Filosofía y espiritualidad

¿Quieres despertar(te) conmigo?

Puedes escuchar el audio de este post aquí. Al final de este escrito un regalo: el enlace para ver una película extraordinaria.

Que nuestro despertar sea dulce


Escribo esta bendición para nosotros:

Que cada día el instante de nuestro despertar sea dulce, ya estemos solos o acompañados, ya traspasen los rayos de sol nuestra ventana en verano o golpee la lluvia con fuerza sus cristales en invierno. Que la exquisita voz de nuestro ser acaricie nuestros párpados al abrirse.

Que, desde ese momento, nos mantengamos despiertos en este sueño que es la vida, disfrutándolo desde la libertad que nos concede ver lo Real.

Que despertemos en el paraíso de esta tierra.


¿Alguna vez has tenido un sueño lúcido?

Un sueño lúcido es un sueño en el cual eres consciente de que estás soñando.

Esto puede acontecer de forma espontánea o se puede entrenar.

En mi caso siempre me ha sucedido de forma espontánea.

Como diría John Lennon, que el próximo viernes cumpliría 80 años: “You may say I’m a dreamer” (“Puedes decir que soy un soñador”)

Aunque él se refería a las personas que soñamos con un mundo iluminado, en el sentido de un anhelo profundo porque lo sabemos realidad en nuestra imaginación, en mi caso soy una doble soñadora: siempre he tenido una vida onírica tan espectacular que parece que hay un director artístico diseñando mis sueños.

Teniendo esas tendencias un día el sueño lúcido ocurre.

Seguramente también influye la indagación espiritual y el estudio del budismo y de la filosofía tolteca, que practican el mantenerse consciente mientras uno duerme, durante la vida onírica e incluso después de la muerte.

Por mi parte puedo contar en primera persona cómo es despertarse dentro de un sueño, porque me ha pasado varias veces. Tanto en el sueño onírico como en el sueño vigílico.

En 2001 tuve la suerte de ver la película de Richard Linkater, Waking life (“Despertando a la Vida”), cuando se estrenó. Una película extraordinaria que habla de todo esto y que no está disponible para ver en ninguna plataforma actualmente, pero buscando para ofreceros un buen fragmento, he encontrado un link escondido para ver la película completa con subtítulos en español aquí.

Esa película me dio una idea que luego he utilizado en mis sueños lúcidos: el interruptor como elemento para saber si uno está dentro de un sueño o en la vida “real”. De la misma manera que el protagonista de Origen, el film de Christopher Nolan, utiliza una peonza que gira (el samsara). (Enlaza en el título para ver el trailer).

Cuando me despierto en un sueño lúcido, parece que estoy en la realidad real, en mi cuarto por la noche. En ese momento dudo, porque una sensación inquietante me hace no querer que esa sea la realidad. Siempre está el interruptor en la pared. Sé con certeza, porque ya lo he decidido así, que si le doy al interruptor y la luz no se enciende, se trata de un sueño.

A partir de ese momento en la penumbra en la que pulso el interruptor y no se enciende la luz, todo cambia. Sé que estoy en un sueño y que puedo hacer lo que quiera dentro de él, porque es un sueño y es mío.

En este tipo de sueño, puedo saborear, sentir, ver, tocar igual que si estuviera despierta. También puedo volar. Así que dependiendo de lo que voy encontrando en el sueño, decido enfrentarme a lo que acontece, disfrutar del sueño a mi manera o salir de él si me encuentro acorralada.

En una ocasión me encontré de vuelta en una calle de mi infancia por la   noche y, al darme cuenta de que era un sueño, decidí desnudarme y subir corriendo por ella, oliendo el jazmín y arrancando las flores, disfrutando de la libertad, hasta encontrarme en mitad de una carretera. Me paré en medio justo cuando una moto se precipitaba a toda velocidad hacia mí sin frenar. Sabía que estaba en un sueño y que no podía pasarme nada así que quise ver qué sucedía. El motorista paró ante mí. Se quitó el casco. Su cabeza era una masa negra.

Otras veces he volado sobre volcanes, controlando la dirección de mi vuelo.


Como no estoy segura de si se llama sueño lúcido lo que me pasa, porque como tal nunca lo he estudiado, busco en google, y lo describe exactamente así. Además habla de un psicólogo alemán de la Gestalt, Paul Tholey, que distinguía el sueño normal del lúcido según los siguientes siete criterios:

  • El soñante es consciente de que está soñando;
  • El soñante dispone de su libre albedrío;
  • El soñante cuenta con sus capacidades normales de raciocinio;
  • Su percepción de los cinco sentidos es comparable a la de la vigilia;
  • El soñante cuenta con los recuerdos de los que dispone cuando está despierto;
  • El soñante recuerda con claridad su sueño al despertar, y;
  • El soñante es capaz de interpretar el sueño dentro del sueño mismo.

Hace pocos días tuve un sueño impresionante y significativo en este momento que vivimos. No era lúcido porque yo no me daba cuenta de que estaba en un sueño.

En un avión, en medio de un vuelo a algún lugar, me encontraba de pie, sin asiento ni cinturón. Era de día, sobre las nubes. Yo estaba en un pasillo, a mi izquierda la ventanilla. Sentía a mi derecha la presencia de mis seres queridos sentados en la fila de butacas, pero sin ver que específicamente fueran mis seres queridos de esta vida. Eran mis seres queridos en general y sentía la presencia de mi hijo. Todos estaban sentados en su asiento menos yo cuando empezaron las turbulencias. Como yo no tenía asiento me senté en el suelo y me agarré fuerte al reposabrazos del asiento a mi derecha que era el reposabrazos de mis seres queridos. Pensé: si me agarro muy fuerte lo mismo no salgo disparada hacia arriba. Todos estábamos tranquilos como si no pasara nada. El avión, que era muy grande, empezó a caer. Era una caída evidente, pero no la sentía con vértigo, sino que me sentía flotando. En ese momento me doy cuenta de que vamos a morir. Todo está en calma. Cierro los ojos. Tengo pena porque no quiero morir, pero lo acepto y me entrego a mi espíritu en mi interior. Me muero. Me duermo. Entonces despierto en el avión en tierra, el avión es mucho más grande ahora, con varios pasillos y grandes puertas de salida. Todo está en calma, las personas van saliendo del avión. Creo recordar que hay gente conocida en algún lado fuera y al mismo tiempo estoy rodeada de gente desconocida, pero no estoy con nadie en concreto. Sólo observo tratando de entender.

Retomando a Lennon, para escribir este post me acojo a la frase de Imagine que me hacía llorar siempre que la escuchaba: “but I’m not the only one”. No soy la única que sueña con una sociedad iluminada. Hemos sido muchos a lo largo de los siglos que portamos esa antorcha relevándonos. Por lo tanto, no estoy sola. 

Estamos juntos en el mismo sueño. En un doble sueño: el sueño como anhelo del cielo en la tierra y el sueño como la pesadilla del mundo en el que vivimos creyendo que es la Verdad.

¿Quieres despertar conmigo?

¿Quieres que construyamos juntos una sociedad iluminada?

¿Quieres que juntos veamos caer los muros de este engaño que nos separa?

¿Quieres que veamos caer los paradigmas políticos, económicos, religiosos y científicos que nos aseguran cual es la única verdad para poder escuchar la Verdad en la voz de nuestro espíritu?


