que mantienen la sociedad en “orden”.

Amor, como Dios, es una palabra demasiado pequeña. Amor, como Dios, es una experiencia demasiado grande.

Escribir sobre el amor, y hacerlo bien, o hacer el amor y escribirlo bien, el orden de los factores no altera el producto.

Cuando el amor sacude a veces las palabras molestan. A veces las palabras traen el amor. A veces el amor estalla en palabras compartidas. El amor simplemente es, desplegándose en formas diversas, en tiempos, destiempos y contratiempos. El amor siempre es, aunque a veces no pueda realizarse. Incluso cuando parece ilusión, incluso cuando el miedo y las dudas lo ocultan, incluso detrás de lo que aparece como deseo y necesidad, el amor siempre Es. Igual que Dios.

Cuando el amor o el desamor o el desencuentro o la pérdida o las despedidas me golpean fuerte, sostener el sentimiento y dejármelo sentir y dejar que me pase a través, y vivirlo y enfrentarlo y no salir corriendo y no resistirme…. es como un acto heroico de guerrero abriendo el pecho para recibir una flecha. Un flecha que una vez recibida con el corazón abierto se convierte en una esfera transparente donde todo está perfectamente delineado y nítido. Es incómodo y hermoso al mismo tiempo. Y de una intensidad que marea. Y si entran la duda y las palabras, las expulso del paraíso. Entonces, cuando el sentimiento se vaya esfumando, lo recordaré. Y cuando se esfume el recuerdo, lo evocaré. Y en mi memoria brotarán secuencias de películas.

En “La edad de la inocencia” de Martin Scorsese, Newland Archer observa desde lejos a la Condesa Olenska y la narradora describe la decisión de Archer: “Se dió a si mismo una sola oportunidad, ella debía volverse antes de que el velero pasase el faro de Lime Rock, entonces iría hacia ella”.

Pero ella no se volvió, y él se marchó.

Una película para volver a ver.

Entonces en la pantalla del aire veo como se proyecta “Los puentes de Madison”. Cuando Francesca le dice a Robert:

Somos nuestras propias decisiones. Nadie entiende que cuando una mujer decide casarse y tener hijos, en cierto modo su vida empieza, pero en otro, su vida acaba” (Y quien dice mujer, dice hombre).

Antes de marcharse, Robert le responde: “Este tipo de certidumbre llega tan solo una vez en la vida”

Yo sólo creo y espero que Robert se equivoque.  Porque en lo más profundo de mí, siento que el corazón en su magnificencia es como el universo: infinito.

Sin embargo, veo que los humanos lo hacemos finito:

Pero el amor, esa palabra….”     (…)   “Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitas a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos a Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura.

Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdóname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. 

(“Rayuela”, Julio Cortázar, capítulo 93)