Tomé la foto que ilustra este escrito paseando por Madrid hace 4 años. El hotel me guiñó un ojo preguntándome a través de sus cristales de espejo: ¿Quieres despertarte conmigo?

Como suele suceder debido a mi ignorancia, interpreté que la pregunta se la hacía yo al amor de mi vida, estuviera dónde estuviera y fuera quien fuera.

Creyéndome incompleta, en mi soledad anhelaba este despertar compartido.

Ahora sé que esa es la pregunta de mi espíritu hacia mí persona.

Despertar es un acto de voluntad, es un entrenamiento y también, como el sueño lúcido, a veces es espontáneo.

Supone ser consciente cada vez que abrimos los ojos por la mañana. Y despertar una segunda vez. Y volver a despertar cada vez que perdemos presencia, que entramos en automático, que dormimos despiertos interpretando la realidad en función de lo que nos han contado otros.

Despertar es elegir estar presentes, libres de condicionamientos y ver la verdad detrás de las apariencias.

En el primer despertar al sueño vigílico, es decir, a lo que comúnmente llamamos realidad, la soledad me duele, aunque muchas veces sea buscada. Soy hija de la Soledad, así se llamaba mi madre. La soledad de la que nací me enseña a trascenderla.

Porque la soledad es un espejismo.

La soledad que me ha dolido últimamente, por ejemplo, es la que experimento en medio de todo lo que está pasando, caminando con mi rostro descubierto entre todas las personas con mascarillas que recitan literalmente lo que los medios y los gobiernos les dictan y que yo no comprendo.  Yo estoy queriendo ver sus ojos su cara su sonrisa, sentir su abrazo y escuchar la voz de su espíritu. Estoy queriendo comunicarme con ellos. Pero llevan gafas oscuras para protegerse de la luz a las 8 de la tarde en medio de un bosque frondoso cuando apenas entra el sol y una mascarilla para protegerse del dulce olor de las jaras. Y me ven, se aprietan la mascarilla contra la cara y se separan de mí aun más, aunque haya 3 metros de distancia.

La soledad que he experimentado al darme cuenta de que lo que siento y elijo, aunque natural y coherente, como es respirar y respetar las leyes superiores de la vida, es incómodo cuando no inaceptable y que debo deliberadamente callarlo ante algunos seres muy queridos. Callar después de ver que no se entiende mi indignación ante la obediencia a la injusticia que se está perpetrando.

Lo que siento y elijo no es creer en ninguna conspiración, sino en la inspiración, en caminar y respirar libre del terror que nos quieren infundir unos y otros. Es atravesar la dualidad, el engaño que nos separa, y mirar la Vida, ver lo que nos une.

Sé que mi soledad es también compartida. El otro día una amiga abogada consiguió que en colegio aceptaran que su hijo de 10 años no llevara mascarilla, y también en los entrenamientos de fútbol al aire libre. Cuando los otros padres se enteraron, le comenzaron a hacer bullying en el chat del curso a ella y a su hijo, personas con las que antes se había relacionado perfecta y cordialmente. Su niño entonces accedió a llevar la mascarilla para poder estar con sus amigos.

Rezo porque mi hijo desarrolle poderes de superhéroe que le permitan respirar libremente y hacer un perfecto intercambio entre el oxígeno y el dióxido de carbono a través de branquias invisibles en sus brazos en medio del diluvio de 7 horas seguidas con mascarilla en el colegio.

Después de esto quiero confiar en que no enfermemos, sino que nos hayamos convertido en titanes. Que salgamos de esta pesadilla incólumes, fuertes y totalmente despiertos.

Cuando pretendo liberar a los demás de sus miedos y animarlos a confiar en la vida, en su cuerpo, en su ser y en su soberanía por encima de la manipulación, no consigo hacerme entender, hay un cristal que separa nuestro mutuo entendimiento al respecto.

Comprendo entonces que cada persona está en su camino, que no todo el mundo siente la certeza, la libertad, la confianza y el profundo vínculo con la vida que yo siento. Y llego a la conclusión de que es mejor el silencio y la presencia amorosa. Que la palabra sea sólo dicha cuando es mejor que el silencio.

Así que trato de sobrevolar la hostilidad y agarrarme al momento presente, a la eternidad de mi ser.

Siento que pertenezco a otro mundo, a otra forma de vivir, no a esta. Siento que transito otra línea de tiempo. Y que, por suerte, la mayoría del tiempo me mantengo en esa otra dimensión que permanece gloriosa como en un canal invisible dentro (y fuera) del que todos conocemos y compartimos como “el mundo real”. Aunque en ese plano me siento mágicamente protegida, en lo material, mi vida se ve afectada por lo que sucede en el engañoso “mundo real”. Y a mi piel emocional le duele.

Mientras no nos damos cuenta de que estamos en un sueño, sufrimos porque estamos atrapados en él. Dormidos carecemos de libre albedrío.

Buda decía que el samsara es sufrimiento. Por eso en el budismo se renuncia al sufrimiento del samsara. El samsara es el ciclo de renacimientos, el eterno retorno, tanto dentro de la propia mente como fuera, en lo que llamamos nuestra vida. Es ese hámster dando vueltas siempre en la misma rueda dentro de una jaula cuya puerta está abierta.

Abro los ojos una segunda vez.

Se dice que una vez que uno decide renunciar al sufrimiento del samsara y ve el engaño dentro y fuera de sí, comprende, se ilumina, experimenta el nirvana, la luz clara de la vacuidad y el gran gozo. La verdadera realidad detrás del engaño es conciencia y dicha. Entonces puede empezar a ver el paraíso en su mundo.

En el silencio y en la soledad me gusta escuchar el viento en los árboles, ver el sol atravesando las hojas y las nubes jugando a ser plumas de ángeles. En esos instantes de plena presencia experimento el gozo y la luz clara. Veo la verdad. A veces son vislumbres simultáneos a los aleteos de las emociones y a las sensaciones del cuerpo.  

Como dice la escritora india Arundhati Roy:

Otro mundo no solo es posible: ya está en camino. En un día tranquilo puedo oírlo respirando.

Cuando estoy dormida dentro del engaño me duele el corazón, física, literalmente. Ese dolor causado por cosas que han pasado y pasan en mi vida, por cosas que pienso que pueden pasar. A veces no reconozco si es mi dolor, o es el dolor de alguien a quien quiero y siento, o es el dolor del mundo. Entonces pienso: bueno… debe ser karma, la consecuencia de algo que pasó, que busca resolverse.

El karma se purifica sosteniendo el dolor en el corazón y respirando. Mientras se comprende, con amor.

En esos momentos de dolor del corazón me miro al espejo, extiendo mi brazo, atravieso el cristal y meto mi mano dentro de mi pecho al otro lado, atravesando un material que primero es tierra y luego mercurio; después se convierte en agua. Sobre el agua un trozo de madera que flota. Lo agarro. Está ardiendo. Me quemo. Luego siento una brisa suave. Mi mano ya no está. Detrás, silencio…. Y entonces, por fin, espacio.

Entonces empiezo a ver la vida desde una transparencia tan invencible que primero siento un extrañamiento del mundo, como si la vida no fuera verdad, y un desapego inusual.

Y desde ahí veo mi antiguo corazón dolorido alejarse como una isla separándose de su continente.

Escuché la historia de Athos sobre el origen de las islas, como el continente puede estirarse hasta que se rompe por los puntos más débiles y esas debilidades son llamadas fallas. Cada isla representa una victoria y una derrota: o bien se ha liberado a sí misma o ha tirado demasiado fuerte y se ha encontrado a sí misma sola. Más tarde, cuando estas islas envejecieron, convirtieron su infortunio en virtud, aprendieron a aceptar su despeinado, sus costas deformes, harapientas por donde habían sido rasgadas. Adquirieron gracia -algo de hierba, una playa suavizada por las mareas.

Piezas en Fuga, Anne Michaels.

¿Quieres despertar(te) conmigo?

Aquí tienes la película completa de Richard Linklater en V.O. subtitulada

Arte y creatividad

Supercalifragilisticoespialidoso

Guantes blancos

Puedes escuchar este post en el siguiente audio:


Supercalifragilisticoespialidoso

Maravilla…

Pura obsolescencia programada para nacer, no para morir, un 9 de agosto de 2017 a las 8.59 a.m. Un post que nunca terminé y nunca publiqué, que había escrito con ilusión para hablar del trabajo de una mujer brillante.

Quédate. Este es un post que se revela fascinante dentro de mí. Soy buena blogger, aunque nadie me lee. Bueno, sí, tú eres alguien. Gracias por estar ahí. Tú eres mucho más que suficiente y escribir para ti y para mí me hace feliz.

Recupero el borrador de ese post tan querido donde mis palabras ahora suenan familiarmente rancias. Lo leo y me leo en pasado. Aquello que me enorgullecía escribir ahora me chirría. Se acabó. Me alegro de haber salido de ahí. Porque, aunque el escenario pueda seguir siendo el mismo, yo no soy la misma. Gracias a Dios.

Aunque Dios…. Como decía Simone Weil: “Amar a Dios aunque no exista”. Yo lo amo y ya me es casi indiferente si existe o no, existe en los vericuetos de mi mente mientras intento comprenderlo, encajarlo, describirlo, verlo, renombrarlo, explicarlo.

Si tuviera que definir a Dios con una imagen por pura diversión, para nada sería la más representada: un señor con barba blanca sentado en una nube. Sería una refinada mujer sentada en una nube retocándose el maquillaje. Ya sabes quien es. Y esto no tiene nada que ver con cuestiones de género. Ya género es otro tipo de obsolescencia. Es una cuestión puramente sentimental y estética. Como un amigo que plantó eucaliptos en lo alto de un monte para tapar los postes de la luz. Estética y sentimiento.

OMG! Se me nota mucho que soy Generation X.

Algo en mí lucha por rescatar algo de ese post que nunca verá la luz.

A todo esto, mi set de escritora ha cambiado. No sé en qué momento se me ha pasado por la cabeza tomar prestado el teclado gamer de mi hijo con ratón a juego. De color negro con luces de colores que ondulan en diferentes frecuencias. Y enchufarlo a mi macbookair. Pensé que sería más cómodo, que me manejaría como el piloto de un Concord, un avión supersónico también obsoleto, de cuyos vuelos me hablaba mi padre cuando yo era pequeña. Él tuvo la suerte de volar en el Concord. Le encantaba. Qué hermosa palabra. Concordia. Con corazón.

Desfase generacional. Mi hijo de 12 años, que desconoce el uso que estoy haciendo de sus pertenencias tecnológicas porque se ha ido a pasar la semana con su padre, ha programado las luces de su teclado y de su ratón y le ha parecido apropiado también programar el botón izquierdo para que sea el derecho y viceversa. Dicen que es bueno probar cosas nuevas. Así que aquí estoy yo, acostumbrada al reducido espacio del MacBook Air, usando un ratón externo, un teclado externo y habituándome al cambio de botones, lo cual es delirante. Pero ya tengo montado este chiringuito que ocupa toda la mesa del comedor. Nada cool. Desorden. Una carpeta de David Bowie que estás en los cielos, un libro llamado Caos y Orden de Antonio Escohotado. Restos de una infusión de artemisa y llantén -suena a vieja lo sé pero está muy rica, no hay paréntesis en este teclado-. Mi gata Samadhi sobre la funda aterciopelada del portátil. Me acuerdo del escritorio de mi amiga Adriana, poeta. Flores, un buda, una vela, incienso. Bello. Así era yo antes. Me he vuelto punk. Trasnoche en ciernes.

Supercalifragilistico.

Este era el título del post original. En él, encuentro esta reliquia:

Cuando busco en google Supercalifragilisticoespialidoso, me encuentro con la siguiente descripción que, un buen día, un anónimo y genial ser escribió para Wikipedia. Y dice así:

«Supercalifragilisticoespialidoso»— es el título de una canción muy llamativa de la película de Disney Mary Poppins (1964). La canción describe la forma milagrosa en la que uno puede salir airoso de situaciones difíciles, e incluso de cambiar su propia vida.

Sencillamente delicioso.

Supuestamente Dios está en nuestro interior, de la misma forma que Cristo está en nuestro interior, y todos los Budas están en nuestro interior. Vamos, que todo está en nuestro interior, cansada de decirlo estoy.

Pero en aquel momento, cuando escribo ese post hace tres años, yo todavía no sabía que Mary Poppins también está en nuestro interior. Así que yo la rezaba, fuera. Mary Poppins que estás en los cielos, ven a mí, te suplico que me ayudes a ordenar todo este caos generado por el libre albedrío de mis neurotransmisores y a causa de los destrozos de mi estado civil: ¿donde coño está el hashtag en este puto teclado gamer? hashtag madreseparadaconcustodiacompartida; y a causa de los riesgos financieros de mi profesión: hashtag profesoradeyogaenespaña. Ni hashtags ni paréntesis. Ni tiempo ni dinero. Qué vida zen.

La forma milagrosa en la que uno puede salir airoso de situaciones difíciles e incluso cambiar su vida, al menos una de las formas es…. rezando.

Yo he rezado a Dios, a los Budas, al Guionista y a Mary Poppins, y también a varias jerarquías de ángeles y a deidades hinduistas. Juro que todos responden. Son súper eficientes y muy prácticos. Adoro a este equipo de Vengadores. Son muy top. Los más rápidos los Budas y Mary Poppins. Os paso el contacto cuando queráis.

De esa manera se me apareció una emanación de Mary Poppins en la forma de Marta Aguilar, en un momento en el que necesitaba ayuda para ordenar mi casa. De una manera tan sincrónica como improbable en el mismo día en el que la recé.

La pedí. Un encuentro casual me facilitó su número de teléfono. Rauda apareció en mi casa. Delicada y fuerte. Sencillamente elegante. Discreta y audaz. Saco de su bolso su uniforme: un delantal y unos guantes blancos. Y en unas vacaciones de verano en las que no salí de casa me ayudó a ordenar, a depurar, a planificar: armarios, finanzas, emociones, agenda.

Este post es para ella y por ella.

Número directo de la nube de Marta Poppins. Pincha aquí. Llámala. No lo dudes. Marta Aguilar, Re-orden.

Marta, te dejaste en mi casa tus guantes blancos. Sabes que tienen vida propia y me piden seguir descartando lo que ya no sirve y elegir lo que me favorece. Y no estoy hablando de vestuario, sino de la vida.

Las manos son extensión del avión supersónico del corazón. Con las manos manifestamos, materializamos. Antes de esculpir el golem, la idea ha emergido de la Vacuidad, el origen de todos los fenómenos. O se nos ha revelado desde el éter, o desde el mundo cuántico, o desde el susurro de nuestro espíritu. Como queramos llamarlo. A través de la danza de las musas, o del genio que nos visita, o en la quietud de la meditación. En cualquier ocasión en la que abrimos la puerta a lo trascendente.

Dos bellísimos “conceptos” del Budismo y que se entrelazan con el paraguas de mi Marta Poppins son la Tierra Pura y la Designación.

Los que conocemos de la existencia de la Tierra Pura porque la llevamos en el corazón no descansamos hasta verla manifestada externamente. La Tierra Pura, el Edén, el lugar donde está nuestro hogar, dónde legítimamente nos corresponde vivir, se crea por designación. Se designa. Se nombra. Se pronuncia.

Sabemos, hemos oído, que la palabra crea. In the beginning was the Word. And the Word was with God. And the Word was God. En el principio fue el Verbo, y el verbo estaba con Dios y el verbo era Dios.

El trabajo de Marta es reestablecer la armonía donde ha habido destrucción, donde ha habido muerte, donde ha habido abandono. Dibuja la tierra pura después de nombrar cada objeto que la forma.

En el proceso de restablecimiento del orden, vamos eligiendo. Y la elección de cada uno va conformando la realidad.

Con esos blancos guantes mágicos elegimos. Qué va fuera, qué se queda. El poder de esos guantes de delicado encaje es el mismo que el del guantelete de Infinity War. Un guante de 6 gemas reunidas, las gemas del infinito que son las gemas de la mente, el alma, el espacio, el poder, el tiempo y la realidad. El villano Thanos ha conseguido reunir las 6 gemas en el guante y con ello el poder sobre el Universo. Con un simple chasquido de dedos, Thanos se deshace de lo que sobra. En ese chasquido desaparece la mitad del universo en una criba aleatoria.

Sin embargo, el poder de los guantes de encaje blanco no es aleatorio. Es escogido. Con conciencia y dulzura.

Elegimos nombrando lo que queremos que se manifieste. Y no nombramos lo que queremos que desaparezca. De esa manera abrimos y cerramos puertas. Y no somos conscientes de que la magia de la creación está en nuestras manos con sólo empezar a nombrar y a ver. Y con un chasquido.

Elijo la tierra pura. Y la manifestación de la tierra pura comienza en nuestra propia mente. Es un acto mágico desde la voluntad. Es una decisión.

Así, puedo constatar como en la cotidianeidad de mi vida, voy reestableciendo esa tierra pura sobre la tierra actual, la tierra nuestra secuestrada hace océanos de tiempo. Ambas tierras coexisten y en diferentes planos de realidad se yuxtaponen.

De la misma manera que sobre una cama separamos ropa vieja y rota de la ropa bella que realza nuestra belleza inherente, la cama las contiene a ambas durante un lapso de tiempo.

Estamos en un cambio de ciclo. Sobre la cama de la sociedad humana, suciedad humana, yacen ya los escombros de nuestra fractura espiritual, demasiadas infamias. Ha llegado el momento de reestablecer el orden.

¿Por dónde empezamos?

Empezamos por buscarnos a nosotros mismos, la joya que somos, debajo de la basura y de la indolencia.

Cada uno de nosotros puede hacer esto. Desde nuestro corazón, desde nuestra mente, desde nuestra palabra, desde nuestras elecciones. En nuestro pequeño espacio. Pero hasta que aprendemos a recuperar nuestra magia, pedimos ayuda a magas, magos que han recorrido el camino antes que nosotros y que aguardan para asistirnos con deleite, sentados en nubes, observando, hasta que solicitemos su presencia.

Y una canción de otra mujer, para adornar punkamente este post.

Where Do I Begin – ¿Por dónde empiezo?

Jill Sobule

¿Por dónde empiezo, por dónde empiezo?
A limpiar este desastre que hice

Allí están las cenizas de los puentes que quemé
Allí está la pila de la misma lección aprendida
Allí está mi amante debajo del helecho moribundo

¿Por dónde empiezo, por dónde empiezo?

A limpiar este desastre que hice
Allí está la guitarra con la cuerda rota
Allí está el gato que me olvidé de alimentar
Allí están los recuerdos de un hermoso sueño

¿Por dónde empiezo, por dónde empiezo?
A limpiar este desastre que hice
Allí está la pila de facturas impagas
Allí está el sofá con el derrame inexplicable
Aquí está el corazón solitario que no se puede llenar

¿Por dónde empiezo, por dónde empiezo?
A limpiar este desastre que hice

Autores de la canción: Jill Sobule / Jimmy Ripp

Letra de Where Do I Begin © BMG Rights Management

Sobre el restablecimiento de la tierra pura y la danza entre el caos y el orden… próximamente…

Arte y creatividad

El camino de los caracoles


De pronto, el verano, el pleno agosto, los 40 grados centígrados, el cuerpo ardiendo detrás de cada ducha fría, las noches con el pelo mojado en la almohada. Y un ventilador cuyo aire se pierde en el trayecto entre él y yo. De pronto agosto se oscurece. Parece noviembre.

Las tormentas, bienvenidas. El olor del ozono, unos truenos que hacen temblar la tierra, unos rayos que atraviesan el silencio. No hay nadie, no hay nadie, porque en agosto nunca hay nadie. No hay nadie y menos que nadie, porque en agosto nunca hay nadie y, además porque ahora es una situación especial que nunca antes hemos vivido en el mundo entero a la vez. Supuestamente. Y digo supuestamente porque ¿cómo sabemos lo que es verdad? Hablar de la verdad es ahora una práctica irreverente y arriesgada. Camino entre los árboles. Anochece. Voy grabando este texto que improviso en la grabadora del iphone.

Es esa hora mágica. El cielo está azul, anocheciendo, pero todavía está claro. Las farolas se han encendido. Camino entre árboles floridos y frondosos, en el lugar donde vivo, una urbanización construida en los años 80, bloques de ladrillo rojo en medio de lo que debió ser un bosque espléndido. Camino entre los charcos. He ido a alimentar a Mata Hari. Hace algunas semanas sonó el teléfono, un número desconocido, una mujer que no me conocía a través de una vecina que me conocía, me pidió alimentar a esta gatita callejera durante sus vacaciones.

Por eso he vencido la pereza de quedarme descansando en casa. Descansar tranquilamente en casa es para mí, como para tantas personas, algo insólito que sucede muy de vez en cuando. Pero ahora me alegra haber salido a sumergirme en la energía de los truenos, de los relámpagos, de la lluvia y del gris antracita del día que me algún momento me entró dentro y desapareció fuera. Justo ahora ha dejado de llover por primera vez en el día desde las nueve y media de la mañana. El cielo ahora es azul, azul celeste, azul celeste claro, pero haciéndose de noche.

La urbanización en la que vivo es muy, muy grande. Hay un montón de bloques de dos pisos. Me gusta ver las ventanas iluminadas en la noche.

“This is water”, me acuerdo no sé porqué del maravilloso discurso que escribió el escritor norteamericano David Foster Wallace. “¿Qué diablos es el agua?”.

Es bonito encontrar un momento para caminar, para escuchar el viento en los árboles, para escuchar los sonidos de los platos colocándose en una mesa en la hora de la cena, en alguno de los hogares de los pisos entre los que camino.

Y… ahora es simplemente la vida en este plano, tal y como está siendo en este instante. Esto es lo que yo veo. Estoy aquí sola, sintiéndome bien, sabiendo que, en algún lugar, a unos cuantos kilómetros, a unos 500 kilómetros, está mi hijo pasando un par de semanas de vacaciones con su padre. He hablado con él hace un rato. Como si no existieran ni el tiempo ni el espacio.

Hace mucho tiempo, en mi adolescencia, tuve una visión o una sensación, o una revelación extraña.

Si la hubiera tenido ahora sería más lógica o más comprensible por todo lo que hemos leído. Tanta física cuántica. Tantas cosas, tenemos tanto conocimiento ahora. Pero en aquel momento yo era adolescente, no había internet, aunque había enciclopedias, pero no había leído tanto. Tuve una sensación de que pasado, presente y futuro sucedían al mismo tiempo y además de eso, como que regresaban. Era como un camino de ida y vuelta. Como ese símbolo de cuando pones la música en una dirección y luego vuelve otra vez, como en loop.

Es como si fuera desde el pasado al futuro y paralelamente está volviendo desde el futuro hasta el pasado, pero todo sucede a la vez, con lo cual en algún punto tenemos recuerdos del futuro y visiones de un pasado que no hemos vivido todavía. Fue una sensación muy real. Y en ese sentido, tiempo y espacio están en una dimensión y a la vez dentro de nuestra vida cotidiana también transitamos instantes fuera del tiempo y del espacio.

Estudio budismo y esto me hace cuestionar la “realidad”, o más bien, la interpretación de lo que veo. Supuestamente me late el corazón, supuestamente respiro, inhalo oxígeno, exhalo dióxido de carbono, supuestamente existo, supuestamente mientras yo camino fuera del espacio y del tiempo, aunque aparentemente recorro un tiempo y un espacio, mi mente me dice que al mismo tiempo hay mucha gente trabajando en hospitales, viviendo tragedias en el mundo. Dicen que hay un virus y pasan todas estas cosas que están pasando.

Ahora mismo no me encuentro con nadie. No veo a nadie con mascarillas. Sólo me he encontrado al vigilante haciendo su ronda nocturna. El aire es limpio, puro, fresco y últimamente me sabe tan rico el oxígeno. Nunca antes me supo tan rico el oxígeno hasta que me obligaron a ponerme una mascarilla, que sólo uso cuando realmente me obligan. Sé, sé que tampoco hay ninguna posibilidad de contagio de mí hacia nadie y de nadie hacia mí. No porque esté negando la realidad, que tampoco sabemos cual es, sino porque tengo una certeza en el corazón y vivo tranquila, alineada con la vida, con el latido, con el oxígeno, con lo que yo conozco como vida, que a lo mejor tampoco es real. No lo sé.

Recuerdo un texto escrito por Clarice Lispector, una escritora brasileña que se titulaba “No entender”. Y no me acuerdo muy bien, pero era un texto muy breve en el que decía que le daba tranquilidad renunciar a no entender. Y es un comodín que a veces uso. No entender, siendo una buscadora de significado como he sido siempre, de repente decir: no sé y no lo entiendo, me descansa.

Clarice Lispector sobre no entender:

No entiendo. Esto es tan vasto que supera cualquier entender. Entender es siempre limitado. Pero no entender puede no tener fronteras. Siento que soy mucho más completa cuando no entiendo. No entender, del modo en que lo digo, es un don. No entender, pero no como un simple de espíritu. Lo bueno es ser inteligente y no entender. Es una bendición extraña, como tener locura sin ser demente. Es un manso desinterés, es una dulzura de estupidez. Sólo que de vez en cuando viene la inquietud: quiero entender un poco. No demasiado: pero por lo menos entender que no entiendo.

(“Descubrimientos”, Clarice Lispector)

El otro día le decía a alguien: para mí las noticias son el latido de mi corazón. Hace 20 años que no consumo medios de comunicación, básicamente. Solamente cuando quiero mirar, investigar alguna cosa en concreto a ver qué sensación me produce. Y me entero inevitablemente por todas las personas que tengo a mi alrededor que me cuentan lo básico que necesito para vivir en el mundo, que, en realidad, es un corazón, todo mi cuerpo y desarrollar una vida, según lo que cada día me vaya pidiendo.

En mi vida cada día es distinto… no siempre entro a trabajar a la misma hora, no siempre como a la misma hora, no tengo un rutina porque mis rutinas cambian de día a día y de semana a semana, por cuestiones familiares y laborales. Eso me mantiene siempre atenta, improvisando. Me gustaría tener una vida ordenada, como también me gustaría ser cantante y ponerme todos los días un vestido super bello. Quizá eso algún día suceda, quizá no, o sucede simplemente en la dimensión de mi imaginación.

¡Hola! … ¡Hola!

Acabo de encontrarme una mujer con mascarilla. Eso me recuerda que he entrado en el mundo este en el que vivimos.

Y bueno, para mí lo importante ahora es, de qué manera puede uno refinar, depurar al máximo, su lugar.. O la comprensión o el posicionamiento en todo lo que está pasando en este momento, según nos cuentan, en el mundo.

Hay tantas especulaciones. Tantas personas sentenciando cosas. Tantas situaciones que nos llevan a separarnos, oponernos y confrontarnos. Muchas limitaciones y restricciones en cada gesto cotidiano que, de alguna manera, están diciéndole a nuestro cuerpo que está en una situación amenazante. Entonces al final ¿qué es lo mejor que podemos hacer con esto? Y no pienso que esto sea general si no que cada persona tiene que encontrar su propio lugar, lugar interior, emocional, energético.

Para mí, la opción es vivir normalmente. Si hago como si esto que está sucediendo no estuviera sucediendo parece que estoy negando la realidad. No la niego, simplemente veo más allá y camino sobre lo que sostiene la vida. Porque hay mucho más y más allá de esto. Es más, todo es mucho más que esto que está sucediendo. No lo quiero nombrar porque me niego a consumirlo y porque no quiero pronunciarlo en mi vida. Es como una cuestión mágica. No lo pronuncio, no existe. Y mientras tanto, en estos meses, no está existiendo en mi vida, no está existiendo en mi cuerpo, no está existiendo salvo porque me lo cuentan algunas personas que lo han tenido y lo han pasado. Pero en mi vida, ahora mismo en lo que está sucediendo ahora, no existe.

Pudiera parecer egoísta, pero no lo es.

Me encantaría poder explicarlo mejor. Creo que la mayoría de las personas viven pensando que la verdad es la que cuentan los medios de comunicación. O que la verdad es lo que siempre han creído personalmente. En unas familias es una cosa, en otras familias es otra. Con lo cual ¿cómo saber cual es la verdad? Que la verdad es su ideología política, o su religión. O que la verdad es lo que ellos sienten, su emoción en ese momento. O que la verdad es lo que se puede demostrar científicamente.

Me acuerdo de que mi maestro de meditación… (oh, qué bonito, estoy viendo un caracol, porque ha habido tanta tormenta y es pleno verano y están saliendo. Pero no están sacando sus cuernos al sol sino a la luna. Estoy viendo dos caracoles. Es precioso. Porque me han enseñando que esto son caracoles) Me acuerdo que mi maestro de meditación un día me preguntaba: ¿Es verdad esto? Y en algún momento pensé (tengo que caminar ahora con cuidado porque hay un montón de caracoles y no quiero pisar ninguno), y yo pensaba: “pues la verdad es que no sé si es verdad, a lo mejor estoy en un sueño, como dicen los Toltecas o como cuentan los Budistas”. Qué bonito camino de caracoles.

A lo mejor es un sueño. ¿Cuál es la diferencia entre este sueño y el que tengo por la noche?

Entonces, al final…  ¿donde está uno? Está uno en su vida.  Nos toca alimentarnos, nos toca respirar. A veces trato de reflexionar desde el punto de vista de que  no tengo información. Si no tuviera información, si no hubiera internet, si no hubiera televisión, si no hubiera medios de comunicación, si no hubiera libros, ¿qué haría? ¿Qué es lo que está sucediendo en este momento?

En este momento el sendero se oscurece y tengo que ir con mucho cuidado porque no quiero pisar ningún caracol y apenas se ve, pero me parece un juego bonito y decido que no voy a pisar ninguno y … acabo de llegar a casa! Había dado tantas vueltas que ni siquiera sabía que estaba en este camino de regreso a casa. Y quiero dar una vuelta más porque me parece un hermoso paseo nocturno. Si realmente yo no tuviera ninguna información, si no supiera … ¿Cómo viviría?

Me late el corazón, respiro, me muevo, tengo un hijo. Ahora no está conmigo presencialmente, pero está conmigo en el corazón. En ese sentido es instantáneo. Nos separa el espacio…  un supuesto espacio. Pero estamos completamente unidos.

En este momento se supone que es la hora de cenar e irse a dormir y yo he sentido cierto desasosiego al anochecer, cierta tristeza, esta situación de no ver la sonrisa de las personas porque llevan mascarilla, o la mirada porque llevan gafas de sol, de no reconocer a la gente que conocía por la calle o de no reconocer a mis propios amigos ni a mí misma. Porque cualquier discusión realmente no es la verdad, ni de un lado ni de otro. Y sentir que algo está sucediendo que una vez más nos separa, nos aleja, nos confronta, nos supone que vemos el mundo en término de ellos y nosotros, los malos y los buenos, los que llevan mascarilla y los que no la llevan, los irresponsables, los borregos. Los despiertos, los dormidos, etcétera, etcétera.

Entonces lo que me tranquiliza profundamente es mirar los árboles, escuchar los pájaros, escuchar el viento en los árboles, ver que siguen ahí… y sentir la vida. Esa capa finísima de lo que subyace la vida, la existencia en este plano que conocemos. Hay algo que sustenta todo, que es perfecto, que es brillante, que es esplendoroso aún en su máxima discreción. Que es bellísimo, que está siempre. Está siempre, silencioso. Y me gusta todo el rato sentir que voy por ese camino, por esa línea, por ese camino. Ese camino de los caracoles, ese camino que es la vida. Que es la vida en la que hay paz. La vida en la que todo está bien. Está bien cuando llueve, está bien cuando truena, está bien cuando hace 40 grados de calor. Está bien cuando hace demasiado frío, está bien cuando todo se inunda, está bien cuando todo se seca, está bien cuando las flores florecen, está bien cuando las hojas se caen.

Está bien eso que existe por debajo de la humanidad y en la esencia de nuestra humanidad, en la perfección de nuestro cuerpo físico, en la perfección de nuestros órganos sensoriales. Hay algo en la vida que me dice que la vida es para disfrutarla. Los cinco sentidos que conocemos nos producen placer, básicamente.  Saborear y poder discernir lo que es bueno y lo que es malo, o lo que es veneno y lo que no es; escuchar la más sublime de la música y quizás alejarnos del más horrible de los sonidos. El tacto, sentir la piel. La belleza de los colores, de la luz, de las formas. Eso en nuestro cuerpo físico. Los olores, los perfumes, las fragancias. Todo eso en nuestro cuerpo físico que tiene una inteligencia perfecta en cada célula y en la vida en la Tierra, de la misma manera: las montañas, el océano, el mar, el reflejo del cielo en el agua, los animales, la belleza de un leopardo, la belleza de un colibrí, la belleza de un hipopótamo, las flores, los ríos, las nieves, los glaciares. Es pura magnificencia, pura belleza. El cielo en la noche, las estrellas. El sol.

Es un prodigio que sigue existiendo más grande que la política de un Estado, más grande que el nombre de un Estado, más grande que una profesión enfermera, médico, personal de limpieza, político… más grande que si un virus ha sido fabricado o no, más grande que una conspiración o no, más grande, más grande que la propia muerte.

¿Y nos estamos perdiendo eso? ¿Estamos dispuestos a perdernos esto tan grande?

Tengo suerte. En algunas creencias dirían que por una cuestión kármica, después de haber sufrido mucho, he llegado a este lugar en el que camino en paz por un sendero de caracoles sin mascarilla, respirando un oxígeno maravilloso en una vida en la que tengo mucho amor. Amor verdadero de muchas personas y cortesía de muchas otras. Mucho cariño, amabilidad y un bello oficio. Un lugar hermoso en el que vivo. Si pudiera elegir ¿tendría esta vida? Bueno, a lo mejor tendría otra distinta, pero ésta está bien y la disfruto, aunque no tengo dinero. Ahora mismo tengo como 9 euros en la cuenta corriente. Ayer en la caja del supermercado  tuve que parar a hacer una transferencia en la app del móvil, de los 30 euros que tenía en la cuenta de ahorro a la “cuenta nomina”, entrecomillas nómina porque soy autónoma, en la que había 20 €. Entonces todo junto, justo, justo. Todo lo de las dos cuentas me dio y pude pagar la compra del supermercado, en medio de ese apuro bajo los insultos de un chico que había en la fila que me gritaba que qué hacía porque les estaba haciendo esperar un minuto más y yo pensaba: ¿hemos perdido el juicio, hemos perdido el sentido común realmente?

Y bueno, si tuviera dinero haría esto o lo otro. No lo tengo. Camino entre caracoles, que son bellísimos. Me identifico con ellos porque son lentos como yo, porque de alguna forma llevan su casa tan pequeñita a cuestas. Yo mi oficina la llevo encima de mí.

Y … ¿qué es lo importante? Qué es lo importante? Respirar.

A veces intuyo cosas y deduzco por sentido común. Yo siento que no debo llevar mascarilla porque es una ofensa a mi cuerpo y un insulto a la vida, porque le estoy dando una información a mi cuerpo de que no respire, de que no hable, de que no huela. Me provoca espanto cuando se la veao puesta a las personas. Me siento como si estuviera en una película de terror mala y fea. Y no entiendo, no entiendo mal, no al modo glorioso de Clarice Lispector. No me parece una falta de respeto hacia otras personas no usar mascarilla y desde luego sé que no es peligroso. Me parece eso es algo que simplemente ellos creen que es. Para mi lo peligroso es ponerme la mascarilla porque realmente no puedo respirar con ella, porque realmente me hace sentir muy, muy mal. Y con 50 años siendo una ciudadana impecable me parece impropio tener que dar explicaciones a nadie a 40 grados bajo el sol de las 3 del mediodía sin comer. Y me apena profundamente que tantas personas tengan que llevarla obligatoriamente durante 8 horas de su jornada laboral.

Los pájaros no se están cayendo de los árboles muertos, con lo cual deduzco que no hay en el aire nada que esté contaminado. Es evidente dónde hay contaminación psicológica y adicción por consumir un tipo de información que causa estragos en la salud mental y física y división entre las personas. Una pena.

Palabras que eran de todos y que se expropian: héroes, normalidad, responsabilidad, juntos..

Decido no abrir la puerta de mi casa a lo que percibo nocivo para mí disfrazado de supuestamente bueno. La bruja disfrazada de anciana vendiendo una manzana. Todos conocemos los cuentos. El bien, el mal. ¿Es realmente inherente en nosotros? Los cherokees dicen que el hombre blanco tiene la enfermedad del doble corazón. Porque está dentro de nosotros.

La vida humana lo contiene todo. El bien, el mal, el doble corazón. Y también el noble corazón del discernimiento y del amor.

Conocemos las leyes naturales y el honor. Estamos viviendo en un mundo farmacológico que ensombrece y desautoriza un perfecto mundo natural. ¿Hemos olvidado nuestra esencia? Si todas las personas nos diéramos cuenta de lo increíble que es nuestro cuerpo físico, de las capacidades de nuestra mente que se pueden entrenar y de que tenemos una intuición certera, un lugar en nosotros que realmente sabe la verdad y que está en armonía con la vida… sería todo tan distinto ahora. Recuerdo las palabras de un homeópata al que fui una vez. Me dijo: “Si se nos pudiera aparecer Dios enfrente ahora mismo, se nos caía la cara de vergüenza”.

Entiendo los miedos de las personas. Entiendo. Mis padres ya murieron. Entiendo los miedos de las personas que no quieren perder a sus padres en una situación horrible. Lo entiendo. Entiendo incluso la ignorancia de pretender parar un tsunami con las manos. Entiendo que hay personas, muchas, que no confían en su sistema inmunológico ni en la relación de soberanía con respecto a su cuerpo y a su vida. Entiendo que hay personas que no están dispuestas a morir. Lo entiendo. Entiendo el miedo a la muerte perfectamente. En ese sentido he logrado paz, por lo menos en muchos momentos. Por supuesto, en otros no. En otros me autoengaño, me enfurezco, me ofendo. Pero tengo la sensación de que si muero me refugio en mi espíritu, que es el espíritu de todas las cosas. Y que lo que he hecho hasta ahora es maravilloso ¿no? He vivido una vida, he amado, he temido, he crecido, he creado, he disfrutado, me he maravillado, me he aterrado, me he equivocado, he acertado y … que la vida es muy grande.

Pienso que tenemos una participación en la vida importante, no sé qué porcentaje es, pero es una participación de voluntad y de creación. Hay investigadores que dicen que somos los creadores de nuestra propia vida, que somos dioses, que podemos ser dioses y que todo depende de nosotros. Otras muchas personas piensan que nada depende de nosotros, que estamos expuestos, vulnerables ante una voluntad mayor. Yo no lo sé. He estudiado mucha metafísica, mucha religión, mucha filosofía y no lo sé. Pero la sensación que yo tengo y lo que a mí me gusta pensar porque me divierte, es que soy coguionista. A veces llamo a Dios guionista, porque yo veo como la vida me habla constantemente de miles de formas a través de frases, a través de acontecimientos. Y entonces yo siento que yo coescribo, que la vida me hace guiños, y que hay una parte de mí que tiene voz y voto. Y en esa parte de mí que tiene voz y voto, le digo a la vida:

Sí, sí, me encanta respirar, me encanta hablar, me encanta sonreír, me encanta mirar, me encanta que se me vean los ojos. Me encanta ver los ojos de las personas. Me encanta caminar, me encanta oler, me encanta saborear, me encanta escuchar, me encanta tocar, me encanta vivir, me encanta ver la vida, me encanta ver la belleza, me encanta escuchar la música y eso existe y eso es siempre. Y por supuesto, me encanta abrazar.

Por una cuestión de karma, supuestamente, ahora aquí yo no estoy debatiéndome entre la vida y la muerte, no estoy en un hospital desangrándome, no estoy perdiendo a un ser querido ahora, en este momento. Aunque ya haya pasado por eso y en cualquier momento lo vuelva a pasar. Y .. ¿no es legítimo poder disfrutar de respirar sin sentir culpa y al mismo tiempo sentir compasión por todas las personas que sufren? ¿No es legítimo vivir la propia vida libremente sabiendo que no haces daño sino bien? ¿No es legítimo saber con toda certeza que no hay ninguna relación entre mi libertad para respirar y la muerte de otra persona? ¿De verdad tengo yo que dejar de respirar por los que mueren en vez de respirar por los que mueren?

Quizás si sumamos felicidad, si sumamos respiración, insuflamos vida en aquellos que parece que la pierden.

 Así que en este momento disfruto de que tengo lo que tengo. Qué es lo que es y … ¿qué más puedo saber?

En medio de cualquier desesperanza, en medio de la oscuridad de la mente, siempre fluye invisible el camino de la vida pura, intacta, el camino que nos hace bien, el camino que nosotros mismos podemos escribir.

Mirando hacia atrás y viendo cómo he podido manejarme en los últimos tiempos, he visto que he creado cosas con el poder de mi imaginación, con el poder de mi deseo. He creado muchas cosas que soñaba y luego se han visto manifestadas y pienso realmente se puede estar en la vida como uno quiere. Hasta cierto punto. Porque ahora no sé si he pisado un caracol, no sé si hay algo que me pueda pisar a mí, no lo sé, por descuido, no lo sé hasta qué punto hay azar, pero sólo sé que quiero seguir viendo la vida, que quiero seguir viendo lo que es natural, como dice el poeta E.E. Cummings: “Everything which is Natural, which is infinite, which is Yes” (Todo lo que es infinito, lo que es natural, lo que es Sí).

 Así que camino sobre ese tejido transparente. Intento seguir caminando en ese tejido transparente que ahora tiene forma de camino poblado de caracoles. A veces tiene forma de la cola en el supermercado, a veces tiene forma de una persona que te cuenta sus sentimientos angustiada, a veces tiene forma de alguna creencia de que lo que está pasando en tu vida es terrible cuando en realidad no lo es. A veces tiene forma de caracol, de dos caracoles.

Yo propongo dejar de debatir especulaciones y respirar, y seguir el corazón y dejarles a los demás su responsabilidad. ¿Por qué hay personas que se sienten con derecho, sin conocerte, a juzgarte o a decirte lo que tienes que hacer? ¿No pueden quizás suponer que soy una persona sensata, cuidadosa, amorosa, responsable y que a lo mejor no llevo mascarilla por alguna razón muy legítima y que nunca jamás les cuestionaría a ellos que lo hicieran o que no lo hicieran, más allá de que pueda tener mis opiniones como un ser humano limitado? ¿Por qué no nos dejamos tranquilos? ¿Por qué no nos dejamos vivir? ¿Por qué no seguimos nuestro corazón y respiramos si necesitamos respirar?

Y hay algo muy bonito. Siempre hemos visto películas de magia. Siempre hemos creído en nuestro corazón, en la magia. La magia se puede desde la voluntad interior. Puedes decidir en este mismo instante que nadie te puede poner una multa por no llevar una mascarilla que no quieres llevar o que no tienes porqué enfermarte. Puedes decidir que tu sistema inmunológico es perfecto y fuerte. Y puedes decidir no tener miedo a la muerte. Puedes decidir estar en paz con todo lo que hay. Puede que te levantes triste a la mañana y decidir cambiar tu estado de ánimo en unos minutos, ese estado que no es verdad y que constantemente cambia. Y en cualquier momento algo puede pisar tu caparazón, sin darse cuenta, porque está oscuro y no te ha visto. Hasta entonces y mientras tanto, puedes seguir dejando tu hermoso rastro en esa capa finísima, esplendorosa, prodigiosa que es la existencia.

Arte y creatividad, Autoras femeninas, Cuerpo, mente y espíritu

En la Tierra Alrededor del Sol En el Cielo

solar-system-NASA

 

“Bienvenida. Y Felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees.

En primer lugar, para que estés ahora aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, billones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos muchos años -tenemos esa esperanza-, estas pequeñas partículas participarán sin queja en todos los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacta y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.”

(“Una breve historia de casi todo”, Bill Bryson, 2003)

Sí, yo celebro mi existencia. Ahora. Hasta hace poco la celebraba ritualmente sólo por mi cumpleaños, un misterioso designio me ha llevado cada año a celebrar mi nacimiento, pero el resto de los días pasaban medio ciegos medio asombrados. Quizás más ciegos que asombrados. El asombro eran vislumbres. Un vivir a medias, dando todo lo que podía pero sin terminar de ver.

Afortunadamente esos vislumbres fueron creciendo, fueron haciédose más frecuentes y luminosos, llevándome de la mano como los niños cuando juegan a la Gallinita Ciega.

Ahora mientras escribo esto entran los rayos de sol por el ventanal e iluminan mi pequeño escritorio, el teclado y el árbol de Navidad. El sol acaba de elevarse por el horizonte sobre los tejados.

Me asombra que todos los que estamos en condiciones de celebrar nuestra existencia ni siquiera consideremos la posibilidad, que no abramos los ojos a lo que somos. Y que todavía se nos vaya la vida en pequeñeces que no son nada al lado de un simple latido del corazón.

 

Cada vez que contemplo el sol salir, cada mañana, me siento sostenida por un orden y una certidumbre que olvido tan a menudo como tan a menudo me aterra la magnificencia de la vida. Cada cumpleaños, me siento arropada y feliz de estar, como decía mi querido padre, dando otra vuelta alrededor del sol. Mi madre, por otra parte, tenía una cualidad solar, iluminaba todo con una fuerza y calidez increíble. Así he sentido al sol muy cerca desde que nací, a las 5.50 de una mañana de invierno en la tierra caliente de Córdoba.

Además, desde pequeña, me fascinaron los astros, las órbitas, los colores y tamaños de las increíbles esferas de nuestro sistema solar. Siempre tuve la costumbre de mirar arriba, de mirar más allá, cuando la oscuridad acechaba. Todavía me asombra descubrir la luna llena, menguante, creciente y buscarla cuando está nueva.

Hoy me he levantado a las 5.50 y, como es mi cumpleaños, he encendido una vela a la vida, a mí, a mis padres, a mi hijo, a mi familia, a mis amigos, al mundo… en gratitud. Y he abierto el regalo de cumpleaños que me había preparado para mí misma:

felices

 

He comenzado el día practicando mi yoga para hoy: 4 saludos a la luna, 12 saludos al sol y

R E S P I R A R ….

 

Abrazar a mi hijo, desayunar rico, tocar el piano, escribir… y celebrar….

No hace falta ser rico económicamente, no hace falta que no te falten cosas, no hace falta que todo cuadre, no hace falta que todo salga bien, no hace falta ser delgada, ni joven, ni guapa eternamente….

Basta con dejarse iluminar la mente el cuerpo y el alma por esos pequeños y, como diría Bill Bryson, tan agradables pero tan a menudo infravalorados rayitos de sol: es la medicina que recomiendo, la ducha tan necesaria como placentera. Y no estoy hablando de tumbarse a tomar el sol, aunque también 😉

Estoy hablando de ver la vida, estoy hablando de sentir, de sentir los propios pasos caminar, de mirarse al espejo, de verse, de mirar al otro, de ver al otro, de escuchar, de tocar, de saborear, de oler la vida. Estoy hablando de esforzarnos en perseguir nuestra dicha inherente, en agarrarnos a nuestro sol interior, a la fuerza de nuestro espíritu, a dejarnos guíar por ella en medio de cualquier tempestad, sea grande o pequeña. Y a perseverar en ello cada segundo de nuestra existencia.

Esto exige voluntad y entrenamiento, es hacer músculo. Es como ir al gimnasio, salir a correr o a nadar o escalar o hacer la compra o las tareas domésticas o ponerte a hacer todo eso que detestas pero que es absolutamente necesario. Y si puedes darle alegría al camino, mejor que mejor.

Podemos pasarnos la vida rechazando y apreciando alternativamente, identificándonos con países y partidos políticos y razas y familias e ideologías y odiando todo lo que es “otro”. Podemos pasarnos las vida intentando que no nos roben, quejándonos de todo lo que no nos gusta, de todo lo que nos hacen los demás, de todo lo que padecemos;  podemos intentar decorar nuestra vida sólo con lo que nos gusta. Podemos hacer un cercado sólo con las emociones positivas y las cosas bonitas gastando toda nuestra energía en crear un parapeto para que “nada más” ni “nadie más” entre en nuestra milimétricamente diseñada burbuja.

También podemos elegir, a veces.

Podemos elegir inhalar la vida, exhalar la vida, dejarnos atravesar por la pena más profunda, canalizar la ira y en algún momento, sin previo aviso, sin nada que lo haya provocado,  que nos pille por sorpresa el estado de gracia y la dicha más deliciosa. Es algo parecido a comer bombones debajo de la ducha caliente a solas. ¿Lo habéis probado?  Yo sí. ¡Probadlo!!!

A veces pienso que en mi cuento, al nacer, me bendijeron con un hechizo, el de ver oscuro hasta pasados los 40 y y y….. Y a los 40 y y y un buen médico me dijo algo que se resume en esto: “Tienes una depresión endógena por falta de serotonina, se considera una enfermedad (siempre fue así y posiblemente siempre será así)” Y yo pensé: “Sí, siempre fue así y también hubo muchos destellos. Y eso de siempre lo será, ya lo veremos, que soy bruja y también puedo neutralizar hechizos”.

Así que empecé a soplar, empecé a soplar, despacito, sobre el bebé que fui, sobre la niña que fui, sobre la adolescente que fui, sobre la joven que fui, sobre la mujer que soy. Despacito como quitando el polvo de hechizo oscuro. Y esa brisa de mi propio aliento fue convirtiéndose en polvo de estrellas y fino polvo de oro del sol.

En medio de la experiencia poética de existir y escribir, me doy cuenta de que es tarde y  que tengo que salir al Punto Limpio a tirar un montón de trastos rotos para liberar espacio en casa y tengo que hacer la compra en Mercadona, pues esta tarde vienen amigos queridos a celebrar nuestra existencia juntos:

“Saravá!”

(escucho la voz de Vinicious de Moraes bendiciendo en su canto)

Saravá es una palabra de origen africano empleada en Brasil como una bendición, un “salve”, un mantra, un sonido místico o sagrado que sirve para elevar el espíritu.

Una posible interpretación que encontré en la wikipedia:

SA— (Fuerza, Señor) —RA— (Reinar, Movimiento) —VÁ (Naturaleza, Energia).

Es decir, una versión africana de:

“Que la Fuerza te acompañe”

Que la fuerza te acompañe, amig@, que la fuerza me acompañe, que la fuerza nos acompañe a tod@s…

… y que celebremos ese estado tan prodigioso, pero tan a menudo infravalorado, que se llama EXISTENCIA.